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BAULEO, un maestro, un amigo Susana Amilibia Madrid, mediados de agosto del 79, calor insoportable, ningunas ganas de salir de lo que por el momento era mi casa (hacía pocas semanas que había llegado a vivir a España). A través de amigos comunes había hecho una cita con Armando Bauleo, quien ya hacía un tiempo vivía en Europa, exiliado de la dictadura argentina, residía en Italia y viajaba a España todos los meses y esa tarde había quedado de encontrarme con él. Los deseos, la necesidad y las expectativas de conocer personalmente a alguien que era un importante referente conceptual para mí, hicieron que me olvidara del calor. En Montevideo había leído y estudiado sus libros, a partir de estudiar la psicología social de Pichon-Rivière, por entonces y hasta el momento también parte fundamental de mi bagaje instrumental teórico- práctico, sostén de mi praxis como psicóloga. Años antes, Armando había estado en Montevideo, en unas jornadas que tuvieron una gran convocatoria, ya que la temática tenía que ver en parte, o al menos esas eran las expectativas, entender por qué psicoanalistas de la APA (Asociación Psicoanalítica Argentina) habían formado un nuevo grupo llamado Plataforma y estaban trabajando con un instrumental que no se quedaba solo con el psicoanálisis, sino que iba agregando nuevos elementos y abordajes tanto al campo de lo asistencial como al de la Promoción de Salud Comunitaria. Entonces, no tuve oportunidad de hacer contacto personal con Bauleo, eran muchas personas alrededor, preguntando, saludando, invitando y no creí que fuera el momento para abordarlo, pero tuve la certeza de que en algún momento iba a tener que conocerlo para poder entender y profundizar acerca del quehacer de un psicólogo y en especial de un psicólogo social. Esa tarde en Madrid pensaba: ¿cómo será este tipo personalmente? ¿me escuchará? ¿podrá entender lo que me pasa? ¿me atenderá conceptualmente?. ¿Qué le quiero decir, metida como estoy en esta crisis vital, recién llegada a un país en el que no tengo historia, no soy nadie?. Pero ahí fui. Por teléfono nos dijimos como íbamos a ir vestidos, yo llevaba una solera verde, a él esperaba reconocerlo pero tampoco estaba tan segura, no era una época muy segura ni tranquila de mi vida.
Así
conocí a Armando, así lo recuerdo hasta hoy, dispuesto a escuchar, sin
preguntar demasiado, accesible, tranquilizador, simpático. Es uno de
mis Armandos preferidos; el que te da una mano si lo necesitas, se
pone un poco en el papel de padre, te cuida, se ríe, te alegra, te
acompaña. Pero también le agradezco su pasión y disfrute en el trabajo grupal; hago mías las palabras de mi amiga Rosa Gómez Esteban, compañera de ruta en mis años de trabajo en España, en su “Armando Bauleo: In Memorian”, publicado en la Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría: “para él era fundamental introducir metodologías grupales en la organización y el quehacer de la práctica clínica en las Instituciones de Salud Mental. (…) Tu contribución al desarrollo de la Clínica Grupal y del trabajo en Equipo e Institucional queda en el quehacer de los profesionales que fuimos alumnos tuyos.”
Pero
también tuvimos nuestras diferencias; fuertes, duras, como a muchos
padres a él también le costaba dejar crecer a sus hijos. Y entonces a
los hijos nos toca la difícil pero necesaria confrontación y la toma
de distancia, aún reconociendo lo importante y queridos que son. Hace ya algunos años en una de sus venidas a Montevideo (donde estoy viviendo hace tiempo), nos volvimos a encontrar, a hablar de todo lo lindo, lo bueno, pero en especial de los desencuentros, los choques, las heridas, el cariño, la ternura, el agradecimiento y esa relación entrañable que queda por siempre viva en mi corazón. Yo tuve la suerte de poder decírselo, el de escucharlo y reconocerlo. Nos despedimos con un gran abrazo, con alegría, riéndonos como siempre de todo lo vivido juntos. Fue la última vez que nos vimos. Fue, sin saberlo, nuestra despedida y ése es mi recuerdo, del maestro, del amigo... |