Historizar
la violencia.
Para centrar una reflexión con relación a la especificidad de la clínica con las personas que atendemos en la comuna de La Pintana, más que fijar nuestra mirada en los cuadros psicopatológicos que presentan, importa cuestionarse en torno al peso de la historia. Estas personas portan una historia que tiene en común la presencia de necesidades básicas insatisfechas. Por éstas queremos entender aquellas que los derechos humanos reconocen como tales.
Los casos más agudos se acercan a la necesidad de preservar la propia vida
desde la más tierna infancia hasta la adultez. Los casos menos graves giran
entorno a la necesidad insatisfecha de vivienda educación, trabajo, salud.
La Pintana es una especie de puerto en el que finalmente han atracado pequeños
grupos familiares tras un trafagoso
recorrido por la carencia de los más básicos elementos que pueden asegurar una
vida humana. La Pintana acoge a miles de personas que han emigrado de sus
lugares de origen buscando horizontes menos dramáticos y difíciles en el
aspecto económico. Sólo existe un muy pequeño núcleo de habitantes de este
sector de Santiago que desde más generaciones habitó allí, para cultivar lo
que entonces era aún terreno agrícola. No son estos los que marcan las
características centrales de esta población. En este sentido, La Pintana es
una población sin historia grupal propia. Su historia se cuenta en tanto
conjunción de las muchas historias de las diversas familias y personas,
historia que cuesta relatar porque es la de la ausencia de todo.
¿Qué
se quiere decir con esto? Tal vez una de muchas historias sirva como ejemplo:
Fresia tiene hoy 53 años, más o menos, pues es la edad que ella se atribuye,
ya que su nacimiento no fue registrado cuando sucedió. Vale decir que nació
alrededor de 1940; se ve bastante mayor de la edad que dice tener. Nació en el
campo y a campo traviesa, pues su madre era trabajadora temporera de los fundos
de la zona central del país; sabe que tuvo cuatro hermanos, ella era la
segunda. Nunca conoció a su padre, al igual que a sus demás hermanos. Cada
hijo fue de hombres diferentes. Vivió con ella hasta los doce años, caminando
por la zona central de Chile, comiendo en esas ocasiones, en algún galpón.
La madre, a pesar de que nunca quiso abandonar a sus hijos, jamás logró
estructurar más su vida con ellos. Era alcohólica, ¿es esto causa o efecto de
su eterno deambular con sus hijos y
embarazos producto de algún encuentro?. Afirmar cualquiera de las dos cosas sería
erigirse en juez.
No es esta la intención. Durante estos 12 años Fresia soñaba con tener una
“casita”, “un lugarcito donde estar”; muchas veces se lo planteó a su
madre. Esta siempre respondió que el tipo de trabajo que ella podía tener no
permitía otra cosa. A los 12 años, y a petición de Fresia, la madre la dejó
“empleada” en la casa de una Sra. En algún pueblo.... no la volvió a ver a
ella ni a sus hermanos por años. La mujer que la empleo no le pagaba, por su
trabajo le daba comida y casa.... ambas cosas no pasaban de ser un decir: comía
los restos de la familia y dormía en la cocina sobre un jergón que instalaba
cada noche. Trabajaba de sol a sol en todo tipo de servicios, que obviamente
excedían sus fuerzas de niña. Recuerda que lavar y estrujar rumas de ropa era
una tortura. La Sra. No se dirigía a ella sino para dar órdenes, la insultaba
por el resultado de sus trabajos, que según ella nunca eran buenos. No importa
que tan precisos, objetivos y “reales” sean sus recuerdos. De todos modos lo
que traslucen es la sensación de abandono, explotación, rechazo y carencia de
todo intercambio afectivo, que no tuviese que ver con ser receptáculo de odio.
Sus recuerdos de la madre de su infancia, son de desamparo pero a la vez rescata
la fuerza de esta para no someterse. Es como si recordase el deambular como
parte de la expresión del espíritu rebelde de la madre.
A los 15 años se casó con un hombre mayor, trabajador agrario.
Con el tuvo 6 hijos. Solo 4 viven: la mayor y los 3 menores. Con este hombre
vivió en el campo en situación de extrema pobreza por casi 10 años, hasta mas
o menos los 24-25 años. Trabajaba “ayudándolo”, sin jamás recibir una
remuneración; siempre desde el primer día
de matrimonio fue golpeada y usada como un objeto sexual. Los golpes la llevaron
muchas veces a hospitalizaciones. Durante estas los hijos quedaban abandonados,
librados a la buena voluntad posible de los vecinos. Los dos hijos que murieron,
nacieron cuando ella contaba con 16 y 17 años respectivamente. El primero murió
al día siguiente de un parto que se atendió ella en compañía de una anciana
que no amarró bien el cordón umbilical del niño.
A la mañana siguiente amaneció bañada en la sangre de su hijo y acompañada
de su hija mayor que tenía sólo 1
año. El tercer hijo murió de alguna enfermedad respiratoria.... no tuvo
condiciones para cuidarlo.
Fue sólo a los 24 años que juntó fuerzas para abandonar a ese marido y buscar
otros horizontes en la capital. Para ese entonces, había restablecido
comunicación con la madre que vivía en Santiago, cerca de La Pintana. Viajo a
esta ciudad sin conocer, sin dinero y sólo con la dirección de la madre y sus
4 hijos. La madre se había establecido con una pareja. Vivía precariamente en
una pieza, pero la acogió.
Comenzó a trabajar en un casino universitario. Eran tiempos de la DC en Chile,
tiempos de relativo apoyo a programas sociales. Trabajó allí por años (hasta
1970). Debió renunciar por que se exigía que todo el personal supiese leer y
escribir... ella era y es analfabeta. En todo caso dejó ese trabajo para servir
como asesora del hogar en una casa particular. Además lavaba y planchaba. Eran
tiempos de la Unidad Popular en Chile, sus hijos pudieron estudiar y crecer con
atención en salud.
Todos, a excepción de su hija mayor terminaron la enseñanza media, la hija
mayor sólo terminó la básica.
Hacia 1975 tiempos de la dictadura militar, comienzan nuevamente a agudizarse
sus penurias económicas. Necesita trabajar prácticamente día y noche para
subsistir. Hacia 1980 forma una nueva pareja con la que vive actualmente. Con él
se establecen en un terreno que ella compra a cuotas, en La Pintana; los hijos
ya mas o menos aportaban a la economía doméstica y comenzaban a
independizarse.
Por estos años, tal vez cuando puede permitirse flaquear porque nadie la
necesitaba con perentoriedad para subsistir,
hace su primer brote esquizofrénico. Pasa una temporada hospitalizada en el
OPEN DOOR (HOSPITAL PSIQUIATRICO DE LA ZONA). Producto de esto pierde su
trabajo. Desde entonces sufre repetidos brotes. Entre ellos trabaja junto a su
actual pareja haciendo y vendiendo papas fritas y empanadas en las afueras de su
casa.
Historias como la Fresia son historias de vida de muchos de los habitantes de La
Pintana. Ahora son tiempos de la “transición” de la dictadura a la
democracia; son tiempos condicionados por una constitución que impone una
legalidad autoritaria y amarrados por una economía
de libre mercado que libra a cada sujeto a su suerte. Suerte ya jugada
por que las ganancias ya tienen dueño. No hay prácticamente ninguna protección
para los más pobres; no hay mediación estatal para una justa redistribución del ingreso. No hay ningún proyecto que
contemple los intereses y
satisfacción de necesidades de los más carenciados.
El estado es una institución...¿que ha instituido este Estado hijo de la
dictadura, supuesta promesa de democracia?... No viene al caso desarrollar aquí
este tema. Basta con dejar señalado que responde a una legalidad y una
normatividad, a una explicitación de un cierto deber ser y hacer que para nada
contempla la necesidad de que las riquezas de Chile se repartan de otro modo, de
un modo que beneficie un desarrollo
menos desigual y polarizado. Por lo
tanto es una legalidad que somete por ejemplo a los habitantes
de La Pintana, a cumplir con normas de trabajo, de remuneración, de
salud, etc., que para nada tiene que ver con sus intereses y necesidades. Muy
por el contrario, es una legalidad que los violenta...¿ puede haber mayor
violencia que aquella que cuestiona las posibilidades de ser?...Estimamos que
no, que el poder se ejerza para limitar las posibilidades de ser de otro, nos
parece que hace a la definición de violencia: violentar
a otro en sus posibilidades de ser y precisamente cuando podría ser.
No se puede concluir que los habitantes de La Pintana (al igual que muchos
otros) están sometidos día adía a la violencia que les impone la legalidad de
un sistema que les obstaculiza la construcción de su modo de ser. Para ser hay
que estar vivo. Este es un sistema que pone en riesgo la vida de las personas.
Prioriza otras cosas, los índices de ganancias, el control del mercado, etc.
No pretende hacerse cargo de ofrecer a las personas facilidad para vivir:; por
el contrario les ofrece un campo de batalla: el mercado para que cada cual
pruebe y demuestre sus habilidades para sobrevivir. Los de La Pintana (y también
otros) ingresan a este campo con demasiadas desventajas no tienen estudios que
les provea de títulos, capacitación técnica, no tienen capital, etc. ¿que
hacen allí para sobrevivir? Cualquier cosa y esto es liberal. Claro que se
trata de “cualquier cosa” pensada en situación limite que involucra a la
propia vida. Son ocasiones en que la muerte no esta ajena a la cotidianidad; la
propia y la del otro.
Es así como La Pintana cuenta con la triste fama de ser nido de todo tipo de
delincuentes y agresiones; robo, prostitución, drogadicción, alcoholismo,
maltrato a menores y mujeres, también historias de asesinatos. En resumen nido
de las llamadas “lacras sociales”.
El robo, la prostitución, la drogadicción y el alcoholismo son los del mercado
de este tipo de sociedad a los que estas personas tienen acceso; además de
todos los empleos y actividades que provienen de una remuneración insuficiente
para vivir: empleadas domésticas, la construcción, vendedores ambulantes,
etc.. Son todos empleos que al nivel de las estadísticas nacionales permiten
presentar un cuadro de baja cesantía, pero que en la realidad no proveen de un
ingreso suficiente para la vida de una familia.
El robo, la drogadicción, la prostitución y el alcoholismo son secuelas
directas de este brutal hecho como en múltiples estudios se señala. Y el
maltrato a mujeres y niños, ¿qué es?. Lo evidente es que consiste en una acción
de palabra o de hecho de un alguien presuntamente más fuerte sobre un otro más
débil.
La cadena del maltrato que observamos permanentemente en la población atendida
en La Pintana es la siguiente: el hombre (marido) que trabaja fuera de la casa
por una paga insuficiente y con un enorme esfuerzo generalmente físico,
maltrata a su mujer. Esta casi siempre trabaja en la casa cuidando a sus hijos y
haciéndose cargo e la comida de todos, de su vestuario, etc.. con el
insuficiente dinero que el marido puede aportar y que ella intenta engrosar con
algún tipo de labor que realiza por horas fuera de la casa o que implementa allí
mismo. Ella maltrata a sus hijos. Los hijos van creciendo en este ambiente sin
ninguna esperanza real, solo ilusiones de tener una vida distinta a la de sus
progenitores. Es un circulo vicioso, los hijos reproducirán el modo de vida de
los padres ya que las condiciones de sobrevivir serán las mismas. Dicho con
simpleza: el modelo social imperante maltrata al hombre, este a su mujer y ella
a sus hijos.
El esquema planteado tiene variaciones, a veces la mujer también trabaja fuera
de casa y los hijos son cuidados por alguna abuela u otro pariente o quedan
sencillamente solos. Habitualmente los mayores van a la escuela la mayor parte
de éste tiempo, el resto lo pasan en la calle. Los jardines infantiles
funcionan en horarios que no corresponden
con los de la mujer trabajadora, ni los de entrada ni los de salida. Variaciones
hay muchas más; incluso hay familias que logran una vida armoniosa. Lo que
nunca varía es la situación económica precaria que pone diariamente en riesgo
la vida y desarrollo de las personas. Esta es una constante, situación que además
de ser precaria es inestable: en la economía de libre mercado no hay seguridad
laboral, cualquier día se puede quedar cesante, dependiendo en el mejor de los
casos de un subsidio irrisorio.
La teoría psicoanalítica hace una diferencia entre violencia y agresión. La
violencia es propia de los seres humanos, es un efecto de las relaciones entre
los hombres; es social. Violencia es el nombre del efecto de someter a otro, más
allá de su voluntad, a una cierta condición o situación. La agresión no es sólo
propia de los humanos, aunque en
estos cobra formas distintas que en los demás animales. La agresión es una
forma de manifestación de la pulsión de muerte en su imbricación con la de
vida. Es constitutiva del psiquismo y necesaria para la vida. En diversas
“dosis” sirve para defenderse y apoderarse de objetos externos. Se expresa
en múltiples comportamientos no todos destructivos aunque estos sean parte de
ella en sus manifestaciones extremas: la destrucción de lo otro o e si mismo.
Recordamos esta diferencia conceptual para pensar “el maltrato” que ejecutan
o sufren aquellos que atendemos en La Pintana.
Hipotetizamos que estas personas sufren la violencia que ejerce el modelo social
actual sobre ellos, y que ellos reproducen
en sus casas haciendo activamente lo que padecen pasivamente. Este trueque se
manifiesta en comportamientos agresivos de palabra o físicos. Hipotetizamos
también, que la mayoría de estas personas abandonamos con poco esfuerzos las
conductas violentas al interior de su familia si las condiciones de vida variarán.
Fundamentamos esta segunda hipótesis en la mejoría de las relaciones familiares que espontáneamente experimentan cuando se solucionan problemas económicos o de otra índole y por nuestro análisis de los diversos casos.
Estamos expresando que el determinante central de la problemática de las personas que habitan La Pintana es socioeconómico y que si estas condiciones variaran, cambiarán o desaparecerán ciertas conductas destructivas, como los maltratos nombrados, ¿Que hacemos aquí entonces, con un programa de salud mental que no puede incidir directamente en esto?.
Primero que nada reconocer este rotundo hecho; incluso saber que la legalidad vigente que supuestamente protege del maltrato, la violencia, etc., sufre de la misma impotencia: tampoco puede romper la cadena nombrada, y además esta inscrita y es parte del modelo que la inicia. En la vida cotidiana su impotencia se evidencia por ejemplo cuando una mujer golpeada pretende denunciar esto buscando justicia. Son tantos lo trámites que tiene que hacer y tantas las condiciones que al descubrir que, finalmente desiste de lo que a iniciado.
Por otra parte, hay una cierta falacia en la expectativa de que por que cambien las condiciones sociales externas, varíen las condiciones internas de las personas. Por la variación del entorno, el mundo interno podrá verse mas o menos modificado pero las huellas, las marcas de la violencia, permanecerán mientras no se den condiciones para elaborarlos en la medida de lo posible. Afortunadamente sobre ellas s e puede incidir aunque no varíen las condiciones externas de la vida. Este es nuestro trabajo.
Ahora podemos formular nuestra hipótesis de trabajo: como trabajamos con personas que sufren en extremo la violencia del sistema, las podemos ayudar a vivir mejor y a desarrollarse según las condiciones con que cuentan si nos centramos en la elaboración de los múltiples aspectos traumáticos de su vivencia. Por tanto, asumimos que el presente con todas sus manifestaciones es el discurso en el que cobra vida el tiempo ya muerto, la historia. Es de una historia traumática y traumatizante que estas personas se tienen que curar. Pero ¿con qué sentido e implicaciones se usa aquí este concepto?.
Primero, algunas puntualizaciones:
1.
Toda historia es contada por un “Yo”, aunque
se la exprese en tercera persona.
2.
Toda historia es contada por el “Yo”, desde
adelante hacia atrás; desde el presente hacia el pasado.
3.
Toda historia cumple con la función de
explicarle al yo el presente y de delinearle un posible futuro. Es en la
historia donde el yo encuentra las causas que necesita para hacer comprensible y
explicable el presente que vive.
4.
Toda la historia tiene “olvidos” voluntarios
e involuntarios. Vale decir que toda historia la cuenta un yo que sufre
“represiones” conscientes e inconscientes, pues toda historia es contada
para otro interno o externo, que ejerce juicio crítico sobre como ha sido y es
ese “yo”.
5.
Los “olvidos” sobre todos los involuntarios
de la historia contada y, por tanto, avalada por el yo porque le sirve para
afirmar el origen de su presente, son cognoscibles pues se manifiestan en el
presente y como presente: gran parte de
ellos son esas cosas-actos, tramas, etc., que “se” repiten más allá de la
voluntad del yo.
6.
En resumen toda la historia es un intento del yo
de interpretar un pasado que brinde
coherencia a su presente y que le permita abrigar esperanza en un futuro,
incluso el del día de mañana.
Entonces de la historia que aquí estamos hablando es de aquella que le explica al yo de cada sujeto su causa, su origen.
Iniciar un proceso terapéutico “que cure de la historia” es brindar al sujeto un Espacio y un tiempo, pero sobre todo una relación con un otro, a quien se la cuente y con quien logre simbolizar, poner en sentido, en palabras, los aspectos de esta que no se recuerdan si no es en actos, en repeticiones y síntomas.
En La Pintana estos actos a los que estamos aludiendo, muchas veces son
suicidas, las repeticiones son tramas violentos y los sintamos a veces tienen
que ver con adicciones. Evidentemente la tarea
terapéutica no es fácil, pero si es indispensable. Es mediante ella que
estas personas pueden modificar, romper el círculo de extrema violencia en el
que están sumergidas. Historizando las causas de su sufrir podrán liberarse de
síntomas, repeticiones y actos para así ser sujetos activos de su presente y
de su proyecto de futuro.