Reflexión
sobre la condición humana: los funerales de Manuel Hormazábal.[1]
Viernes veinticuatro de abril de mil novecientos ochenta y siete, Hospital Psiquiátrico Dr. Jorge Horwintz Barak, ocho y media de la mañana; Auditorio Central. Se reúnen los equipos profesionales de las Unidades de Crónicos del Servicio B.
La
tabla contempla tres puntos:
·
La compra del vestuario para los pacientes.
·
La proposición de una rotación de los
profesionales asignados a las unidades de crónicos.
·
Los becarios y su paso por crónicos.
El jefe del Servicio interrumpe
la reunión requiriendo la
presencia de dos psiquiatras con el fin de que firmen sus calificaciones, vuelve
a interrumpir en una segunda oportunidad con el fin de informarnos sobre la
estadística y la necesidad de un mejor registro de las prestaciones
profesionales otorgadas a los pacientes, ya que éste es deficitario y afecta la
disposición de recursos financieros para el Hospital.
Interrumpe Alberto, auxiliar nuevo del Departamento, que se mueve frente a los
ventanales del Auditorio con el fin de llamar la atención y me paro a ver qué
pasa. Le manifiesto molesto que si algo ocurre en el Departamento él tiene la
obligación de interrumpir. Se excusa diciendo que el no sabía esto y que por
respeto a la reunión no había interrumpido.
Me dice que Manuel Hormazabal, paciente del Departamento fallecido seis días
antes, va a ser sepultado a las 11:00 horas de la mañana y que él junto a
Jorge (paciente del Departamento) van al Hospital San José, lugar donde murió,
a consecuencia de un TBC pulmonar tardíamente diagnosticada, con el fin de
trasladarlo a su ataúd.
Días
antes, el equipo había acordado darle una sepultura digna, con la asistencia de
funcionarios y profesionales.
Le respondo que antes de partir instruya a alguno de los otros auxiliares
antiguos del Departamento que prepare a los pacientes y que nos juntemos en la
esquina de Santos Dumont con Avda. La paz, de donde partiría el cortejo.
Me contesta que ninguno de sus compañeros estaría dispuesto, ante lo cual
acordamos que él parta en busca del cadáver y que yo me encargo de ir con los
pacientes desde el Departamento al sitio acordado.
Terminada la reunión, firmo mis calificaciones, que son mejores que las del año
pasado. Llego al Departamento, donde encuentro a Alejandro, un auxiliar, con un
grupo de pacientes formados en el pasillo; la enfermera ya ha dado instrucciones
de organizar el cortejo fúnebre en honor a Manuel Hormazabal.
Subo al segundo piso, me encuentro con Ricardo, paciente antiguo. Lo invito,
ante lo cual responde que no tiene sentido ahora que Manuel está muerto, que
tendría que estar vivo, que no debería haber muerto. Me conmueve, pero discuto
y manifiesto que igual es necesario ir. Finalmente se queda.
Encuentro a otros pacientes que se han arreglado, ya van a ser las once, la hora
acordada. Partimos caminando junto a un auxiliar y más o menos veinte pacientes. Más atrás vienen Verónica,
la enfermera, Maritza, terapeuta ocupacional, y Claudio, estudiante de 4º de
psicología, que sólo hace una semana se incorporó al equipo.
Me dan ganas de llorar, creo que yo no voy a poder contener las lágrimas. En
cambio, los pacientes se ven tranquilos. Me acerco a uno de ellos, Nelson, quien
me recuerda su participación en la última asamblea, en la cual reivindicó el
derecho a que nos se les marcara la ropa. Luego comienza a relatarme la defensa
que hizo de un paciente que intentó agredir a otro. Lo felicito y le digo que
me parece correcto lo que hizo.
No me doy cuenta cómo, pero las ganas de llorar se me fueron. Germán, paciente
antiguo, sacristán a los ocho años, me dice que no trajo consigo su misal
porque nadie le dijo nada; yo le solicito que sea él quien rece, lo cual
acepta, diciéndome cuáles rezos pueden ser, y de los que yo sólo conozco el
Padre Nuestro.
Llegamos ordenadamente hasta Santos Dumont con Avda. La Paz, no se ve por
ninguna parte el ataúd ni el auxiliar ni Jorge, el paciente que lo acompañaba.
Verónica me dice que Alberto llamó y que nos espera en una puerta del
Cementerio cercana al Hospital San José.
Vamos ya caminando junto a los centenarios muros del Cementerio General. Se
acerca Verónica y me pide dinero para comprar flores, le paso lo que tengo,
compra flores amarillas y blancas, y nos sobra plata.
Continúa el cortejo, un auto toca su bocina y nos saluda, es un colega al que
conozco, que me saluda alegre con una mano en alto.
Llegamos a la puerta, no hay cadáver, auxiliar ni paciente. El guardia nos
informa que el cadáver entró por otra puerta y que la sepultura es a las
11:00. Nos permite que vayamos por dentro del cementerio. “Sigan por aquí
hasta Limay, luego doblen a la izquierda por O’Higgins, y de ahí hasta el
patio 143”. Mi tensión va en aumento, se vuelve a acercar Nelson, el paciente
que me había tranquilizado anteriormente, y me empieza a hablar del equipo de
Baby Fútbol del Departamento, las cosas que necesitan ―medias, pantalones
y camisetas― y que él puede guardarlas. Para entenderlo necesito que me
lo repita varias veces.
Me vuelvo a tranquilizar. Voy atento a Limay, O´Higgins y Patio 143, nuestro
objetivo.
Ordeno que las flores se repartan y cada uno lleva una en su mano. María,
auxiliar antigua, dice algo al respecto, como que no boten las flores, no
entiendo bien. Finalmente, todos llevamos una flor. Julio, paciente epiléptico,
se ríe con su flor en la mano y me dice que soy bonito como una de las flores.
Me cuenta de una vez que caminó desde su casa hasta el hospital, un día en que
su padre lo echó, debiendo andar un largo trayecto, al fin del cual llega
llorando al Hospital.
Siento que vamos atrasados. Un funcionario del cementerio nos informa que ya
sepultaron a Manuel. Pienso, “qué mala suerte”, aún cuando igual podemos
hacer algo.
Finalmente, después de un largo recorrido, nos encontramos en el patio 143, en
la calle Los Olivos; el féretro aún no llega, comienza nuestra espera.
Me siento junto a Marcos. Me cuenta que él a los cinco años estuvo en este
mismo cementerio para el funeral de su padre, es un paciente antiguo del
Departamento.
Van a ser las 12:00 y no se sabe nada de la sepultura. Me acerco a un grupo de
sepultureros, para preguntarles cómo puedo averiguar algo. Me dicen que vaya a
la caseta del guardia, distante 300 metros del lugar. Al alejarme escucho a uno
de ellos decir algo así como que soy un psiquiatra loco o médico loco, lo cual
me hace pensar hasta llegar donde el guardia, quien me informa que los trámites
de sepultura no se han hecho.
Vuelvo al lugar. Otro funcionario había ido a averiguar, dice que esperemos,
que ya viene. Aprovecho de acercarme a Juan, paciente, y le solicito que diga
algunas palabras a nombre de los pacientes. Me responde que las va a decir con
el corazón. Le solicito lo mismo a María V., funcionaria antigua, quien más
conoció a Manuel. Se niega, aduciendo que ella se emociona mucho con estas
cosas. Me acerco a Berta y, luego de algunos tiras y aflojes, acepta.
Se hace tarde, ya va a ser la una. Enzo, paciente, se acerca y me dice por qué
no nos vamos al club. Yo le digo al Departamento, él asiente y agrega que allá
hay pan y carnecita; el almuerzo. Nelson le responde que por qué no hacemos
mejor un asado de cordero, ya que tenemos un cordero en el grupo, haciendo alusión
a un auxiliar apellidado así, surgen risas de todos lados.
De improviso aparece Alberto, junto a un funcionario y Jorge, trayendo el ataúd.
Vuelve a mí la tensión. Trato de ordenar. A alguien se le ocurre que
hay que mirar el cadáver. En mala hora, pienso yo. Antes de verlo, Alberto me
dice que ya no se parece al que era, refiriéndose a Manuel. Algunos pacientes,
que ya lo han visto, comienzan a llorar. Me acerco, lo miro y, claro, no se
parece. Me alejo nuevamente. Miro a Verónica; salen de mí las primeras lágrimas,
pero me controlo; vuelvo a mirarla y está llorando.
Un
grupo de pacientes toma el ataúd, también Alberto, me acerco y tomo yo también
un lugar. Pareciera que no pensara. Debemos transportarlo por la tierra, veo mis
zapatos que se entierran y pienso que en la tarde tengo consulta. Un sepulturero
nos dirige con el féretro a poca profundidad.
Algunos pacientes comienzan a echar tierra. Alguien dice que no más. Comienzan
las palas a echar tierra. Sale Germán y comienza a rezar el Padre Nuestro, el
Ave María y otros rezos cuyos nombres no sé; un sepulturero para y le dice a
su compañero que se detenga y que respete la despedida. El rezo fue tan rápido
que fuimos incapaces de seguirlo, termina haciendo la señal de la cruz sobre el
ataúd.
Juan se acerca, a solicitud mía, y dice sus palabras: “Tu que tanto has
sufrido, ahora puedes descansar en paz.” Luego habla Berta, y dice lo bueno
que fue Manuel.
Sé que ahora me toca a mí, trato de hablar, pero no puedo, comienzo a
llorar, pero sé que tengo que hablar. “Yo hablo en nombre de los
psiquiatras”, digo, “de quienes queremos un trato más humano”, continúo,
“disculpa” Manuel si no pudimos tratarte mejor”, termino, “ojalá que
algún día la psiquiatría se humanice”.
Algo
más tranquilo, pero con el cuerpo que me tiembla entero, digo a los
sepultureros que procedan. Comienzan a caer las paladas de tierra, de no sé
donde aparecen coronas de flores que se depositan sobre la tumba, a las cuales
se agregan las flores que nosotros llevábamos.
A la vuelta me voy acompañado por Alejandro y Berta, antiguos auxiliares del
Hospital. Me dicen que nunca antes había ocurrido una cosa así. Me llenan de
preguntas, proponen la idea que siempre lo hagamos así, ante lo cual respondo
que “siempre y cuando no sea muy seguido”.
Santiago,
26 de abril de 1987
[1] “Un día de 1987, en Santiago, hubo un sepelio, hecho ordinario, que en esta oportunidad no fue tal. Un hombre muerto y sus deudos vivían el rito al realizar los actos propios del funeral. El grupo caminó siguiendo el ataúd y se detuvo antes de depositarlo en el nicho. Recordaron al difunto con discursos, estaban invadidos por la emoción, parecían consternados, nada más propio. Pero era un acto extraordinario: el cadáver enterrado era el de un paciente del Departamento 9 de crónicos del Hospital Psiquiátrico de Santiago, los deudos eran los otros pacientes con quienes vivía y el equipo tratante: terapeutas ocupacionales, enfermeras, auxiliares y médicos. Lo ordinario hubiera sido la constatación de la muerte clínica y administrativa en trámites anónimos. La vida en un departamento de crónicos, según una visión antropológica, es prehistórica, por la ausencia de roles sociales en esa comunidad. Esta experiencia se produjo gracias a un programa de activación participativa, equivalente a la democratización, que el Dr. Willy Steil, Jefe del departamento, impulsó para sacar a los pacientes del remedio de la psiquiatría tradicional hospitalaria que es, en el caso de los enfermos crónicos, el olvido sistematizado; para respuesta grotesca a las preguntas insolubles que amagan la tendencia uniformista del orden social. La constatación, en el grupo de "enfermos", de un comportamiento adecuado a las circunstancias fue sorprendente, inesperada en quienes venían mostrándose sin roles sociales, obligados a vivir en aislamiento como asilados. Salían de la prehistoria al embestirse con un set de conductas características. Parecía emerger de un magma etéreo y mortecino un gesto vivaz; el segmento de una historia sumergida destellaba, sugiriendo ocultar más misterios. Parte de la identidad titilaba iluminándose intermitentemente entre los escombros, atizando interrogantes sobre qué podría existir secretamente bajo esta señal.”
-----------------
ESPEJOS QUEBRADOS. Psiquiatría Social Dramática. Avelino Jiménez Domínguez, Ediciones Huelquén, Santiago de Chile, 1993, p.13.