José Bleger
Al
reseñar someramente las contribuciones de Enrique J. Pichón-Rivière a la
psiquiatría y al psicoanálisis, trataré de presentar algunas de las
tendencias fundamentales que caracterizan la totalidad de sus aportes, tanto
como algunas de las modalidades personales con que se hicieron.
Estos cubren un área muy extensa que se extiende aun a la psicología, a
la psicología social, y podríamos decir que no hay capitulo en el que no haya
contribuido, y en algunos de ellos de manera muy radical.
No se puede tomar conocimiento de los mismos por la lectura de sus
trabajos publicados, ya que éstos cubren sólo una parte muy reducida de sus
aportes y casi nada de los últimos diez años.
Su pensamiento vivo y dinámico se presta mal al momento de paralización
que en gran medida significa la transmisión escrita, y mucho mejor a la
transmisión oral y personal, que ha sido su característica fundamental, por
sobre todo en grupos de trabajo antes que en clases, magistrales. Cuando ha
recurrido a las clases cada exposición ha significado la oportunidad de una
revisión y reelaboración del tema en un estrecho contacto con el público, que
participa activamente en una atmósfera de creación intelectual y científica.
En ellas, más que exponer, piensa de nuevo el tema y hace pensar sobre
él.
Podría
decir que se trata de un verdadero iconoclasta para quien el pensamiento regido
y estereotipado es siempre un enemigo.
Posiblemente
no hay en el país, en su generación, un psicoanalista y un psiquiatra dinámico
que haya formado tantos discípulo y tantos que, aun no siéndolo, se han
beneficiado de sus enseñanzas y su experiencia.
Difícilmente se podría deslindar su aporte en numerosos trabajos de
profesionales jóvenes a los que siempre ha brindado su generosidad científica
y un intenso estímulo, respetando en alto grado los intereses, modalidades y
orientaciones peculiares de cada uno. En
un medio más generoso para el
talento y para el científico, su nombre seguramente no dejaría de figurar
entre el de los maestros contemporáneos de gravitación internacional.
Hombre
de vasta cultura y múltiples intereses, no ha dejado de vivir con intensidad
ninguno de los problemas candentes de su tiempo, así como no le es extraño
ningún aporte de otras escuelas, tanto como las tendencias fundamentales de la
filosofía, la literatura o la pintura.
Propulsor
de una renovación amplia de la psiquiatría, lo fue también de la psicología
y la psicoterapia grupal, introduciéndolas por primera vez en el país, en la
organización de un servicio en el Hospital Psiquiátrico en el que entonces era
jefe. Ha impulsado el interés y el
desarrollo de la psiquiatría de la adolescencia tanto como de la psiquiatría
infantil, que en gran parte se movía entre nosotros en los límites de los
cuadros oligofrénicos. Propulsor
de la aplicación de los tests a la práctica psiquiátrica, ha hecho aportes
también originales, especialmente en el test de Goodenough. Fundador de la Primera Escuela Privada de Psiquiatría y del
Primer Instituto de Medicina Psicosomática, ha llenado en buena medida el hueco
dejado por la enseñanza oficial. Las
reuniones científicas y congresos han contado siempre con su esfuerzo y aportes
científicos; en los mismos ha seguido siendo siempre el maestro generoso y no
el poseur de la oratoria.
Su
pensamiento se sustenta en una inteligencia poderosa y clara, y en una fuerte
capacidad de síntesis. Por esto último,
sería arbitrario separar sus contribuciones al campo de la psiquiatría de las
que hizo al psicoanálisis, a la psicología social y a la psicología grupal. Su tendencia a la síntesis y a la unidad hace que sea
imposible plantear estas divisiones sin traicionar su pensamiento dialéctico, y
antes que los hechos se detalle nos interesa presentar aquí una breve reseña
de su pensamiento global, de su esquema referencial, como él mismo prefiere
denominarlo. Otra característica
fundamental es su constante afán de síntesis entre teoría y práctica y una
permanente interacción entre ambas; no hay tema que le haya interesado en el
que no organizara de inmediato la posibilidad de una experiencia personal en una
tarea práctica.
Por
todas estas características, es además muy difícil rastrear las referencias
bibliográficas y los autores de los que se ha nutrido para cada problema
particular, porque, aun siendo un lector insaciable, la lectura de otros autores
no se constituyó en una memorización o un dato, sino en un diálogo con ellos
en el cual rehace su propio esquema de trabajo.
En este sentido, es lo más distante de un erudito que repite citas
bibliográficas, ya que lo que le interesa siempre es el conocimiento y el
pensar como instrumentos. Desde
el puesto de uno de los activos promotores del psicoanálisis en nuestro medio,
su integración del psicoanálisis y la psiquiatría ha alcanzado un nivel de
desarrollo que merecería una extensa exposición y consiguiente difusión, ya
que sobrepasa ¾a
mi juicio¾
las exposiciones similares de otros autores.
La teoría de la enfermedad única es uno de sus aportes más brillantes, y puede ser considerada como eje o una base sobre el que gira toda la comprensión de la enfermedad en sus múltiples niveles y manifestaciones. Significa una concepción unitaria y monista, y se basa tanto en los estudios de Freud, M Klein y Fairbairn como en algunas ideas de Griessinger; su teoría abarca tanto la enfermedad como el enfermar, el curar y el proceso terapéutico; tanto al individuo como a su grupo y a su inserción social.
Pichón-Rivière
reconoce tres posiciones básicas, es decir tres configuraciones del
comportamiento, estrechamente interrelacionadas dinámicamente entre si:
posición depresiva, esquizoparanoide y patorrímica.
La primera es una posición patogenética, la segunda patoplástica y la
tercera es aquella de la cual depende el ritmo peculiar de la enfermedad.
La situación patogenética sirve como punto de partida de la enfermedad
en cuanto no es resuelto el conflicto de la posición depresiva; es la
enfermedad única de la cual derivan todas las demás, y su característica básica
es la ambivalencia. Por
estereotipia de la posición depresiva se origina una depresión melancólica
que implica un déficit en la resolución o síntesis del conflicto básico.
Otra alternativa está dada por una regresión a la posición
esquizoparanoide, en la cual el conflicto sufre una disociación o división
entre los términos antinómicos (división del yo, del objeto ambivalente) y,
según la técnica particular utilizada para mantener dicha disociación, se
configuran los diferentes cuadros (histeria, neurosis obsesiva, fobia y
reacciones paranoides). La posición
esquizoparanoide se caracteriza con un término por él introducido: divalencia,
que significa que los términos en conflicto son relacionados con distintos
objetos separados entre si y experimentados como independientes.
De esta manera, todos los mecanismos de defensa estudiados por el psicoanálisis
asientan en última instancia sobre la división esquizoide y constituyen técnicas
de mantenimiento de la divalencia.
La
teoría de la enfermedad única permite comprender unitariamente la relación dinámica
entre procesos normales y patológicos, tanto como el pasaje y relaciones entre
neurosis, psicosis, pervensiones, psicopatías y enfermedades psicosomáticas.
Permite, por otra parte, seguir paso a paso la instalación y curso de
una enfermedad, tanto como las alternativas de un tratamiento psiquiátrico o
psicoanalítico.
La
posición depresiva o patogenética se caracteriza además por la ansiedad
depresiva, que es un miedo a la perdida o destrucción de un objeto, por el
conflicto ambivalente que sobre él recae.
La división esquizoide transforma la ambivalencia en divalencia y la
ansiedad depresiva en ansiedad paranoide, que es un miedo al ataque, que
proviene justamente de aquella parte del conflicto (del yo y del objeto) que se
opone a la otra, y que en la posición depresiva actuaban en conjunto sobre el
mismo objeto (la ambivalencia). De
esta manera la psiquiatría es para Pichón-Rivière el estudio de los miedos,
ya que en base a los dos miedos se configuran y estructuran en distintos niveles
todas las formas clínicas de las neurosis, psicosis perversiones y caracteropatías. La fórmula básica de Freud de que la neurosis es el
negativo de la perversión ha sido reformulada por Pichón-Riviére diciendo que
la neurosis, la psicosis (clínica), la perversión y la psicopatía constituyen
el negativo de las ansiedades psicóticas (ansiedad depresiva de la posición
depresiva y ansiedad paranoide de la posición esquizoparanoide). La enfermedad es siempre una tentativa de salir de
situaciones en que peligra lo bueno de uno y del objeto en peligro por la parte
mala (objeto malo).
De
esta manera, la teoría de la enfermedad única no es un mero aporte teórico,
sino un poderoso instrumento de trabajo. Para
comprenderla mejor hace falta integrarla con otros dos aportes fundamentales: el
de las áreas de conducta y el de la teoría del vínculo.
Basado
fundamentalmente en Lagache y en P. Schilder, Pichón-Rivière ha sistematizado
todo el comportamiento (normal y patológico) en tres áreas que representa gráficamente
con tres círculos concéntricos y que llama; área de la mente, del cuerpo, del
mundo externo. Estas tres áreas
son siempre coexistentes y cooperantes; la calificación de cada comportamiento
en cada una de las tres áreas se refiere al promedio relativo de alguna de
ellas en un momento dado.
Junto
con la teoría de la enfermedad única, las áreas de la conducta no sólo
permiten una comprensión más acabada de la dinámica de los fenómenos, sino
que también intentan llevar de manera sistemática (junto con la teoría del vínculo
o de las relaciones objetales) los datos de la psiquiatría, psicología y
psicoanálisis a hechos de observación. Vemos
en esto un esfuerzo de integración del psicoanálisis con las ideas más
importantes del conductismo, sin caer en las exageraciones ni en las
limitaciones de este último.
Las
áreas de la conducta permiten, a su vez, enriquecer la teoría de la enfermedad
única, ya que los distintos cuadros psiquiátricos no son únicamente
consecuencia de distintos mecanismos defensivos, sino también de la ubicación
de cada uno de los términos de la división esquizoide (objeto parciales) de
las distintas áreas. Así, si el
objeto malo se halla en el área del mundo externo y el objeto bueno en el área
de la mente, el cuadro es paranoide, mientras que si los objetos divalentes se
hallan en el área del mundo externo, las manifestaciones son fóbicas y el
control de la disociación tiene que manejarse en el espacio.
Si el objeto persecutorio (objeto malo) es reintroyectado en el cuerpo,
el cuadro es el de la hipocondría. Toda
la psiquiatría puede ser entendida en función del manejo o control de una
perseguidor (el objeto malo) y a ello Pichón-Rivière ha agregado el capítulo
original de la patología del objeto bueno.
El
estudio de las áreas de conducta se integra por otra parte con la teoría del
aprendizaje, con la cual se comprenden las situaciones de cambio y sus efectos y
las alteraciones psiquiátricas como perturbaciones del aprendizaje.
Con ello ha promovido también el desarrollo de una teoría psicoanalítica
del aprendizaje y se posibilita la comprensión del proceso terapéutico
psicoanalítico y su técnica, como posibilidades de rectificación de un
aprendizaje distorsionado.
Vínculo
y relaciones objetales.
La
teoría de las relaciones objetales aplicada sistemáticamente por Pichón-Rivière,
lo ha llevado a una evolución importante, desde los esquemas puramente
instintivistas hacia un enfoque social de la conducta normal y patológica.
Partiendo de Freud, M. Klein y Fairbairn, ha realizado un desarrollo
sistemático de las relaciones objetales resolviendo las limitaciones teóricas
de estos autores.
El
estudio de las relaciones objetales ha tomado también contacto con los aportes
de Sullivan sobre la relación interpersonal y los de Hesnard sobre el vínculo,
llevando a estudiar todo fenómeno psicológico como una ineludible relación
con otros seres humanos y a plantear toda la psiquiatría como una perturbación
en el establecimiento, organización o integración de estas experiencias con
otros seres humanos. El vínculo es
una estructura que incluye siempre el yo del sujeto y el objeto con el cual se
relaciona, de tal manera que es un instrumento para manejar objetos y partes del
yo productores de ansiedad.
La
teoría de la relación interpersonal ha sido también enriquecida con la
inclusión del proceso de comunicación, a parir de los trabajos de Ruesch sobre
el tema, pero enriquecidos con los aportes psicoanalíticos.
El vínculo mínimo reconocido por Pichon-Riviére es el vínculo de
tres, es decir, la situación triangular o edípica.
El
cuadro clásico de Freud – Abraham sobre los puntos de fijación de la libido
en relación con las distintas manifestaciones psiquiátricas, queda de esta
manera y con estos aportes sumamente enriquecido al replantearse los puntos de
fijación en términos de relaciones objetales, reconociendo la posición
depresiva como el punto de fijación de las esquizofrenias en todas sus formas
clínicas, y la posición patorrítmica como el punto de fijación de las
epilepsias.
La
teoría de la relación objetal, cuya postulación básica es la de que toda
conducta es siempre una experiencia con otro y la de que toda conducta se da en
una situación que es siempre una situación humana, ha permitido no sólo el
pasaje a la psicología social y a la utilización más amplia del psicoanálisis
en los fenómenos sociales, sino también ha hecho que el mismo esquema
conceptual de la psicología y el psicoanálisis del hombre, individualmente
enfocado, sea a su vez el de una psicología social.
La
teoría de las relaciones objetales, al reconocer y admitir la existencia del vínculo
ineludible del yo con un objeto, ha permitido la profundización del estudio de
los estadios más tempranos de la vida y, asimismo, un desarrollo del
conocimiento de la transferencia psicótica, al que ha contribuido E. Pichón-Rivière
a la par de los autores más aventajados que se han ocupado del tema.
A raíz de ello, se han visto favorecidos el conocimiento diagnóstico,
los criterios de internación y de alta, tanto como la terapia shockante y
farmacológica de las psicosis en combinación o no con el tratamiento psicoanalítico.
La
teoría de las relaciones objetales ha llevado a un mejor conocimiento de la
psicología grupal y su dinámica, especialmente de las relaciones entre el
miembro enfermo y su grupo familiar, con nuevas posibilidades terapéuticas en
los conflictos grupales. Esta
comprensión se ha extendido también a las psicosis infantiles que Pichón-Rivière
ha sistematizado a partir de una organización única: el autismo.
De
igual manera, y a partir de los estudios de P. Schilder, Pichón-Rivière ha
retomado reiteradamente el tema del esquema corporal, considerándolo como una
permanente construcción espacio-temporal y una relación objetal.
Esto ha conducido a un mejor conocimiento de la dinámica del nivel
psicológico del cuerpo en la salud y la enfermedad así como a una mejor
comprensión de la hipocondría y los cuadros psicosomáticos, que dinámicamente
tienen para Pichon-Riviére la estructura de lo que él mismo ha denominado una
órgano-psicosis.
En
cada campo nuevo que se ha ido abriendo a su inquietud investigadora, ésta no
ha quedado reducida a una consideración teórica, sino que ha pasado de
inmediato a la práctica, organizando para ello, en este campo, el Instituto
Argentino de Estudios Sociales (I.A.D.E.S.) que ha centrado su actividad, tanto
dentro de la psicología social, como dentro de la psiquiatría asistencial y la
actividad docente.
La
técnica psicoanalítica ha recibido de Pichón-Rivière una especial dedicación,
no sólo en lo que concierne a su sistematización científica, sino también al
esclarecimiento de una teoría de la técnica y un desarrollo de los esquemas
referenciales operantes en el psicoanálisis.
Influido
por los estudios de campo de K. Lewin incorporó sistemáticamente el “aquí y
ahora” a la situación psicoanalítica, enriqueciendo y profundizando la
investigación, tanto como el empleo de la transferencia y la interpretación.
Los
aportes en este terreno coinciden en cierta medida con los de Ezriel en el
sentido de transformar la situación psicoanalítica en una situación casi
experimental, en la cual la interpretación es también una variable que se
introduce y cuyos efectos pueden ser registrados.
Pichón-Rivière
diferencia claramente entre una psiquiatría formal y una psiquiatría
operativa. En la primera se trata de lograr una ubicación nosográfica,
mientras en la segunda se tiende a la comprensión del paciente y su
sintomatología de tal manera que dicha comprensión sirva para actuar con la
interpretación modificando el cuadro y la situación patógena.
En todo caso, la posición del psiquiatra debe ser intermedia, y para
ello debe estar en posesión de una teoría o una construcción conceptual que
sea parte de sus instrumentos; llena estos objetivos la confección e un esquema
referencial, conceptual y operativo (E.C.R.O.), que a mi entender asienta sobre
este trípode que hemos estado reseñando: la teoría de la enfermedad única,
las áreas de la conducta y la teoría de la relación objetal.
Observador
sagaz y detallista, ha enfatizado el valor de la
observación en la investigación psiquiátrica y psicoanalítica, tanto
como ha estudiado el papel y el rol de la observación y del observador que
queda incorporado como una de las variables del campo presente que se están
investigando. El concepto de
observador participante es de una importancia básica.
No
se puede tampoco hablar de las aportaciones de Pichón-Rivière a la psiquiatría
y al psicoanálisis sin tomar en cuenta su actividad docente, intensa y fecunda.
Acá también, su enfoque conceptual y metodológico de la enseñanza ha
enriquecido el campo de la didáctica y del aprendizaje, especialmente a través
de la utilización sistemática de los grupos operativos.
Todo
esto ha hecho que los psiquiatras, psicoanalista, psicólogos y otros
profesionales se interesaran más en la psicología y psicopatología de la vida
cotidiana, lo cual abre posibilidades importantísimas para la higiene mental.
(*) José Bleger (1922 – 1972), psiquiatra argentino de quien este último viernes se cumplieron tres años de su fallecimiento, es considerado uno de los creadores de la escuela psicoanalítica del país. En ningún momento de su trayectoria dejó de reconocerse como un discípulo de Enrique Pichón Rivière. Sus colegas, a su vez, lo recuerdan como uno de los pocos que compartieron plenamente esa “mayéutica socrática” en que, para Pichón Rivière, consistía el diálogo entre clínicos. En 1967, en un testimonio un homenaje a su maestro a través del siguiente ensayo. ejemplar ¾ahora inhallable¾ de la revista Acta psiquiátrica y psicológica de América latina (Diciembre, nº4), Bleger