Identidades digitales
 
                                                                                    Leonardo Montecchi 
 
 
 
   Nuestra contemporaneidad se caracteriza por la tendencia a reducir las constelaciones de identidad y la multiplicidad de las formas de conciencia a una y única forma que resulta de la conciencia del mundo del trabajo.   Todos los otros mundos, caracterizados por diversos e innumerables estados de conciencia y formas de vida, parecen estar bajo el imperio de este mundo, incluso la realidad se ha reducido a una única realidad laboral que ha llegado a ser la medida de todas las cosas. El reino de la cantidad de Guenon habitado por el hombre sin cualidad de Musil.

 

   Esta condición humana o mejor dicho post-humana difundida en Occidente, pero esparcida por todo el planeta, está habitada por individuos que viven una vida acelerada que los ve transitar en los espacios oportunamente construidos por las arquitecturas post-modernas: centros comerciales, aeropuertos, metros, estaciones, discotecas, siempre ocupados en la principal actividad de este mundo; el cálculo, la compra-venta, la producción del consumo y el consumo de la producción.
 
   Este espacio metropolitano es una especie de máquina que fabrica la subjetividad adecuada y adiestra al uso de la única conciencia admitida como racional y “justa” que define como patológicas las formas de vida y de conciencia que se desvían del modelo.
 
   No obstante esta “conciencia del mundo del trabajo” no agota el lebenswelt: el mundo de la vida que tiende a desbordar y a producir señales y síntomas en el espacio metropolitano.
 
   La hierba crece entre el cemento, las hormigas, los escarabajos, las ratas y millones de pequeñas y grandes formas de vida proliferan en los pliegues y en los intersticios de estas arquitecturas.  Ya W. Burroughs nos contó que no hay ningún “exterminador” capaz de eliminarlas, no hay una solución final, los beatles se reproducirán siempre en los espacios de las metrópolis.
 
   Pero puede suceder que la conciencia asuma una forma digital, puntiforme, así, según la situación, uno podrá ser trabajador de una gran multinacional de la distribución, muy atento a los tiempos, a los procesos de venta, al control, luego será un bebedor de cocktails en un pub, luego un consumidor de cocaína en el baño del local, un bailarín dionisíaco en la discoteca, posteriormente un fumador de heroína hacia el alba, luego un fanático del fitness durante el día, un furioso fanático de fútbol, un amante ocasional en el asiento posterior de un auto, un coleccionista de trofeos militares.
 
  Y así sucesivamente, en una cadena significante que se cierra con el significante principal ausente.
Todas estas identidades no se conectan con un hilo de Ariadna; todas habitan un mismo espacio y no se conocen, incluso a veces se evitan y a menudo se combaten.  La identidad analógica que requiere de una coherencia mínima entre partes diversas de la personalidad y que permite el reconocimiento de la individualidad en el curso del tiempo está declinando.
 
El efecto global aplana la percepción de la dimensión temporal diacrónica o vertical (pasado-futuro) en una dimensión sincrónica, horizontal en el ciberspace todos están on line, como dice De Kerckhove, conectados mediante celular, comunican con sms diversas identidades.  Esta generación vive una mutación antropológica.
 
Está emergiendo un paisaje que está bien descrito en el último libro de Ballard  Reino por llegar, ambientado en un gran centro comercial situado en una ciudad en los bordes de la autopista entre Londres y el aeropuerto de Heathrow; en ese lugar, como dice Marc Augé, en el templo de la arquitectura post-moderna, circulan personajes en una atmósfera emotiva muy tensa en la cual es natural el uso de sustancias ilegales así como el comprar compulsivo.
 
   Es el Inland de Lynch, donde los sueños fabrican las estrellas o las estrellas fabrican los sueños cuyo Imperio surge en Los Angeles entre Downtown y Pomona.
 
Este paisaje emotivo descrito también por Mike Davis genera sobre todo un “efecto de sentido” que se constituye en interacción social en una situación específica.  Este efecto, que también es llamado “indessicalità del interaccionismo  simbólico”, caracteriza de manera especial el uso de sustancias en el paisaje emotivo contemporáneo que recién hemos descrito.
 
  De hecho, más allá de la función instrumental de una sustancia, o sea de su efecto farmacológico, hay otras funciones que se buscan como efecto, que no pueden ser calificadas, tal como los efectos colaterales en el caso del  folleto ilustrativo de un fármaco.
 
Estos efectos son el resultado de una compleja operación simbólica que claramente está en relación  con la “situación” en la cual el sujeto piensa que se encuentra. Es una producción de sentido.      
 
   Si la sustancia-por ejemplo anfetamina- es consumida por un camionero para no dormirse al volante o por un nochero en una fábrica o por un estudiante que quiere aumentar su performance en vistas a un examen estudiando toda la noche, estamos siempre al interior de una función instrumental y al interior de una conciencia del mundo del trabajo.
 
   Lo mismo sucede si nuestro nochero adolescente pasa el sábado en la noche en una fiesta en la hinterland londinense y asume la anfetamina para permanecer despierto y no perderse-cediendo al cansancio ni menos al sueño- la diversión con los amigos.
 
   En cambio, cuando la sustancia se asume para “sballare” (desequilibrarse) entonces si quiere salir de un estado de conciencia para entrar en otro.
 
   Tal como ya se ha visto, la organización social que tiende a compartimentar las formas de vida, a producir identidades digitales; pero el transito entre una situación y otra no es algo simple como pudiera parecer. Por eso es que la principal función en el uso de las sustancias es la de desequilibrarse, es decir cambiar fácilmente de estados de conciencia, disociarse de una identidad para pasar a otra sin demasiados problemas de coherencia: “¿Por qué justamente tu hiciste esto? ¿Pero, no viste que estaba desequilibrado?
 
   La sociedad de las poli-drogas o múltiples drogas es también la sociedad de las identidades múltiples, de las disociaciones.
 
   Pero en esta situación de fragmentación de las constelaciones de la identidad ya no existe una conciencia de referencia puesto que esta disociación comporta una relativa amnesia de las diversas partes: “Doctor, había ido a bailar y desperté en un pueblo a 20 Kms. De la discoteca…y no sé qué hice durante todas esas horas ni como llegué allí” (Comunicación personal en el SERT de Rímini).
 
   Un trabajo de prevención en esta situación sólo se puede basar en la construcción de una nueva forma de conciencia en un paisaje emotivo como aquel del cual habla Giuliana Bruno, que esté caracterizado por grupos que se toman su tiempo para pensar en sus experiencias de emociones salvajes y de percepciones alucinantes para elaborarlas y no para descargarlas en acciones violentas mediante un dominio psicopático.
 
   La destrucción progresiva de la conciencia se basó en primer lugar en la reducción al espacio restringido del trabajo, un proceso de reducción del hombre a una dimensión que fue analizado hace más de cuarenta años por Herbert Marcuse.
 
   Pensar en reconstruir una identidad analógica , una narrativa individual y una operación regresiva y reaccionaria.  De hecho en este caso se proponen identidades y narrativas ligadas a la etnia o a la religión que a su vez vuelven a proponer una sola dimensión de identidad y se acompañan de violencia como bien lo ha demostrado Amartya  Sen.
 
   Nosotros, por el contrario, buscamos ampliar el área de la conciencia, construyendo pasajes entre los diversos estados de conciencia de modo que  pueda aprenderse de la experiencia sin  olvidarla, y por medio de los grupos operativos intentamos elaborarla fabricando nuevos conceptos y nuevas formas de pensamiento.
 
  Fragmentamos así cualquier mito en una narración abierta e inventamos identidades analógicas fundadas en el vínculo con el otro en una situación de grupo.
 
 La experiencia de esta sociabilidad no es una psicopatología que hay que combatir, sino que es un recurso para la construcción de nuevas formas de vida que recombinando grupos operativos diversos y heterogéneos abre el horizonte de lo que Giorgio Agamben llama la comunidad que viene.
 
     
Bibliografía
 
Burroughs,W. (1969) Exterminador- Sugar, Milán
De Kerckhove, D. (2000) La piel de la cultura. Una investigación sobre la nueva   realidad  de la cultura electrónica Costa&Nolan, Milán.
Ballard, J. (2006)  Reino por venir- Felitrinelli, Milán.
Mike Davis La ciudad de cuarzo- Manifestolibri, Roma.
Augé, M. (1995) No lugares- Eleuthera, Milán
Bruno, G.(2006) Atlántida de las emociones. En viaje entre arte, arquitectura y cine.

REGRESAS