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LA
SOCIEDAD CONTRA EL ESTADO(*)
- Pierre
Clastres
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En Revista "la nave de los locos"
número 16, morelia, méxico. julio de 1991.
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- Las
sociedades primitivas son sociedades sin Estado: este juicio esconde una opinión
que acentúa la posibilidad de una antropología política como ciencia
rigurosa. Lo que se dice es que las sociedades primitivas están privadas de
algo - el Estado - que es necesario a toda sociedad. Estas sociedades están
incompletas. No son verdaderas - no están civilizadas -, viven la experiencia
quizá dolorasa de un carencia - carencia de Estado- que no pueden satisfacer.
Esto dicen los viajeros y los investigadores: no puede pensarse en una
sociedad sin Estado, el Estado es el destino de toda sociedad. Aquí se
descubre un etnocentrismo mucho más sólido por ser inconsciente. La
referencia inmediata es lo más familiar. Cada cual lleva en sí, como la fe
del creyente, la certeza de que la sociedad es para el Estado. ¿Cómo no
concebir a las sociedades primitivas, sino como una especie de personas
despreciadas por la historia universal, como sobrevivientes anacrónicos de un
estadio lejano, rebasado tiempo atrás? Aquí está la otra cara del
etnocentrismo, la convicción de que la historia tiene un sentido único, que
toda sociedad está condenada a la historia y a recorrer las etapas que van
del salvajismo a la civilización. "Todos los pueblos civilizados han
sido salvajes", escribe Raynal. Pero la afirmación de una evolución no
funda una doctrina que, uniendo arbitrariamente el estado de civilización a
la civilización del Estado, señala a éste como término necesario a toda
sociedad. Podríamos preguntar qué ha retenido a los últimos pueblos que aún
son salvajes.
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- Tras
las formulaciones modernas, el viejo evolucionismo sigue intacto. Más difícil
de ocultarse en el lenguaje de la antropología que en el de la filosofía,
aflora en las categorías que se dicen científicas. Ya sabemos que las
sociedades arcaicas están determinadas negativamente, por sus carencias: sin
Estado, sin escritura, sin historia. Y se las determina en lo económico: con
economía de subsistencia. Si con esto se dice que ignoran la economía de
mercado donde fluyen los excedentes, no se dice nada, sólo se subraya otra
deficiencia más, siempre en relación con nuestro propio mundo. Están sin
Estado, sin escritura, sin historia, sin mercado. Pero el sentido común
objeta: ¿para qué sirve un mercado sin excedentes? La idea de economía de
subsistencia revela que si estas sociedades no producen excedentes es por
incapacidad, porque están ocupadas en la sobrevivencia. Antigua imagen,
siempre eficaz, de la miseria de los salvajes. Y para explicar su incapacidad
de abandonar el vivir al día, se pretexta la inferioridad técnica.
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- ¿Qué
hay de cierto en ello? Si por técnica se entiende el conjunto de
procedimientos con que se proveen los hombres, no para asegurarse el dominio
absoluto de la naturaleza (esto sólo vale para nuestro mundo y su demente
proyecto cartesiano del que apenas empiezan a medirse las consecuencias), sino
para asegurarse un dominio del medio natural, relativo a sus necesidades, no
puede hablarse de inferioridad técnica. Su capacidad para satisfacer sus
necesidades es igual a la que enorgullece a la sociedad industrial. Todo grupo
humano llega a ejercer dominio sobre su medio. No se sabe de ninguna sociedad
que se haya establecido, por presión externa en un medio imposible de
dominar. O desaparece o cambia de territorio. Lo que sorprende con los
esquimales o los australianos es la riqueza, la imaginación y la fineza de la
actividad técnica, la eficacia de sus herramientas. Hay que ir a los museos
etnográficos, a observar la exactitud de los instrumentos, que hace de cada
uno una obra de arte. No hay jerarquía hablando de técnica, ni superior ni
inferior. Un equipamiento tecnológico se mide por la capacidad de satisfacer
las necesidades de la sociedad. De ninguna manera las sociedades primitivas
han sido incapaces para realizar tal propósito. Es cierto que el potencial de
innovación técnica lleva tiempo. Nada se da de golpe, existe la larga sucesión
de ensayos, errores, fracasos y éxitos. Los estudiosos de la prehistoria nos
enseñan los milenios que necesitaron los hombres del paleolítico para
sustituir sus grotescos garrotes por los admirables cuchillos de silex del
solutrense. El descubrimiento de la agricultura y la domesticación de
las plantas casi son contemporáneos en Amércia y en el mundo antiguo. Los
Amerindios no son inferiores - al contrario - en el arte de seleccionar las
plantas útiles.
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- Detengámonos
un momento en el interés funesto que llevó a los indios a desear
instrumentos metálicos. Se relaciona con su economía, pero no como podría
creerse. Estas sociedades estarían condenadas a la economía de subsistencia
por su inferioridad técnica. Este argumento no está fundado ni en derecho ni
en hechos. No hay escala para medir las "intensidades" tecnológicas;
el equipo técnico no es comparable al de una sociedad diferente; no sirve de
nada comparar el fusil con el arco. La arqueología, la etnografía, la botánica,
etc., demuestran la eficacia de las teconologías salvajes. Si las sociedades
primitivas tienen una economía de subsistencia no es a falta del saber-hacer
técnico. La verdadera cuestión es: ¿la economía de estas sociedades es
realmente de subsistencia? Si no nos contentamos con entender economía de
subsistencia como economía sin mercado y sin excedentes - verdad simple, por
sólo constatar la diferencia - entonces esta economía permite
subsistir a la sociedad que funda; se afirma que esta sociedad sólo provee a
sus miembros con el mínimo necesario para la subsistencia.
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- Aquí
hay un prejuicio tenaz, de que el salvaje es perezoso. Si se dice
"trabajar como un negro" en America del Sur se dice "perezoso
como un indio". La opción es: o bien el primitivo vive en economía de
subsistencia o bien pasa largos ratos de ocio fumando en su hamaca. Fue lo que
admiró a los europeos de los indios de Brasil. Reprobaron que hombres
robustos y saludables preferían, como las mujeres, pinturas y plumas en lugar
de sudar en los campos. Gentes que ignoraban que hay que ganar el pan con el
sudor de la frente. Era demasiado y no duró. Se los puso a trabajar y
murieron. Dos axiomas guían a la civilización occidental. El
primero: la verdadera sociedad se da a la sombra protectora del Estado; el
segundo enuncia un imperativo categórico: hay que trabajar.
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- En
efecto, los indios daban poco tiempo a lo que se llama trabajo, no obstante,
no morian de hambre. Las crónicas de la época nos hablan de la hermosa
apariencia de los adultos, la salud de los niños, la abundancia y variedad de
las fuentes alimienticias. La economía de subsistencia no implica la búsqueda
angustiante, de tiempo completo, del alimento. Es compatible con una limitación
del tiempo para las activiaddes productivas. Es el caso de los Tupí-guaraní,
cuya holgazanería tanto irritaba a los franceses y portugueses. Su vida se
basaba en la agricultura y secundariamente en la caza, pesca y recolección.
Una misma tierra era usada de cuatro a seis años, luego se abandonaba, o
porque era invadida por una vegetación parásita difícil de eliminar. Lo
arduo del trabajo era para los hombres, que era desmojntar la superficie con
hacha de piedra y con fuego. La tarea, al fin de las lluvias, movilizaba a los
hombre uno o dos meses. El resto - plantar, escardar, cosechar - por la división
sexual del trabajo, era para las mujeres. Los hombres la mitad de la
población trabajaban ¡ dos mesees cada cuatro años! El resto
era para cosas placenteras: caza, pesca, fiestas, y finalmente, para su gusto
apasionado por la guerra.
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- Estos
datos, impresionistas, los confirman investigaciones recientes, que miden el
tiempo de trabajo en las sociedades con economía de subsistencia. Ya se trate
de cazadores nómadas del desierto de Kalahari o de agricultores amerindios,
las cifran revelan un tiempo inferior a cuatro horas diarias de trabajo. J.
Lizot, que vive con los indios Yanomami del Amazonas venezolano, dice que la
duración del tiempo dedicado al trabajo, apenas rebas las tres horas. No
hemos hecho lo mismo con los Guayakí, cazadores nómadas de la selva
paraguaya, pero sé que los indígenas, hombres y mujeres, pasaban la mitad
del día ociosos, pues la caza y la recolección eran entre 6 y 11 de la mañana.
Estudios semejantes llegarían a resultados similares, teniendo en cuenta las
diferencias ecológicas.
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- Estamos
lejos del miserabilismo de la idea de economía de subsistencia. El hombre
salvaje no está sujeto a una existencia animal, de sobrevivencia, pues en un
tiempo corto obtiene este resultado y algo más. Las sociedades primitivas
tienen todo el tiempo para acrecentar su producción de bienes materiales. El
buen sentido pregunta entonces: ¿por qué los hombres de estas
sociedades querrían producir más si cuatro horas bastan para asegurar las
necesidades del grupo? ¿Para qué les servirían los excedentes? ¿Cuál sería
su destino? Siempre es por la fuerza que los hombres trabajan más allá
de sus necesidades. Esta fuerza está ausente en el mundo primitivo; su
ausencia define la naturaleza de las sociedades primitivas. Puede admitirse la
expresión de economía de subsistencia para calificar su organización económica,
si por ello se entiende no una carencia o un incapacidad, sino el rechazo de
un exceso inútil, la voluntad de acordar las actividades productiva con la
satisfacción de las necesidades. En las sociedades primitivas hay
excendentes. Las plantas cultivadas (yuca, maíz, tabaco, algodón, etc.)
rebasa lo que es necesario al grupo, estando este suplemento de producción
incluído en el tiempo normal de trabajo. Este excedente, es consumido, con
fines políticos, en las fiestas, la visita de extranjeros, etc. La ventaja
del hacha metálica sobre la de piedra es evidente para retardar su uso. Con
la primera se hace diez veces más trabajo , o bien se hace el mismo trabajo
en diez veces menos de tiempo. Cuando los indios descubrieron la
superioridad de las hachas de los hombres blancos, las desearon no para
producir más, sino para producir lo mismo en un tiempo diez veces más corto.
Se produjo lo contrario porque con las hachas metálicas vino al mundo
primitivo la violencia, el poder de los civilizados sobre los salvajes.
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- Las
sociedades primitivas son, dice J. Lizot de los Yanomami, sociedades de
rechazo al trabajo. "El desprecio de los Yanomami al trabajo y al
progreso tecnológico autónomo es un hecho"(1). Son las primeras
sociedades del ocio, de la abundancia, según la alegre expresión de M.
Sahlins.
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- Si
tiene un sentido una antropología económica de las sociedades
primitivas, como disciplina autónoma, no procedería de la pura consideración
de su vida económica, sería una etnología de la descripción, de una
dimensión no autónoma de la vida social primitiva. Es más bien
cuando esta dimensión pasa a una esfera autónoma que aparece fundada la idea
de una antropología económica. Cuando desaparece el rechazo al trabajo, se
cambia el ocio por la acumulación, cuando una fuerza externa nace en el
cuepro social, sin la que los salvajes no renunciarían al ocio y que destruye
la sociedad primitiva, esa fuerza crea el poder político. Pero así
como la antropología deja de ser económica y pierde su objeto al querer
aprehenderlo, la economía se hace política.
-
- Para
el hombre salvaje, la actividad de producción está medida por las
necesidades energéticas. La producción se vuelca sobre la reconstitución de
la energía gastada. Es decir, que es la vida como naturaleza que - en la
producción de los bienes consumidos en las fiestas - determina el tiempo
consagrado a reproducirla. Asegurada la satisfacción de necesidades, nada
podría incitar a desear producir más, a alienarse en un trabajo sin destino,
si ese tiempo puede ser para el ocio, el juego , la guerra o la fiesta. ¿ En
qué condiciones puede transformarse esta relación del primitivo con la
actividad de producción? ¿En qué condiciones surge una meta diferente de la
satisfacción de las necesidades energéticas? Esto es plantear la pregunta
por el origen del trabajo alienado.
-
- En
la sociedad primitiva, por esencia igualitaria, los hombres son dueños de su
actividad, de la circulación de los productos de esa actividad, actúan sólo
para ellos mismos, mientras que la ley de intercambio de bienes mediatiza la
relación directa del hombre con su producto. Por ello, todo se altera si esa
actividad es desviada, cuando en lugar de producir sólo para sí, el hombre
produce también para los demás, sin intercambio ni reciprocidad. Es
entonces cuando puede hablarse de trabajo, cuando la regla igualitaria de
intercambio deja de ser el "código civil" de la sociedad,
cuando esa actividad tiende a satisfacer a los demás, cuando esa regla se
sustituye por el terror de la deuda. Allí estriba la diferencia entre el
salvaje amazónico y el indio del Imperio Inca. El primero produce
primero para vivir, el segundo trabaja para los demás, para los que no
trabajan, los señores que le dicen: tienes que pagar lo que nos debes, tu
deuda de por vida.
- Cuando
en la sociedad primitiva lo económico se deja identificar como autónomo,
cuando se porduce el trabajo alienado, impuesto po los que lo gozan, la
sociedad deja de ser primitiva y se transforma en sociedad dividida en señors
y siervos, es cuando se ha dejado de exorcisar lo que está destinado a
eliminarla: el poder y el respeto al poder. la mayor división de la sociedad
es la nueva disposición vertical entre la base y la cima, la gran ruptura política
entre poseedores de la fuerza, guerrera o religiosa, y los sometidos a esas
fuerza. La relación política de poder precede y funda la relación económica
de explotación. Antes de ser económica, la alienación es política, el
poder está antes que el trabajo, lo económico deriva de lo político, el
Estado determina las clases.
-
- No
es por lo incompleto que se revela la naturaleza de las sociedades primitivas.
Esta se impone como algo positivo, como dominio del medio natural y social,
como voluntad libre de no permitir que de su ser salga nada que pudiera
alterarlo, corromperlo o disolverlo. Las sociedades primitivas no son
embriones retrasados de sociedades ulteriores, de los cuerpos sociales con
despegue "normal" interrumpido por alguna extraña enfermedad, no se
encuentran en una lógica histórica que conduce al término inscrito de
antemano pero conocido a posteriori, nuestro propio sistema social. (Si la
historia es esta lógica, ¿cómo es que existen aún sociedades primitivas?).
En el plano de la vida económica se traduce todo esto en rechazo a un trabajo
y una producción absorbentes, en la decisión de limitar las reservas a las
necesidades, en la imposibilidad de la competencia - ¿para qué serviría ser
rico entre los pobres?- en una palabra, en la prohibición de la desigualdad.
-
- ¿Qué
hace que en una sociedad primitiva la economía no sea política? Que la
economía no es autónoma. Son sociedades sin economía por rechazo de la
propia economía. Pero entonces, ¿también está ausente lo político en
estas sociedades? ¿hay que admitir que al ser sociedades "sin ley ni
rey", les falta lo político? ¿No caemos en el etnocentrismo para el que
una carencia marca a las diferentes sociedades?
-
- Está
la pregunta por lo político en las sociedades primitivas. No es sólo un
problema "interesante", un tema para especialistas, porque la
etnología se desarrolla en una teoría general (por construir) de la sociedad
y de la historia. Las diversas organizaciones sociales, no impiden un orden en
la discontinuidad, una reducción de diferencias. Reducción masiva ya que la
historia nos ofrece dos tipos de sociedad, dos macroclases, que tienen algo en
común: están las sociedades primitivas y las sociedades con Estado. Es la
presencia o ausencia de la formación estatal (de múltiples formas) lo que da
a cada sociedad su lugar lógico, que traza la discontinuidad. La aparición
del Estado marca la gran división entre salvajes y civilizados, el corte que
transfoma el tiempo en Historia.
- Hay,
en el movimiento de la historia mundial, dos aceleraciones decisivas en su
ritmo. El motor de la primera fue la revolución neolítica (domesticación de
animales, agricultura, el arte del tejido y la cerámica, sedentarización,
etc.). Aún vivimos en la prolongación de la segunda aceleración, la
revolución industrial del S. XIX.
-
-
- No
hay duda de que la ruptura neolítica transformó las condiciones de los
pueblos paleolíticos. ¿Pero ésta fue suficiente para afectar el ser
de las sociedades? ¿Hay un funcionamiento diferente en las sociedades
preneolíticas o posneolíticas? La experiencia etnográfica indica lo
contrario. El paso del nomadismo a la sedenterización sería consecuencia de
la revolución neolítica, porque ha permitido la formación de ciudades y
aparatos estatales. Pero con esto se decide que todo "complejo"
tecnocultural, sin agricultura, está condenado al nomadismo. Aquí tenemos
algo etnográficamente inexacto. Una economía de caza, pesca y recolección
no exige una vida nómada. Diversos ejemplos, an América y otros lados, lo
atestiguan: La ausencia de agricultura es compatible con la sedenterización.
Se puede suponer que los pueblos que no habían adquirido la agricultura no
fue por inferioridad cultural sino porque no tenían necesidad de ella.
-
- La
historia poscolombina de América presenta agricultores sedentarios que, tras
una revolución técnica (conquista del caballo y de las armas de fuego)
dejaron la agricultura por la caza, cuyo rendimiento se multiplicaba. Cuando
fueron ecuestres, las tribus de América del Norte o las del Chaco en Amércia
del Sur, extendieron sus desplazaminetos, pero estaban lejos del nomadismo en
el que se encuentran las bandas de cazadores-recolectores (como los guayaki
del Paraguay) y el abandono de la agricultura no fue por la dispersión demográfica
ni por la transformación de la organización cultural anterior.
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- ¿Qué
nos enseña el movimiento de las sociedades, de la caza a la agricultua y
viceversa? Que parece darse sin cambiar la sociedad; que sigue idéntica si sólo
cambian sus condiciones de existencia material; que la evolución neolítica
no acarrea un trastorno del orden social. En las sociedades primitivas,
el cambio en lo que el marxismo llama la infraestructura económica, no
determina su reflejo, la superestructura política, pues ésta es
independiente de su base material. El continente americano ilustra la autonomía
de la economía y de la sociedad. Los grupos de
cazadores-pescadores-recolectores, nómadas o no, presentan las mismas
propiedades sociopolíticas que sus vecinos agricultores,sedentarios:
"infraestructuras" diferentes, "superestructura" idéntica.
De modo inverso, las sociedades mesoamericanas - sociedades imperiales,
sociedades con Estado - eran tributarias de una agricultura que, no por eso
seguía siendo menos parecida a la de las tribus "salvajes" de la
Selva Tropical: "infraestructura" idéntica,
"superestructuras" diferentes; puesto que en un caso se trata de
sociedades sin Estado y en el otro de Estados consumados.
-
- Lo
decisivo es el corte político y no el cambio económico. La verdadera
revolución, en la protohistoria de la humanidad, no es la del neolítico,
pues deja intacta la antigua organización social; es la revolución política,
misteriosa, irreversible, mortal para las sociedades primitivas, lo que
conocemos con el nombre de Estado. Y si conservamos los conceptos marxistas,
la infraestructura es lo político y la superestructura lo económico.
Una sola alteración estructural, abismal, puede destruir a la sociedad
primitiva, la que hace surgir en su seno o del exterior, la autoridad de la
jerarquía, la relación de poder, la sujeción de los hombres, el Estado. Sería
inútil buscar el origen en el cambio de las relaciones de producción,
dividiendo poco a poco la sociedad en ricos y pobres, explotadores y
explotados; ello conduciría mecánicamente a la instauración de un órgano
de poder de los primeros sobre los segundos, a la aparición del Estado.
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- Hipotética,
esta modificación a partir de la base económica es imposible. Para que en
una sociedad el regimen de la producción se transforme en mayor trabajo para
acrecentar los bienes, es necesario, o bien que los hombres deseen esta
transformación, o bien que sin desearla, se vean obligados a ella por una
violencia externa.
-
- En
el segundo caso, nada ocurre con la sociedad misma, que sufre la agresión
de una fuerza externa en cuyo beneficio va a modificarse el régimen de
producción: trabajar y producir más para los nuevos dueños del poder. La
opresión política determina la explotación. Pero la evocación de tal
"escenario" no sirve de nada, pues plantea un origen exterior,
contingente, inmediato, de la violencia estatal, y no la lenta realización de
las condiciones internas, socioeconómicas de su aparición.
-
- Se
dice que el Estado es el instrumento que permite a la clase dominante ejercer
su dominación violenta sobre las clases dominadas. Y que para que haya
Estado, es necesario que antes haya clases sociales antagónicas, ligadas por
la explotación. Luego la estructura de la sociedad - la división en clases -
debería preceder al surgimiento de la máquina estatal. Veamos la
fragilidad de esta concepción intrumental del Estado. Si la sociedad está
organizada de opresores que explotan a los oprimidos, es porque esta
alienación descansa en el uso de una fuerza, en la substancia misma del
Estado, "monopolio de la violencia física legítima". ¿A qué
necesidad respondería la existencia del Estado, puesto que su esencia -
la violencia - es inminente a la división de la sociedad, ya que está
dedicado a la opresión de un grupo sobre los demás? Sólo sería el órgano
inútil de una función cumplida antes y en otro lugar.
-
- Articular
la aparición de la máquina estatal con el cambio de la estructura social sólo
lleva a retardar el problema de esta aparición. Hay que preguntarse por qué
se produce, en una sociedad primitiva, el reparto de hombres en dominantes y
dominados. ¿Cuál es el motor del Estado? Su aparición confirmaría la
legitimidad de una propiedad privada surgida previamente; el Estado sería el
representante y el protector de los propietarios. Muy bien. ¿Pero por qué
aparece la propiedad privada en una sociedad que la rechaza? ¿Por qué hay
quienes un día dicen "esto es mío" y cómo es que los demás
permiten que surga lo que la sociedad primitiva ignora: la autoridad, la
opresión, el Estado? Lo que se sabe de las sociedades primitivas no
permite buscar más en lo económico el origen de lo político. Ahí no está
el árbol genealógico del Estado. No hay nada en una sociedad primitiva - sin
Estado- que permita la diferencia entre ricos y pobres, porque nadie tienen el
deseo barroco de hacer, poseer, parecer más que su vecino. La capacidad,
igual para todos, de satisfacer las necesidades materiales, y el intercambio
de bienes y servicios que impide la acumulación privada de bienes , hacen
imposible tal deseo, que es deseo de poder. La sociedad primitiva no deja
lugar al deseo de sobreabundancia.
-
- Las
sociedades primitivas hacen imposible el Estado. Y sin embargo, todos los
pueblos civilizados han sido primero salvajes. ¿Qué fue lo que hizo
que el Estado dejara de ser imposible? ¿Por qué los pueblos dejaron de
ser salvajes? ¿Qué revolución hizo que surgiera el Déspota, que ordena a
los que lo obedecen? ¿De dónde viene el poder político? Misterio, quizá
provisional, de su origen.
-
- Parece
imposible determinar la aparición del Estado, pero pueden precisarse las
condiciones de su no-aparición, y los textos reunidos aquí intentan
delimitar lo político en las sociedades sin Estado. Sin fe, sin ley, sin rey.
Lo que occidente decía de los indios del Siglo XVI, puede extenderse a toda
sociedad primitiva. Esta es la distinción: una sociedad es primitiva si
carece de rey como fuente legítima de la ley; es decir, de la máquina
estatal. De modo inverso, toda sociedad no primitiva tiene Estado. Es por lo
que pueden agruparse los despotismos arcaicos - reyes, emperadores de
China o de los Andes, y faraones -, monarquías recientes - el Estado soy yo -
o sistemas contemporáneos, el capitalismo liberal de Europa Occidental... o
de Estado, como en otros lugares...
-
- No
hay rey en la dtribu, sino un jefe que no es jefe de Estado. ¿Qué significa
esto? Que el jefe no tiene autoridad, poder de coacción, no puede dar una
orden. El jefe no es un comandante; la tribu no tiene deber de obedecer. La
jefatura no tiene poder, y la figura (mal llamada) del "jefe"
salvaje no es la de un fujturo déspota. No es de la jefatura de donde se
deriva el Estado en general. ¿Qué diferencia hay entre un
jefe de tribu y un jefe de Estado? ¿Qué hace imposible esto en el mundo de
los salvajes? Esta discontinuidad dradical - que hace impensable un paso
progresivo de la jefatura primitiva a la máquina estatal - se funda en la
exclusión del poder político de la jefatura. Se trata de pejnsaren un
jefe sin poder, pues la jefatura es extraña a su esencia, la autoridad. Las
funciones del jefe, no son de autoridad. Encargado de acabar con los
conflcitos entre individuos, familias, linajes, etc., sólo tienen el
prestigio que le reconoce la sociedad. Pero prestigio no es poder y los
recursos del jefe para pacificar se limitan al uno de la palabra, no para
arbitrar, ya que el jefe no es un juez, no puede tomar partido por nadie, sólo
puede - con su elocuencia - persuadir de apaciguarse, renunciar a las
injurias, imitar a los ancestros que vivieron en buen entendimiento. Empresa
no segura, apuesta incierta, pues la palabra del jefe no tiene la fuerza
de la ley. Si la presuación fracasa, el conflicto puede llegar a la violencia
y el prestigio del jefe puede derrumbarse, pues es prueba de impotencia
para lo que se esperaba de él.
-
- ¿En
qué estima la tribu que un hombre es digno de ser jefe? En su competencia
"técnica": dotes oratorias, puntería en la caza, capacidad para
coordinar la guerra. La sociedad no deja que el jefe vaya más allá, que su
capacidad técnica se transforme en autoridad política. El jefe está
al servicio de la sociedad - verdadero lugar del poder - que ejerce su
autoridad sobre el jefe. Por ello es imposible que el jefe ponga a la sociedad
a su servicio o que ejerza poder; la sociedad primitiva no tolerará que su
jefe se transforme en déspota.
-
- La
tribu somete al jefe a una alta vigilancia; es prisionero porque ella no lo
deja salir. ¿Pero, quiere salir? ¿Un jefe desea ser jefe? ¿Quiere suplantar
el interés grupal por su propio deseo? En virtud del control al que la
sociedad somete al líder, son raros los jefes que transgreden la ley
primitiva: tu no eres más que los demás. Es raro, pero a veces sucede
que un jefe quiere ser jefe y no por cálculo maquiavélico sino porque no
tiene otra opción. Por regla general, no intenta (ni sueña) subvertir la
relación (conforme a normas) que él tiene con su grupo; subversión que, de
servidor pasaría a señor. Esta relación la define el jefe de una tribu
abipona del Chaco argentino, en la respuesta que dió a un oficial español
que quería convencerlo de hacer participar a su tribu en una guerra que no
deseaba: "Los abipones, por costumbre de sus ancestros, hacen todo a su
gusto y no al de su cacique. Yo los dirijo, pero no perjudicaría a
ninguno sin perjudicarme a mí mismo; si los forzara ellos me darían la
espalda. Prefiero ser amado y no temido por ellos". No dudemos que la
mayoría de los jefes indios habrían tenido el mismo discurso.
-
- Pero
hay excepciones, ligadas a la guerra. La conducción de una expedición
militar es la única vez en que el jefe ejerce autoridad, fundada sólo en su
competencia técnica como guerrero. Después, el jefe de guerra queda sin
poder; el prestigio de la victoria jamás se transforma en autoridad. Hay pues
una sepración tajante entre poder y prestigio, entre gloria de un guerrero
vencedor y el mando que le está prohibido ejercer. Lo que calma la sed de
prestigio de un guerrero es la guerra. Un jefe cuyo prestigio está
ligado a la guerra sólo lo conversa en la guerra. Es una especie de empuje
hacia adelante por lo que organiza expediciones guerreras, donde espera
beneficios simbólicos en la victoria. Pero su deseo de guerra corresponde a
la voluntad de la tribu, en particular de los jóvenes, para quienes la guera
es el principal medio de adquirir prestigio; mientras la voluntad del jefe no
va más allá de la sociedad, las relaciones son iguales. Pero el riesgo de un
rebasamiento del deseo de la sociedad por el de su jefe, es permanennte. El
jefe a veces acepta correrlo, imponiendo a la tribu su proyecto individual.
Inviertiendo la relación del líder como instrumento al servicio de un fin
socialmente definido, intenta hacer de la sociedad el medio para realizar un
fin particular: la tribu al servicio del jefe, y no el jefe al servicio de la
tribu. Si esto "funcionara", tendríamos el nacimiento del poder político,
como presión y violencia; tendríamos la figura mínima del Estado. Pero esto
nunca funciona.
-
- En
el hermoso relato de los veinte años que pasó con los Yanomami (2) Elena
Valero habla de su primer marido, el líder guerrero Fousiwe. Su historia
ilustra el destino de la jefatura salvaje cuando es llevada a transgredir la
ley primitiva que, como veradero poder, rehusa deshacerse de él, se niega a
delegarlo. Fousiwe es reconocido como "jefe" por su prestigio
como conductor de victorias contra los grupos enemigos. El dirige guerras
deseadas por su tribu, se pone al servicio de su grupo; es el intrumento de su
sociedad. Pero el infortunio del guerrero quiere que el prestigio en la guerra
se pierda pronto, si no se renuevan las fuentes. La tribu, para la que el jefe
es sólo el instrumento para realizar su voluntad, olvida las victorias
pasadas del jefe. El jefe nunca adquiere nada definitivamente, y si quiere
devolver a la gente la memoria perdida, no lo logrará con sus viejas hazañas,
sino con nuevos hechos de armas. Un guerrero no tiene alternativa: está
condenado a desea la guerra. Es allí que logra el consenso que lo reconoce
como jefe. Si su deseo de guerra coincide con el de la sociedad, ésta sigue
realizándola.
-
- Pero
si el deseo de guerra del jefe se vuelve contra una sociedad que desea la paz
- ninguna sociedad, desea siempre la guerra - la relación se trastoca, el líder
utiliza a la sociedad para su meta individual. No hay que olvidarlo, el jefe
primitivo no tiene poder. ¿Cómo imponer su deseo a una sociedad que lo
rechaza? Es prisionero de su deseo de prestigio y su impotencia para
realizarlo. ¿Qué puede suceder? El guerrero está destinado a una soledad
que lo conduce a la muerte. Ese fue el destino del guerro sudamericano
Fousiwe. Por haber querido imponer una guerra se vio abandonado por su tribu.
Tenía que realizar esta guerra sólo y murió acribillado por las flechas. La
muerte es el destino del guerrero porque la sociedad primitiva no permite
sustituir el deseo de prestigio por la voluntad de poder, está de antemando
condenado a la muerte. El poder político separado es imposible en la sociedad
primitiva; no hay vacío que el Estado pudiera llenar.
-
- Menos
trágica, pero parecida, es la historia de otro líder indio, más célebre
que el oscuro guerrero amazónico, pues se trata del famoso jefe apache
Jerónimo. Leer sus Memorias (3) es muy instructivo. Jerónimo sólo era un
joven guerrero cuando los soldados mexicanos atacaron a su tribu e hicieron
una masacre de mujeres y niños. La familia de Jerónimo fue exterminada
totalmente. Las diferentes tribus apaches se aliaron para vengarse de los
asaesinos y Jerónimo condujo el combate. Su éxito fue total, pues los
apaches aniquilaron la guarnición mexicana. El prestigio de Jerónimo fue
inmenso. Pero a partir de ahí algo le sucede a Jerónimo. Porque si para los
apaches, satisfechos con la victoria y la venganza, el asunto está concluido,
Jerónimo quiere seguir vengándose, considera insuficiente la derrota
sangrienta. Pero no puede ir sólo al ataque de los poblados mexicnanos. Trata
de convencer a los suyos de atacar de nuevo. En vano. La sociedad apache, una
vez alcanzada la meta colectiva - la venganza - quiere descansar. Jerónimo
tiene un deseo individual y quiere arrastrar a la tribu para cumplirlo.
Los apaches no quisieron seguir a Jerónimo, como los Yanomami no siguieron a
Fousiwe. Jerónimo sólo convence a unos cuantos, ávidos de gloria y
riqueza. El ejército de Jerónimo, para una de esas expediciones, heroicas e
irrisorias, era de dos hombres. Los apaches le dieron la espalda cuando
quieso realizar su guerra personal. Jerónimo fue el último gran jefe de la
guerra norteamericano, que pasó treinta años de vida queriendo "ser
jefe" y no lo logró...
-
- La
esencia de la sociedad primitiva, es ejercer un poder absoluto sobre todo lo
que la compone, es prohibir la autonomía de alguno de sus subconjuntos, es
mantener todos los movimientos internos, conscientes e incoscientes, en los límites
y en la dirección queridos por la sociedad. La tribu manifiesta (incluso con
violencia), el deseo de fijar este orden, prohibiendo el poder político
individual, central y separado. Es una sociedad donde nada se escapa; todas
las salidas están cerradas. Sociedad que debería reproducirse eternamente
sin que nada la afectara a través del tiempo.
-
- Sin
embargo, hay un campo que escapa al control; es un "flujo" al que
ella parece poder imponer sólo un "código" imperfecto; se tratra
del terreno demográfico, con reglas culturales, leyes naturales, espacio de
una vida enraizada en lo social y en lo biológico, sede de una "máquina"
que funciona con mecánica propia y que está fuera del alcance de la empresa
social.
-
- Sin
sustiruir un determinismo económico por uno demográfico e inscribirlo en las
causas - el crecimiento demográfico - la necesidad de los efectos -
transformación de la organización social - hay que constatar, sobre todo en
Amércia, el peso sociológico de la población; el aumento de las densidades
para conmocionar - no decimos destruir - la sociedad primitiva.
-
- En
efecto, es probable que una condición fundamental de la sociedad primitiva es
la debilidad de su talla demográfica. Las cosas sólo funcionan si la población
es poco numerosa. Para que una sociedad sea primitiva, debe ser pequeña. Lo
que se constata es una fragmentación en "naciones", tribus,
sociedades, grupos que vigilan su autonomía en el seno del conjunto, además
de hacer alianzas con vecinos "compatriotas", si las condiciones -
guerreras - lo exigen. Esta atomización del universo tribal es una
forma de impedir conjuntos sociopolíticos que integran los grupos locales y,
más aún, un medio de prohibir la emergencia del Estado que en su esencia, es
unificador.
-
- Los
Tupí-Guaraní parecen, cuando Europa los descubre, alejarse del modelo
primitivo: la densidad demográfica de sus tribus rebasa el de las poblaciones
vecinas; el tamaño de los grupos locales no se compara con el de las unidades
sociopolíticas de la Selva Tropical. Por supuesto, los poblados Tupinamba, de
miles de habitantes, no eran ciudades, pero acababan de pertenecer al
horizonte "clásico" de la dimensión demográfica de las
ciudadedes vecinas. Sobre este fonde de expansion demográfica se
destaca - hecho inhabitual en la América de los salvajes, si no en la
de los imperios - la tendencia de las jefaturas hacia un poder
desconocido en otra parte. Los jefes tupi-guaraní no eran déspotas, pero no
eran jefes sin poder. En un extremo de la sociedad, el crecimento demográfico,
en el otro, el surgimiento del poder político. Sin duda que no toca a la
etnología - a ella sola - responder a las causas de la expansión
demográfica en una sociedad primitiva. Contraria a esta disciplina surge la
articulación de lo demográfico con lo político, el análisis de las fuerza
que ejerce el primero sobre el segundo por intermediación de lo sociológico.
-
- En
este texto, subrayamos la imposibilidad interna de un poder político separado
en una sociedad primitiva, la imposibilidad de una génesis del Estado en el
interior de la sociedad primitiva. Y tenemos que evocar, contradictoriamente,
a los tupi-guaraní como una sociedad primitiva donde comenzaba a surgir lo
que habría podido convertirse en Estado.
-
- En
estas sociedades se daba un proceso de constitución de una jefatura con un
poder político nada despreciable. Al grado de que los cronistas franceses y
portugueses no dudan en nombrar a los jefes con el título de "reyes de
provincia" o "reyezuelos". La transformación de la sociead
tupi-guaraní se interrumpe al llegar los europeos. ¿Si el descubrimiento del
Nuevo Mundo se hubiera retrasado un siglo, se habría impuesto el Estado
a las tribus del litoral brasileño? Es riesgoso hacer una historia hipotética
que nada desmentiría. Pero, respondemos de manera negativa. No fue la llegada
de los occidentales lo que cortó el surgimiento del Estado con los
tupi-guaraní, sino un sobresalto de la sociedad primitiva, un levantamiento
contra las jefaturas, destructor del poder de los jefes. Un extraño fenómeno,
hacia el fin del siglo XV, agitaba a las tribus tupi-guaraní, las prédicas
de hombres que, de grupo en grupo, llamaban a los indios a dejar todo
para ir a la búsqueda de la Tierra sin mal, del paraiso terrestre.
-
- Jefatura
y lenguaje están, en la sociedad primitiva, muy ligados, la palabra es el único
poder devuelto al jefe, es para él un deber. Pero es otro discurso, no de
jefes, sino de esos hombres que en los siglos XV y XVI llevaban a los indios
por millares en locas migraciones en busca de la patria de los dioses; es el
discurso de los Karai, es la palabra profética, virulenta subversiva, de
llamar a los indios a la destrucción de la sociedad. El llamado de los
profetas a abandonar la mala tierra, para llegar a la tierra sin mal, a la
sociedad de la felicidad divina, implicaba la condenación a la muerte
de la sociedad y sus normas. Una sociedad donde se imponía cada vez más la
autoridad de los jefes, su poder político naciente. Es posible que si los
profestas, surgidos del corazón de la sociedad, proclamaban como malo el
mundo, es porque decubrían el mal en esa muerte lenta a la que los condenaba
el surgimiento del poder en la sociedad tupi-guaraní, como sociedad sin
Estado. Con la sensación de que el mundo salvaje se derrumbaba, obsesionados
por la idea de una catástrofe sociocósmica, los profestas decidieron dejar
el mundo de los hombres y ganar el de los dioses.
-
- Palabra
profética aún viva, así lo dicen los textos "Profestas en la
jungla" y "De la unidad sin lo múltiple". Los cuatro mil
guaranís que viven en la miseria en la selva de Paraguay, gozan aún de la
riqueza inconmensurable que les ofrecen los Karai. Se duda que son aún
conductores de tribus como sus ancestros del siglo XVI, ya no hay búsqueda de
la Tierra sin mal.
-
- Pero
con la falta de acción el pensamiento se ha embriagado, permitiendo pensar en
la desdicha de la condición humana. Y este pensamiento salvaje, enceguecedor
por exceso de luz, nos dice que el nacimiento del Mal, de la desdicha, es la
unidad. Hay que hablar más de lo que el sabio guaraní designa con el nombre
de Unidad. Los temas favoritos del pensamiento guaraní contemporáneo son los
mismos que inquietaban, hace cuatro siglos, a los Karai, los profestas. ¿Por
qué el mundo es malo? ¿Qué podemos hacer para escapar al mal? Son
preguntas que no dejan de plantearse. Los Karai de hoy repiten el discurso de
los profetas de antaño. Estos sabían que la Unidad es el mal, lo decían de
pueblo en pueblo, y las gentes los seguían en la búsqueda del Bien, en pos
de la no-Unidad. Se tiene pues en los tupí-guaraní de la época del
Descubrimiento, de un lado una práctica - la migración religiosa -
inexplicable si no se lee el rechazo de la directividad, el rechazo del poder
político separado, el rechazo del Estado; del otro lado, un discurso profético
que identifica a la Unidad como la raíz del Mal y asegura escapar de él. ¿Cómo
es posible pensar en la Unidad?
-
- Es
necesario que su presencia, odiada o deseada sea visible. Creemos descubrir
que bajo la ecuación metafísica que iguala el mal con la Unidad, hay otra
ecuación más secreta y política que dice que la Unidad es el Estado.
El profetismo tupí-guaraní es al tentativa heróica de una sociedad
primitiva para abolir la desdicha, con el rechazo radical de la Unidad como
esencia universal del Estado. Esta lectura "política" de una
constancia metafísica nos plantea una pregunta, tal vez sacrílega: ¿no podría
someterse a lectura semejante toda metafísica de la Unidad? ¿Qué sucede con
la Unidad como Bien, como objeto preferencial que, desde su alborada, la metafísica
occidental asigna al deseo del hombre? Hay un evidencia: el pensamiento de los
profetas salvajes y el de los antiguos griegos es el mismo: la Unidad. Pero el
indio guaraní dice que la Unidad es el Mal, mientrasd que Heráclito
dice que es el Bien. ¿Cómo es posible pensar en la Unidad como Bien?
-
- Volvamos,
para concluir, al mundo ejemplar de los tupi-guaraní. Una sociedad primitiva
amenazada por la ascensión de los jefes, que provoca - a costa de un suicidio
colectivo - el fracaso de la jefatura, la exterminación de los reyes
portadores de ley. De un lado los jefes; del otro y conta ellos, los profetas.
Esta es la sociedad tupi-guaraní de finales del siglo XV. Y la "máquina"
profética funcionó bien, pues los Karai llevaban tras ellos masas de indios
exaltados, al grado de acompañarlos hasta la muerte.
-
- ¿Qué
quiere decir esto? Los profetas armados con sus logos, podían hacer algo
imposible en la sociedad primitiva: unificar en la migración religiosa la
diversidad múltiple de las tribus. Ellos realizaron de un solo golpe el
"programa" de los jefes. ¿Argucia de la historia? ¿Fatalidad que a
pesar de todo dirige a la sociedad primitiva a al dependencia? No se sabe.
Pero la insurrección de los profetas contra los jefes daba a los primeros,
por un extraño cambio de las cosas, infinitamente más poder que el que tenían
lo segundos. Tal vez hay que rectificar que la palabra sea opuesta a la
violencia. Si el jefe salvaje tiene una palabra inocente, la sociedad
primitiva puede también, escuchar otra palabra, como un mandamiento: a saber,
la palabra profética. En el discurso de los profetas está tal vez en germen,
el discurso del poder, y bajo los rasgos exaltados del conductor de hombres
que dice el deseo de los hombres, se disimula tal vez la figura
silenciosa del Déspota.
-
- Palabra
profética, poder de esta palabra: ¿tendríamos allí el origen del poder, el
comienzo del Estado en el Verbo? ¿Profetas, conquistadores de almas antes que
señores de los hombres? Quizá. Pero, hasta en la experiencia extrema
el profetismo (la sociedad tupí-guaraní había alcanzado los límites
que determina una sociedad primitiva), es lo que nos muestran los salvajes, es
el esfuerzo para impedir que los jefes sean jefes, es el rechazo de la
unificación, la conjuración de la Unidad, del Estado. La historia de los
pueblos que tienen una historia es la historia de la lucha de clases. La
historia de los pueblos sin historia es, diremos con la misma verdad, la
historia de su lucha contra el Estado.
-
-
- Traducción
de Rosario Herrera Guido
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- (*)La
Société contre l'État, Les Edicions de Minuit, Paris, 1974, Capítulo 11.
- (1)
J. Lizot, Economie ou société? Quelques thèmes à propos de l'étude d'une
communauté d'Amerindiens, Journal de la Société des américanistes
9,1973,pp137-175.
- (2)
E.Biocca, Yanoama, Plon, 1969.
- (3)
Mémories de Géronimo, Maspero, 1972.
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