EL TEMA DEL CHIVO EMISARIO EN LA SOCIEDAD Y SUS MANIFESTACIONES EN UN GRUPO TERAPÉUTICO[1]
F.K. TAYLOR y J.H. REY[2]
La persecución y masacre de chivos emisarios ha
asumido a menudo tales proporciones epidémicas tanto en la historia antigua
como en la reciente, que uno se siente tentado a llamarla enfermedad psicosocial
con una tasa de mortandad potencialmente alta. Esta enfermedad merece atención
aún cuando se manifieste en forma abortada y relativamente inofensiva.
En este trabajo trataremos de considerar brevemente, en la primera parte,
algunos aspectos de las implicaciones psicológicas y sociológicas del fenómeno
del chivo emisario. En la segunda parte describiremos la observación de este
fenómeno en un grupo terapéutico.
I. La psicogénesis de la
necesidad de chivos emisarios.
El término de chivo emisario deriva de una ceremonia religiosa destinada
a transferir las culpas del pueblo judío a un animal, en este caso a un chivo.
Otros cultos religiosos también tienen prácticas similares. A menudo un ser
humano era escogido como receptor de la culpa desplazada.
También los antropólogos han descrito costumbres supersticiosas que tenían
el mismo propósito. La esencia de todos estos procedimientos era transferir la
culpa por medio de un rito mágico.
Estos actos siempre han estado asociados con actitudes agresivas y
sumamente punitivas. En algunas ceremonias con chivos expiatorios que terminaban
con la muerte sacrificial de la víctima escogida, esta agresividad se
manifestaba claramente. Es posible que la notoriedad de estas ceremonias
homicidas tienden a distorsionar el sentido del término chivo emisario.
Al menos el término se aplica hoy en día de una manera no demasiado
literal, para denotar simplemente el supliciado de sentimientos agresivos, para
descargar en él lo que no puede hacerse abiertamente contra el verdadero blanco
de estos sentimientos. Un chivo emisario en este sentido trunco, es el receptáculo
de la agresión desplazada. Es más cercano definir al chivo emisario como la
persona a quien se hace sufrir la carga de la culpa desplazada.
La necesidad de chivos víctimas parece surgir en especial en individuos
predispuestos por una inclinación a adoptar actitudes punitivas hacia otros y
que se sienten perturbados por una sensación de culpa y disgusto consigo
mismos, que ellos mismos desconocen.
Los sentimientos de culpa por sí mismos no son suficientes para causar
deseo de encontrar un chivo emisario. Pueden ser resueltos de otras formas; por
ejemplo, con actos expiatorios de reparación y arrepentimiento, con un aumento
del esfuerzo para sobreponerse al fracaso y a la incapacidad y resignándose a
disminuir las aspiraciones y así mantener las metas alcanzables.
Sin embargo cuando se combinan los sentimientos de culpa con propensión
hacia el castigo, el individuo preferirá, proyectar la culpa en vez de
enfrentarse a un proceso más doloroso de búsqueda de la razón de su malestar.
Los sentimientos de culpa que pueden despertar la necesidad de chivos
emisarios en individuos propensos a ello pueden no ser conscientes.
Investigaciones psicoanalíticas nos han demostrado los dañinos efectos
que pueden surgir de la caja de Pandora de la culpa inconsciente. La necesidad
de chivos emisarios puede ser uno de ellos.
La víctima escogida para el papel de chivo emisario puede ser una
persona inocente quien, por desgracia, se convierte en el blanco de sentimientos
paranoides o el objeto de vilipendio político deliberado, puede ser un criminal
cuya culpa ha sido públicamente reconocida. Pero hay también una importante
clase de víctimas quienes son culpables por haberse dejado manipular por otros
a hacer el mal. Podríamos llamarlos chivos emisarios maquinados, por darles un
nombre.
Se les hace actuar como sustitutos de quienes no se atreven a asumir el
papel de pecadores. Maquinaciones inconscientes de este tipo de parte de algunos
padres pueden ser la causa de carreras delincuentes y criminales como fue
sugerido por Ruth S. Eissler.
El chivo emisario ya sea realmente culpable o inocente, tanto parcial
como totalmente, puede ser castigado con una severidad feroz, la cual sólo
corresponde a la magnitud de la culpa proyectada.
Pero la presencia o ausencia del fenómeno del chivo emisario no debe ser
juzgada por el grado de insistencia manifestado en la persecución de la víctima.
Actividades relativamente inofensivas caen en esta misma categoría. La
actividad más común similar al fenómeno del chivo emisario es tal vez el
pasatiempo popular de murmurar sobre las fallas reales o imaginarias de los
superiores en la escala social. La víctimas de ello sólo sufrirán la
injusticia de ser juzgados estando ellos ausentes, aunque esto puede ser más
grave en algunas ocasiones. El chivo emisario puede aparecer también en una
forma en que se advierte inocencia de la víctima. Estos chivos emisarios son
vistos como mártires quienes libres de culpa aceptan el castigo por esa culpa.
Esto ha alcanzado una expresión sublime en la veneración de Jesús como
redentor de las culpas de a humanidad.
El gusto por la cacería de
chivos emisarios reside no sólo en el alivio auto- engañosos de pasar la culpa
a otras espaldas; ofrece también otros atractivos. La indignación con que se
condena la culpa del chivo emisario despierta sentimientos narcisísticos de
rectitud y superioridad moral.
El yo, actuando en cercana alianza con el superyo, tiene una oportunidad
de ventilar agresiones sin culpa. Es más, bajo el disfraz de la denuncia del
pecado, el individuo puede actuar como vouyer, probar con ansiedad escoptofílica
la depravación y con inquietante aversión agregarle belleza en su fantasía.
La persecución de chivos emisarios no sólo libera a la persona
predispuesta de una sensación opresiva de disgusto consigo mismo, sino que
también le proporciona gratificación narcisística y escoptofílica y
oportunidades de descarga adecuada de agresividad y el saboreo vicario de la
fruta prohibida.
Variaciones individuales en la
necesidad de los chivos emisarios.
La facilidad con la cual los individuos recurren a la persecución de
chivos emisarios puede pensarse que varía de acuerdo a sus tendencias
extrapunitivas y el grado de insatisfacción desconocida por ellos. Muestras de
esta variabilidad se ven en estudios recientes de actitudes sociales, como los
llevados acabo por Adorno, Frenkel Bruns Wick, Levinson y Sanford en EEUU y por
Eysenck en Inglaterra.
El grupo norteamericano se preocupó particularmente por definir la
personalidad con tendencia a la formación de chivos emisarios, la personalidad
autoritaria, racista, caracterizada por prejuicios sociales contra los miembros
de otros grupos, por hostilidad hacia las minorías morales (criminales,
pervertidos) y desdén o disgusto por las masas.
Partiendo de esta investigación
se puede decir que las actitudes sociales de la gente pueden calcificarse de
acuerdo a un continuoum “Etnocéntrico- Liberal” con tendencias de acoso
hacia los chivos emisarios, agrupadas alrededor del polo etnocéntrico.
Los estudios de Eysenck de actitudes sociales parecen complementar los
descubrimientos norteamericanos. Analizando los factores, obtuvo dos factores
generales para caracterizar las actitudes sociales. A uno lo llamó
“Conservadurismo- Radicalismo” y está relacionado al factor Etnocéntrico-
Liberal de los americanos, aunque se relaciona de manera menos exclusiva con las
tendencias de acoso al chivo expiatorio en el polo conservador.
Al segundo factor lo llamó “Dureza- Ternura”, distingue actitudes
sociales conciliadoras y tolerantes de otras que expresan hostilidad hacia otros
grupos étnicos y aboga por la extinción de la vida por eutanasia, abortos o
esterilización obligatoria.
Los resultados de estas investigaciones arrojan luz sobre la distribución
de las propensiones de acoso al chivo emisario en grupos grandes. Los estudios
americanos se concentran demasiado sobre las características de los individuos
etnocéntricos, sus reacciones fascistas, anti- semíticas y de persecución de
los negros.
Las conclusiones de Eysenck sugieren que las tendencias a encontrar
chivos emisarios se asocian hacia el factor dureza y que las formas de los fenómenos
de chivos emisarios puede diferir de acuerdo a las actitudes conservadora o
radical de la gente de mentalidad dura.
Debe hacerse notar, sin embargo, que estos estudios se llevaron a cabo en
comunidades democráticas y se refieren a los problemas políticos y socioeconómicos
de estos países. Queda la pregunta de si esta investigación se hubiera llevado
a cabo en una sociedad muy diferente, habría dado los mismos resultados. Nos
parece que así debe ser, siempre y cuando los test e aptitudes a aplicar
tuvieran una relación comparable a la ideología y problemas del grupo que se
investiga.
De acuerdo a esto se espera que los miembros de cualquier grupo
establecido difieran en su grado de lealtad en cuanto a los ideales y
tradiciones del propio grupo, de modo que también ellos se distribuirán a lo
largo del continuoum Conservador- Radical. Algunos miembros se parecerán a los
sujetos de Eysenck quienes creían en la excelencia de la máxima “Con mi país,
para bien o para mal”; defenderán y conservarán un concepto de grupo
estereotipado al cual idealizan e idolatran. Las actitudes de los otros se
inclinarán contra la tiranía de las condiciones de rutina y las creencias
tradicionales.
Así podemos concluir que en cada grupo social encontraremos grados
variables de lealtad de los ideales del grupo. Igualmente, la Dureza o Suavidad
se encontrarán en grados puesto que la gente necesariamente difiere en cuanto
el espíritu agresivo y extra- punitivo de sus opiniones sociales. Estos
factores tienen validez solamente refiriéndose a los grupos examinados. Una
persona perteneciente a dos grupos de diferentes valores diferirá con los dos.
La sociogénesis de la necesidad
del chivo emisario.
Las diferencias en las actitudes sociales influirán al escoger las víctimas
de chivo emisario. Los conservadores seleccionarán a aquellos que se alejan de
los convencionalismos familiares y amenazan al fetiche del grupo. Se volverán
en contra de los miembros del grupo que no observan las reglas, contra aquellos
que violan las costumbres tradicionales y son vistos como provocadores
o criminales y ... (¿), fuereños o extranjeros cuyo
comportamiento es diferente. Los radicales por el contrario encontrarán a sus víctimas
entre los más conservadores y entre los defensores privilegiados de las
tradiciones a quienes se les considera inicuos y fuera de patrones.
Pero las condiciones sociales no favorecen en igual medida estas dos
actitudes. Todos los miembros de una sociedad están unidos por lazos de lealtad
hacia ideales comunes, aún cuando difieran en su grado de fervor y lealtad.
Aún los ciudadanos más rebeldes obedecen los dictados de las costumbres
y convenciones de su sociedad, y por lo tanto comparten, hasta cierto punto, las
sospechas de los conservadores hacia los ofensores y extraños. Más aún, en
caso de que la fracción rebelde intente proseguir con sus tendencias sediciosas
y desafía a los poderes guardianes del statu quo probablemente serán
expuestos a las miradas y serán objeto de burla a través de chivos emisarios títeres
sobre los cuales ellos pueden hacer recaer su exasperación sin que esto
perjudique a las autoridades.
Por éstas razones las persecuciones de chivos emisarios en las
sociedades humanas se han dirigido contra los extranjeros, los desviados y las
minorías menos privilegiadas.
La historia está llena de salvajes ejemplos de persecuciones en las
cuales la autoridad y el populacho unían fuerzas para perseguir a alguien
llamado bruja, criminal, hereje, saboteador, traidor o enemigo o cualquier
nombre que se usara.
Pero la notoriedad de estos ejemplos no puede ocultar el hecho de que aún
la más firme lealtad grupal más devota nunca es incondicional ni totalmente
libre de un cierto matiz de rebelión potencial. Un escrutinio cuidadoso
descubrirá el descontento oculto del cual aún los más ortodoxos no están
exentos. Puede verse que las caricaturas de personajes prominentes, en las
onerosas ceremonias para encumbrar a la realeza, en los tumultos que rodean a
las celebridades, la historia de la espada de Democles, el anillo de Polycrates,
los cuentos de Robin Hood de bandidos caballerosos, la atracción de la sátira
de Gilbert, el apoyo de David contra Goliat en los deportes, el interés en la
declinación y caída de imperios o de familias patriarcales (la saga de los
Forsythe, los Budden brook) y en muchos otros ejemplos. A veces los deseos
reprimidos de insurrección irrumpen e un desafío abierto a la autoridad que
puede llegar a barrer los poderes gobernantes con violencia revolucionaria o
cambiarlos sirviéndose de etiquetas democráticas a través de un vaivén
electoral.
Estos signos de la existencia de inclinaciones rebeldes son generalmente
reprimidos o controlados, no sólo porque su expresión abierta sería castigada
por los guardianes de la ley y el orden, sino porque además cada ciudadano
tiene que apoyar su conducta de respeto a la ley reprimiendo deseos de
amotinarse contra las restricciones de la disciplina social. Inconscientemente
estos deseos reprimidos se ligan en parte a la culpa de impulsos parricidas que
surgieron en la infancia por celos edípicos y el yugo de la supremacía
paterna.
La proyección de esta culpa inconsciente aviva la violencia de las
persecuciones de chivos emisarios. Los mismos crímenes que se imputan a la víctima
reflejan los deseos reprimidos de revuelta criminal.
La historia nos da evidencia de los componentes parricidas en el tema del
chivo emisario. En tiempo de calamidades sociales, surge el clamor público que
demanda el sacrificio de un chivo emisario de las altas esferas a quien se le
puede acusar de incompetencia, irresponsabilidad o cosas peores.
En épocas más salvajes, algunas comunidades aprobaban ocasiones
ceremoniales en las cuales los impulsos parricidas podían calmarse
colectivamente y abiertamente. Los chivos emisarios reyes de estas comunidades
eran sacrificados al volverse viejos y débiles, o cuando su período de
gobierno terminaba o tal vez anualmente como lo dice Frazer. Con el tiempo este
chivo emisario –rey- para citar a Frazer “contribuía por fuerza- habilidad
a extender su reinado y en ocasiones a procurar un sucesor quien a su vez con el
tiempo era sacrificado también”.
Estos sustitutos establecían su posición de poder actuando aspectos de
rol real que tenían un significado edípico inequívoco. Al bulesco rey de
Sacaea Persia, por ejemplo, se le exigía efectuara el coito con las mujeres del
harem del rey, algunos autores dicen que tenía que ser públicamente.
Los festivales de Astartea, Afrodita, Cíbeles e Iisis proporcionaban
espectáculos similares en los cuales a un chivo emisario “se le permitía o
se le exigía disfrutar del abrazo de una mujer que actuaba el papel de Diosa
del Amor” (Frazer), antes de ejecutarlo. Las fiestas romanas en honor a
Saturno eran presididas originalmente por un rey burlesco a quien se otorgaba
“licencia absoluta de entregarse a sus pasiones y a probar todos los placeres
no importando cuan bajos y ruines estos fueran” (Frazer) pero pagaba con su
vida ese período de libertinaje.
Es obvio que los héroes de estos dramas de chivo emisario sufrían la
muerte no sólo para calmar las pasiones parricidas del populacho sino como los
archi- criminales que habían atrevido a gratificar abiertamente los deseos edípicos.
Eran chivos emisarios maquinados, víctimas escogidas para actuar un rol tabú.
El espíritu de ligereza e irresponsabilidad que así surgía, aumentado
por la resonancia emocional del espectáculo presenciado, tendía a desbordarse
en rebeliones públicas. Así, las festividades orgiásticas, por lo tanto a
menudo acompañaban el sacrificio de los chivos emisarios, aunque la licencia así
aprobada socialmente, nunca dejaba de tener sus limitaciones y restricciones.
A través de los signos la crudeza de estas festividades gradualmente
desapareció. El bárbaro drama del chivo emisario tomó la forma de burlesco.
La figura trágica del rey de las saturnalias se convirtió en la edad
media, en bufones que oficiaban en el Festín de los Tontos o el Rey de los
Frijoles, en el señor del Desaguisado o en el Abad de la locura. El último símbolo
de su sacrificio y de su más profundo significado parricida puede ser, como lo
sugiere Ernest Jones la ceremonia de la cabeza del cerdo en el banquete de
Navidad, un si no inequívoco de conexiones inconscientes entre los deseos
parricidas y los festines totémicos lo cual Freud explicó en Tótem y Tabú.
Hoy sólo queda un débil reflejo de estas festividades paganas. Puede aún
observarse en el espíritu festivo de la época navideña con su alegría y
comilonas, y la costumbre de besarse bajo el mérdago, y las últimas reliquias
de costumbres que simbolizan el derrocamiento de la autoridad, como la costumbre
en el ejército y la marina de que los superiores sirvan a los inferiores de
rango en el día de navidad.
Pero a medida que el drama antiguo del chivo emisario perdió su
vigencia, otros espectáculos aparecieron en la escena social sirviendo así a
la necesidad de encontrar víctimas de chivos emisarios. La Edad Media tuvo su
Inquisición y el Malleus Maleficarum, las cuales proveían de una buena
cantidad de víctimas femeninas, estigmatizadas como brujas, quienes eran
torturadas para que confesaran asociaciones con las fuerzas del mal. En tiempos
modernos, el atractivo de la nota roja de los diarios forma parte del fenómeno
del chivo emisario, el cine con su filosofía de que el crimen no paga, y en la
propaganda política que imputa maldad y otras atrocidades al oponente que trae
el escenario un juicio a los ofensores políticos en la cual se busca que tienen
que probar su culpa en la confesión pública.
También se ha dicho que nuestra sociedad actual construye chivos
emisarios y criminales al actuar así por medios sutiles. Ruth S. Eissler da
ejemplos del subterfugio con el cual se evaden medidas racionales para prevenir
el crimen haciendo la vista gorda a las condiciones de vida que propician
precisamente estos actos criminales o favoreciendo en muchas instituciones
correccionales un cierto tipo de régimen que engendra actitudes antisociales en
vez de curarlas, y muchos otros métodos que frustran las políticas bien
intencionadas. Compara nuestra sociedad a Dorian Grey, cuya pintura reflejaba su
vida disoluta, mientras él conservaba un aspecto inocente.
ll. El tema del chivo emisario en
un grupo terapéutico.
La composición del grupo.
El grupo, que se reunía una vez por semana en sesiones terapéuticas,
consistía en siete pacientes femeninos quienes sufrían de síntomas neuróticos
de despersonalización durante muchos años. Dos miembros eran relativamente de
reciente ingreso y su influencia era limitada. Nos interesaremos principalmente
el núcleo de cinco pacientes quienes comenzaron el tratamiento seis meses antes
de las otras dos. Las edades de las cinco estaban entre 29 y 31. Todas eran tímidas
y conscientes de sí mismas y llevaban una vida social muy restringida. Dos eran
casadas pero sin hijos. Había un desbalance en un aspecto. Cuatro eran
pacientes externos (no internadas), provenientes de hogares de la clase media.
Sus ocupaciones eran de mecanógrafas o burócratas. Su vida sexual no tenía mácula.
El quinto miembro, S, difería en todos estos aspectos. Estaba internada en la
institución. Provenía de la clase obrera y había sido sirvienta doméstica y
obrera. Era la única que había perdido ambos padres y la única con historias
de amores ilícitos. El prestigio grupal de la señorita S era bajo. Al
principio tuvo dificultad para participar en las conversaciones. Permanecía
sentada, tensa y silenciosa jugando con un pañuelo cruzando y descruzando las
piernas en angustiosa incomodidad. En sesiones posteriores, cuando empezó a
hablar, era agresiva o se quejaba de sentirse inferior y rechazada. Algunas de
sus primeras participaciones asustaron al resto del grupo. Hablaba de deseos
tanto homo como heterosexuales cuando las otras aún sentían timidez de hablar
de estos temas. Despertaba celos del grupo al solicitar sesiones privadas al
terapeuta.
Historia del grupo
Durante los primeros meses el grupo no logró cohesionarse por el fuerte
egocentrismo de las pacientes. La conversación generalmente era lenta o se
detenía, era como la pseudo conversación descrita por Piaget en niños de
menos de siete años llamado “monólogo colectivo”. La introducción de dos
nuevas pacientes a los seis meses soldó al grupo temporalmente en una semblanza
de solidaridad. Todas excepto una, de as primeras pacientes se resistieron y
rechazaron la intromisión de extrañas.
Un episodio similar de aumento de la solidaridad ocurrió algunas semanas
después, cuando las pacientes comenzaron a mostrar señales de sentimientos
ambivalentes transferenciales hacia el terapeuta. Se resistían a discutir y a
admitir sus sentimientos abiertamente. Trataban un tema conexo en vez de ello.
Se consolidaban en un ataque contra una fantasía: la del macho sexualmente
dominante. Sus discusiones se animaban al tratar de ventilar sus fantasías
agresivas.
Pero la forma nebulosa de esta fantasía era un pobre sustituto de su
verdadero blanco, el terapeuta. No era posible pretender por mucho tiempo negar
el papel que el terapeuta jugaba e el dilema. Una tímida nota de rebelión
contra la autoridad sonó, pero su intensidad se disfrazó como broma o juego.
Se le dijo que su presencia les impedía discutir libremente ¿Podría por
favor, salir de la habitación o por lo menos voltearse de espaladas? Con este
cambio de objetivo contra el terapeuta hacia el cual abrigaban sentimientos
ambivalentes, la solidaridad femenina se rompió. Voces individuales se
escuchaban en defensa del terapeuta; se traían sueños que claramente indicaban
sentimientos transferenciales eróticos, aparecieron señales de celos
principalmente entre S y F quienes luego intimaron y el deseo de entrevistas
individuales se volvió más frecuente.
Motivaciones libidinales
colectivas
En esta etapa el grupo estaba muy agitado. Ya no podía dejar de ver que
el tratamiento grupal les despertaba conflictos sexuales. Todavía no estaban en
condiciones de enfrentar abiertamente el origen transferencial de sus
perturbaciones emocionales, ni la culpa incestuosa que inconscientemente se
ligaba a estas perturbaciones.
Sin embargo tres de los miembros del grupo estaban ahora preparados para
considerar por lo menos aquellos temores y conflictos sexuales que los habían
perturbado en el pasado o que eran todavía causa de ansiedad fuera del grupo.
Las otras dos estaban en desacuerdo, pero aún así delataban su animación erótica
por la ansiedad con la cual alentaban a las otras a ser francas y proporcionar
datos sexuales y por un agravamiento temporal e sus síntomas neuróticos (una
de ella desarrollo nuevos síntomas bajo la forma de un calambre del escritor en
ese momento).
Así estaba el grupo dividido en el asunto de las revelaciones de tipo
sexual. Antes habían evitado estos tópicos exceptuando a S quien violó el tabú.
Pero bajo la superficie había habido una corriente erótica en el grupo, que no
se ventilaba abiertamente.
Esta corriente quedó demostrada en a actitud de D quien tenía el papel
de líder, como se había demostrado bajo un método de investigación sociométrico
descrito en otra parte, de acuerdo al cual ella tenía el puntaje más alto de
dominio y popularidad. Se ha observado que estos líderes toman la iniciativa de
revelar motivaciones reprimidas ya sea en una forma abierta o encubierta. D
quien en dos años de matrimonio permanecía resistente al coito había
reportado al grupo, unos meses ante, que había tenido un cambio de actitud
hacia el sexo. Decidió tener un hijo y tenía relaciones sexuales más a menudo
a pesar de su repugnancia. Al embarazarse volvió a rechazar la intimidad física.
El embarazo de D puede considerarse un acting- out de motivaciones
despertadas por las sesiones de grupo, y como una revelación no verbal de estas
motivaciones al grupo.
Cuando el grupo llegó a una etapa de división interna de los miembros
en lo referente a las revelaciones francas de sentimientos y fantasías eróticas,
D se unió a S y a F en aceptar la necesidad de discusiones francas. Pero, como
el grupo no estaba unido y el ambiente no fue muy favorable S y F no podían
discutir muy abiertamente los problemas emocionales durante las sesiones.
Empezaron a actuar sus dificultades eróticas. Al principio entablaron una
amistad cómplice para intercambiar secretos de índole sexual en privado y
fuera del grupo. Cuando el terapeuta interpretó su comportamiento evasivo,
fuertes recriminaciones surgieron entre los dos grupo.
El ambiente del grupo se ilustra a continuación:
S: Creo que sé porqué puedo
hablar frente a F y a D. Es porque ellas son las únicas que pueden hablar de
sexo.
A: Si no hablo de eso es porque
no tengo nada que decir.
B: El sexo no tiene nada que ver con mis problemas.
S: (enojada) Por qué dices que
no tiene que ver el sexo en tus problemas. Tu vida de casada no es
satisfactoria.
B: Sí lo es. Eso es todo, y no creo que tenga nada que ver con mis síntomas.
S: Tiene que tener relación. No tienes hijos y eso no es normal.
B: No tengo el dinero que cuestan los niños.
A: Yo he tenido sueños sexuales.
Tal vez hable de eso. Pero no quiero casarme. Eso no me interesa.
De acuerdo a la trascripción, en esta ocasión S había perdido el
miedo de hablar en el grupo y en consecuencia había ganado en grado de dominio.
Descubrió algunos detalles de su vida sexual pasada y mencionó en particular,
que los compañeros de aventuras eran todos hombres casados.
La división de dos bandos no era constante, sin embargo, a veces se unían
en su resistencia a revelar intimidades y negaban sentirse movidas por
conflictos libidinales. Culpaban al terapeuta. No eran ellas las interesadas en
el sexo sino que era el terapeuta quien las animaba a discutir sobre ello, y
quien interpretaba sentido sexual en sus inocentes deslices.
Las discusiones del grupo alternaban entonces entre revelaciones
semitemerarias e intentos ansiosos de camuflar los signos de sus conflictos
sexuales aumentados. Las sesiones comenzaron a fallar en su meta terapéutica de
proveer una oportunidad de ventilar verbalmente sus dificultades emocionales. A
menudo las discusiones contenían material sexual que no se elaboraba durante
las sesiones aunque aparentemente llevaban a secretos posteriores.
También había señales de que algunas pacientes deseaban tener
experiencias sexuales fuera del grupo. El terapeuta repetidamente interpretaba
ese deseo de actuar y les advertía esta eventualidad. Pero a pesar de estas
precauciones pronto se descubrió que la amistad entre S y F estaba basada en el
intercambio de información confidencial de recientes flirteos con hombres
casados.
Cuando las otras pacientes se enteraron, se despertó su curiosidad. Querían
saber más detalles ¿Qué tan lejos habían llegado? ¿Qué les impedía llegar
más lejos aún? Se desató un juego anheloso de información halagadora por
parte de S y F y la avidez del grupo parecía actuar como aguijón sobre ellas
para que se arriesgaran en actos más y más atrevidos.
He aquí una sesión de esta etapa:
A: Me gustaría saber qué está pensando F.
F: Debería tener mucho que decir.
S: Deberías... por o que me
dijiste.
F: (a S sonriendo) Estate quieta.
A: (a F) ¿Saliste con ese hombre?
F: No.
A: ¿Por qué no?
F: El cambió de idea.
S: Pero me dijiste que te invitó a salir.
F: Sí, pero me negué, siempre me pasa igual, me hecho para atrás.
S: Pero estás mal. Me dijiste que no puedes dormir.
F: (riendo) Ya no digo nada. Hoy no... no, no voy a hablar.
S: ¿Qué pasó hoy?
F: Nada, quiero salir con él, pero no puedo..
A: Porque es casado.
F: No (volteando hacia S) Anda, habla tú.
S: (después de dudar) Yo sigo con mi novio. Quiso que fuéramos a un
hotel.
F: Y ahora estás en un brete.
Al final de la sesión el terapeuta reiteró que estos intentos eróticos
eran reacciones neuróticas a la inhabilidad del grupo de tener discusiones
francas y que tales reacciones probablemente impedían su avance terapéutico.
S actúa como emisario sustituto
Los intentos del terapeuta de establecer un ambiente favorable fueron
infructuosos. La escena estaba lista y los actores determinados.
Tres semanas después de la sesión anteriormente citada, S sucumbió a
la tentación y tuvo un coito. En la siguiente sesión estaba muy molesta y
rehusaba intervenir en la discusión. Simplemente le pidió una sesión privada
al terapeuta a quien confesó lo que había pasado. Tenía miedo del embarazo y
se sentía culpable de haberles fallado, tanto al grupo como al Dr. Se le pidió
informar al grupo para poder discutir las razones de su acting- out.
En la siguiente sesión S estaba aun extremadamente agitada. El grupo
intentó varias veces hacerla hablar. Pero fue después de la intervención del
terapeuta en a que la alentó, que ella pudo juntar el valor suficiente para
hacer una confesión pública.
S: Me avergüenzo de mí misma. No puedo hablar. Puedo hablarles a F y a
D pero no a las demás.
A: ¿Fue por algo que pasó durante el fin de semana?
S: Sí. Fue una compulsión, lo debería haber hecho si estuviera casada.
A: ¿Tuviste un coito?
S: (asiente con la cabeza, luego
se disculpa por haberle fallado al grupo y haberse acostado con un hombre al que
no ama).
A: Yo siempre creí que S lo haría.
El grupo no ocultó su reprobación. Condenaron a S y también culparon a
F su amiga, porque ella también andaba con un casado.
La censura del grupo molestó a S. Cambió su remordimiento por una
explosión de agresividad. Ella sólo había hecho lo que otras no se atrevían
ni a hablar. Y no sentía peor por haberlo hecho. Al contrario, todos sus síntomas
habían desaparecido. Esta actitud desafiante de S y la negación de la culpa
apareció en la siguiente sesión.
F: (le pregunta) ¿Todavía te molesta tu conciencia?
S: ¿Qué quieres decir?
F: Tu conciencia culpable por lo del fin de semana.
S: Sólo temo tener un hijo.
A: ¿Han vuelto tus síntomas?
S: Curiosamente no.
Para sorpresa de todos afirmó que se sentía muy bien consigo misma.
Cuando el grupo trató de poner en claro la razón de esta peculiar satisfacción
consigo misma, S dio una explicación incongruente pero que tenía la clave de
sus actos. Le dijo al grupo que durante la semana, las enfermeras habían
recibido en su sala instrucciones de vendaje y le habían pedido que les
sirviera de modelo lo cual le dio mucha satisfacción de ser útil a otros. En
esa ocasión no tuvo problemas de lengua trabada.
En la semana despajé e esta sesión S tuvo su menstruación: Desapareció
el temor al embarazo aunque sintió una desilusión y todos sus síntomas neuróticos
reaparecieron. Expresó esta paradoja diciendo: “Debería sentirme aliviada,
siento que he perdido algo”.
En sesiones subsecuentes S bajó su nivel de agresividad. La tensión de
las pacientes disminuyó. Estaba claro que S no sólo había servido de modelo
de las enfermeras sino también al grupo quienes vicariamente vieron en S sus
deseos sexuales inhibidos.
La actuación de chivo emisario de S demostró tener resultados benéficos
para el grupo. La división entre antagonistas se había borrado aunque sólo
fuera en parte, y las pacientes pudieron discutir tópicos sexuales con
libertad, candor e interés.
Hablaron de sus temores a la desnudez, al parto, a amamantar, masturbarse
y aún sobre sus fantasías sobre
la relación sexual de los padres.
El apremio ejercido contra S de aventurarse a tener relaciones sexuales
fuera del grupo había desaparecido. Las tensiones libidinales del grupo
encontraron su salida más adecuada en discusiones grupales y la tendencia al
acting fue menos perturbadora en sesiones subsecuentes.
Discusiones de los sucesos del
grupo
Antes de discutir la génesis del fenómeno del chivo emisario que
presentó este grupo parece aconsejable destacar las características de grupos
terapéuticos psicoanalíticamente orientados. Estos grupos tienen una tarea
singular que los diferencia de otros grupos sociales. Se pide a los paciente que
hablen con franqueza de sus miedos y emociones personales que no pueden ser
tratados en otros ambientes. La psicoterapia individual tiene, por cierto, una
tarea similar de revisión de asuntos personales, pero en ese caso tiene lugar
en un encuadre muy privado y confidencial. Por el contrario, en el grupo terapéutico
estas confesiones se hace públicamente, no sólo frente al terapeuta sino también
a la audiencia constituida por el grupo.
En el curso del tratamiento de grupo la resistencia contra estas
confidencias pasa por un cambio gradual aunque significativo. Al principio del
tratamiento los pacientes tienen que sobreponerse al desagrado que les causa
hablar esas intimidades en una situación semi- pública, estos datos tienen su
origen e importancia en el pasado y presente del paciente fuera del grupo.
Al avanzar el tratamiento y a medida que los pacientes desarrollan lazos
interpersonales en el grupo, se manifiesta una nueva m0odalidad de resistencia a
revelar datos íntimos. Se vuelve cada vez más difícil y desconcertante
mostrar respuestas emocionales porque la revelación debe hacerse a las mismas
personas que despiertan las emociones y se han vuelto parte de ellas. Al
removerse estos conflictos pueden no darse cuenta de ello y manifestarse sólo
al agravarse los síntomas o presentarse otros síntomas neuróticos. Este
resultado es análogo al fenómeno bien conocido en psicoanálisis individual en
la que la neurosis se convierte en neurosis de transferencia con las
resistencias transferenciales que llevan consigo. En terapia de grupo, sin
embargo, no sólo es la relación con el terapeuta lo que causa esta reacción
sino también la relación con los miembros del grupo.
En esta etapa cuando las interacciones en el grupo han adquirido fuerte
significado subjetivo en la mente de los participantes, que aparecen sucesos
comparables a la vida en la comunidad. El grupo puede entonces reflejar en
miniatura algunas de las corrientes sociales y políticas que agitan la vida de
las sociedades humanas.
La cercanía de la observación y el candor y franqueza que se da en este
medio terapéutico nos proporciona una oportunidad de observar y evaluar estas
actitudes sociales de una manera que no sería posible en otros encuadres
sociales.
Las primeras manifestaciones del fenómeno del chivo emisario que
observamos en nuestro grupo hicieron su aparición en un momento en que las
pacientes se sentían inquietas por la reacción de transferencia con el
terapeuta y se resistían a revelarla.
En la resistencia común a la tarea de revelar los sentimientos, primero
atacaron un chivo emisario imaginario, la imagen macho sexualmente dominante.
Pero este intento de resolución del problema del tipo de chivo expiatorio para
su seguridad emocional duró corto tiempo. Las pacientes no podían dejar de
darse cuenta que el verdadero culpable en esa situación difícil era el
terapeuta. Pero carecían de la temeridad para rebelarse abiertamente contra él
pues dependían de su autoridad y guía.
Sólo una caricatura de sus verdaderos sentimientos se revelaba cuando
decían que su presencia era indeseada. En unas etapas posteriores hubo
incidentes ocasionales cuando lograron ser más abiertas y verbalizar sus
sentimientos negativos hacia el terapeuta. Pero carecían de la temeridad para
rebelarse abiertamente contra él pues dependían de su autoridad y guía.
Sólo una caricatura de sus verdaderos sentimientos se revelaba cuando
decían que su presencia era
indeseada. En unas etapas posteriores hubo incidentes ocasionales cuando
lograron ser más abiertas y verbalizar sus sentimientos negativos hacia el
terapeuta.
En estas ocasiones lo trataban como chivo emisario a quien culpar por
inquietarlas al hacerles ver sus conflictos sexuales que ellas trataban de
ocultar y negar. La sincera y franca discusión sobre la transferencia positiva
o negativa hacia el terapeuta presupone una confianza en la unidad del grupo y
el apoyo de los miembros, y esta unidad grupal sólo se lograba ocasionalmente.
Teóricamente, hay cuatro métodos principales de reducir las tensiones
libidinales que eran accesibles a las pacientes:
1) Podían emplear mecanismos
de defensa represivos y aliados para escapar al darse cuenta de sus conflictos
emocionales. Esta es una solución esencialmente neurótica y tiende a agravar
los síntomas.
También refuerza la búsqueda de chivos emisarios, quienes se pueden
convertir en blancos para proyectar la culpa inconsciente. Los pacientes con
predisposición en esta dirección pueden reaccionar en alguna de estas formas:
Pueden culpar al terapeuta por su
método de conducir el tratamiento.
Pueden acusar a miembros líderes
de introducir temas perturbadores e irrelevantes en la discusión.
Pueden condenar como inmorales a los miembros que tengan mayor facilidad de relatar problemas sexuales.
Pueden tentar o animar a otros a
cometer actos sexuales ilícitos para atacarlos con indignación.
2) Los conflictos libidinales
pueden ser parcialmente aceptados pero no revelados al grupo. Bajo estas
circunstancias los pacientes pueden entregarse a experiencias eróticas fuera
del grupo para ver hasta dónde pueden sobreponerse a sus obstáculos
emocionales. Este acting- out puede llevar a consecuencias desagradables pero
constituye en sí una forma de confesión al grupo aún cuando sea en forma
disfrazada y no verbal. A esa categoría pertenece la conducta de D, la líder
del grupo quien se embarazó en el transcurso del tratamiento y en el
comportamiento de S y F quienes flirtearon con hombres. Los sentimientos de
culpa que así se despiertan puede llevar a una exacerbación de los síntomas
neuróticos y a tratar de descargar la culpa en un chivo emisario, ya sea en
todo el grupo o en algún miembro estigmatizado.
3) Los conflictos libidinales pueden ser discutidos
libremente pero sin que se indique que el grupo y sus miembros han sido
el instrumento que activa los conflictos, y que a su vez se han visto mezclados
en los mismos. El ejemplo más obvio de este mecanismo de defensa es la
resistencia conciente a mostrar los sentimientos eróticos por el terapeuta.
Pero existe una resistencia igualmente fuerte a revelar estos sentimientos eróticos
por el terapeuta. Pero existe una resistencia igualmente fuerte a revelar estos
sentimientos hacia los compañeros del grupo. Esto se demostró en un
experimento en grupo que uno de nosotros realizó. La amalgama de grupos
femeninos y masculinos después de meses de tratamiento por separado lleva a un
considerable aumento en la discusión de temas relacionados con la
homosexualidad.
Esto fue interpretado como la liberación de motivaciones reprimidas en
la atmósfera homoerótica de grupos de un sólo sexo, pero pudo expresarse
abiertamente cuando el medio libidinal fue cambiado y donde conflictos
heterosexuales alternativamente, aparecieron signos de que los miembros líderes
eran tratados como chivos emisarios. Estos sujetos se habían angustiado por sus
miedos y conflictos homosexuales y sus compañeros se habían unido para
rebajarlos con comentarios sarcásticos.
4) El método ideal para
reducir el conflicto libidinal en un grupo terapéutico es ventilarlos
abiertamente sin censurar los hechos pasados o aquellos referidos a la situación
presente del grupo. Adoptar este método es lo ideal en la terapia de grupo.
Esto es más bien utópico.
Estos cuatro métodos de resolución de tensiones libidinales en terapia
de grupos no son utilizados en una forma independiente y exclusiva por los
pacientes. Todos ellos se utilizan constantemente en grados variables.
En nuestro grupo había una gran división en los métodos adoptados.
Tres pacientes estaban preparados para reconocer y discutir sus miedos
libidinales y sentimientos de culpa de acuerdo a los principios y normas del
grupo. Se les puede considerar como la facción legalista, como el ala derecha
de un partido político que en la situación única de un grupo psicoterapéutico
en contraste con los modelos que rigen nuestra sociedad favorecían un programa
de discusiones y confesiones libertinas. Pero estos miembros conservadores tenían
un margen pequeño de mayoría de uno sobre la facción opuesta que optaba por
una actitud engañosa de ocultamiento de sus propios defectos ante el público
del grupo y ante sí mismos. El balance casi equilibrado entre los dos grupos
impedía posibilidad de ventilar las tensiones libidinales del grupo. En el ala
derecha aparecieron tendencias de resolver sus dificultades emocionales fuera
del grupo actuándolas en una suerte de experimentación erótica en vez de
traerlas al grupo para adecuarlas y reajustarlas a través de la discusión y
bajo la guía del terapeuta. En esta etapa, sin embargo, un falso propósito de
unión se estableció en el grupo. Se unieron en un propósito oculto del que
apenas se daban cuenta para inducir a un miembro del grupo
a vivir y actuar sus deseos eróticos imbuidos estimulados por el
tratamiento, pero que no hallaba salida adecuada en las sesiones.
Esta maquinación del grupo de hacer un chivo emisario resultó exitosa.
El miembro más vulnerable sucumbió a la presión de las maniobras del
grupo. Realizó un acto sexual ilícito. Pero cuando el grupo censuró, lo
enfrentó y expuso la hipocresía de sus compañeras.
La similitud de este episodio del grupo con ceremonias rituales del chivo
emisario es notable. En ambos casos se induce a alguien a violar el tabú
establecido por una sociedad, que culposamente repudia la atracción
inconsciente que despierta el acto tabú. El chivo emisario carga con la culpa
de sus compañeros y se convierte en la víctima de la envidia inconsciente. Su
castigo absuelve a los compañeros del pecado deseado en secreto.
En nuestro grupo el drama del chivo emisario fue incompleto. El miembro
del grupo que jugaría el rol de chivo emisario, si bien aceptó su culpa,
negaba el derecho de sus compañeros a culparla e incluso delató el complot de
imaginaciones del grupo destinado a convertirla en el blanco de acusaciones
proyectadas. Así en vez de purgar la culpa de sus compañeras les obligó a
lidiar con sus urgencias libidinales en una forma de búsqueda de sí mismas.
El efecto social del antiguo drama del chivo emisario no fue, sin
embargo, limitado a la catarsis de los sentimientos de culpa. Se despertaban
otras emociones en los espectadores quienes, aunque no se atrevían a imitar el
crimen del chivo emisario eran incitados a seguir sus pasos en parte del camino.
Se permitían expresar por lo menos, algunas de las inhibiciones de la
disciplina social y del decoro. El drama del chivo emisario tiene así un efecto
seductor en la comunidad y no es por lo tanto sorprendente que las festividades
orgiásticas se asociaran frecuentemente con ceremonias del chivo emisario.
La sociedad aprueba en estas ocasiones un grado moderado de actos
licenciosos colectivos que varían con a moral de la sociedad. Un proceso
semejante de seducción social ha sido observado por F. Redl en algunos grupos
de adolescentes que se reúnen alrededor de un personaje central, quien se
atreve a cometer actos prohibidos de iniciación y así anima a sus compañeros
manos audaces a librarse de algunos de sus miedos inhibitorios. Parece que el
episodio del chivo emisario de nuestro grupo, también tuvo un efecto seductor
de este tipo.
La resonancia de deseos libidinales despertaba en miembros del grupo
pudo, sin embargo, encontrar una salida verbal legítima por ser lo único
permitido y aún fomentado, en la situación del grupo terapéutico. El chivo
emisario tuvo un efecto liberador en las discusiones grupales, y permitió a los
pacientes mostrar muchos de sus conflictos libidinales. La frecuencia de los
temas edípicos tocados en ese momento también fue notable, pues podría
indicar que el episodio del chivo emisario se inició por los deseos edípicos
inconscientes, particularmente en la relación entre pacientes y terapeuta.
El miembro del grupo que vivió el papel del chivo emisario lo hizo no sólo
por las presiones ejercidas sobre ella, por sus compañeras, sino también por
sus conflictos inconscientes. Pertenecía a esa clase de pacientes socialmente
inadaptados que traducen sus fantasías masoquistas en experiencias de su vida.
En su pasado había varios episodios en los cuales ella incitaba la desventura
al infringir códigos sociales en una forma que la llevaría a sufrir
desaprobación y castigo. Mostró el mismo comportamiento en el grupo. Le
desagradaba a la mayoría de sus compañeras a quines escandalizaba con
revelaciones sexuales innecesarias. Al mismo tiempo disfrutaba de autocompasión
por su inferioridad social; hasta llegó a pretender, siendo esto mentira, que
no tenía ni un solo pariente en el mundo, que era una huérfana solitaria y
abandonada que no le importaba a nadie. Es interesante notar que hemos observado
maniobras similares para maquinar un chivo emisario en otro grupo de mujeres. La
paciente que se perfiló en este grupo para ocupar el rol de chivo emisario
también presentaba el cuadro de una neurosis masoquista caracterológica.
RESUMEN
Se han considerado alguna de las implicaciones psicológicas y sociológicas
del fenómeno del chivo emisario. Se ha discutido que la tendencia a encontrar
chivos emisarios se da especialmente en individuos rígidos y moralistas
inclinados a pasar e el peso de su culpa personal e insatisfacción a otras
espaldas. Este método les proporciona no sólo alivio de os sentimientos de
culpa, ateto conscientes como inconscientes, sino que también les proporciona
oportunidades de gratificaciones narcisísticas y escoptofílicas así como
descargas autopunitivas.
Nos hemos referido a estudios recientes sobre actitudes sociales. El tipo
de chivo emisario escogido por personas de diferentes actitudes sociales puede
variar según su posición conservadora o liberal. Aquellos con actitudes
sociales conservadoras o etnocéntricas tienden a atacar a quienes se desvían
de los ideales grupales; los liberales tienden a encontrar el chivo emisario
entre los guardianes de las tradiciones.
Las condiciones sociales no favorecen igualmente a estos dos tipos. Las
tendencias conservadoras hacia la persecución de quienes se desvían, se
manifiestan más claramente puesto que concuerdan con los intereses de los
guardianes de la ortodoxia. Por otra parte, las tendencias liberales a hacer de
los superiores sociales el chivo emisario aunque parece ser igualmente común en
las sociedades, en general sólo encuentran expresiones atenuadas puesto que sus
implicancias de rebelión despiertan la resistencia de la autoridad establecida.
Las sociedades antiguas proveían ceremonias organizadas para permitir
que salieran estos deseos inhibidos para deshacerse de indeseables y para
cambiar a aquellos en posiciones privilegiadas. La típica ceremonia era aquella
en la cual alguno aceptaba jugar el papel del poder real y de la licencia sexual
y cometer sí el crimen ambivalentemente deseado y repudiado por la comunidad,
usurpando las prerrogativas del soberano. Se fabricaba así un chivo emisario
quien servía de sustituto a los deseos ocultos aunque desconocidos de sus
semejantes quien purgaba la culpa secreta y era castigado ostensiblemente como
redención del crimen que representaba y de manera encubierta también como el
representante burlesco de la autoridad. El aspecto edípico y parricida del
drama del chivo emisario se percibía claramente en estas antiguas ceremonias.
La fabricación de chivos emisarios no ha desaparecido en las comunidades
modernas, aunque son menos crudas y obvias las maniobras por las cuales algunas
personas son empujadas a cometer incorrecciones como sustituto de compañeros
intrigantes. Se describió la observación de cómo se elaboró el chivo
emisario en grupo terapéutico de mujeres, los miembros de este grupo sufrían síntomas
de despersonalización, eran muy tímidas y tenían gran dificultad durante las
sesiones de grupo, de hablar de sus conflictos personales especialmente los de
índole sexual o sus sentimientos transferenciales hacia el terapeuta. En un
intento de resolver sus sentimientos de culpa y angustia utilizaron
clandestinamente actitudes para escenificar e drama del chivo emisario. La víctima
escogida sólo deseaba hacerlo a medias. Era un miembro del grupo que sufría de
neurosis de carácter masoquista y difería de sus compañeras en varios
aspectos. Pertenecía a una clase social y cultural inferior y era la única que
tenía una historia de aventuras sexuales ilícitas. Al principio del
tratamiento estaba tan bloqueada que no podía participar en discusiones; cuando
lo hacía, las escandalizaba, relatándoles el material sexual.
Cuando el grupo llegó a un punto muerto causado por su dificultad de
verter sus conflictos libremente aparecieron maquinaciones para inducir a la víctima
elegida a que viviera una aventura y así actuar vicariamente los deseos ilícitos
e inhibidos de sus compañeras. El grupo lo logró y la víctima actuó el papel
de chivo emisario. Empezó a flirtear con un hombre casado, casi un desconocido,
y el grupo evidenció su placer escoptofílico mediante un notable interés en e
avance del affaire. Pero cuando se consumó la relación sexual, el grupo
la condenó y descalificó. El chivo emisario, sin embargo aún cuando se sentía
muy culpable, les negó a sus compañeras el derecho de culparla y expuso su
hipocresía.
Así el “crimen” del chivo emisario no absolvió al grupo de su
culpa. Sin embargo, el episodio liberó discusiones grupales e inició una
ventilación más benéfica terapéuticamente, de los conflictos libidinales
cargados de culpa de las pacientes.
Traducido por Alma Riojas