Bordeando la Psicosis(*)
- Vos, que sos psicoanalista (me dijo León Rozitchner, hace pocos días), decíme: ¿de verdad creés que el psicoanálisis ayuda a la gente que sufre?
Hablamos,
como es natural de la eficacia del análisis, la interminable aporía entre
saber y curar, y muchas cosas más.
-
Si,
pienso que el psicoanálisis ayuda a la gente que sufre. ¿Y sabés por qué?
Porque soy psicoanalista de niños.
Claro
que a León le importaba menos mi opinión que dejar caer una provocación para
ponernos a pensar sobre el compromiso encarnado de nuestra práctica histórica;
y a mí, me importaba más responder al desafío que dudar de mis certezas.
No obstante fue esa pregunta la que me llevó a reflexionar sobre David.
El
DR. DAVID
Abro
la puerta y frente a mi está David. Tiene
ocho años. Atrás y más arriba, el papá.
Cada cual con su ataché. Ceremonia
analítica que se repite desde hace más de dos años.
-
Vuelvo
a buscarlo a las cinco – dice el papá con una sonrisa cómplice.
Y se va.
Me
descubro pensando por primera vez: “David se parece al papá”.
Lo
que sigue es el relato de una lucha entre la previsible compulsión repetitiva y
lo imprevisible del análisis.
David
entrará al ¿consultorio?, pasará indiferente frente a una caja que contiene
infinidad de “recetas médicas”, testimonio del trabajo en sesiones
anteriores, abrirá su ataché, sacará sus ¿juguetes?, su guardapolvo de médico,
la sábana que extenderá sobre la “camilla”, el tensiómetro, el
estetoscopio, el termómetro, la linterna “para mirar las cavidades” y la
jeringa deshechable. También, la
lapicera “Parker”, claro, y hojas que doblará para cortarlas en piezas
menores son los “recetarios” que pondrá en el escritorio, prolijamente, al
lado del sello a presión
Todo
un ritual que se reitera, casi sin modificaciones, desde hace varios meses.
-¿Vamos
a jugar al doctor? – me dice como si yo ignorara la finalidad de tamaño
despliegue-. Primero vos sos el
doctor y yo el paciente. Hoy yo estoy muy enfermo.
Vos me revisás, me tomás la presión (no te olvides de la presión que
es muy importante) después vamos al escritorio y me hacés una receta.
-
¿Te
voy a operar?
-
¿Me
lo decís de verdad o jugando? ¿Me vas a operar de verdad? Con cierta angustia
y dudando.
-
¿Vos
querés que te opere?
-
De
jugando, si. De verdad, no.
Si me operan, ¿mi mamá puede entrar al quirófano conmigo? Si no, no me
dejo.
-
Las
mamás no entran al quirófano.
-
Pero
si yo hago mucho lío, si grito y pataleo, si hago un berrinche bárbaro, la van
a dejar entrar. Y si no, no
importa. Después, yo soy el
doctor, y vos, el paciente. Me
parece que vas a estar muy enfermo hoy. De
la barriga, de la cabeza y hasta del dedo.
Te voy a tener que sacar una placa.
Hechas
las sindicaciones se acuesta en el diván que, con la sábana, parece camilla.
Me pongo el estetoscopio y lo ausculto. (El estetoscopio no es otra cosa
que un estetoscopio igual que los demás instrumentos.
Incluido el ataché de cuero). Se
pone el manguito del tensiómetro y oprimo la perilla. Abre la boca, le miro la garganta con la linterna mientras
ensaya un “Aaaah”. Agito el
termómetro y se lo doy. Lo ubica
en su axila y aprieta el brazo contra el cuerpo.
Esperamos en silencio. Entonces
lo saca. Me lo da y no pierde ni
uno solo de mis gestos: yo finjo mirar el nivel del mercurio contra la luz.
Después,
frente a mí en el escritorio, aguarda mi receta.
DAVID
TIENE UN CUERPO ¿roto?
PAPASPIRINA
Le
entrego la “receta” que lee casi de corrido, con la cabeza semigirada.
No
puede dejar de maravillarme y vuelvo a pensar en la sensación que tuve al abrir
la puerta: “se parece al papá”.
Me
mira de costado. Con una sonrisa
socarrona me hace saber que le encantó lo de “papaspirina”.
Sin darme tiempo:
-Ahora.
Vos sos el paciente y yo el doctor.
Cuando
le toca escribir la “receta” pone:
VOLNOVICH
DAVISPIRINA
Y
después, oprime el sello con el nombre del padre, sus datos y el número de
matrícula profesional.
DAVID,
PREPSICOTICO Y RETRASADO
David
tenía seis años cuando lo vi por primera vez.
Era un niño atípico. Apreciaciones
estéticas aparte, más que feo era desagradable.
Babeaba, se le escurrían los mocos por el labio y una expresión bizarra
se afirmaba en su marcado estrabismo, interno y superior del ojo derecho, casi
ciego. Con el ojo izquierdo ve
mejor, pero tiene un escotoma papilar. Su
cuerpo enclenque y desgarbado, sus movimientos torpes, testimoniaban una
historia de “enfermizo”.
La
mamá de David era una bióloga de reconocida trayectoria y el papá, médico de
mucho prestigio. Me consultaron, entonces, “porque había llegado el momento
en que David podía comenzar su análisis”.
Y, “debía ser un analista varón”.
Así los había orientado la psicoanalista que le hizo un psicodiagnóstico
cuando tenía tres años y que, desde entonces, mantenía periódicas
entrevistas con los padres. “Como
él es prepsicótico, hasta ahora no estaba en condiciones de analizarse”.
Por eso está, desde hace dos años, tratándose con un psicomotricista
y, desde el año pasado, con una psicopedagoga que le ha diagnosticado un
retraso intelectual. Retraso que
desaconseja su incorporación al colegio. “Eso
de la prepsicosis y el retraso es por todo lo que le pasó”.
“TODO
LO QUE LE PASO”
David
nació en 1982. A su prematurez se le agregó la detección, a las pocas
horas de nacido, de una estenosis pilórica por la que tuvo que ser intervenido
quirúrgicamente. Simultáneamente,
tuvo una complicación respiratoria y durante semanas corrió serios riesgos de
morirse. Fue sometido a
innumerables pruebas diagnósticas y cruentos-tratamientos.
Permaneció
internado en un servicio de terapia intensiva para neonatos durante casi dos
meses.
El
relato que los padres hacen de esta experiencia es francamente desgarrador.
Les cuesta recrear el tormento en el que se vieron obligados a permanecer
como testigos- arrancados del
cuerpo mortificado de su hijo. Lo
cuentan con mucho dolor.
-
Yo
siempre tuve una confianza – dice la madre – una fuerza interior que me hizo
saber y creer que David iba a vivir. Yo
nunca claudiqué. En cambio, vos...
– y se dirige al padre como pidiéndole disculpas por la infidencia.
-
Yo,
es verdad - continúa el papá llorando y absolutamente desconsolado -, por un
momento preferí que se muriera. Que
no sufriera más.
-
Además
temíamos cómo iba a quedar. Ahora,
usted verá, David no es igual a los otros chicos.
El
papá de David, que es alto y lindo, se siente culpable por haberlo hecho así y
por sentirse avergonzado de él y no querer mostrarlo:
“Es muy diferente a mi”.
La
mamá lo defiende, le tiene confianza y siente que su misión es la de motor
protésico de este chico fallado de origen.
DAVID
MECANICO, DAVID MAQUINICO
A
los seis años David no juega. No
le interesan los juguetes. Tampoco
se relaciona con chicos de su edad. Inquieto,
agitado, torpe, presa de una actividad caótica y anárquica, es incapaz de
saltar desde un escalón. No tolera
estar solo ni un momento y tiene serios problemas para dormir.
Soldado como está - garantizada su existencia en función de la adhesión
a la mamá, al papá y escasamente a algún otro adulto de la casa – cualquier
amenaza o riesgo de separación lo empuja a un estado incontrolable de angustia
y desesperación que supera todo lo imaginable.
No
obstante, esta conducta inquieta, dispersa y desordenada coexiste con cierto
nivel de “adaptación”. Una
especie de aceptación robótica de algunas reglas de cortesía.
Reeducado, mecánico, su lenguaje fonográfico confunde al interlocutor.
Hay algo en él de mimetismo adultomórfico, cierta impostura que cede
ante cualquier experiencia de separación.
Ante el menor amago de tener que soportar la ausencia, David se desborda
en ataques de una intensidad insoportable.
Los padres le temen, claro, a estos episodios y han venido aceptando,
resignados, sus funciones de cuidadores permanentes de un cuerpo de niño que se
crió siempre enfermo. La mamá no
puede ir al baño sin dejar la puerta abierta.
El papá tiene que permanecer al lado de David hasta que se duerma. Jamás
salen de noche. Sólo un adulto de
confianza puede reemplazarlos de día.
Curiosamente,
esa tiranía de David cede sólo ante las actividades profesionales de los
padres. Siempre que se desarrollen
durante el día. No pueden asistir ni dar conferencias por la noche y sólo
turnándose les da “permiso” para asistir a actividades en el extranjero.
LA
ESTRELLA DE DAVID
David
nació en 1982. La mamá en 1942. La
mamá de David es polaca. Judío-polaca.
La
mamá de David nació en el campo de concentración de Plaszow.
El comandante del campamento era Goeth.
Goeth tenía un perro, Rolf, que comía judíos.
La mamá de David no se acuerda porque era muy pequeña, pero la abuela sí.
Hablo,
entonces, con la abuela de David.
Uno
de los peores verdugos del campamento de Plaszow era el S.S. Willy.
Como no conocían su apellido lo llamaban “Ojito”, porque tenía un
ojo postizo, de vidrio. Se decía
que lo había perdido en el gueto de Varsovia, durante las luchas, y se vengaba
de una manera atroz; azotaba en los ojos.
La
celadora de Plazow era la garconne Orlawska. Una
mujer enorme que siempre portaba un látigo trenzado bajo el brazo.
Pegaba a las mujeres hasta que perdían el aliento y se caían.
Entonces, las arrastraba por el suelo.
Al
día siguiente del Iom Kipur (el día del perdón) de 1942, la abuela de David escapó
llevando en brazos a su hija recién nacida.
Escapó con otras veinte mujeres de los cuarteles a Grzegórzki.
No podían ignorar lo que confirmaron varios años después: esa fuga
desembocó en la masacre de sesenta personas, como escarmiento.
El abuelo materno de David murió en el campo de concentración de
Guendesdorf, en 1944.
Con
su hermana y su hija recién nacida, la abuela de David cruzó a pie la Europa
en guerra. Desde Francia se embarcó
hacia la Argentina.
EL
REY DAVID
¿Por
qué está vivo David? ¿Por qué así, diferente de los otros chicos? Atípico.
Ese
David que está vivo ¿es sólo eso? ¿Transacción entre la vida y la muerte?
¿Síntoma? ¿Resultado de una lucha sin cuartel entre función materna, función
narcisizante, y una estructura mortífera?.
La
madre de la madre de David ¿conservó la vida?, ¿capturó en las trampas del
amor con todas las fuerzas de su pulsión de vida, a su hija que capturó a su
vez (que conservó, diríamos) a David para perderlo, cuerpo mecánico?
Hay
algo de robot en David. En el
cuerpo conservado, está la vida preservada.
Vida rescatada al precio de resignar lo deseante pulsional, lo humano.
Humano que, ya se sabe, no es otra cosa que histórico.
Cultural humano.
Hay,
también, algo de humano en David. Algo
maquínico. Es el niño que desborda, el que se hace oír.
Hace oír su fracaso. No el
que “hace mucho lío, grita y patalea o hace un berrinche bárbaro” para que
dejen entrar a la mamá en el quirófano cuando tienen que operarlo de verdad.
Este David ya sabe – precariamente, es cierto – distinguir cuándo es
“de jugando” y cuándo “de verdad”.
Ese David, en todo caso, hace oír su falla.
El otro, su fracaso.
¿Qué
reivindica, mimético, copión, impostado, David cuando ¿juega? al doctor?
¿Qué
denuncia?
La
pérdida de identificación con el doble, la imposibilidad del narcisismo
primario, la incapacidad de proyectar e identificar en el espejo, o en la
sombra, el cuerpo fragmentado o el no-cuerpo ya que nada indica que exista una
totalidad segmentada digna de ser aprehendida.
En el doble interdicto está presente la falla en el ser.
No
se trata de una herida narcisista recibida en ese tiempo inicial que se eternizó.
Más que herida, ausencia. Vacío
que lo torna vulnerable, que lo expone al avasallante narcisismo materno.
Es el relleno de ese vacío el que lo deja vivo sí, pero “retardado y
prepsicótico”.
Cuando
juega al doctor, cuando imita al papá, ¿qué pretende? ¿qué otra cosa, sino
ceder al padre la posición de sujeto activo y colocarse como objeto del mismo?
Jugar al doctor es justamente eso: la estrategia salvadora por la cual David se
crea, se construye un doble y después se ubica como doble de su doble.
La
construcción del doble se vuelve clave para la vida.
Para conjurar la muerte, el doble enfrenta el sentimiento de aniquilación.
Si pierde al papá, si deja de verlo o deja él de ser el papá, el
doctor concreto, entonces, desaparece. Se
evanesce, o, acaso, reaparece con toda la intensidad de sus “ataques”.
-
Vuelvo
a buscarlo a las cinco.
La
sonrisa cómplice vehiculiza un mensaje: “¿Se acuerda de cuando no quería
quedarse solo? ¿Cuándo era imposible despegarlo porque se desparramaba en
pedacitos?”.
“David
se parece al papá”, es, en este contexto toda una relación.
Marca el tránsito de este niño atípico, babeado y bizarro a ese otro
David que surge desde dentro del robot como un niño mirado.
Mirado no como función escópica sino como compromiso pulsional. Descubierto.
DAVID
Y GOLIATH
El
nacimiento de David se inscribió en una historia personal y familiar que es,
también la nuestra.
Ese
cuerpo dañado, ese bebé brutalmente torturado, mortificado para poder vivir,
fue el espacio donde se encarnó la historia.
Antes
tamaño daño narcisista, semejante omnipotencia.
La
reiteración de la muerte asignada, otra vez, por el solo hecho de portar la
estrella de David consumó, parecerla, la tragedia y el milagro: hizo presente
el desafío a la muerte y esa inquebrantable decisión de conservar, para sí,
la vida. En el campo de concentración.
En la sala de terapia intensiva. (1)
Retener
vivo a su hijo se constituyó, así en la propia trampa.
Paradoja, donde para que viva, hay que retenerlo y, si lo retienen, no
vive. O sólo, como prespsicótico retardado.
Retener
al hijo vivo, cuerpo robótico, o soltarlo para entregarlo a la muerte, deviene
en dilema de hierro. Porque la mamá
de David se casó muy joven. Tuvo
un hijo y se divorció. Iair tiene
ya veintiocho años y es oficial del ejército
Israelí. Son los otros, los
árabes – la muerte dada a los otros- los que garantizan su vida.
Desde
los diecisiete años Iair vive en Israel y no fue ajeno a su decisión de
emigrar (y a la de sus padres) el clima de violencia antisemita que los años de
la dictadura militar impusieron a nuestro país.
Historia
encarnada y transformada. “Es muy
distinto de mi”, dice el papá y eso es evidente, sobre todo por el
estrabismo. Pero este David judío,
además, no ha sido circuncidado. “¿Cómo
íbamos a pensar en una agresión más a su cuerpo después de todo lo que había
tenido que padecer?”.
En
el ojo estrábico, casi ciego de David, la historia hace coalescencia,
telescopan las imágenes y se hace difícil distinguir momentos, sujetos,
personajes, triunfos y castigos. En
el ojo extraviado de David está el ojo de vidrio de Willy.
Testimonio de una rebelión. Estrago
producido por los que no se resignaron a morir.
Ese ojo condensa, entonces, la piedra certera arrojada en el gueto por
quienes, desde su debilidad e indefensión, defendieron su vida (piedra que otro
David ubicó en el ojo de
Willy-Goliath) con el fracaso del proceso de arrojar la piedra fuera de sí.
Es el fracaso del fort que
preserva a Goliath de la piedra a él destinada y es el castigo por haber osado
vivir, azotes en los ojos, el que recibe David.
Y
el espanto se repite cuando a los cuatro años David tiene que ser operado de
los ojos para corregirle su estrabismo. Aún
así la desviación que queda como secuela reclama una nueva operación que los
padres se oponen a enfrentar, pero que David está dispuesto a negociar.
Es él mismo quien lo trae en sesiones previas a la consignada en “El
Dr. David”. Quiere hablar de la
operación que puede corregirle, definitivamente, el estrabismo.
Ultimo estigma aparente (ya que el ojo sólo tiene visión bulto) de la
falla.
¿Es
él mismo quien lo trae? ¿Para quién lo trae? ¿Voy a poder “operarlo”? ¿Voy
a poder cortar, ayudar a abrir la soldadura para que emerja el espacio lúdico,
simbólico, que permita decidir cuándo es “de verdad” y cuándo “de
jugando”? ¿Habrá lugar para ese corte, para una “agresión quirúrgica”
que inaugure un sistema de separaciones y de diferencias?
-
¿Te
voy a operar?
-
Si
me operan, ¿mi mamá puede entrar al quirófano?
-
Las
mamás no entran al quirófano.
DAVID:
VISTO Y MIRADO
El
nacimiento de David. Esa experiencia de origen, esa masacre, ensañada en el
cuerpo indefenso, frágil, vulnerable, legalizó un vínculo de cuidados y
atenciones que no le dieron tregua. Pero
esos cuidados, del cuerpo del niño no siempre fueron acompañados por la pasión
de verlo, por la pulsión de mirarlo.
Cuando
la mamá me recuerda que David es “prepsicótico y retardado” –porque así
lo vieron y así lo dijeron la psicoanalista y la psicopedagoga- lo que está
diciendo es que él es como las doctoras lo ven.
Discutir
aquí la importancia, la valoración del diagnóstico en la clínica, sobrepasa
mi intención. A Ello Jean-Louis Lang, y tantos más le han dedicado
eruditos estudios.
Acertado
o equivocado, el diagnóstico que los padres reciben tiene un efecto y, mucho más,
la decisión estratégica de postergar la iniciación de un tratamiento
psicoanalítico hasta que psicomotricistas y psicopedagogos reeduquen al niño y
lo “armen” como para que pueda “soportar” el análisis.
Tal medida merecería, al menos varios textos y muchas horas de polémica.
Antes
ese diagnóstico – y dejando de lado todos mis conflictos éticos
profesionales - me permito dudar, compartir mis dudas con los padres e
insinuarles la posibilidad de mirarlo desde otro lado.
No
me atrevería a decir que el deseo inconsciente de los padres es que David sea
“prepsicótico y retardado”. Sí,
que el niño ve poco, sólo de costado con un ojo y casi nada con el otro.
Pero a él no lo ven mucho mejor.
Lo
ven mal y lo muestran menos, porque en el ambiente familiar, con los amigos,
“no hay chicos de su edad” y además “todos son genios que lo marginan y
lo desprecian”.
Sólo
cuando los padres pueden mirarlo mirar con viveza y picardía, cambia su
estrella, y David deja ese aspecto oligoide para convertirse en un niño
atractivo, cariñoso y ocurrente.
EL
ANALISIS DE DAVID
David
sorprendió a los padres porque, desde la primera sesión entró solo al
consultorio (aunque lógico es dudar sobre si ese lugar era para él un
consultorio o si no era otra cosa que un consultorio médico).
Esta conducta los desconcertó y desmintió la afirmación acerca de la
absoluta incapacidad de David por despegarse.
Incapacidad en la que se basaba, entre otras cosas, la indicación de
postergar la iniciación de su escolaridad.
Durante
las primeras sesiones se agita, grita, corre preso de una inquietud y una
ansiedad desbordantes. Es incapaz de organizar el espacio, de armar un juego.
No oye cuando le hablo.
De
esta manera David me hizo saber acerca de su incapacidad para contener las
experiencias vividas. Con el despliegue de su excitación y su agitación intentaba
organizar una salida defensiva frente a la angustia aniquilante.
El estado de confusión en el que se incluía, disolvía malamente sus
sentimientos de indefensión y desdibujaba abandonados de abandonantes, víctimas
de victimarios, fantasía de realidad.
En
las sesiones posteriores comenzó a organizar el espacio y desplegar algo que no
me atrevería a llamar un juego pero que si tenía un sentido.
Descubre
puertas y ventanas. Va al baño.
Al principio deja la puerta abierta y desde allí me habla.
Después cierra la puerta. Me
pide que sea yo el que permanezca en el baño.
Tímidamente al principio y luego con cierta audacia salta.
Salta de la tarima al suelo. Salta
desde el marco de la ventana a la tarima y de ahí al suelo.
Necesita que yo lo vea saltar.
Es
verano y la ventana que da al patio, está abierta.
Se instala en el marco de la ventana.
Pasa sesiones enteras ubicado en el borde, en el marco.
Sólo sale de allí cuando la sesión termina.
Observó
a un carpintero que estuvo haciendo arreglos en su casa.
Llega a la sesión con una caja de carpintero.
Serrucho, regla, martillo, clavos. Todo
“de verdad”. En la puerta, al
despedirlo, la mamá se encoge de hombros, resignada.
Mientras
le interpreto la necesidad de poder estar en un lugar que no sea “dentro” ni
tampoco “fuera”; mientras le señalo las ganas que tiene de arreglar ese
lugar para él, copiando lo que le vio hacer al carpintero, empieza a serruchar
la madera “de verdad”. Se lo
impido y recuerdo para mí aquello de la transferencia donde todo pasa sin que
nada pase.
La
agitación y el desborde de las primeras sesiones dejan paso a un período en el
que intenta construir un espacio propio. Su
esquema corporal. Esquema corporal
tan cambiante como la imagen inconsciente de su propio cuerpo.
En
esta etapa resalta el intento de eludir la angustia a través de exagerar la
dependencia física respecto del papá. Necesita
la presencia efectiva del papá. Lo
busca en todo momento. Pide, exige
ir al consultorio donde trabaja el papá y allí “se porta bien”.
Se queda inmóvil mirándolo como desde un palco avant-scéne
siguiéndolo en todos los detalles. “Parece
encandilado, hipnotizado”, dice la mamá.
Esta es la imagen que nutrirá su ¿juego? En las sesiones.
En realidad no juega al doctor. Al
principio es el doctor.
Está
soldado al papá médico. Está
adherido a un nivel de concreción que no deja espacio posible.
Parecería que no hay ni una mínima brecha abierta a la abstracción.
No
obstante, antes del año de comenzado el análisis, empezó a ir a la escuela.
Se adaptó bien al régimen y a la disciplina escolar.
Las maestras se quejaban porque sólo escribía si alguien “le estaba
encima”. Podía hacerlo pero, si
lo dejaban solo, se interrumpía. La
mirada de la maestra lo cargaba de talento.
Habilidades que se evanescían cuando nadie lo miraba.
Le
comuniqué sobre un llamado de la mamá en el que me había hecho saber lo que
pasaba en la escuela. Entonces necesitó demostrarme que podía escribir solo.
Descubre
el espacio. Lo construye. Se
apropia del espacio en viajes hacia ninguna parte.
Sale y entra. Aparece y
desaparece. Busca mi sorpresa,
testimonio de su presencia. Busca
la angustia frente a la ausencia. Sólo
que ahora es angustia soportable. Se
desplaza por todo el departamento. Intercambia
los papeles. Soy yo quien debe
salir y esperar afuera. Cuando
puedo entrar, me entrega la hoja
que escribió en mi ausencia. Busca
mi mirada de asombro.
Me
muestra que es capaz de escribir solo, sin que yo lo mire.
Para que yo lo vea.
Separarse
y diferenciarse es el logro que permite la escritura.
Escribe, espontáneamente, su nombre y el mío. (Me llama por el
apellido, nada fácil para iniciados, y así lo escribe.)
Después, escribe nombre de remedios.
Aprende a leer y a escribir casi exclusivamente a través de nombres de
remedios; pernoral, diurético, trifacilina, aspirina.
Escribe “mi mamá me ama” sólo por obligación y a regañadientes.
Escribe
rápido y bien. Escribe palabras que su doble le dicta. Signos que él duplica hasta el cansancio.
Palabras que le sirven de trampolín para la construcción propia de la
lengua escrita.
Pasaron
ya dos años desde que vi a David por primera vez.
Tiempo en el que se abrió un espacio para que su historia pueda ser
hablada y escuchada. Para que su
cuerpo pueda ser construido y reconocido. Tiempo
en que la historia, esa historia del campo de concentración, esa nuestra
historia del terrorismo de Estado, la de la violencia del poder médico en la
sala de terapia intensiva, aquella de Israel en guerra, en definitiva; la
historia del otro, de alguna manera, pudo instalarse y ser dicha.
David
puede ahora jugar al papá médico y el papá puede empezar a mirarlo y a
mostrarlo. Cambia entonces.
Y cambia físicamente. Está
lindo. Ya no babea, no se le
escurren los mocos por el labio y fue adquiriendo un aspecto de niño sólido,
viril, dulce. No ha vuelto a
enfermarse. En los dos años que
lleva su análisis jamás faltó a una sesión.
“Se parece al papá”.
Pasaron
ya dos años desde que vi a David por primera vez.
Tiempo suficiente como para reflexionar si de verdad yo, que soy
psicoanalista, pienso que el psicoanálisis puede ayudar a la gente que sufre.
No
hace mucho, Marie Langer, reflexiva, se colgó del brazo de un psicoanalista
amigo y como pensando en voz alta dijo:
-¿Sabés
qué pienso? Pienso que el psicoanálisis
puede hacer muy poco por la gente que sufre.
Pero, sabés, ese “poco” que puede hacer es muchísimo.
¿No?
(1) La impresionante experiencia de parir en un campo de concentración no es ajena a nuestra historia. Durante los años de dictadura militar, en la Argentina, mujeres que arrastraban una historia de abortos espontáneos en adecuadas condiciones asistenciales, conservaron sus embarazos y parieron hijos vivos bajo las espantosas condiciones de la reclusión.