Cambio
y poder: filosofía del caciquismo
indígena (*)
Pierre Clastres
La
teoría etnológica oscila así entre dos ideas opuestas- y sin embargo
complementarias - con respecto al poder político:
Para
una, las sociedades primitivas están desprovistas en su mayoría de toda forma
real de organización política:
la ausencia de un órgano aparente
y efectivo de poder llevó a rechazar la función misma de ese poder en esas
sociedades, desde entonces juzgadas como estancadas en un estadio histórico
pre-político o anárquico. Para la
segunda, por el contrario, una minoría de entre las sociedades primitivas
sobrepasó la anarquía primordial para acceder a ese modo de ser, único auténticamente
humano, del grupo: la institución política; pero entonces vemos allí el
“defecto”- que caracterizaba la masa de las sociedades- convertirse aquí en
“exceso”, y la institución pervertirse en despotismo o tiranía. Todo
sucede pues como si las sociedades primitivas se encontraran posicionadas
ante una alternativa: o bien el defecto de la institución y su horizonte
anárquico, o bien el exceso de esa misma institución y
su destino déspota. Pero de hecho
esta alternativa es un dilema, pues, de este lado o del otro de la verdadera
condición política, es siempre esta última
la que escapa al hombre primitivo. Y
es precisamente en la certeza del fracaso casi fatal al cual ingenuamente la
etnología incipiente condenaba a los no occidentales, que se revela esta
complementariedad de los dos extremos, acordando cada uno por sí mismo: el uno
por exceso, el otro por defecto, negar la
“justa medida” del poder político.
En este sentido América del Sur ofrece una ilustración muy notable de
esa tendencia a inscribir a las sociedades primitivas en el marco de esa macrotipología
dualista: y oponemos al separatismo anárquico
de la mayoría de las sociedades indígenas, la pasividad de la organización
incaica; “el imperio totalitario del pasado”.
De hecho, considerándolas según su organización política, la mayoría
de las sociedades indígenas de América se distinguen por su sentido de la
democracia y su gusto por la igualdad.
Los primeros
viajeros de Brasil y los etnógrafos que le siguieron lo subrayaron
innumerables veces: la propiedad más notable del jefe indio consiste en su
falta casi total de autoridad; la función política parece
no ser -en estos pueblos- sino débilmente diferenciada.
A pesar de su dispersión y su insuficiencia, la documentación
que poseemos viene a confirmar esa viva impresión de democracia, a la cual
fueron sensibles todos los americanistas. Entre
la enorme masa de las tribus vueltas a censar en América del Sur, la autoridad del caciquismo no
está explícitamente testimoniada más que por algunos grupos, tales como los
Taïno de las islas, los Caquecio, los Jirajira, o los Otomac. Pero conviene señalar que esos grupos, casi todos Arawak, se
localizan en el Noroeste de América del Sur, y que su organización social
presenta una clara estratificación en castas: este último
rasgo no se encuentra sino en las tribus Guaycuru y Arawak (Guana) del
Chaco.
Además
podemos suponer que las sociedades del Noroeste se apegan a una tradición
cultural más cercana a la
civilización chibcha y a la del área andina que a aquella de las culturas de
la Selva Tropical. Es, pues, el
defecto de estratificación social y de autoridad del poder lo que debemos
retener como rasgo pertinente de la organización política de la mayoría de
las sociedades indígenas: algunas
de entre ellas, tales como los Ona y los Yaganes de Tierra del Fuego, no poseen
ni siquiera la institución del caciquismo; y
se dice de los Jíbaros que su lengua no posee términos
para designar al jefe.
A un espíritu formado por culturas donde el poder político está dotado
de poder efectivo, el status particular del caciquismo americano se impone
pues como de naturaleza paradojal:
¿Qué es, pues, ese poder privado de los medios para ejercerse? ¿Por qué se define el jefe, puesto que la autoridad
le hace defecto? Y muy pronto estaríamos tentados, cediendo
a las tentaciones de un evolucionismo más o menos consciente, de concluir en el
carácter epifenoménico del poder político en esas sociedades, que su arcaísmo
impediría inventar una auténtica forma política.
Sin embargo, resolver el problema de esta manera
no llevaría más que a replantearlo de una manera diferente: ¿De dónde
tal institución sin
“sustancia” toma la fuerza para subsistir? Puesto que, lo que se trata de comprender, es la persistencia
bizarra de un “poder” casi impotente, de un caciquismo sin autoridad, de una
función que funciona al vacío.
En un texto de 1948, R. Lowie, analizando los rasgos distintivos del tipo
de jefe evocado anteriormente, nombrado por él como titular chief,
aísla tres propiedades esenciales del líder indígena, cuya recurrencia
a lo largo de las dos Américas permite asir como condición necesaria del poder
en esas regiones:
1.-
El jefe es un “hacedor de paz”; es la instancia moderadora del grupo,
testimonio de esto es la división frecuente del poder civil y militar.
2.-
El debe ser generoso con sus bienes, y no puede permitirse, sin
retractarse, rechazar las incesantes demandas de sus “administrados”.
3.-
Sólo un buen orador puede acceder al caciquismo.
Este
esquema de la triple calificación necesaria para el que será detentor de la
función política es, por cierto, tan pertinente para las sociedades tanto sur
como norteamericanas. En primer
lugar, en efecto, es notable que los rasgos del caciquismo sean profundamente
opuestos en tiempos de guerra que en tiempos de paz, y que, muy a menudo, la
dirección del grupo sea asumida por dos individuos diferentes, por ejemplo en
el caso de los Cubeo, o en las tribus del Orinoco: existe un poder civil y un
poder militar. Durante las
expediciones guerreras, el jefe dispone de un poder considerable, a veces
incluso absoluto, sobre el conjunto de los guerreros.
Pero, una vez lograda la paz, el jefe de guerra pierde toda su potencia.
El modelo del poder coercitivo no es aceptado pues, sino en ocasiones
excepcionales, cuando el grupo se ve enfrentado a una amenaza exterior.
Pero la conjunción del poder y de la coerción cesa en cuanto el grupo
no se relaciona sino consigo mismo. Así,
la autoridad de los jefes tupinamba, indiscutida durante las expediciones
guerreras, en tiempos de paz se encuentra estrechamente sometida al control del
consejo de ancianos. Asimismo, los
Jíbaros no tendrían jefe sino en tiempos de guerra. El poder normal, civil, fundado en el consensus omnium y no
en la coacción, es por lo tanto de naturaleza profundamente pacífica; su función
es igualmente “pacificadora”:
el jefe tiene por encargo el mantenimiento de la paz y de la armonía en el
grupo. También él deberá
apaciguar las querellas, reglamentar los diferendos, no usando la fuerza, pues
no la posee y no le será reconocida, sino basándose sólo en las virtudes de
su prestigio, de su equidad y de su palabra.
Más que un juez que sanciona, es un árbitro que busca reconciliar. No
es sorprendente pues constatar que las funciones
judiciales del caciquismo sean tan raras: si el jefe fracasa en
reconciliar las partes adversarias, él no puede impedir el diferendo de que lo conviertan en vasallo. Y eso revela muy bien la
disyunción entre el poder y la coerción.
El segundo rasgo característico del caciquismo indígena, la
generosidad, parece ser más que un deber: una servidumbre.
En efecto, los etnólogos notaron en las poblaciones más diversas de América
del Sur que esa obligación de dar, bajo la cual se rige el jefe, es vivida por
los indígenas como una suerte de derecho de someterlo a un pillaje permanente.
Y si el desafortunado líder intenta frenar esa huída de regalos, todo
prestigio, todo poder le son inmediatamente negados.
Francis Huxley escribe, a propósito de los Urubu:
“El rol del jefe es ser generoso y dar todo lo que le piden: en algunas
tribus indígenas, siempre se puede
reconocer al jefe como aquel que posee menos que los demás y que lleva los
ornamentos más miserables.
El resto se le fue en regalos”(1) .
La situación es del todo análoga en los Nambikwara, descritos por
Claude Lévi-Strauss: “…la generosidad juega un rol fundamental para
determinar el grado de popularidad que gozará el nuevo jefe”(2).
A veces, el jefe, excedido por las repetidas demandas, grita: “¡
Traigan! ¡Terminé de dar! ¡ Que
otro sea generoso en mi
lugar!”(3).
Es
inútil multiplicar los ejemplos, pues esta relación de los indígenas con su
jefe es constante a lo largo de todo el continente (Guayana, Alto- Xingu,etc.)
Avaricia y poder no son compatibles; para ser jefe hay que ser generoso.
Más allá de ese gusto tan vivo por las posesiones del jefe, los indios
aprecian mucho sus palabras: el talento oratorio es una condición y también un
medio de poder político. Son
numerosas las tribus en las que el jefe debe, todos los días- ya sea al alba, o
al crepúsculo- gratificar con un discurso edificante a las personas de su
grupo: los jefes pilaga, sherenté, tupinamba, exhortan cada día a su pueblo a
que viva según la tradición. Puesto
que la temática de su discurso está estrechamente ligada a su función de
“hacedor de paz”. “…el tema habitual de esas
arengas es la paz, la armonía y la honestidad, virtudes recomendadas a
todas las personas de la tribu”(4). Sin
duda que el jefe a veces predica en el desierto: los Toba del Chaco o los Trumai
del Alto Xingu a menudo no prestan la más mínima atención al discurso de su líder,
el cual habla entonces ante la indiferencia general.
Sin
embargo esto no debe enmascararnos el amor de los indígenas por la palabra: un
Chiriguano no explicaba el acceso de una mujer
al caciquismo diciendo: “Su padre, ¿ le enseñó a hablar? ”.
La literatura etnográfica entonces atestigua bien la presencia de esos
rasgos esenciales del caciquismo. Sin
embargo, el área sudamericana (Excluyendo las culturas andinas, que de momento
no será el tema ) presenta un rasgo suplementario a agregar a los tres
destacados por Lowie: casi todas
esas sociedades, sean cuales fueran su unidad sociopolítica y su estatura
demográfica, reconocían la poligamia; pero casi todas la reconocían como
privilegio frecuentemente exclusivo del jefe.
La dimensión de los grupos varía grandemente en América del Sur, según
el contexto geográfico, el modo de adquisición de los alimentos, el nivel
tecnológico: una banda de nómades guayaki o siriono, pueblos sin agricultura,
consta raramente de más de treinta personas.
Por el contrario, las aldeas tupinamba o guaraní, agricultores
sedentarios, a veces reúnen más de mil personas.
El gran caserío colectivo de los Jíbaros alberga entre 80 a 300
residentes y la comunidad witoto comprende alrededor de cien personas.
Por consiguiente, según las áreas culturales, el tamaño medio de las
unidades sociopolíticas puede sufrir variaciones considerables.
No es menos sorprendente constatar que la mayoría de esas culturas,
desde la miserable banda guayaki hasta la enorme aldea tupi, reconocen y admiten
el modelo del matrimonio plural, frecuentemente bajo la forma de poliginia
sororal. Por lo tanto, es necesario admitir que el matrimonio poligíneo no es
función de una mínima densidad demográfica del grupo, puesto que vemos a esta
institución instalada tanto en una banda guayaki como por una aldea tupi,
treinta o cuarenta veces más numerosa. Podemos estimar que la poliginia, cuando
se pone en práctica en el seno de una importante masa de población, no acarrea
perturbaciones demasiado graves para el grupo.
Pero ¿Qué sucede con esto cuando ella concierne a unidades tan débiles
como la banda nambikwara, guayaki o siriono?
No puede sino afectar fuertemente a la vida del grupo y sin embargo, este
interpone razones sólidas para aceptar también la poliginia, razones que habrá
que intentar elucidar.
A este respecto es interesante interrogar el material etnográfico, a
pesar de sus numerosas lagunas: por
cierto, nosotros no poseemos-acerca de numerosas tribus- más que magras reseñas;
a veces –de una tribu- no conocemos sino el nombre por el cual ha sido
designada. Sin embargo, me parece que podemos concordar a ciertas recurrencias
una verosimilitud estadística. Si
retenemos la cifra aproximativa, pero probable, de un total de alrededor
doscientos etnias para toda América del Sur, nos damos cuenta que, sobre ese
total, la información de la que podemos disponer no establece formalmente una
monogamia estricta sino que para una docena de grupos a penas: son, por ejemplo,
los Palikur de Guyana, los Apinayé y los Timbira del grupo Gé, o los Yagua del
norte amazónico. Sin asignar a esos cálculos una exactitud que por cierto no poseen, son sin
embargo indicativos de un orden de magnitud: apenas una veintena de sociedades
indígenas practica la monogamia rigurosa. Esto es decir que la mayoría de los
grupos reconocen la poliginia y que esta es casi continental en su extensión.
Pero igualmente debemos notar que la poliginia indígena está limitada
estrictamente a una pequeña minoría de individuos, casi siempre los jefes.
Y por otra parte se comprende que no pueda ser de otro modo.
Si, en efecto consideramos que la sex ratio natural, o relación numérica
de los sexos, jamás sería demasiado baja como para permitir a cada hombre
casarse con más de una mujer, vemos que una poliginia generalizada es biológicamente
imposible: entonces, ella está limitada a determinados individuos.
Esta determinación natural es confirmada por el examen de los cálculos
etnográficos: sobre 180 o 190 tribus practicando la poliginia, sólo una docena
no le asigna límites; es decir, que todo hombre adulto de esas tribus puede
casarse con más de una mujer. Son, por ejemplo, los Achagua, Arawak del
Noroeste, los Chibcha, los Jíbaros, o los Rucuyenes, Carib de Guyana.
Ahora, los Achagua y los Chibchas, que pertenecen al área cultural
llamada circuí-Carib, común a Venezuela y Colombia, eran muy diferentes del
resto de las poblaciones sudamericanas; comprometidos en un proceso de
profunda estratificación social, reducían a la esclavitud a sus vecinos menos
poderosos y se beneficiaban de esta manera con un aporte constante e importante
de prisioneras, tomadas también como esposas complementarias.
En lo que concierne a los Jíbaros, sin duda es su pasión por la guerra
y la caza de cabezas que, acarreando una gran mortalidad de jóvenes guerreros,
, permitía a la mayoría de los hombres practicar la poliginia. Los Rucuyenes,
y con ellos muchos otros grupos Carib de Venezuela, eran igualmente poblaciones
muy belicosas: sus expediciones militares a menudo tenían por objeto obtener
esclavas y esposas secundarias.
Todo eso nos muestra en primer lugar la
infrecuencia, naturalmente determinada, de la poliginia general.
Por otra parte vemos que, cuando esta no está restringida al jefe, esa
posibilidad se funda en determinantes culturales: existencia de castas, práctica
de la esclavitud, actividad guerrera. Aparentemente,
estas últimas sociedades parecían más democráticas que las otras, ya que la
poliginia deja de ser el privilegio de uno solo. Y, de hecho, la oposición
parece estar más zanjada, entre ese jefe Iquito, poseedor de doce mujeres, y
sus hombres restringidos a la monogamia, que entre el jefe achagua y los hombres
de su grupo, a los cuales la poliginia les era
igualmente permitida. Recordemos
sin embargo que las sociedades del noroeste estaban ya fuertemente
estratificadas y que una aristocracia de ricos nobles detentaba- por su riqueza
misma- el medio de ser más polígamos, si podemos decirlo, que los
“plebeyos” menos favorecidos: el modelo de casamiento por compra permitía
adquirir- a los hombres ricos- un número mayor de mujeres .
De modo que entre la poliginia como privilegio del jefe y la poliginia
generalizada, la diferencia no es de naturaleza, sino de grado: un plebeyo
chibcha o achagua de ningún modo podía casarse con más de dos o tres mujeres,
mientras que un jefe célebre del noroeste, Guaramental, poseía doscientos de
ellas.
Del análisis precedente, también es legítimo retener que para la mayoría
de las sociedades sudamericanas, la institución matrimonial de la poliginia está
estrechamente articulada con la institución política del poder. La
especificidad de ese vínculo no se aboliría más que con un restablecimiento
de las condiciones de la monogamia: una poliginia de igual magnitud para todos
los hombres del grupo. Ahora bien, el breve examen de algunas sociedades
poseedoras del modelo generalizado de matrimonio plural revela que la oposición
entre el jefe y el resto de los hombres se mantiene y más aun, se refuerza.
Ocurre
igualmente que ciertos guerreros tupinamba- los más exitosos en combate-
investidos de un poder real, podían poseer esposas secundarias, a menudo hechas
prisioneras y arrancadas del grupo vencido.
Puesto que el “Consejo”, al cual el jefe debía someter todas las
decisiones, precisamente estaba compuesto en parte por los guerreros más
brillantes; y es de entre estos que la asamblea
de los hombres elegía al nuevo jefe cuando el hijo del jefe muerto era
estimado inepto para el ejercicio de tal función.
Si, por otra parte, ciertos grupos reconocían a la poliginia como
privilegio del jefe, y también de los mejores cazadores, es porque la caza,
como actividad económica y actividad de prestigio, revista aquí una
importancia particular sancionada por la influencia que confiere al hombre hábil
su relación con el aporte de abundante alimento: en las poblaciones tales como
los Puri-Coroado, los Caïngang, o los Ipurina del Jurua Purus, la caza
constituye una fuente decisiva de alimentación; por lo tanto, los mejores
cazadores adquieren un status social y un “peso” político conformes a su
calificación profesional. Siendo
la tarea principal del líder velar por el bienestar de su grupo, el jefe
ipurina o caïngang será uno de los mejores cazadores, con el cual el grupo
abastece de hombres elegibles como jefes. Por consiguiente, además del hecho
que sólo un buen cazador está en posición de subvencionar las necesidades de
una familia poligámica, la caza, actividad económica esencial para la
subsistencia del grupo, confiere a los hombres que tiene más éxito en ella,
una importancia política certera. Permitiendo
la poliginia a los más eficaces de sus proveedores de alimento, el grupo les
reconocía implícitamente la calidad de líderes posibles.
Sin embargo, es necesario señalar que esta poliginia, lejos de ser
igualitaria, favorece siempre al jefe efectivo del grupo.
El modelo de matrimonio poligámico, encarado según esas diversas
extensiones: general o restringida, ya sea únicamente para el jefe, ya sea para
el jefe y una débil minoría de hombres, nos ha remitido constantemente a la
vida política del grupo ; es sobre este horizonte donde la poliginia dibuja su
figura, y tal vez es allí donde podría leerse el sentido de su función.
Entonces, es justamente a través de cuatro rasgos que se puede
distinguir al jefe en América del Sur. Como tal es un “Apaciguador
profesional”; deberá ser además generoso y buen orador; y por último, la
poliginia es su privilegio.
Se impone sin embargo una diferencia entre el primer criterio y los tres
siguientes. Estos definen el
conjunto de prestaciones y contraprestaciones, por medio de las cuales se
mantiene el equilibrio entre la estructura social y la institución política:
el líder ejerce un derecho sobre un número anormal de mujeres del grupo; este
último en cambio tiene el derecho de exigir a su jefe generosidad de bienes y
talento oratorio. Esta relación
con apariencia de intercambio se determina así en un nivel esencial de la
sociedad, un nivel propiamente sociológico que concierne a la estructura del
grupo como tal. Por el contrario,
la función moderadora del jefe se despliega en el elemento de la práctica
estrictamente política. En efecto,
-como parece hacerlo lowie- no se puede situar en el mismo plano de realidad
sociológica, por una parte, lo que se define- en términos del análisis
precedente-, como el conjunto de las condiciones de posibilidad de la esfera política,
y por otra parte, lo que constituye la puesta en marcha efectiva-vivida como
tal- de las funciones cotidianas de la institución.
Tratar como elementos homogéneos el modo de constitución del poder y el
modo de operar del poder constituido, llevaría de algún modo a confundir el
ser con el hacer del caciquismo, lo trascendental y lo empírico de la institución.
Humildes en su alcance, las funciones del jefe no son –sin embargo-
menos controladas por la opinión pública.
Planificador de las actividades económicas y ceremoniales del grupo, el
líder no posee ningún poder de decisión; nunca estará seguro que sus “órdenes”
serán ejecutadas: Esta permanente fragilidad de un poder incesantemente
impugnado da su tonalidad al ejercicio de la función: el poder del jefe depende
del bienquerer del grupo. De allí
se comprende el interés directo del jefe por mantener la paz: la irrupción de
una crisis destructiva de la armonía interna apela a la intervención del
poder, pero al mismo tiempo suscita esa intención contestataria que el jefe no
tiene medios para vencerla.
La función, al ejercerse, indica también
aquello de lo cual se busca el sentido: la impotencia de la institución.
Pero es en el plano de la estructura, es decir, en otro nivel, donde
reside, enmascarado, ese sentido. Como
actividad concreta de la función, la práctica del jefe no reenvía entonces al
mismo orden de fenómenos que los otros tres criterios ; ella los deja subsistir
como una unidad estructuralmente articulada a la esencia misma de la sociedad.
En efecto, es notable constatar que esta trinidad de atributos: don de
oratoria, generosidad, poliginia,
ligados a la persona del líder, concierne a los mismos elementos de los cuales
el intercambio y la circulación constituyen la sociedad como tal, y sancionan
el pasaje de la naturaleza a la cultura. En principio se define esta sociedad por los tres niveles
fundamentales del intercambio; de los bienes, de las mujeres, y de las palabras;
de igual manera es por referencia inmediata a esos tres tipos de “signos”
como se constituye la esfera política de las sociedades indígenas. Aquí el
poder tiene pues relación con los tres niveles estructurales esenciales de la
sociedad, es decir, con el corazón mismo del universo de la comunicación. Es
necesario pues, elucidar la naturaleza de esa relación, para intentar
desprender de ella las implicaciones estructurales.
Aparentemente, el poder es fiel a la ley de intercambio que funda y rige
la sociedad; todo sucede, al parecer, como si el jefe recibiera una parte de las
mujeres del grupo, como intercambio de bienes económicos y signos lingüísticos,
la única diferencia resultante de lo que aquí las unidades de intercambio son,
por una parte un individuo, por otra, el grupo tomado globalmente.
No obstante, tal interpretación, basada en que el principio de
reciprocidad determina la relación entre poder y sociedad, se revela muy pronto
insuficiente: sabemos que las sociedades indígenas de América del Sur no
poseen en general más que una tecnología relativamente rudimentaria, y que,
por consiguiente, ningún individuo,
aunque sea jefe, puede concentrar en sus manos muchas riquezas
materiales. El prestigio de un jefe, lo hemos visto, se sostiene en gran
medida en su generosidad. Pero, por otra parte, las exigencias de los indígenas
sobrepasan a menudo las posibilidades inmediatas del jefe. Entonces, este es constreñido, bajo pena de verse rápidamente
abandonado por la mayoría de sus gentes, a intentar satisfacer sus demandas.
No cabe duda que sus esposas pueden, en gran medida, sostenerlo en su
tarea: el ejemplo de los Nambikwara ilustra bien el rol decisivo de las mujeres
del jefe. Pero algunos
objetos-arcos, flechas, ornamentos masculinos-,no pueden ser fabricados sino por
su jefe; ahora, sus capacidades de producción se han reducido
grandemente, y esto limita inmediatamente el alcance de las prestaciones en
bienes del jefe al grupo. Por otra
parte, también sabemos que, para las sociedades “primitivas”, las mujeres
son los valores por excelencia. ¿ Cómo pretender, en este caso, que este
intercambio aparente ponga en juego dos “masas” equivalentes de valores,
equivalencia que, sin embargo, deberían alcanzar, si el principio de
reciprocidad está funcionando bien para articular la sociedad a su
poder ? Es evidente que
para el grupo, que se desprendió – en pro del jefe- de una cantidad
importante de sus valores más esenciales- las mujeres- , las arengas cotidianas
y los magros bienes económicos de los cuales puede disponer el líder, no
constituyen una compensación equivalente. Y eso, puesto que a pesar de su falta
de autoridad, el jefe sin embargo, goza de un status social envidiable.
La desigualdad del intercambio es asombrosa: no se explicaría sino en el
seno de sociedades donde el poder, dotado de una autoridad efectiva, sería- por
este hecho- netamente diferenciado del resto del grupo.
Ahora, precisamente es esta autoridad
la que le falta al jefe indígena: ¿
cómo , por tanto, comprender que una función, gratificada de
privilegios exorbitantes, sea por otra parte, impotente en ejercerse?
Al querer examinar en términos de intercambio la relación del poder en
el grupo no se llega sino a hacer estallar la paradoja.
Consideremos pues el estatuto de cada uno de los tres niveles de
comunicación, tomados en el seno de la esfera política.
Está claro que en lo que concierne a las mujeres, su circulación se
hace en “sentido único”: desde el grupo hacia el jefe; ya que este último
sería del todo incapaz de volver a poner en circuito, hacia el grupo, un número
de mujeres equivalente al número que él recibió.
Por cierto, las esposas del jefe le darán hijas que más tarde serán
esposas potenciales para los jóvenes del grupo. Pero debemos considerar que la
reinserción de las hijas en el ciclo de los intercambios matrimoniales no llega
a compensar la poliginia del padre. En
efecto, en la mayoría de las sociedades sudamericanas, el caciquismo se hereda
patrilinealmente. Así, el hijo del
jefe, o en su defecto, el hijo del hermano del jefe,
será el nuevo líder de la comunidad.
Y, al mismo tiempo que asume el cargo, recogerá también el privilegio
de la función, a saber, la poliginia. El
ejercicio de ese privilegio anula en cada generación, el efecto de lo que podría
neutralizar, por la vía de las hijas, la poliginia de la generación
precedente. No es en el plano diacrónico
de las sucesivas generaciones donde se juega el drama del poder, sino en el
plano sincrónico de la estructura grupal.
El advenimiento de un jefe reproduce cada vez la misma situación: esta
estructura de repetición no se aboliría sino en la perspectiva cíclica de un
poder que recorrería sucesivamente a todas las familias del grupo, siendo
elegido el jefe-en cada generación- desde una familia diferente, hasta volver a
encontrar a la primera familia, inaugurándose así un nuevo ciclo.
Pero el cargo es hereditario: aquí no se trata entonces de intercambio,
sino de un puro y simple don del grupo a su líder, don sin contrapartida,
destinado en apariencia a sancionar el status social del detentor de un cargo
instituido para no ser ejercido.
Si nos volvemos hacia el nivel económico del intercambio, nos damos
cuenta que los bienes sufren el mismo tratamiento: su movimiento se efectúa únicamente
desde el jefe hacia el grupo. A las sociedades indígenas de América del Sur,
rara vez se les pide prestaciones económicas para su líder, y este último,
como cualquiera, debe cultivar su mandioca y
matar su caza. Excepción de
esto son las sociedades del Noroeste de América del Sur, en las que los
privilegios del Caciquismo en general no se sitúan en un plano material, y sólo
algunas tribus hacen del ocio la marca de un status social superior: los Manasi
de Bolivia o los guaraníes cultivan los jardines del jefe y recolectan las
cosechas. Aun es necesario agregar que, en el caso de los guaraníes,el uso de
ese derecho honre -quizás- menos al jefe que al chamán .
Sea como fuere, la mayoría de los líderes indígenas está lejos de
ofrecer la imagen de un rey holgazán: muy por el contrario, el jefe, obligado a
responder a la generosidad que se espera de él, debe –sin cesar- buscar
procurarse regalos para ofrecer a sus gentes. El comercio con otros grupos puede
ser una fuente de bienes; pero, muy a menudo, el jefe se fía en su propia
ingeniosidad y en su trabajo personal. De
modo que, curiosamente, es el líder quien, en América del Sur, trabaja más
duramente.
Finalmente, el estatuto de los signos lingüísticos es aun más
evidente: en sociedades que han sabido proteger el lenguaje de la degradación
que le infligen las nuestras, la palabra, más que un privilegio, es un deber
del jefe: es sobre él que recae el dominio de las palabras, hasta el punto en
que se ha podido escribir, a propósito de una tribu norteamericana: “Podemos
decir, no que el jefe sea un hombre que habla, sino que aquel que habla es un
jefe”, fórmula cómodamente aplicable a todo el continente sudamericano.
Pues el ejercicio de ese cuasi-monopolio del jefe sobre el lenguaje se
refuerza con el hecho que los indios no lo aprehenden como una frustración.
La división está tan claramente establecida que los dos asistentes del
líder trumaï, por ejemplo, si bien gozan de cierto prestigio, no pueden hablar
como el jefe: no en virtud de una interdicción exterior, sino por el
sentimiento que la actividad parlante sería una afrenta tanto para el jefe como
para el lenguaje; pues, dice un informador, cualquiera que no fuese el jefe
“tendría vergüenza” de hablar como él.
En la medida que, rechazando la idea de un intercambio de las mujeres del
grupo contra los bienes y los mensajes del jefe, se examina por consiguiente el
movimiento de cada “signo” según su propio circuito, descubrimos que ese
triple movimiento presenta una dimensión negativa común que asigna a esos tres
tipos de “signos” un destino idéntico: no aparecen más como valores de
intercambio, la reciprocidad deja de reglamentar su circulación, de allí cada
uno de ellos cae al exterior del universo de la comunicación.
Una relación original entre la región del poder y la esencia del grupo
se revela pues aquí: el poder mantiene una relación privilegiada con los
elementos cuyo movimiento recíproco funda la estructura misma de la sociedad;
pero esa relación, al negarles un valor que es de intercambio a nivel del
grupo, instaura la esfera política no sólo como exterior a la estructura del
grupo, sino más bien como negadora de esta: el poder está en contra del grupo,
y el rechazo de la reciprocidad-como dimensión ontológica de la sociedad- es
el rechazo de la sociedad misma.
Tal conclusión, articulada a la premisa de la impotencia del jefe en las
sociedades indígenas, puede parecer paradójica; sin embargo, es en ella donde
se desanuda el problema inicial: la ausencia de autoridad de los caciques. En
efecto, para que un aspecto de la estructura social tenga la posibilidad de ejercer una influencia cualquiera en
esa estructura, es necesario, a lo menos, que la relación entre ese sistema
particular y el sistema global no sea enteramente negativa.
Es a condición de ser- en cierta medida- inmanente al grupo, que podrá
desplegarse efectivamente la función política. Ahora, ésta, en las sociedades
indígenas, se encuentra excluida del grupo, si bien exclusiva de él: es, pues,
en la relación negativa sostenida con el grupo donde se arraiga la impotencia
de la función política; el rechazo de ésta al exterior de la sociedad es el
medio mismo de reducirla a la impotencia.
Concebir así la relación del poder y de la sociedad en las poblaciones
indígenas de América del Sur puede parecer implicar una metafísica finalista,
según la cual una voluntad misteriosa usaría medios desviados con el fin de
negar al poder político precisamente su calidad de poder. Sin embargo, no se
trata de ningún
modo
de causas finales; los fenómenos analizados aquí resaltan al campo de la
actividad inconsciente mediante la cual el grupo elabora sus modelos: y lo que
se intenta descubrir es el modelo estructural de la relación del grupo social
con el poder político. Este modelo
permite integrar las ideas fundamentales percibidas como contradictorias en un
primer abordaje. En esta etapa de
análisis, comprendemos que la impotencia del poder se articula directamente con
su situación “al margen” con respecto al sistema total; y esta situación
resulta de la ruptura que introduce el poder en el ciclo decisivo de los
intercambios de las mujeres, de los bienes y de las palabras.
Pero develar en esta ruptura la causa del no-poder de la función política
no aclara sin embargo su razón de
ser profunda. ¿Debemos interpretar la secuencia: ruptura del
intercambio-exterioridad- impotencia, como un desvío accidental del proceso
constitutivo del poder?
Esto
dejaría suponer que el resultado efectivo de la operación (defecto de la
autoridad del poder) es sólo contingente en relación a la intención inicial
(promoción de la esfera política). Pero
entonces será necesario aceptar la idea que este “error” es
co -extensivo al modelo mismo y que se repite indefinidamente a través
de un área casi continental: ninguna de las culturas que la ocupa se reconocería
capaz de darse una auténtica autoridad política.
Hay, aquí, subyacente el postulado –totalmente arbitrario- que esas
culturas no poseían creatividad: es al mismo tiempo, el retorno al prejuicio de
su arcaísmo. No podríamos pues,
concebir la separación entre función política y autoridad como el fracaso
accidental de un proceso que apuntaba a su síntesis, como el
“resbalón” de un sistema que
a su pesar es desmentido por un resultado que el grupo es incapaz de corregir.
Recusar la perspectiva del accidente lleva a suponer cierta necesidad
inherente al proceso mismo; a buscar a nivel de la intencionalidad sociológica-lugar
de elaboración del modelo- la razón última del resultado. Admitir la
conformidad de este a la intención que preside su producción, no puede
significar otra cosa que la implicación de ese resultado en la intención
original: el poder es exactamente lo que esas sociedades han querido que sea.
Y como ese poder no está, no es nada, el grupo revela, su rechazo
radical a la autoridad, una negación absoluta del poder.
¿Es posible dar cuenta de esta “decisión” de las culturas indígenas?
¿Debemos juzgarla como el fruto irracional de la fantasía, o podemos- por el
contrario- postular una racionalidad inmanente a esta “elección”? La
radicalidad misma del rechazo, su permanencia y su extensión, sugieren quizás
la perspectiva en la cual situarlo. La
relación del poder con el intercambio, por ser negativa, no nos ha mostrado
menos que es en el nivel más profundo de la estructura social-lugar de la
constitución inconsciente de sus dimensiones- donde adviene y se anuda la
problemática de ese poder. Para decirlo de otro modo, es la cultura misma, como
diferencia mayor de la naturaleza, que se inviste totalmente en el rechazo de
ese poder. ¿No es precisamente, en su relación con la naturaleza donde la
cultura manifiesta una desmentida de iguales proporciones? Esta identidad en el
rechazo nos lleva a descubrir, en esas sociedades, una identificación del poder
y de la naturaleza: la cultura es negación del uno y de la otra, no en el
sentido en que poder y naturaleza serían dos peligros diferentes, cuya
identidad no sería sino esa-negativa- de una relación idéntica con el tercer
término, sino más bien en el sentido en que la cultura aprehende el poder como
el resurgimiento mismo de la naturaleza.
Todo sucede, en efecto, como si esas sociedades constituyeran su esfera
política en función de una intuición que sostuviera lugar de regla: a saber,
que el poder es en esencia coercitivo; que la actividad unificadora de la función
política se ejercería, no a partir de la estructura de la sociedad y conforme
a ella, sino a partir de un más allá incontrolable y contra ella; que el poder
en su naturaleza no es sino coartada furtiva de la naturaleza en su poder.
Entonces, lejos de ofrecernos la imagen deslucida de una incapacidad para
resolver la cuestión del poder político, esas sociedades nos asombran por la
sutileza con la cual la han planteado y reglamentado.
Tempranamente ellas han presentido que la trascendencia del poder
encubre un riesgo mortal para el grupo, que el principio de una autoridad
exterior y creadora de su propia legalidad es un desafío de la misma cultura;
es la intuición de esa amenaza lo que ha determinado la profundidad de su
filosofía política. Pues,
descubriendo el gran parentesco del poder y la naturaleza, como doble limitación
del universo y de la cultura, las sociedades indígenas han sabido inventar un
modo para neutralizar la virulencia de la autoridad política. Escogieron de
entre ellas mismas las fundadoras, pero de modo de no dejar aparecer el poder
sino como negatividad dominada de
inmediato: las instituyen según su esencia (la negación de la cultura), pero
justamente para negarles toda potencia efectiva. De modo que la presentación
del poder, tal como es, se ofrece a estas sociedades como el medio mismo para
anularlo. La misma operación que
instaura la esfera política le prohíbe su despliegue: es así como la cultura
utiliza
contra el poder la treta misma de la naturaleza; es por eso que se nombra
jefe al hombre en el cual viene a estrellarse el intercambio de las mujeres, de
las palabras y de los bienes.
En tanto deudor de riqueza y de mensajes, el jefe no traduce otra cosa
que su dependencia en relación al grupo, y la obligación en la que se
encuentra de manifestar en cada momento la inocencia de su función.
Podríamos pensar en efecto, en medir la confianza con la que el grupo
acredita a su jefe, que a través de esa libertad vivida por el grupo en relación
con el poder se abre paso, subrepticiamente, un control, más profundo por ser
menos aparente, del jefe sobre la comunidad.
Pues, en ciertas circunstancias, singularmente en períodos de carestía,
el grupo se remite totalmente al jefe: cuando amenaza la hambruna, las
comunidades del Orinoco se instalan en la casa del jefe, a expensas del cual
deciden vivir, hasta días mejores. Asimismo, la banda Nambikwara, cortos de
comida después de una dura etapa, espera del jefe, y no de sí misma, que la
situación mejore. En este caso, parece que el grupo, no pudiendo prescindir del
jefe, depende integralmente de él. Pero
esta subordinación no es más que aparente: de hecho enmascara una suerte de
chantaje que el grupo ejerce sobre el jefe. Pues, si este último no hace lo que
se espera de él, su aldea o su banda simplemente lo abandona para unirse a un líder
más fiel a sus deberes. Solamente mediante esta dependencia real es que el jefe
puede mantener su status. Esto aparece muy nítidamente en la relación del
poder y de la palabra: pues, si el lenguaje es el opuesto mismo de la violencia,
la palabra debe interpretarse, más que como privilegio del jefe, como el medio
que el grupo se otorga para mantener el poder al exterior de la violencia
coercitiva, como la garantía que se repite a diario de que esta amenaza es
alejada. La palabra del líder oculta
en sí la ambigüedad de estar
desviada de la función de comunicación inmanente al lenguaje. Es tan poco
necesario que el discurso del jefe sea escuchado que los indígenas no le
prestan a menudo ninguna atención. El lenguaje de la autoridad-dicen los Urubu-
es un ne eng hantan: un lenguaje duro, que no espera respuesta.
Pero esta dureza no compensa para nada la impotencia de la institución
política. A la exterioridad del
poder responde el aislamiento de su palabra que trae- de ser dicha duramente
para no hacerse oír- el testimonio de su dulzura.
La poliginia puede interpretarse del mismo modo: más allá de su aspecto
formal de puro y simple don destinado a plantear el poder como ruptura del
intercambio, se dibuja una función positiva análoga a la de los bienes y
del lenguaje. El jefe,
propietario de valores esenciales del grupo, es-por eso mismo- responsable ante
él y, por intermedio de las mujeres él es – de cierto modo- prisionero del
grupo.
Ese modo de constitución de la esfera política puede comprenderse-pues-
como un verdadero mecanismo de defensa de las sociedades indígenas. La cultura
afirma la prevalencia de lo que la funda- el intercambio- precisamente encarando
en el poder la negación de ese fundamento.
Pero además es necesario señalar que esas culturas, privando a los
“signos” de su valor de intercambio en el área del poder, arrebatan a las
mujeres, a los bienes y a las palabras justamente su función de signos a
intercambiar; es así cómo esos elementos son aprehendidos como puros valores,
ya que la comunicación deja de ser su horizonte. El estatuto del lenguaje
sugiere- con fuerza singular- esta conversión del estado de signo al estado de
valor: el discurso del jefe, en su soledad, recuerda la palabra del poeta para
quien las palabras son valores más que signos.
¿Qué puede significar pues ese doble proceso de de-significación y de
valorización de los elementos del intercambio?
Expresa quizás- más allá del apego de la cultura a sus valores- la
esperanza o la nostalgia de un tiempo mítico en el cual cada quien accedería a
la plenitud de un goce no limitado por la exigencia del intercambio.
Culturas indígenas, culturas inquietas por rehusar un poder que las
fascina: la opulencia del jefe es el sueño animado del grupo.
Y está bien expresar a la vez la inquietud que conllevan- tanto la
cultura como el sueño- de sobrepasarse, que el poder, paradójico en su
naturaleza, es venerado en su impotencia: metáfora de la tribu, imago de su
mito, he aquí al jefe indio.
(*) Pierre
Clastres ( 1962) La Societé contre
l’Etat, Les Edicions de Minuit, Paris, 1974, Cap. 2
CITAS
BIBLIOGRAFICAS
(1)
F. Huxley, “Amables salvajes”
(2)
C. Levi-Strauss, “La vida
familiar y social de los indios Nambikwara”.
(3)
Ibid.
(4)
“Libro de bolsillo
de los Indios Sudamericanos”, t.V,p. 343.
Traducción del francés realizada por:
Marcella Chiarappa C.
- Octubre 2003.