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Finales
de los 70. Han pasado un par de años de la muerte del caudillo
Franco. Soy novato, estreno mi tarea de psiquiatra. Manicomio de
Granada, uno de tantos.
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Un
habitante de la casa de los locos de Huelva, nos pide para un café.
“¿Has visto cómo todos los manicomios son iguales, con los mismos
locos?” Me comenta un compañero.
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Empiezan
a proliferar ideas y noticias de cambios en las instituciones
manicomiales, se trata de acabar con ellos, y se convocan reuniones
trimestrales itinerantes entre los manicomios de Andalucía en busca
de una puesta en común que acabará expresándose en la llamada
“reforma”.
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Los
aires que anuncian cambio forman remolinos, reuniones: huele a
grupo, el garabato de un grupo.
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Quiero
pertenecer a los buenos, a los de Pinel, liberador de locos
encadenados.
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En el
Hospital Clínico Universitario hay un “pabellón de psiquiatría”
adosado al Hospital General que tiene unas cuantas camas para
pacientes agudos. Cuando alguno tiene conductas excesivamente
disruptivas lo amenazan con su traslado al manicomio: aquí una
muestra del violento poder que los cuerdos les otorgamos a los
locos, el nuestro más el de ellos.
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Existe
un deseo de libertad generalizado por todo el país que en el ámbito
manicomial se expresa en: “los locos a la calle” y son ellos los
forzosos invitados al festín para bailar con la más fea. Son
personas adiestradas durante años para convivir en orden. En muchos
casos, son literalmente echados a la calle, expulsados de su aldea,
La Casa de los Locos, a donde años atrás también fueron invitados
forzosos para que la sociedad se proteja de su potencial peligro.
Los aires de libertad los perturban, les va a caer encima, otra vez
más, la administración de sus vidas no solicitada y van a soportar
las modas de los modernos psiquiatras y de otros nuevos que llaman
psicólogos para que estos profesionales vuelvan a sus casas
contentos y cuenten por ahí que son libertadores. Cada loco con su
tema. Se promueve la integración del manicomio en su barrio como una
vivienda más: no teman a estos vecinos. El Miraflores de Sevilla
hace famoso su lema: “Salta la tapia”.
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Alguna
vez sale en el periódico el caso de un preso que no quiere salir. Ya
no tiene vida en la sociedad de la que fue expulsado; su vida, su
libertad, está encarcelada. Un emergente de la función
rehabilitadora del encarcelamiento.
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La
mayoría de los pacientes me hacen sentir lo que en realidad soy, un
joven intruso que amenaza desestabilizar su segura rutina y por ello
me ignoran envolviéndose aún más en su actitud de erizo. Estas
impenetrables personas de mirada torva me fascinan por la dificultad
que entrañan en que me aparezcan fantasías sobre sus vidas antes de
enfermar y sobre cómo se las arreglaron para encontrase en la
situación actual. ¿Habían existido antes de vivir en el hospital? No
todos son así, a otros les adivino con menor dificultad que eran
personas y no tenían inconveniente en hablar conmigo de sus
increíbles biografías construidas entre recuerdos normales y
delirantes.
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Paseando
con curiosidad por los variados lugares del manicomio encuentras
múltiples oportunidades de conocer todo tipo de personas, vivientes
alteraciones psicopatológicas y las más variadas actitudes
adaptativas; ahora bien, todo repetido de un día para otro, un día
es un calco del anterior, y el que saca los pies del tiesto corre el
riesgo de ser expulsado y trasladado a la sala para agudos. Es igual
al ingreso involuntario de hoy día. Las historias se repiten con
tediosa monotonía que va minando mi interés hasta casi hacerlo
desaparecer:
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“...
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Clarea
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el reloj
arrinconado,
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y su tic
– tac, olvidado
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por
repetido, golpea.
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Tic –
tic, tic – tic…
Ya te he
oído.
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Tic –
tic, tic – tic…
Siempre
igual,
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monótono
y aburrido.
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Tic –
tic, tic – tic, el latido de un corazón de metal.
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...”
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El punto
de vista psicoanalítico con su deriva hacia la comprensión de los
grupos y sus aplicaciones: grupos psicoterapéuticos, trabajo en
equipo, terapia institucional, la familia, etc., fueron los
baluartes desde los que vislumbré el clarear, posibilidades de salir
del tic - tic, tic – tic, en el que me encuentro atrapado con los
pacientes. La institución manicomial cumple con tanto celo su doble
función de proteger a los cuerdos de los locos y su humanitaria
misión de apiadarse de los necesitados, que corremos el grave riesgo
de quedar cronificados.
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En la tarea asistencial, cada uno de los
profesionales tiene su propia manera de interpretar los cambios que
se avecinan. Hay noticias de acciones en otros manicomios y también
palabras muy protagonistas. Una de ellas es equipo que en ese
momento tiene sólo un sentido teórico literal sin representación
mental: la palabra es anterior a la experiencia de su significado.
Comienza en una reunión en clave de sesión clínica y relato de
novedades. Ya es algo, un punto de partida para la posibilidad de
llenarla de sentido mediante la elaboración de la experiencia
vivida.
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La
palabra equipo da lugar a otra íntimamente ligada a ella: reunión.
Ambas ponen sobre la mesa un compromiso, una manera de entender la
tarea asistencial y su práctica, la diferenciación según funciones y
roles y un lugar de pertenencia. De inmediato, el encuadre llama a
la puerta: bienvenido señor provocador.
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Al
principio, las diferenciaciones son básicas: los de agudos, los de
crónicos de no se qué tipo, los de mujeres, los de hombres, etc.,
etc., pero pronto expresamos hacia fuera, y casi de inmediato hacia
dentro del equipo, ansiedades de confusión y de persecución. La
diferencia formal entre quien es del equipo y quien no (aun no hay
sentimiento de pertenencia) promueve una confusión intolerable que
intentamos calmar mediante la búsqueda y control de agentes
peligrosos y la escisión: malos los que no son del equipo, buenos
los que son del equipo.
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Pronto
sucede igual entre los del equipo, los de dentro. Estos, en su tarea
de ir diferenciando roles, funciones y cómo, por qué y para qué se
instituyen bajo la palabra equipo a la que ahora han de llenar de
vida y sentido, sufren la tensión de sentimientos enfrentados: se
necesitan al mismo tiempo que se temen.
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En
general, confusión y persecución, si son momentos (es lo deseable,
no estados) emocionales excesivamente intensos, promueven relaciones
de objeto parciales con necesidades de idealización –
desvalorización que exigen a las reuniones una satisfacción total
en virtud de atribuirles un poder idealmente eficaz para resolver
los problemas, aquellos que nos motivaron a encontrar las palabras
grupo – equipo, reunión, encuadre...
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No es
buena compañía la pareja idealización – desvalorización para nada en
la vida, pero es propia de la naturaleza humana, hacen sentir su
presencia cuando nos sentimos amenazadoramente indefensos. Sobran
los dedos de una mano para contar el número de reuniones que hacen
falta para que aparezcan tensiones entre subgrupos y se cierne el
peligro de estallido: “esto no sirve para nada”, “... lo que hay que
hacer es...”, cansados ya de luchar contra los malos de afuera,
culpables por sus malintencionados errores. Nada se puede hacer. No
se puede pensar más que en clave de idealización y la pareja
sumisión-rebelión. Recuerdo estar atrapado en este desaliento
repitiéndose un mismo problema una y otra vez en cada reunión: el
uso de las estufas en el turno de noche. Si acaso se arreglaba ese
problema concreto, aparecía otro de características similares.
Incapaces de llevar al espacio mental la situación y construir
metáforas que permitieran preguntarnos sobre nosotros, el personal
comenzó a decir: “otra reunión? Si no se arregla nada, otra vez para
lo mismo? Yo no voy”. Y así, cada uno escapó del dolor de la
impotencia y se liquidaron las reuniones. Cada uno a lo suyo. Esa
especie de individualidad nos evitaba el dolor de la impotencia que
ponía de manifiesto la reunión.
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El
problema de enfrentar estas ansiedades básicas que surgen en la
tarea de funcionar como equipo, sin poder pensar conduce al fracaso.
El coordinador ha de promover que se vaya creando una forma de
pensar compartida sobre el desarrollo de la personalidad, sobre la
salud y la enfermedad mental, sobre el proceso terapéutico y sobre
el sentido y manera de desarrollar unas prácticas realmente
terapéuticas para el paciente. Indudablemente estoy hablando de un
esquema de referencia del equipo producto de los complementos entre
los esquemas referenciales individuales. Construir un esquema
conceptual de referencia precisa estudio en experiencia vivida. El
coordinador no es terapeuta del equipo pero sí puede tratar al
equipo mediante el desarrollo de su tarea y puede ser una ayuda
inestimable para que el personal motivado pueda aprender a pensar.
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Han
pasado diez años. Me siento en punto muerto, atrapado en una pobreza
desoladora. No sé para qué sirve hablar con los enfermos; estoy
aburrido de los delirios y de luchar contra hechos concretos. En
ocasiones, empujada por la importancia, mi fantasía crea un lugar en
donde tratar pacientes que lo elijan voluntariamente. Me parece una
quimera.
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Ya están
vaciando la casa de locos. Para ello quedan allí unos cuantos
profesionales, algunos han decidido no enfrentar el cambio y quedan
voluntariamente en el manicomio. El resto, llenos de incertidumbre,
nos vamos tras otra palabra de cambio: comunidad. Vamos de estreno:
unos a inaugurar la Unidad de Agudos en el Hospital General (los
locos dejan de estar marginados y comparten el hospital con los
enfermos cuerdos), otros a crear los llamados Equipos Comunitarios
de Salud Mental y a mí me invitan a poner en funcionamiento el
Hospital de Día. El cambio ha comenzado y lo hace en el mejor de los
sentidos; esto es, con medidas creativas, con buenas formas. No
obstante, queda un emergente del manicomio: una veintena de locos no
se pueden colocar fuera y se quedan a vivir en un pabellón adosado
del manicomio en el que van crear la Unidad de Internamiento de
Media Estancia para evitar cualquier alusión a Comunidad
Terapéutica, nombre maldito sinónimo de lugar conflictivo por lo que
cuentan en otras geografías más avanzadas que ya reformaron antes.
Como me dijo Armando Bauleo tantas veces, el manicomio lo llevamos
dentro cada uno y allá va con nosotros para activarse como respuesta
en las situaciones más insospechadas.
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El nuevo proyecto de Hospital de Día me angustia. Se
ha hecho realidad lo que hace poco me parecían paraísos fantasiosos,
desatinos originados por mi angustia ante el repetitivo y monótono
tic-tic, tic-tic, sin rumbo. Menos mal que pude tomar contacto con
la temporalidad y la consiguiente frustración, eso me salvó de
quedarme crónicamente enajenado. Convivir con pacientes graves a
puertas abiertas, poner en marcha grupos terapéuticos, psicoterapia
individual, etc, y formar un equipo realmente terapéutico, sin poder
evacuar ataques al malo exterior. El coordinador soy yo. También
terapeuta. Ya no hay lugar para la impostura sin angustia. Qué
sufrimiento. ¿Y ahora qué, cómo y para qué hacer? ¿Cómo se convierte
la fantasía en realidad? ¿Cómo se pasa de la palabra teórica a la
palabra como instrumento, como conducta terapéutica?.
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El
responsable institucional del área de Salud Mental contrata a Emilio
Irazábal que trae bajo el brazo a Pichón, Bleger, Bauleo
(psiquiatras psicoterapeutas de manicomio) y muchos más, la
Psicología Social... y un encuadre con la finalidad de crear un
grupo de formación para los coordinadores de los nuevos dispositivos
asistenciales con el fin de facilitarnos el paso del manicomio a la
comunidad. La primera reunión causó tanta ansiedad que la mayoría se
despidieron y quedamos unos pocos a los que se nos unieron, ante el
escaso entusiasmo del proyecto, algunos profesionales interesados en
la formación para trabajar en equipo y hacer grupos
psicoterapéuticos. Lo mío era de tratamiento, me quedé en el grupo
y me tumbé en el diván. Estos son los momentos en que conozco a
Armando Bauleo.
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A los
pocos meses contratan a la psicóloga Lola Lorenzo, quién como
Emilio, es discípula directa de Armando y que será mi íntima
compañera en el desarrollo del proyecto asistencial del hospital de
día y quien me presentará en vivo a Bauleo, dando lugar a una
fructífera y cariñosa relación que se materializó en múltiples
sesiones de supervisión y otros espacios formativos.
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La
participación en el grupo de formación fue determinante.
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¿Por
qué? Porque nadie aprende por cabeza ajena. Sentí el gozoso
descubrimiento de aprender a pensar. Podía pensar a campo abierto.
Mi espacio mental se abrió permitiendo representaciones de las
palabras, el tiempo se tornó dinámico y esperanzador. Esto me
sucedió sin sentirme agente activo del cambio; como si fuera efecto
de algo ajeno a mí: tal vez cómo desarrolló la tarea del coordinador
del grupo, el encuentro con los obstáculos para la elaboración de la
teoría, la experiencia vivida en el aquí y ahora de la dinámica
grupal... yo qué sé, será por todo. Después, en la angustiosa
soledad tras la finalización del grupo, fui tomando conciencia de mi
parte en el proceso, especialmente en los momentos en que sentía
instalarse de nuevo la vieja actitud manicomial ante las
dificultades desplazando la nueva dialéctica. El esquema de
referencia sufre empujones en el momento más inesperado. Una vez más
el recuerdo de Armando: el manicomio lo llevamos dentro, sobrevive
en nosotros.
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Las
supervisiones con Armando son una locura. Entre otras cosas, gozamos
de nuestra afinidad y gusto por los retos a los que nos enfrentan el
trabajo con los locos. Le brillan los ojos cuando aparezco con el
material del grupo psicoterapéutico, es la provocación que precisa
para volar. Lo llevo bien organizado, lleno de hipótesis. Atado
hasta el último cabo. En el fondo voy buscando su aprobación. El
andamiaje que he construido apenas dura unas líneas de la vida del
grupo. Coge la cuartilla, el bolígrafo, hace garabatos, se pasa el
pulgar por el labio inferior y de repente: “quieto, quieto... para,
para”, me solicita unas pocas aclaraciones: “¿y cómo es esto? ¿y
cómo respondieron a lo que les dijiste? ¿y quién respondió?”,
asegura su hipótesis y me la larga desmontándome la sesión. Me quedo
confundido, se deja sorprender por cualquier cosa, lo que eran
conductas rutinarias toman una nueva significación que las
enriquece, lo que yo señalo por significativo adquiere una nueva
significación al emerger nuevas finalidades ocultas en lo trivial y
rutinario. Esto, en general, aparece cuando se ataca al encuadre.
Armando las intuye escondidas en las más anodinas conductas.
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A veces,
me propone intervenciones que siento de alto riesgo. Me da la
impresión de que no se ha enterado bien (como yo deseo que se
entere) del problema que le llevo (él ve ese y me crea unos pocos
más) y salgo de la supervisión peor que entré, enfadado conmigo, con
él, con el grupo, con el loco, eufórico, angustioso, deprimido,
confundido, paranoico... nunca indiferente.
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Harto de
que me reviente mis organizadas hipótesis de las sesiones, decido no
llevar ningún material concreto, voy sin nada conscientemente
preconcebido y dispuesto a abordar el asunto que dispare nuestro
encuentro. Esto nos hacía viajar en el tiempo y recorrer diversos
lugares en una carretera (para colmo también le gustan los Ferrari)
que conducía de lo singular a lo plural, de lo uno a lo múltiple, de
lo individual a lo grupal.
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Ya han
pasado treinta y un años desde aquellos tiempos de la llamada
reforma.
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¿Hay
ahora proyectos de reforma? Y de haberlos, ¿cuáles son? ¿apuntan al
control paranoico o a la ansiedad depresiva? ¿cierran o abren?
Dentro del Programa de Salud Mental del Servicio de Salud Mental, en
el apartado del Trastorno Mental Grave, no recuerdo que existan
recomendaciones sobre el uso de la psicoterapia dinámica de grupo,
sí se recomiendan actividades en grupo para instruir y corregir, me
parece que pronto, si no es ya, los pacientes enfrentarán sus
obstáculos con un manual de instrucciones, también se utiliza
sistemáticamente la palabra equipo.
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De
nuevo, las mismas palabras que hicimos fundamentales para nosotros
ahora están disponibles para un nuevo significado. ¿Quiénes se harán
cargo de ellas? ¿Cómo y para qué las utilizarán?
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Armando,
cuando me aparecen obstáculos viene en mi ayuda el momento de la
próxima supervisión, nuestro próximo encuentro. Mientras tanto te
doy las gracias en nombre de las múltiples personas para las que soy
muy útil y también de la propia tarea psicoterapéutica que, en
momentos de desaliento, me parece inútil. Me ayudas a arreglar un
buen puñado de vidas.
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Nadie es
uno, ni siquiera como fantasía. Sencillamente, no es posible no
pertenecer a la naturaleza. La diferencia con los demás organismos
tal vez sea que los humanos podemos tener conciencia de ello. Los
demás están en uno, forman parte de uno y no precisamente como si
nada. Ni siquiera Bartleby el escribiente
que, después de todo, decía: “preferiría no
hacerlo”.
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Psiquiatra en el Hospital de Día de Salud
Mental de Granada.
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Miembro de la Asociación para el estudio de
temas grupales, psicosociales e institucionales
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Poema de un día. Machado, A.
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