IMAGINARIO
SOCIAL, RECHAZO Y REPRESION EN LAS ORGANIZACIONES*
Eugenio
Enríquez
*
Este estudio retoma y desarrolla los temas abordados en una exposición al
coloquio “Organizaciones” del ARIP en Junio de 1969 bajo el título “Los
factores inconscientes en la vida de las organizaciones”. Algunas ideas expresadas en esa época tomaron lugar en los
trabajos ya publicados: E. Enríquez; “Los métodos centrados en el grupo”.
P.Goguelin, J. Cavozzi, J. Dubost y E. Enríquez; “La formación psicosocial
en las organizaciones”,PUF,París, 1971. Micheline y E. Enríquez “El
psicoanalista y su institución”,Topique Nro.6,1971. E. Enríquez
“Estructura y cambio” en el dominio del crecimiento, bajo la dirección de
H. Hierche, Dunod, París,1972.
La vida social se presenta directamente, tanto al actor como al teórico
de las ciencias humanas, como conjunto de comportamientos vividos, desplegándose
en la escena de la realidad, de lo visible inmediato y estrictamente ordenado a
través de un simbólico unívoco (el lenguaje prescrito, las normas aceptadas,
las estructuras estatales, industriales o familiares).
Se trata pues, para cada uno, de percibir los mecanismos en acción, las
funciones a asegurar, los roles a ocupar para poder, ya sea encontrar su lugar
en el sistema social desplegado en el entorno, ya sea para encontrar la ley que
preside el funcionamiento de esos elementos diversos. Todo sucede como si la
vida fuera estrictamente formalizada y pudiese ser aprehendida y dominada.
Esta concepción espontánea de la naturaleza de las cosas, del
funcionamiento del sistema social está particularmente presente en las
organizaciones sociales, sean estas organizaciones de producción de bienes y
servicios, organizaciones voluntarias o instituciones (1).
Lo cual se comprende fácilmente en
la medida en que toda organización tiende a controlar para producir (bienes,
servicios, ciudadanos, militantes). Bajo
esta perspectiva la realidad no puede ni debe ser más que la traducción del
sistema de relaciones tal como ha sido definido por los fundadores de la
organización. El obrero tiene el
deber de hacer su trabajo siguiendo las normas definidas por la comisión de métodos,
el militante debe propagar el dogma que tiene por misión defender siguiendo
argumentaciones que le han sido inculcadas en los seminarios de formación, etc.
Es el organigrama de la empresa, la estructura parlamentaria o el ritual
religioso.
Sin embargo, podemos preguntarnos si tal descripción de la vida en las
organizaciones sea verdaderamente explicativa de los fenómenos que en ellas se
dan. Todo lo que allí se jugaría sería visible y leíble sin más esfuerzo
que un poco de atención y reflexión los objetos estarían a disposición del
conocimiento, el cual no tendría más que asirlos.
Ahora bien, la epistemología moderna, desde Bachelard, ha derribado tal
perspectiva. Sabemos que todo hombre de ciencia construye el objeto de su
conocimiento, que no hay nada directamente perceptible, puesto que es necesario
nombrar y denominar, y que esta nominación no puede existir sino en relación a
un sistema de leyes construidas, en el cual esta nominación encuentra su lugar,
que la “idea de perro no es el perro” (Spinoza).
Que, por último, la realidad siempre se nos escapa puesto que existe una
separación entre objetos de conocimiento y objetos reales.
En estas condiciones podemos comprender mejor que esta concepción
ingenua de lo visible inmediato es una construcción y, como toda construcción,
no deja ver sino lo que quiere que se vea.
Lo que tal teoría significa es que no hay nada detrás de la escena de
lo manifiesto. Y sin embargo, tal como Freud lo mostró, para los individuos
existiría también otra escena de
la vida social, …¿ si hubiese algo que se jugara detrás del espejo y que
quisiese mantenerse escondido ya que su interrupción pudiera ser peligrosa?
Este breve ensayo querría ser una
tentativa para intentar otra lectura de las organizaciones y tratará de asir, a
través de lo no dicho, de lo NO FORMALIZADO, ciertas fallas, “La Otra
escena”, aquella de la cual Freud ha dicho que sería allí donde se jugaría
la función imaginaria.
Pero este intento no puede valerse de una transposición directa de lo
que Freud reveló al explorar el inconsciente individual hacia las
organizaciones sociales. Ya han
tenido lugar demasiados ensayos reduccionistas: si el grupo pequeño es el
microcosmos en el que se lee la dinámica social y si las leyes de
funcionamiento que rigen al grupo pequeño son aquellas que rigen al individuo,
entonces todo es simple y el psicoanálisis se tornará la ciencia de las
ciencias humanas tal como la filosofía pudo creerse la ciencia de las ciencias.
Esta perspectiva interdisciplinaria
expresa una relación con las otras ciencias, lo que Althusser llama
una relación de aplicación (En el sentido de G. Bachelard).
Este tipo de relación no puede sino dar nacimiento a nociones ideológicas
que se confrontarán con otras nociones ideológicas. Lo que quisiéramos
establecer es más una relación de constitución, retomando la terminología de
Althusser. Es posible que existan ciertos conceptos que sean tan específicos
de diversas ciencias humanas y que permitan delimitar un campo de conocimiento
que logre hacer surgir lo no visto, lo no dicho. Si la construcción de una
ciencia como la Bioquímica ha sido posible es porque no hubo preeminencia de
una ciencia sobre su vecina, sino al contrario, hubo construcción de una
ciencia que pone en evidencia fenómenos y que establece leyes que no podían
ser definidas ni por la Biología ni por la Química. Si la Psicosociología es otra cosa que un cúmulo heteróclito
de experiencias, de técnicas, de nociones ideológicas, y si
puede alcanzar un status científico será en la medida en que favorezca
una elucidación de las conductas sociales que no puede ser hecha ni desde el
Psicoanálisis ni desde la Sociología. Si,
por último, ella presta conceptos a otra ciencia, no será el mismo
concepto-tal como se lo utiliza en esa disciplina- sino un concepto
re-trabajado, transformado, “a quien se le confiere la función de una
forma”, y que tiene por legitimación favorecer la aprehensión de nuevos
elementos de la realidad. Es desde
esta perspectiva que se utilizarán “fuera de su región de origen”(2)
conceptos tales como imaginario, rechazo y represión.
La pertinencia de tal ejemplo podrá apreciarse a partir de la capacidad
de esta construcción de favorecer revelaciones críticas
sobre el funcionamien-to de las organizaciones.
I.
LA OTRA ESCENA Y LA FUNCION IMAGINARIA
En una organización, cada uno, a pesar de sus diferencias, es tomado en
las redes de un juego social general que, desde Hegel, podemos designar como
“la lucha por el reconocimiento” o, más aún, el deseo de reconocimiento.
Hegel escribe : “La consciencia de sí existe en y para sí en la medida y por
el hecho de que existe (en y para sí) por otra consciencia-de –sí; es decir,
que no existe sino en tanto entidad reconocida”. Pero para que haya
consciencia de sí es necesario que haya deseo .” La consciencia de sí
es deseo en general” y fundamentalmente deseo del deseo del otro, es decir,
deseo de reconocimiento. No existimos en tanto no seamos reconocidos por los
otros. Pero en las organizaciones no se tratará de una “lucha a muerte de
puro prestigio”, sino de una lucha codificada que, en lugar de desembocar en
situarse en dos posiciones extremas – el amo y el esclavo- permitirá a cada
uno encontrar ciertos elementos de reaseguramiento al interior de una distribución
de roles, a partir de status diferenciados dentro de una pirámide jerárquica(3).
Pero este combate reglamentado, esta competencia, lo es en la búsqueda
de la identidad por medio del reconocimiento, o este problema del reconocimiento
nos remite a la cuestión del deseo y de la constitución del Yo (Moi)
imaginario que cada ser va a intentar experimentar en el espacio puesto en
escena por la organización.
Para responder a esta cuestión es necesario remontarnos a la constitución
del Yo (Moi),tal como se da en cada ser humano (4).
Si el Yo(Moi) se constituye es a partir de la imagen especular, por medio
de una aprehensión global (anticipación del dominio del cuerpo). Pero esta
aprehensión del cuerpo como unidad, que hace aparecer el júbilo durante el
“estadio del espejo”, no sería posible si el niño no estuviera previamente
constituido como unidad por
la mirada del otro sobre él ,por el discurso que lo designa como ser único. No
nos podemos ver sino porque el otro nos ve y nos habla de nosotros. Es,
entonces, por medio de una identificación con la imagen de los otros sobre sí
que podemos tener una imagen de nosotros mismos. Es decir, el Yo (Moi) está
constituido desde su origen como instancia imaginaria y remite directamente al
conjunto de modelos imaginarios del sujeto. Por otra parte, el dominio del
cuerpo es anticipado imaginariamente, no tiene lugar realmente luego de la
aprehensión de la imagen especular. El Moi deviene objeto de todas las
investiduras de los demás. El discurso de los otros que constituye al Yo (Moi)
como
unidad,
constituye al mismo tiempo al sujeto como dividido, puesto
que este discurso es siempre lo que se
cobra el rechazo (repulsa)(en el sentido de represión psíquica).
Es así como aparece la importancia fundamental de la mirada como marca
de la unidad, y de la voz como marca de la división (lo escuchado). Podemos
aprehender mejor el significado de la visibilidad inmediata: es la creación de
un mundo sin división, en el cual el hombre se cree amo de lo que hace, puesto
que cree lo que ve. Pero en este juego él se engaña puesto que no aprehende la
realidad, no percibe sino imágenes que taponan básicamente su división.
De igual modo puede comprenderse mejor la importancia de tener su propia
voz, su propia palabra (no quedarse sin voz), puesto que
hablar es constituir a los otros en el propio discurso, hacerlos existir
como se lo desea y no escuchar la voz de los otros en lo que ella remite a la
división, a la fragmentación, a nuestra constitución por los otros. Es también
pensar en liberarse de los objetos parciales. El hombre está – en efecto-
librado a sus objetos parciales en su relación con el otro y consigo mismo.
Estos objetos (senos, penes…) no son neutros: son bondadosos o persecutorios,
objetos de amor o de rechazo, indicando-en todo estado de cosas- que la unidad no es dada jamás, que la fragmentación es primero, tanto en
el otro como en sí mismo.
De allí surgirá el fantasma del Yo (Moi) único, compacto , como respuesta a la realidad del clivaje del sujeto propuesto por otro y el fantasma de fragmentación a él adosado. El Yo (Moi) va a remplazar al Yo (Je), o, más exactamente, va a servir de envoltura al sujeto. Y su fijación en tanto instancia imaginaria va a favorecer la formación del Yo Ideal, es decir, la representación de la persona en tanto omnipotencia narcisista. Omnipotencia que podemos comprender como creación de una relación dual, de una relación en la cual el otro es aprehendido totalmente y sin mediación, en donde el otro existe tan sólo como instrumento de nuestra propia satisfacción, en donde es directamente atrapado en nuestra imagen que tiene para él una importancia privilegiada. Relación dual que, si se sostuviera, permitiría creer en la realidad del fantasma del sujeto sin falla, del ser uno e indivisible.
A este estadio de nuestro estudio es posible formular las siguientes hipótesis:
a)
Lo imaginario está bajo la protección del principio del placer
Si
el placer está ligado a experiencias o fenómenos (el sueño) “cuyo carácter
irreal es evidente”(5), la relación imaginaria destinada al engaño (ilusión
de la unidad presente)está al servicio directo del principio del placer :
debiera entrar entonces en antagonismo con el principio de realidad (6). Pero
esta concepción de una dualidad total
principio del placer-principio de realidad no es posible a menos que lo
imaginario se presente únicamente como ilusorio. Habría que contemplar otro
aspecto de lo imaginario, su aspecto motor, dinámico. Esta dinamología de lo imaginario ha sido relevada por
Bachelard (7) y más recientemente, por P. Cardan (8).
Sin imaginario no existiría proyecto de sueño a realizar, utopía, ni
mundo a construir. Por otra parte,
el psicoanálisis, al mostrar la formación del Ideal del Yo ha señalado la
existencia de un modelo resultante de la relación del narcisismo (Yo Ideal) y
la identificación con los ideales, las normas, los tabúes parentales
(Superyo). El Ideal del Yo
interviene pues como imagen especular y Yo Ideal en el conjunto de modelos
imaginarios del Yo (Moi). Permanece profundamente ligado al narcisismo, como
Freud lo escribe: “Lo que el hombre proyecta ante sí como su Ideal, es el
substituto del narcisismo perdido de su infancia; en esa época él era su
propio ideal (9). Narciso no sólo se pierde en su espejo, sino que intenta
establecer su sueño en la realidad. Si bien lo imaginario es siempre irreal,
también es lo que fecunda a lo real, intentando hacer de lo real la expresión
de su propio sueño. Si, por último, está unido al principio del placer tiende
igualmente a la satisfacción de necesidades vitales resultantes del principio
de realidad.
Y lo imaginario puede jugar este papel puesto que articula las pulsiones
de autoconservación y las pulsiones sexuales por vía de la ilusión del
narcisismo (10).
Si el narcisismo permite la conexión entre libido del Yo (Moi)
(pulsiones de autoconservación) y libido de objeto (pulsiones sexuales),
favorece al mismo tiempo la unión entre principio del placer y principio de
realidad. Entonces podríamos explicarnos que lo imaginario (sedimentación del
conjunto de formaciones imaginarias: imagen especular, Yo Ideal, Ideal del Yo
ligado estrechamente al narcisismo ), pueda estar
a la vez en la línea del principio del placer y, al mismo tiempo, no
totalmente contradictorio con el principio de realidad. Más exactamente intenta
reducir el principio de realidad al principio del placer. Es en este sentido que
se lo considera a la vez la gran ilusión fundamental y, al mismo tiempo, la
apertura, el sueño en la realidad.
b)
Lo imaginario participa del sistema inconsciente
Contribuye a mantener la alteridad radical del inconsciente. La estructuración de un imaginario para un sujeto es lo que define al inconsciente como definitivamente inconsciente. Esta alteridad radical es lo que abre camino al sueño, a la puesta en escena del deseo (el fantasma), al disfraz, a la ficción y, fundamentalmente –a través de esos avatares- a la expresión del deseo.
El deseo siempre necesita vías desviadas para aparecer y hacerse comprender. Puesto que, como lo escribe V. Ségalen, no puede haber más que “deseo imaginante”. El deseo sin imaginario se transforma en necesidad plana, tal como el oro puro se torna en plomo vil.
Debido a que el inconsciente permanece inconsciente y lo imaginario está en vela en él, es que podemos desarrollar proyectos sociales, utopías y voluntad de transformación del mundo. Los grandes revolucionarios : Sade, Lautréamont, Marx, Fourier,Nietzche, soñaron alto. Pero no fueron los únicos.
“El hombre, ese soñador definitivo-como decía Breton-no termina nunca de soñar”. Y su sueño tiende hacia el otro o hacia el deseo del otro. Y es porque el ser humano está constituido a partir del otro que deberá buscar en la mirada, la voz del otro, en las marcas de poder prodigadas, en los signos de poder aceptado-de modo lancinante y repetitivo- la prueba de su existencia, de su existencia y de su identidad (ilusión motora, siempre sometida al riesgo del engaño definitivo, de la posibilidad de no ser más que el espejo puesto por los otros).
Pero esta búsqueda no logra jamás realizarse plenamente. El amo siempre necesita nuevas pruebas de su dominio sobre el esclavo, el capitalista, sobre los trabajadores, el enamorado, sobre el objeto de su amor. Es por ello que toda realización no coincide jamás con el sueño que la sostiene. En este sentido existe una separación, una brecha, de allí que el deseo no pueda nunca satisfacerse. Es así que el deseo está siempre condenado a buscar indefinidamente a su objeto y a operar una serie de desplazamientos, de un objeto a otro, sin poder algún día fijarse a uno puesto que nada le daría la certeza que persigue…
Lo imaginario se presenta pues como lo que permite la construcción libidinal, la investidura de los objetos o del Yo (Moi) narcisista. Sin imaginario el deseo se detiene interdicto o no logra reconocerse como deseo ni encontrar las vías que le permitan intentar realizarse.
Todo el desarrollo precedente nos lleva a la siguiente conclusión provisoria: lo imaginario realza la categoría de lo diferido, categoría portadora de un sentido cuádruple :
a)
diferido como introductor de la diferencia (contraria a la repetición).
Cambio contínuo de modalidades en las que se presenta el deseo, desplazamiento
del deseo sobre los objetos, creación de imágenes tendientes a dar forma a la
realidad, ensoñación transformadora de la materia (que Bachelard ha tratado de
delimitar y encomiar), instauración de una dinamología, puesto que la repetición
es instauradora de estructuras estabilizadas.
b)
Diferido como dife-rencia y como remitir a más tarde. Lo imaginario está
del lado del proyecto, de la construcción edificada lentamente. El es quien está
a la base de las utopías, de los fantasmas que subyacen a los programas, teorías,
voluntades para hacer y actuar (imaginare-agire). Es lo que hace surgir la acción
y la práctica social.
c)
Diferido en tanto que continuadamente (puesto que jamás se agota)es
creador de una separación diferenciadora, siempre presente e irreductible, que
recurre a la acción para colmarla y que suplanta a la acción puesto que ubica
la ruptura entre sueño y realidad,
d)
Diferido, por último, en tanto que instaura una diferencia entre lo que
realmente sucede y las imágenes que los hombres se hacen de esa realidad. De
allí su función de máscara, de construcción de un clivaje entre relaciones
reales y relaciones imaginarias. Es esta la función que Marx reveló en el
estudio acerca del carácter del fetiche de la mercadería: “La forma valor y
las relaciones de los productos del trabajo no tienen ninguna conexión con su
naturaleza física. Es sólo una relación social determinada, de los hombres
entre ellos, lo que reviste aquí, para ellos, la forma fantástica de una
relación de las cosas entre sí (11)”.
Lo imaginario en tanto máscara es quien se ubica en el centro mismo de las ideologías. Tal como lo escribe Poulantzas:
“La
ideología tiene precisamente por función-al encuentro de la ciencia- ocultar
las contradicciones reales y reconstituir, en un plano imaginario, un discurso
relativamente coherente que sirve de horizonte a lo “vivido” de los agentes,
dando forma a sus representaciones acerca de las relaciones reales”(12).
Lo
imaginario se presenta a la vez como envoltura de las relaciones reales, como
mistificación, como instancia de la falsedady como apertura al tiempo, a la
acción, a la transformación.
En tanto que apertura lo imaginario es, pues, lo que favorece la ruptura en el lenguaje, en los actos y en el tiempo, la conexión de términos aparentemente contradictorios tales como “leche negra”,”agua seca” y”fuego frío” (tan queridos por Bachelard), provoca la irrupción de lo inesperado, de la sorpresa y también, fundamentalmente, de lo que se esconde en las profundidades de la realidad plana. Lo imaginario es, pues, el tejido en el cual se anudan los contrarios, el tejido mismo de toda posibilidad de poesía. Ruptura en los actos, se presenta como la expresión de la espontaneidad creadora, de la invención técnica y social, de tomar a los deseos por realidades, de la puesta en relación de lo que habitualmente está desunido: sexo y trabajo, placer y labor, violencia y calidez solidaria. Ruptura en el tiempo es lo que permite escapar al tiempo uniforme de la repetición y la cotidianeidad, darle un sentido, hacer surgir momentos diferenciados en los que la belleza reside en la fugacidad ( amen lo que no volverán a ver jamás dos veces, decía ya Vigny, en la imposibilidad misma de la reproducción similar). Bajo este punto de vista, los acontecimientos de Mayo del 68 tienen un valor ejemplar. Acontecimientos improvisados, haciéndose y deshaciéndose, invención de formas nuevas de relación social, reencuentros inesperados de palabras, las más diversas. Pero, al mismo tiempo, imposibilidad de repetirlos : rehacer un Mayo del 68 no tiene ningún sentido, más que el de establecer una caricatura lúgubre. Ya que, cómo ceñirse al modelo de un momento cuyo sentido era la continua innovación.
Lo imaginario posibilita el cambio, la mutación, la utopía. Esto es lo
que de algún modo permite la constitución de una realidad psíquica, de un depósito
siempre renovado de deseos y realizaciones, de un ir-hacia, de una corriente.
Es
así como lo imaginario cree posible lo imposible: la fiesta perpetua, el
surgimiento continuo, la reconciliación total, la endogamia y el incesto, la
omnipotencia. Pero, justamente porque él lo cree, es que puede existir la
invención, la fiesta, la espontaneidad, las ensoñaciones de la intimidad.
En definitiva, lo imaginario se presenta como aporía y diáspora. Aporía
puesto que plantea problemas insolubles (el sueño no es la realidad) y no
propone ningún camino para resolverlos. Diáspora, ya que significa estallido,
dispersión fecundante, franqueamiento de vías inexploradas, la aventura que
siempre vuelve a comenzar.(13).
II.
EL IMAGINARIO Y LAS ORGANIZACIONES
a)
La organización como lugar de lo imaginario
Las
organizaciones sociales instalan al individuo directamente en el seno de la
problemática de la búsqueda de identidad y de la afirmación de una unidad
compacta y sin falla y del miedo a la fragmentación, es decir, en el corazón
mismo de lo imaginario.
En efecto, toda organización se presenta como un lugar en el que cada
uno intentará realizar sus proyectos, sus deseos y soberanamente, como el único
lugar en el cual esa tentativa puede desplegarse. Los hombres no pueden
existir-psicológica y socialmente-sino insertos en organizaciones en las cuales
les es asignado un rol determinado y cierto status, más o menos formalizado
(sea esta organización la familia, el ejército, la escuela, la empresa, la
asociación de amigos). Desde su nacimiento el individuo es asido por la
organización (14) y las normas instituidas y deberá, por medio de sus actos y
de su trabajo, encontrar un lugar que los otros le reconocerán.
La organización en tanto conjunto estructurado y estabilizado, va a
enfrentar a cada uno al desafío de probar su existencia y va a instaurar la
dramática de la lucha por la vida. En este sentido, todo será puesto en lugar
para permitir la expresión del narcisismo individual (15) y para crear la ilusión
del Yo (Moi) sólido e indiviso.
Las
estructuras, por las funciones a asegurar y los comportamientos a promover,
permitirán establecer elementos de identidad social (niveles de
responsabilidad, lugares de trabajo) que definirán la forma bajo la cual cada
uno se pondrá en juego.
Esos
elementos de identidad restringirán bajo el orden de la etiqueta, del signo
emblemático, es decir, de la permanencia protectora, lo que los individuos
deberán lograr y bajo qué modalidades. Se propondrán representaciones
colectivas (imágenes) al conjunto de miembros para que se conformen a ellas.
Asimismo serán definidas responsabilidades; un obrero que tenga
conciencia profesional, un militante que es poseedor del sentido del deber, un
alumno cumplidor. Estas imágenes juegan el rol de caparazón externa
permitiendo la cohesión de las conductas colectivas. Estas tendrán por función
constreñir a los individuos a comportarse de manera uniforme y sin sorpresas, a
mantener un comportamiento que no de lugar a ninguna interrogante que provenga
de los otros o de sí mismo. Es así
que los miembros de la organización se encuentran no sólo presos en
estructuras sino más aún, cogidos en la trampa de su propia conducta.
Cada uno debe demostrar que sabe lo que dice, lo que hace y deberá
perseverar en sus acciones. No deberá perder el rumbo sino más bien dar prueba
del mantenimiento
y
persistencia de sus ideas.
Así, la organización insiste en el aspecto engañoso y repetitivo,
poniendo máscaras sobre los individuos quienes adoptan poses y artificios. Es
por ello que serán prohibidas las posibilidades de expresión directa ya que
podrían llevar a que bajaran las máscaras. Pero esta forma ficticia no sólo
sirve para preservar la identidad social y permitir el buen funcionamiento.
Tiene el propósito fundamental de ocultar el miedo a la fragmentación y los
fantasmas de destrucción de sí mismo que los hombres pudieran presentar.
En
efecto, esta identidad social, esta unidad proveniente de la doble conformidad,
con la imagen dada por la organización y con aquella que uno se da para
lograr calzar e identificarse con la imagen de la organización, se ve
amenazada. Amenazas diversas y en todo momento, puesto que la realidad de la
organización es que no puede existir más que instaurando una situación
paradojal de fragmentación continua
en
un doble nivel: fragmentación del trabajo y fragmentación de las imágenes
relacionales.
Fragmentación
del trabajo: tareas parceladas,
repetitivas, separación estricta de las funciones, instituciones de tiempo
separado (planning), que dan a la vez un corte constante y un falso sentimiento
de continuidad, instauración de un tiempo como no-diferencia, como repetición
(rehacer mañana lo que fue hecho el día anterior) y aún si no fuese la misma
cosa, lo nuevo no debe conllevar ninguna ruptura esencial con lo antiguo. En
estas condiciones, como dice Marx: “El tiempo es todo, el hombre no es
nada”. El hombre no es más que
el guardián de las tareas a cumplir dentro del tiempo y demoras previstas.
Fragmentación
de las imágenes relacionales : los
individuos se ven confrontados a una serie de imágenes diferentes (y no sólo a
la imagen de la organización y a la de sí mismos); lo que representan
para sus colegas, superiores, amigos, subordinados.
De lo contrario se encuentran expuestos a una serie de espejos (o más bien a
una clase de espejo estallado) puestos por los otros (16).
Es en la medida en que son reconocidos por los otros en su identidad y en
su poder que pueden conquistar su identidad y tener cierto
tipo de poder. Es a través
de las identificaciones múltiples (la figura de autoridad, el grupo
socioprofesional, los colaboradores cercanos) resultantes de imágenes múltiples
que los miembros de la organización reciben de los otros y devuelven a ellos, cómo
cada uno intenta al mismo tiempo preservar y encontrar continuamente su
identidad, amenazada en todo momento en su permanencia. La organización pone así
a los hombres en situaciones en las que son “quebrados”, son “partes” en
relación a los otros y en las cuales buscan expresarse como
unidad. De este modo, paradojalmente, es a través de la experiencia de
una fragmentación constante que se traduce
en una serie de comportamientos diferenciados conforme a los
interlocutores, tomando en cuenta lo que ellos representan para el actor social,
cómo este continuará su propia búsqueda de identidad.
Esta experiencia de fragmentación se torna aceptable y no peligrosa, a
nivel racional, en la escena de las estructuras sociales; realista, puesto que
la organización enmascara el peligro de la trizadura de la unidad por medio de
la instauración de una fragmentación querida y decidida en el trabajo que sólo
es tomado en cuenta y que aparece a la vez como funcional (cada uno en su lugar)
y reasegurador (cada función comporta a la vez obligaciones y derechos que
limitan la arbitrariedad de otro.).
Asimismo, la división del trabajo no sólo tiene por objeto preservar
una armonización en el trabajo, sino de igual manera, enmascarar los peligros
que pueden surgir de la experiencia Inter.-relacional. Pero debemos constatar,
en este intento de transformar la escena de relaciones humanas en una escena de
relaciones funcionales de trabajo, no puede tener éxito más que dentro de
ciertos límites. En efecto, lo que se juega- a través de la mirada de otro- es
la angustia de la ofensa narcisista, de la separación, de la castración.
Angustia insoportable que el fantasma del Yo (Moi) único busca continua y
vanamente recubrir.
b)
El deseo de omnipotencia y la erotización de los vínculos sociales
Para
que esta situación dramática sea vivible y bajo ciertos aspectos, confortable,
el individuo intentará desarrollar una representación de sí mismo como
todopoderoso (Yo Ideal) e instaurar esta omnipotencia narcisista en la realidad
(Ideal del Yo). Por cierto, cada
uno sabe bien que en la organización no puede (salvo excepción) ejercer una
omnipotencia efectiva, pero esta toma de consciencia de sus propias limitaciones
no impide los intentos de ser para otro más de lo que parece posible ser.
El
corolario del deseo omnipotente será el intento de creación de la relación
dual, es decir, la relación en la cual otro aparece, no en tanto otro portador
de sus propios deseos, sino como instrumento de satisfacción del actor. Cada
uno intentará atrapar a los otros en sus redes, de provocar formas de
identificación y por ello, de mimetismo (fenómeno frecuente en la relación
maestro-discípulo, de modo que estos se parezcan, tomen sus giros de lenguaje,
sus modos de vestirse, de pensar, sean monos). Es así que en este momento podríamos
mirar a los otros como otros nosotros mismos y, por este mismo hecho, como otros
que no nos enseñan nada acerca de nosotros mismos. El fantasma puesto en juego
en este caso es aquel del padre castrador. Este debe distinguirse del fantasma
de asumir la paternidad. Puesto que la paternidad es siempre simbólica (es la
que jamás puede ser probada y que remite a la cuestión del “falo”) y
problemática. La paternidad apela a la muerte simbólica del padre. Y el padre
debe vivir, por medio de la experiencia de autonomía de sus hijos, su propia
muerte (“El hijo vive la muerte de sus padres” dice Hegel).
En
la paternidad se juega a la vez el florecimiento del ser humano, su plenitud y
sus propios límites. Por el contrario, el padre castrador no puede ser
simbolizado ya que se sustenta tan sólo en la afirmación exhibicionista del
pene, que no funda ninguna ley: abre así el discurso de la violencia. Para
evitar la castración, el sólo medio a disposición es la castración de otros.
Es por ello que los amos carismáticos no pueden tolerar más que
esclavos, admiradores, fieles: aquellos que no son nada para sí mismos ni por sí
mismos y que tan solo hablan con la voz de su
amo. Para ellos, los otros no existen. Sólo tiene derecho a existir su
propia imagen reproducida indefinidamente en todos los espejos (o todos los
retratos oficiales). El fantasma del padre castrador se articula con el deseo de
ser el solo, el único, aquel de donde todo proviene. Se traduce por medio de la
creencia que toda realidad es sólo lo que se ha determinado que fuera. En este
momento lo imaginario como ficción ha triunfado definitivamente. Ya no se trata
de mirar lo que sucede, tan solo basta mostrar lo que va a pasar, la realidad
debe plegarse a la palabra engendradora.
Esta problemática desemboca en un sistema de creencias que Cl. Lefort
mostró fehacientemente (17); en Mayo del 68, M. Peyrefitte, entonces Ministro
de Educación, aún después de la noche de las barricadas, no pudo captar la
significación de lo que se desarrollaba.
Sus discursos llamaban a los estudiantes a que se mantuvieran juiciosos y
que se presentaran normalmente a sus exámenes, negando que algo pudiera estar
pasando. Es así como lo imaginario enceguece a los que se dejan atrapar en su
trampa. El poder va a tomarse desde la propia imagen. Por haber evitado la
división, el sujeto se encuentra ante un mundo que no logra comprender.
Sin embargo, este choque no es posible más que en momentos de crisis, en
los cuales aquellos a los que se les negó el poder de la palabra, lo toman para
sí. En otros casos, las personas
atrapadas en una relación dual serán incapaces de librarse de ella y de
cuestionar a aquel o aquellos que los han adherido a su propia imagen.
Por otra parte, el que haya podido expresar su deseo de omnipotencia
se sentirá protegido de la interrogación de los otros y, al mismo
tiempo, se verá constreñido a repetir-por sus actos o su asentamiento de
estructuras- su proyecto inicial: el de ser reconocido, valorado, amado.
Lo que la relación dual promete es el discurso de la pasión. Para que
los hombres se identifiquen con uno solo, lo
tomen como ejemplo, le confieran una importancia privilegiada, se sientan
dependientes de él, es necesario que tales relaciones sean cimentadas por lo
que Freud denominó “el vínculo libidinal”, vínculo erótico inaugurante
del reino de la afectividad y de la sexualidad entre los hombres y aquellos que
asumen como su jefe.
No habría que creer, por lo tanto, que aquellos que van a estar
sometidos no extraerán algún beneficio de su incondicionalidad.
Muy por el contrario, su amor por la persona central conlleva igualmente
el amor de esta con respecto a
ellos, su castración les permite resguardarse de nuevos peligros y les permite
castrar a su vez, manifestar su potencia, su Yo (Moi) imaginario (Yo Ideal e
Ideal del Yo) encuentra satisfacción de sus deseos en la medida en que pueden
poner en común el Yo Ideal de la persona central
como objeto que va en lugar de su propio Ideal del Yo. Participan unos de otros
puesto que todos comparten a la misma persona. Lo que Levy Bruhl había escrito acerca de la
participación en los pueblos primitivos es siempre relevante para comprender
los fenómenos aquí descritos: amos y servidores participan de ello; eso de
vivir el mismo imaginario, de no ser interrogados por quienquiera, de sentirse
parecidos (lo que en los regímenes políticos se concretaría por el uso de
uniforme, hecho que traduce la voluntad de indiferenciación).
La forma más acabada de este imaginario generalizado es la creación del
pueblo de los amos, ya que es necesario que haya esclavos que los reconozcan
como “omnipotentes” o “menos potentes”, como sus amos absolutos.
Y más aún, aquellos (los esclavos),podrían identificarse con el
agresor y sentirse así poderosos (y no dominados) en su sumisión (18).
Pero esta identificación no es posible en todos: es necesario que el
poder desnudo se ejerza sobre algunos a los cuales se les puede quitar aún su
condición de hombres (ejemplo de esto es la generalización del genocidio y los
campos de concentración). La pasión inherente a la relación dual se traduce
finalmente en explotación.
Pero, ¿De qué pasión se trata? Su
característica principal es la de ser una pasión sin riesgo de ruptura, sin
interrogación, no desembocando jamás en el vacío sino en lo lleno, colmado.
En este sentido participa pues de la homosexualidad.
Plantear
la cuestión de la diferencia de los sexos es plantear la existencia de la
castración y la obligación de pasar por el “desfiladero de la castración”
(puesto que la función del falo no emerge más que en referencia al otro sexo),
es plantear la posibilidad de una pasión peligrosa, quizás mortal. Este tipo
de experiencias es sentido como demasiado angustiante para la organización. Es
por ello que las organizaciones más duraderas y más sólidas son aquellas en
las cuales es fundamental un vínculo de naturaleza homosexual: la iglesia, el
ejército. Cuando la organización
no puede apartar totalmente uno de los sexos, niega la diferencia entre ellos o
establece un clivaje riguroso entre ambos. Diferencia de sexos no percibida: el
cuerpo docente nos proporciona un buen ejemplo: las relaciones instituidas son
entre colegas asexuados que no deberán establecer más que relaciones de
trabajo serias y aburridas (19). Clivaje riguroso: en los colegios, la separación
entre varones y mujeres, en las empresas, funciones dactilográficas y de
secretariado reservadas a las mujeres y funciones de dirección y de mando,
reservadas a los hombres. Y cuando
la diferencia de los sexos no puede ser obviada ni eludida, es vivida en forma
de burla (más frecuentemente escatológica) y se actualiza por medio de actos
del tipo “derecho al coqueteo y al pellizcon”
(acoso a las secretarias). El peligro sexual es así exorcizado por medio
de prácticas que tienen un mismo sentido: no permitir que pasiones conflictivas
puedan poner en peligro la cohesión de la organización. Sin embargo, sería
imposible silenciar completamente los fenómenos pasionales. Es así que en todo
tipo de organización existirá siempre un “campo” en el cual ciertos
sentimientos positivos podrán ser expresados (admiración, felicitaciones, estímulos)
y también ciertos sentimientos negativos (del estilo “crítica
constructiva”), pero siempre de manera limitada, circunscrita
e incluso reglados. Esta reglamentación de la participación afectiva y
emocional se apoyará en el respeto a las leyes del mundo laboral, las que serán
valoradas. Sólo será permitido lo que no ponga n entredicho a la organización
y que, en cierta medida pueda ser manejado y tolerado. Por el contrario, aquello
que sea portador de posibles
conflictos será desechado (“hay que desapasionar los debates”, escuchamos
decir con frecuencia).Será interdicto todo aquello que pueda ser un posible
generador de explosión.
c) La
institucionalización de la relación de sumisión
Para
los miembros de la organización lo imaginario se presenta más bajo su aspecto
de cobertura que bajo el de apertura a la escucha de los propios deseos, más en
relación a su narcisismo que a su propio proyecto transformador (Su Ideal del
Yo subtendido por deseos poderosamente investidos). Y si son puestos en una
situación en la cual el deseo no debe aparecer, tan sólo un deseo puede ser
tomado en cuenta, el de la organización: y si no tienen un proyecto personal a
realizar es porque la organización propone un ideal común hacia el cual deberán
concurrir todas las conductas individuales.
En
estas condiciones cada uno va a poner en juego su Yo(Moi) (Yo Ideal e Ideal del
Yo) para intentar realizar lo que podríamos nombrar como Ideal del Yo de la
organización (20). En un caso así
, ¿Dónde podría hallarse la espontaneidad, la creatividad, el sueño ? En
ninguna parte : Las organizaciones no sueñan, no quieren el cambio sino tan sólo
la repetición, no desean la interrogación sino el poder. Y bajo esta
perspectiva proponen a sus
miembros-como razón de ser y metas a alcanzar- la eficiencia, la rentabilidad,
el crecimiento, la hegemonía y como cimientos para la acción, la doctrina
afirmada, el dogma revelado, la educación transmitida. El
fantasma será el de la omnipotencia de la organización (Iglesia ecuménica, ejército
victorioso en los campos de batalla, empresas gigantes que absorben a sus
competidores ,desempeñando un rol político esencial).
El individuo llegará a creer en su omnipotencia individual al
identificarse con la omnipotencia de la organización. De este modo se sentirá doblemente entrampado: por su propio
fantasma y por la creencia en una organización portadora de su propio ideal
(puesto que la organización no es, quizás- en sí misma y en parte- más
que una creación imaginaria) (21), sin darse cuenta.
Esta
identificación con la organización tiene igualmente otra consecuencia. La
organización que pide consagrarse a ella “en cuerpo y alma” hace que ya no
se experimente el propio límite y que se vuelva a encontrar, en un plano
puramente imaginario (pero que da ilusión de realidad) esta búsqueda de la
unidad fundamental que, en última instancia, permite mantener a distancia o
negar la realidad del tiempo y de la muerte. Por otra parte, es significativo
constatar a menudo que los individuos que no viven más que para su organización,
no toleran el retiro ni la exclusión y mueren efectivamente.
En
efecto, ellos se han protegido continuamente de la muerte al aceptar superarla en la organización, que no es
percibida como mortal (ya que la organización lucha contra la muerte) y luego,
cuando ya no están en esa situación vuelven a encontrarse con su propia
finitud.
Omnipotencia, negación de la muerte, a las que se añade la voluntad de
legitimar su vida para satisfacer a su vez las exigencias del Superyo y del Ideal
del Yo. Ahora bien, la organización
ofrece un sistema legitimado ya definido y sistematizado. Los valores e ideales
por ella propuestos, en la medida en que van a ser interiorizados, servirán de
normas de comportamiento a los individuos los
cuales a su vez no tendrán que interrogarse más acerca del sentido de sus
acciones. El sentido ya está allí. Tan sólo es necesario hacerlo propio. A
partir de este momento los actos ya no conllevarán sentimientos de
incertidumbre (“La explotación es normal puesto que permite obtener
utilidades, la Inquisición es buena puesto que permite preservar la fe”).
Omnipotencia imaginaria, negación de la muerte, legitimidad de la vida:
cuando estos tres elementos se han vuelto estructuras estables de la existencia
humana, ya no hay lugar ni para el sueño ni para el deseo. Es así como
sobreviene el regimen de las necesidades a satisfacer; necesidades primarias (de
alimentación, de vestuario), necesidades secundarias (de prestigio y status)
que deberá tomar a cargo la organización “madre protectora y atenta” (22).
La desaparición del deseo y la emergencia de las necesidades es el
corolario de la existencia del deseo de la organización.
Pero,¿podemos hablar del deseo de la organización sin caer en un
antropomorfismo radical? De tanto
centrar-nos en la organización ¿ No corremos el riesgo de no ver que toda la
organización, por mas totalitaria que sea, está compuesta siempre de grupos
sociales variados que siguen metas similares o contradictorias?.
Para responder a estas cuestiones es necesario darse cuenta que el deseo
no está oculto (rechazado) para todo el mundo y que este ocultamiento favorece,
por el contrario, la irrupción del deseo de algunos: de aquellos que están en
condición de definir el Ideal del Yo de la organización, los que le dan la
palabra, que van a construir al mismo tiempo los significantes fundamentales de
la organización (su sistema simbólico,
su ley, significantes en los cuales los miembros de la organización serán
atrapados), y van a intentar hacer pasar a lo real (a través de estructuras ad
hoc y por medio de la acción cotidiana) su deseo de omnipotencia. Aquellos,
pues, que instauren la relación de sumisión y que han de institucionalizarla:
el Superyo de la organización (su sistema de valores y prohibiciones), que
llegará a ser el del conjunto de los actores sociales.
Por medio de la institucionalización de la relación de sumisión se
hace el enlace entre identificación con una persona e identificación con la
organización, entre instauración de la relación dual fusional e instauración
del fantasma de la organización protectora. Los guardianes del poder intentarán
así realizar su deseo de omnipotencia, creando un objeto común al cual todos
deberán estar sometidos, identificados y deberán amar (la nación, la empresa,
la iglesia).
Es por ello que el sueño- que no es el de los dirigentes- no puede ser
aceptado, puesto que sería – en tanto ruptura fundamental- ruptura tanto de
la repetición en la organización como de la estructura de la relación de
sumisión. Puesto que, cuando el campo de la palabra se amplía, ya no se trata
de la misma palabra, los mismos significantes, la misma ley.
Los individuos ya no son hablados por la organización o por sus
guardianes sino que hablan la organización y, por este mismo hecho la
transforman. Situación ansiógena por excelencia. A
partir de esto pareciera poder plantearse la hipótesis de la organización como
instancia rechazante.
III.
EL RECHAZO ORGANIZACIONAL
Ya
hemos visto que la organización (23) servirá a la vez de Ideal del Yo (objeto
de amor) y de Superyo (instancia prohibidora) (24) y que también va a ser el
objeto que los hombres pondrán en lugar de su Ideal del Yo para realizar su Yo
Ideal. Por esta razón la
organización se comporta como una instancia de rechazo, en la medida que:
1)
Rehusa que se tomen en cuenta las pulsiones (salvo de parte de algunos
miembros) ayudando así a la constitución de un imaginario ilusorio (fantasma
de unidad) por medio de la institucionalización y generalización del discurso
del otro como punto de referencia.
2)
Introduce en el sistema preconsciente-inconsciente representaciones
(jefe, organigrama, doctrina) que ocuparán el lugar de las representaciones
rechazadas (expresando estas el deseo de manera disfrazada).
3)
Instituye un lenguaje que tiene por función la canalización de los
deseos individuales (transformados en necesidades) en el trabajo eficiente (la
gloria más grande de la organización) (25), por medio de la investidura
productiva y profesional.
4)
Define una división de los seres en el tiempo y el espacio, hecho que
reducirá a cada uno a asumir el rol estricto que le es asignado.
El
rechazo en tanto que instituyente de lo imaginario, de la estructura de los
ideales y relaciones crea- por medio de mecanismos de clivaje y separación –
una situación de alienación social (26).
La
alienación (27) connota una situación en la cual los actores sociales no
hablan en su nombre, no poseen el dominio de su propio destino, no son incluidos
en los procesos de decisión sino que son hablados por otros y viven bajo el
reinado de la heteronomia (28).
Esta
alienación es marcada en los fenómenos de separación y de clivaje que se
producen en un nivel triple:
La distinción dirigente-dirigido
Esta separación (que a nivel de la sociedad global se denominará
dominante- dominado) siempre ha sido definida como resultante de la naturaleza
de las cosas (es prácticamente imposible que continuamente todos decidan todo)
expresando simplemente diferencias de competencia, saber, nivel de experiencia
al servicio del buen funcionamiento organizacional: aquellos que dirigen son los
que saben y pueden pensar, los otros son los que no saben y, por esta razón
deben ejecutar ( la distinción pensamiento-ejecución va a la par con la
separación dirigente-dirigido).
Lo que esta separación produce
en realidad es permitir que la
relación de sumisión se institucionalice bajo la máscara de la autoridad
necesaria. Dicho de otro modo, intenta expresar la autoridad y a la vez
enmascarar el poder con sus aspectos peligrosos : castradores y manipuladores.
Ella tiende a esconder la lucha por el reconocimiento existente en la organización
y el resultado de tal lucha: la victoria de una categoría por sobre la otra. La
victoria de la categoría de los amos que poseen la organización, definen sus
orientaciones y que intenta –por la transformación de esta en un objeto
ideal-canalizar sus investiduras individuales en el trabajo organizador y en
promover un imaginario mistificador, tanto para los demás como para ellos
mismos.
El puesto de trabajo (la estructura de las relaciones)
Toda organización instaura una división técnica del trabajo
considerada como indispensable para la buena marcha de la organización. Esta
primera separación engendrará una serie de separaciones posibles que explicarán
la necesidad de su existencia:
-
separación del hombre en relación a su trabajo e
instrumentos de producción. La existencia de la propiedad privada o del
capitalismo de estado hace del trabajador un “obrero desnudo” (Marx), no
pudiendo ofrecer más que su fuerza de trabajo manual o intelectual.
-
Separación entre el actor y el producto de su
trabajo: el objeto se le escapa, no le pertenece.
-
Separación entre cada miembro de la organización:
cada uno debe centrarse en su tarea y no ocuparse de la de otro. No debe haber
usurpación de funciones, ni colaboración posible. Cada uno en su lugar, cada
servicio o departamento en su terreno de acción. Hay, pues, un fenómeno de
delimitación de territorios.
-
Separación a nivel mismo de la actividad: el
trabajador no puede definir su propia actividad: el empleado debe ocupar su
función siguiendo las normas definidas por la descripción de tal función, el
obrero debe ejecutar los movimientos previstos en tiempos precisados por la
oficina de métodos, el vendedor, ceñirse al patrón de ventas que se le ha
proporcionado.
-
Separación en el tiempo de la actividad: el tiempo
ya no es un don vivido libremente sino un don cuantificado y recortado, reglando
la conducta: la hora de capacitación o de clase, el tiempo definido por el
capataz de una fábrica, que no puede ser sino repetitivo.
Estas diversas separaciones (que pueden estar más o menos presentes
dependiendo de los tipos de organización y los regímenes) indican el sentido
de la división del trabajo: la inauguración de un mundo en el cual el trabajo
desemboca en la producción de objetos y relaciones que no remiten a un proceso
creador sino por el contrario, esclavizan al actor y lo definen tan sólo como
“hombre de la organización” y extranjero a sus deseos (que ni siquiera
puede formular).
Para que haya proceso creador sería necesario que el trabajo fuese la
expresión de las contradicciones del sujeto dividido y de su dinámica interna,
es decir, que haya siempre un “en otra parte” (una “terra incógnita”)
para ser descubierta. Ahora bien, la organización no sólo demanda que se haga
lo que está previsto, sino y sobre todo exige que nadie haga otra cosa.
Todo sucede como si-retomando una expresión de Jean Oury (29): “el
funcionamiento de una organización implica cierto “masoquismo funcional”,
es decir, la necesidad de cierta forma de sumisión no sólo aceptada sino
reivindicada para el bien de la coordinación y la productividad”. Ya que este
“masoquismo funcional” permite a cada uno tener un lugar asignado, situándose
así en el sistema de “contribución-retribución” de la organización. Por
medio de este funcionalismo generalizado cada quien no existe sino en la medida
en que aporte su contribución a la marcha de la organización y reciba a cambio
;dinero, estima, promoción, reconocimiento. La organización se torna en
lugar de intercambio de los productos del trabajo, producto que
constituye el principal elemento de identidad de todos los hombres. La relación
que aquí se anuda es, pues, una elación fundada en el intercambio de la
mercancía, en la circulación de los productos. Y el hombre productor se
integra también como producto en el circuito mercader-mercancía. Lo es con un
doble título: en tanto es asimilado al producto que él fabrica y que definirá
el precio mediante el cual podrá venderse en el mercado (es un buen empleado,
un buen mecánico, un buen tribuno), y en tanto su existencia es medida,
juzgada, contada, evaluada, tal como lo es cualquier mercancía.
Se trata del fenómeno de reificación mostrado por Lucacs. El hombre ya
no es “hombre entre hombres” (Sastre) (30), sino cosa entre cosas, objeto de
persecuciones o manipulaciones seductoras.
c)
La palabra
En
la organización el discurso se presenta siempre como palabra fragmentaria. No
tenemos derecho a pronunciarnos más que sobre problemas de nuestra competencia,
situados en el nivel de nuestras responsabilidades, no sobre problemas o
cuestiones que nos importen sino sobre cosas acerca de las cuales nadie nos
pregunta nada y que volverá a ponerse en el tapete la división del trabajo
existente. Y aún más, siempre hay
que tratar problemas precisos y circunscritos, tal como aparecen recortados por
el contexto en el cual se plantean (problemas en exterioridad)(31).
Por el contrario, los problemas en interioridad- (tales como nuestras
metas, nuestros criterios de elección o problemas que debiéramos tomar en
consideración)- son excluidos, puesto que plantearían cuestiones que son del
dominio de las bancadas dominantes.
Esta palabra fragmentaria es a
la vez una palabra reificada Para
que haga impacto será necesario que se traduzca en textos argumentados (actas
de sesiones, reportes, notas de servicio, reglamento, etc.) que servirán de
punto de referencia. Las palabras, una vez pronunciadas o escritas, llegará, a
ser también cosas, cobrarán vida en forma autónoma y ligarán a sus autores,
aún cuando estos no se reconozcan más en aquello que alguna vez pudieron
pronunciar y decir. Esta palabra reificada deberá inscribirse en un discurso
coherente. Cada quien podrá de este modo modular su discurso pero no podrá
renegar de lo que ha dicho, sin que se lo confronte con sus pasadas opiniones o
decisiones. Está atrapado en la
trampa de la “palabra antigua”
que guiará la continuidad de su conducta. Esta estabilización del discurso es,
en efecto, indispensable para que cada quien sepa exactamente la posición del
otro y pueda preparar los comportamientos adecuados para responder a la conducta
anticipada de los demás. Es así que la reificación engendra la rigidez y la
repetición.
En
toda
organización hay una desconfianza profunda ( y más aún, un miedo) hacia la
palabra libre, creadora. Actualmente
empiezan a darse cuenta que la supresión de toda palabra espontánea desarrolla
una inercia en las estructuras y comportamientos que no logran adaptarse a los
desafíos del mundo externo. Es por
este motivo que las organizaciones modernas(principalmente las empresas)
insistirán en la necesidad de innovaciones e intentarán llevar a la práctica
técnicas facilitadotas de cambio (brainstorming, seminarios de creatividad,
grupos centrados en el grupo, etc.). Lo
que a todas luces aparece como significativo es que se trata- en todos los
casos- de promover una palabra espontánea, modos de comunicación que permitan
un mejor funcionamiento, un pensamiento más ágil, comunicaciones más armónicas,
sin volver a poner en cuestión el modelo (y los valores) que subyace a este
funcionamiento. Se trata de una
palabra “en libertad vigilada”. Puesto
que la palabra verdaderamente libre es siempre emergente de fantasmas
aberrantes, pone en relación aquello que parecía naturalmente dividido,
introduce la sorpresa y el cuestionamiento, hace surgir problemas justo allí
donde todos vivían de certezas. La
toma de la palabra es empresa de demolición de las estructuras y del poder
existente, expresión del verbo creador y generadora de una nueva realidad. “Las palabras hacen el amor” decía Breton, y de este
amor surge una realidad transfigurada, inquietante en tanto innovadora,
planteando preguntas a aquellos, aún cuando puedan ser reconocidos como los
padres (32).
Los tres clivajes fundamentales
que han sido descritos anteriormente no se nos aparecen como siendo patrimonio
de una formación social determinada ni de un modo de producción definido. Si bien aparecen con características agudas en sociedades
avanzadas de tipo capitalista, están presentes igualmente en toda sociedad
industrial o post-industrial que ha hecho de la organización (burocrática o
tecnocrática) el lugar crucial de la vida social. De lo que se desprende como consecuencia: la no pertinencia de
un cambio que no tomara en cuenta el juego de lo imaginario en las estructuras
de relaciones.
Estos tres clivajes expresan y enmascaran a la vez la presencia de lo
imaginario como ficción (y luego como resorte de la ideología) en la
organización: la distinción dirigentes-dirigidos expresa la autoridad y oculta
el poder, la división del trabajo expresa la necesidad de una estructura
estabilizada de relaciones y enmascara la alienación y la reificación, la
palabra “en libertad vigilada” expresa la capacidad para tratar los
problemas en una cierta red de comunicación y enmascara el bloqueo de la
palabra creadora.
En el sistema consciente racional de la organización se inscribe pues,
bajo un disfraz preciso, su imaginario y los procesos de rechazo. Todo sucede
como si hubiese una imposibilidad para hacer un trabajo de duelo (que implica la
aceptación de la pérdida de objeto, la interrogación de los sujetos, el
reconocimiento de faltas imposibles de colmar) que podría abrir a otra cosa ( a
un “en otra parte”), hacia el proyecto de un objeto a construir, de un sueño
a concretar. De allí la presencia
sorda, silenciosa, de la pulsión de muerte, que se traduce en una compulsión a
la repetición, en agresividad de los amos en relación a otros ( a través de
la relación dual), en múltiples separaciones instituídas que alienan al
individuo en el imaginario de la organización.
Si ahora intentáramos sintetizar el rol esencial que el rechazo juega en
la organización, podríamos decir que es el creador del orden y de la ley, a
través de un sistema de interdictos. El
apunta a la existencia de unidades coordinadas en las cuales las pulsiones no
son negadas sino utilizadas directamente en el trabajo productivo (fenómeno de
contención de las pulsiones) y representadas por términos ideológicos
(doctrina, buen funcionamiento, conciencia moral o profesional) que las aseguran
al ponerlas al servicio en provecho de la organización.
Tiende pues a la posibilidad de creación de relaciones imaginarias
estabilizadas a través de cierto código jurídico y comportamental, al cual
todos deben estar sometidos. De este modo está en la génesis de la alienación
social. En la medida que toda organización funciona como instancia rechazante,
implica entonces cierto grado de alienación social.
Esta conclusión tiene un corolario esencial: la idea de una desalienación
total (muy de moda hoy en día) es absolutamente mistificadora.
A partir del momento en que vivimos con otros en una organización, se
instituye cierto tipo de identificación alienante, pero es necesario destacar
que es por este hecho que puede existir un reconocimiento mutuo y que se
preserva un mínimo de identidad necesaria a cada uno (33).
Es así como alienación significa también reconocimiento (aunque
deformado) de los otros, existencia de identificaciones, imposibilidad de hablar
solo, de ser su sola voz (aún cuando cada uno intenta asir a los otros en el
hilo de su propio discurso), aceptación de ser hablado por los otros (aún si
se intenta hacerlos callar) y de no caer en la palabra loca de la omnipotencia.
El rechazo a la alienación social,
hace aparecer la alienación patológica.
En todo rechazo hay una voluntad de omnipotencia que confunde el registro
de lo imaginario con el de lo real, se expresa en la idea: “todo es
posible”, y cree que el lenguaje de las pulsiones puede expresarse sin mediación,
sin disfraz, sin la vida social (34).
Si todo puede ser dicho, si todo puede ser logrado, entonces nos
encontramos simplemente con las omnipotencias narcisistas en lucha unas contra
otras: cada quien quiere ser todo para el otro, quiere ser completamente
comprendido, totalmente creador. Es
el fantasma (en la realidad) del padre castrador.
Ahora bien, -ya lo hemos
mostrado- si este fantasma actúa en las organizaciones, de manera esencial, y
si es el motor fundamental de la creación de las organizaciones, nunca podrá
ser actuado directamente (excepto en el caso de organizaciones sádicas), deberá
ser siempre enmascarado por la organización, por su estructura (por medio de
los tres clivajes mencionados) y de este modo se traduce por conductas que
permiten la satisfacción, no sólo del individuo sino, y principalmente, de la
organización. Es pues, siempre
mediatizado, obligado a tomar desvíos. Sólo puede ser actuado por algunos.
Asimismo podríamos decir que, constitutivamente, la vida de las
organizaciones aporta cierto grado de alienación social pero es la que permite
(más o menos bien o más o menos mal) realizarse en ellas.
Si el rechazo es inhibitorio es también creador de la ley y del orden,
es porque él pertenece al orden del lenguaje (es lo dicho, es el discurso que
rechaza) y del lado de la vida y toca a las investiduras libidinales, aun cuando
estén intrincadas con la pulsión de muerte (35). Pertenece al orden del
lenguaje por el hecho mismo de introducir lo simbólico (36), es decir, la
puesta en acción de un sistema de reglas, de intercambios, de signos comunes,
ya que toda organización social duradera es un haz de símbolos (También
sabemos- a partir de Freud- que toda organización es signo de la pulsión de
vida )(37).
No
sólo podemos decir que el rechazo está del lado de la vida sino que también
está del lado de la realidad. Sin
rechazo y sin alienación consiguiente no
habría más que pulsión al desnudo, sin lenguaje (sin palabra) para
expresarla. El rechazo toma a cargo
las pulsiones y las nombra (representantes), de este modo la encauza, las
transforma. Es pues, fundador de
una mentira, pero de una mentira que siempre tiene efecto de sentido (sentido
enmascarado) y que continuamente puede ser redescubierto, elucidado (sin que
dicho trabajo pudiera algún día terminarse).
El rechazo preserva entonces la posibilidad de la falta, por cuanto
pueden percibirse las fallas del lenguaje, su mentira, los desplazamientos de
los significantes y la significación de esos desplazamientos.
Por cierto que a causa de ello será necesaria otra lectura de la
realidad, lectura que se ceñirá a los vacíos, a las contradicciones del
discurso de manera que hay que descubrir cuál es la palabra que se oculta detrás
de los síntomas manifestados. Es importante destacar que esta lectura encuentra
sus condiciones de existencia en el rechazo mismo. Puesto que el deseo, siempre encauzado, no encontrará
satisfacción (aun cuando por largo tiempo se haya satisfecho) por los caminos
que le han sido definidos. El deseo tiende a volver constantemente. El
“retorno de lo reprimido” es lo que se actualiza en los diversos síntomas
(explosión agresiva, fenómeno de contra-dependencia, luchas abiertas,
fiestas). Si el deseo puede
renacer, es porque no ha sido negado y porque existe una abertura (aunque
limitada) para que resurja. Y esta
abertura proviene del hecho que siempre existe una separación estructural entre
lo dicho y lo hecho, entre el orden del discurso-encubierto y el de la realidad.
Cuando las clases dominadas perciben la separación existente entre
ideología reinante (el ciudadano igual y libre ante la ley) y la práctica de
la clase dominante (descuento de la plusvalía, la división social del
trabajo), es entonces cuando el deseo imaginante e instituyente puede hablar.
Pero es necesario que esta separación esté allí para que algún día
aquel pueda ser señalado o localizado.
Esta separación es vivida por los individuos a nivel de los problemas
concretos de sus vidas (en su trabajo, en sus relaciones sexuales)(38) y es por
esto que la toma de conciencia nunca se puede hacer a partir de los grandes
problemas sino, al contrario, sólo a partir de las contradicciones vividas en
tanto sujeto en el proceso de producción y
de consumo.
La represión psíquica es pues y al mismo tiempo aquello que impide y
aquello que favorece “la toma de conciencia” progresiva y nunca completada
de la alienación y de los medios para superarla.
Es justamente esto lo que Marcuse no comprendió (39). Centrando toda su
reflexión en la represión y confundiendo totalmente represión psíquica con
represión institucional, propuso la hipótesis de que pudieran advenir
sociedades no alienadas al suprimir la represión. De este modo planteó una
antinomia total: sociedades represivas (super-
represivas en su terminología) y sociedades no represivas, sin explicar
cómo y por qué mecanismos los individuos totalmente alienados pudieran
repentinamente tomar consciencia de su alienación. En su teoría, la toma de
consciencia sólo se articula sobre un acto de fe.
Es tal como lo hemos descrito anteriormente lo que permite al imaginario,
en tanto que abertura, hacerse camino, darse formas de expresión (el sueño, la
poesía, la utopía, la fiesta, la explosión emotiva) y construir así un
lenguaje radicalmente nuevo (de encontrar su voz). Así el homo ludens borra al
homo faber, la quimera eclipsa al cálculo, a los “intereses fabulosos”
(Bachelard)(40), las necesidades cotidianas, el placer y la alegría, la pena y
la tristeza (41). El hombre se deja llevar a sus imágenes (42); deviene
inventor de palabras nuevas, de una retórica nueva, él desoxida antiguos términos
y los desmistifica, otorga “un
sentido
más puro a las palabras de la tribu” (Mallarmé). Pero, que no vaya a pensar haber encontrado esta vez el
“lugar y la fórmula”, poder nombrar la realidad y crearla a semejanza de
las imágenes que él proyecta. Puesto que este lenguaje innovador, él también,
está lleno de trampas. Las nuevas ideas, los nuevos slogans tienen también su
función de máscara. El hombre no puede salirse de la ambigüedad del lenguaje
ni de una relación ausencia-presencia con la realidad. Si no se diera cuenta de
esto creerá en la posibilidad de la fiesta perpetua y quedará todo desprovisto
cuando las lámparas se hayan apagado y la fiesta haya terminado.
Aprenderá entonces, dolorosamente que “ el retorno de lo reprimido”
sin toma de consciencia no es suficiente, que ambos deben conjugarse en un
esfuerzo de análisis y tan sólo de este podrá emerger progresivamente algunas
formas de desalienación (43).
Pero si la represión psíquica admite en su principio la posibilidad del
“retorno de lo reprimido”, la eclosión de otra palabra, no se presentará
al mismo tiempo como una defensa suficiente contra las pulsiones y el imaginario
creador para los guardianes del poder, para los poseedores del sistema de
dominación. Como consecuencia de
esto, cuando la organización se sienta realmente amenazada, se transformará de
instancia represora en instancia represiva social-organizacional.
IV.
LA REPRESION ORGANIZACIONAL
La represión organizacional se distingue de la represión psíquica
puesto que esta es del orden de lo interdicto y del lenguaje mientras que la
primera es del orden de la censura y de la violencia.
La represión organizacional no apunta a canalizar las pulsiones sino a
inhibirlas, negarlas, más aún, a aniquilarlas totalmente. Es en este sentido
que se dice que es del orden de la censura .
Cuando la repr. Psíquica está funcionando, la pulsión es tomada a
cargo por medio de una inscripción en el sistema inconsciente, bajo la forma de
representante-representación y, en el sist. preconsciente-consciente, bajo la
forma de una representación de palabra. En el caso de la represión
organizacional se produce la creación de un vacío.(44) Esta es la manifestación
de lo que podríamos llamar la carencia absoluta.
Este tipo de carencia puede ser fácilmente mostrado en el caso de las
relaciones afectivas de la primera infancia. Los trabajos de Spitz a este
respecto han puesto en evidencia que la ausencia de relaciones afectivas (que se
traducen en sentimientos de calidez y ternura) entre los primeros educadores y
el niño, llevaba de modo irremediable a que el niño desfalleciera o no
desarrollara capacidades motoras y emocionales (45), esa ausencia llevará a lo
que Freud llamó “una verdadera cultura de la pulsión de muerte”.
El vacío creado permanece, nada viene a ocupar su lugar. El otro ejemplo
corolario es aquel del hambre (Freud decía:
“todas
las pulsiones orgánicas que actúan en nuestro psiquismo pueden ser
clasificadas en términos de poeta, en “hambre” y “amor”).
Si el hambre no logra encontrar su satisfacción
(pecho
rechazado, lactancia discontinua y anómala, golpes que remplazan al pecho,
falta de alimentación) y si nada puede tomar lugar para calmar esta manifestación
(calidez humana de la madre en el caso de hambruna de los pueblos explotados y
afecto de otras personas en el caso de malos tratos), el vacío así constituido
organizará la vida misma del individuo, quien no podrá jamás colmarlo, aún
si posteriormente se le ofrecieran todas las riquezas del mundo. Que
llegue a ser insaciable o anoréxico, en ambos casos la pulsión de muerte estará
presente.
Esta carencia absoluta a nivel social engendra una situación no de
alienación-como en el caso de la represión psíquica- sino de explotación
directa. Lo que habla en el caso de
la represión organizacional es el discurso de la violencia inmediata y total.
Pero- como ya lo había notado G. Bataille- el discurso de la violencia es un
discurso sin voz. La violencia no puede ser hablada; se vive, se expresa, se
trabaja silenciosamente a nivel de una impronta sin mediación (sin lenguaje)
sobre el cuerpo y el espíritu. La
carencia absoluta es del orden de la acción, no del lenguaje. Cuando llega a
hablar, utiliza el lenguaje del orden y de la ley, es decir, aquel de la represión
psíquica. La represión
organizacional no puede reconocerse ni confesarse jamás como tal: siempre
necesita ser legitimada para poder ejercerse sin encontrar oposición (46).
Es por ello que se atribuirá los oropeles de la mantención del orden
social, de la conciencia moral universal, del bienestar y del progreso de todos
los ciudadanos. Ella se negará en
tanto represión social, en tanto violencia, puesto que la violencia es siempre
expresión de la fuerza desnuda y no de la ley. ¿y cómo fundar un orden si no
es basándose en una ley aceptada e interiorizada? Así la relación de fuerza
desaparecerá y será recubierta por un armazón jurídico e ideológico (47).
Este discurso “hipócrita” (prestado de otro registro) es prueba por
lo tanto de que la represión social no puede encontrar palabras para
expresarse. No puede ser creadora de ningún sistema simbólico.
En la medida que ella no puede más que tender a censurar, a impedir, no
puede estar a la base de ninguna construcción. Si la represión psíquica se
sitúa del lado de la vida, la represión social está del lado de la muerte. Lo
que promueve no es un discurso que permita el reconocimiento mutuo de la
alteridad, sino que impulsa al “cuerpo a cuerpo”, sin mediación, tiende a
la hegemonía directa de los amos por sobre los esclavos.
En un sistema sometido a la represión social el prójimo llega a ser análogo
a una máquina, a un instrumento del cual pueden servirse totalmente y sin
oposición. Los ejemplos son innumerables: explotación directa de los obreros,
de las mujeres y niños en las manufacturas del siglo XIX, explotación en manos
de los capitalistas que no hacen más que descontar la plusvalía pero que
ejercen una verdadera actividad de arrebato en la vida misma de los individuos
sometidos (48), generalización de la tortura y del genocidio concerniente a
pueblos o grupos considerados como inferiores o simplemente diferentes.
La repr. Social quizás encuentre aquí
su expresión más pura en la edificación de “campos de concentración”
organizados racionalmente para la destrucción. Aquí la muerte ya no necesita
disfrazarse: el objetivo es explícitamente la eliminación o la decadencia física
y psicológica de los prisioneros. Es así como la repr. Social se muestra a
cara descubierta (sin necesidad de discursos racionalizadores). Es la cara de la
violencia institucionalizada, convertida en ley de las relaciones humanas.
Cuando la violencia se vuelve ley, la única civilización posible es la de la
muerte y del goce de los verdugos que dan muerte.
A los miembros de tal civilización se les retira todo derecho y-por
supuesto- en primer lugar el derecho a la palabra.
No pueden decir nada (se habla por ellos), no pueden hacer nada( sus
actos son totalmente dictados) y no pueden dar ninguna significación a sus
vidas. La violencia inaugura así
el mundo del no-sentido (49).
En los casos citados (y aún cuando nos refiramos a casos menos extremos)
lo que se expresa del ser humano es el salvaje (lo que es anterior a la
metabolización por medio del lenguaje, lo que no puede hablar más que por el
discurso del cuerpo a cuerpo (golpes, torturas, lumazos, etc.).
Lo salvaje engendra la reacción salvaje. “Mientras los individuos
acepten plegarse a las exigencias de los dominadores, ya sea que se dejen
convencer por el discurso “hipócrita” del orden y de la ley o que se vean
constreñidos directamente y prefieran su vida ( o, mejor dicho su
supervivencia) más que la lucha que pondría en juego a esa vida. Mientras ello
sea así, el sistema puede seguir permaneciendo en su lugar.
Pero cuando un día esa explotación sea vivida como insoportable
entonces la reacción será tan brutal y salvaje como el sistema represivo mismo
(50). Los dominados vivirán la
tentación del Apocalipsis, de la destrucción total de la instancia represiva.
Lo que en ese momento surge en el sujeto es algo que le es extranjero (no siendo
del orden del lenguaje), es el afecto reprimido que busca expresarse de
inmediato en lo real, sin intentar crear nuevos significantes o poner un nuevo
significado detrás de los antiguos significantes (crear una palabra nueva)…En
efecto ¿Cómo lo que no tiene voz (y que a causa de la represión debe ser sin
voz) podrá engendrar un nuevo lenguaje? Y
sin lenguaje ¿Cómo no ser obligados a oponer sólo violencia a la violencia?
El “cuerpo a cuerpo” concluye entonces en confusión entre palabras y
cosas. Se percibe aún mejor lo que separa la represión psíquica de la represión
social. La primera tiende a separar
representación de cosa (a nivel inconsciente) y representación de palabra (a
nivel pre-consciente-consciente), lo cual lleva a un trabajo de elaboración por
medio del cual se traslada la representación de cosa a representación de
palabra (a lenguaje). Por el contrario, en la represión social todo sucede como
si esta no permitiera una representación representativa del afecto. En
consecuencia, cuando el afecto aparece no existe ningún significante que pueda
representarlo. Es así como ya no existiría diferencia entre el mundo de la
acción (las cosas) y el mundo del discurso (de las palabras). Y atacando las
cosas se piensa haber atacado al discurso simbólico que da cohesión a la
organización. El pueblo, al matar al tirano represor cree haber demolido la
tiranía, la cual está referida al orden y la ley, es decir, al discurso y a la
represión psíquica. Por esta
misma razón es que la supresión de los
dominadores por sí misma nunca ha resuelto nada.
Más aún, la oposición de la violencia pura como respuesta a la
violencia institucionalizada marca la evacuación de lo imaginario (como
proyecto creador): se quiere todo, enseguida, en la realidad, y así la fiesta
degenera en destrucción, pillaje, violación. Ya no se trata- como en la
represión psíquica- de pulsión de muerte ligada a pulsión de vida, sino que
es tan sólo pulsión de muerte en su estado puro. Luego de su pasada, no hay más
que embotamiento e impotencia. No se ha rescatado ningún sentido nuevo y el
antiguo orden puede volver a establecerse.
Es por esta razón que los revolucionarios se ven llevados a emprender no
sólo acciones sino a escribir y hablar, como para poder ofrecer
representaciones de palabras, significantes que puedan tener valor de
organizadores colectivos de las conductas. Nunca ha habido revolución sin que
previa o paralelamente hayan estado presentes numerosos discursos (escritos o
hablados) que pudiesen dar un sentido a la acción.
Los historiadores que han investigado la revolución francesa y la soviética
se asombran a veces de la gran cantidad de obras escritas que abrieron el camino
a la revolución, de la inflación de la palabra bajo la revolución francesa
(en la que aparece toda una nueva retórica), del cuidado que tuvieron Lenin y
Trotsky en escribir obras
teóricas en pleno proceso revolucionario.
En
un examen más a fondo lo que los revolucionarios crean es una nueva instancia
de represión (un nuevo orden, una ley común), haciendo penetrar en el
inconsciente de cada uno representaciones ligadas a las pulsiones (sin disociar
el afecto que algún día pudiese desbordarse) y construyendo-a nivel
consciente- una cadena de significantes flotantes (libertad, democracia) en los
cuales los individuos podrán enganchar los significados que deseen .
Para que la revolución se lleve a cabo es necesario al mismo tiempo que
sea subtendida por el “retorno de lo reprimido”, es decir, por la expresión
de deseos, la fiesta, la invención de nuevas formas de relación, nuevos modos
de hablar y concebir, en resumen, por el imaginario motor (el deseo imaginante).
La revolución es la alianza del lenguaje y la fiesta, de la regla y del placer.
Alianza frágil en verdad. Y allí
está la historia para respondernos
y decirnos que, cuando esta alianza se rompe prima el lenguaje represor por
sobre la fiesta, la regla por sobre el placer.
Puesto que la tentación de recrear nuevos dogmas y de dedicarse a estos
en cuerpo y alma es fuerte (el estado republicano, la nación socialista). Es
decir, favorecer las identificaciones con nuevas instancias que desembocarán en
que cada uno renueve un mismo objeto en el lugar del Ideal del Yo.
Se presenciará entonces la confiscación de la palabra por algunos, la
apropiación del poder, y la puesta en escena de los deseos imaginarios de
omnipotencia. En fin, a la puesta en juego de un simbólico mistifcante.
La dictadura del proletariado se transforma en dictadura del partido del
proletariado (Rosa Luxembourg), la revolución francesa da a luz el
bonapartismo.
La historia pues no se termina jamás y se define en el dilema represión
psíquica-represión social. Cuando
las instancias de represión que instituyen la alienación son batidas en
retirada por el “retorno de lo reprimido”, se vuelven represoras e
instituyen la explotación directa al seguir hablando el lenguaje de la represión,
excepto en casos de organizaciones sádicas (tales como los campos de
concentración).
La represión engendra el retorno de lo reprimido. Para no quedarse en la
destrucción pura (que no puede conducir más que al fracaso), es necesario que
los nuevos actores sociales creen una instancia represiva que a su vez corre el
riesgo de dar origen a nuevas formas de alienación social y dar lugar al
imaginario engañoso. Así, cada
hombre se encontrará en una situación de “sobretrabajo” que- como lo
escribe Marx (en su descripción del mundo de producción asiático): “se
traduce a la vez por el tributo y por trabajos comunes para glorificar la
unidad, alabar ya sea al déspota real o bien al Dios, representante imaginario
de la tribu”. Entonces todo deberá comenzar de nuevo.
El hombre no escapa al imaginario, que encuentra en la organización su
lugar de elección (lugar de lucha por el reconocimiento), ni a la historia que
no reconoce sino formas diferentes de alienación y de explotación. Quizás,
tomando conciencia es que la organización social ideal es impensable. Que toda
organización puede ser a la vez constituyente de alienación y desalienación.
Que el sujeto dividido no será jamás un sujeto compacto, único, sin
problemas. Que es posible considerar concretamente la creación de
organizaciones no represivas y menos alienantes en las cuales el imaginario
creador encontrará su campo de aplicación, donde la palabra inventiva podrá
desplegarse. Esto, sin creer en un “sueño que ya no tendrá más los colores
de la mentira” (Valery), sin esperanza inmoderada y sin ilusión, pero también
e igualmente sin angustia ni desgarramiento.
CITAS
BIBLIOGRAFICAS
(1)
En el sentido de G. Bachelard
(2)
Georges Canguilhem ,”La formación del concepto de reflejo. En el Cap.
XVII yXVIII.
(3)
Esto no significa que no haya realmente amos ni esclavos, pero todo
sucede como si la organización otorgara a cada uno su justo lugar, en relación
a sus competencias y que no hubiese “ni vencedores ni vencidos”.
(4)
Nos referimos en este punto al trabajo de J. Lacan “El estadio del
espejo como formador de la función del Yo (Je)”.
Escritos.
Puede
ser interesante recalcar que Lacan, centrando toda la dramática individual en
el “deseo del Otro”, es extremadamente fiel a la dialéctica Hegeliana, tal
como fue demostrada por A. Kojève. Si
Althusser se inspiró en Lacan y leyó “El capital”, tal como Lacan leyó a
Freud, podríamos preguntarnos si Lacan no intentó leer a Freud tal como Kojève
leyó a Hegel. “La introducción
a la lectura de Hegel” de Kojève jugaría pues un papel de referencia primera
de toda epistemología contemporánea.
(5) J. Laplancha
y J.B. Pontalis, Diccionario de Psicoanálisis.
(7) En
particular en “El agua y los sueños” y “La tierra de las ensoñaciones de
la voluntad”; José Corti.
(8)
P. Cardan, “Marxismo y teoría revolucionaria” en “Socialismo y
barbarie”,Nro.39
(9)
J. Laplanche y J. B. Pontalis, Diccionario de Psicoanálisis
(10)
Freud, luego de haber separado tajantemente pulsiones de autoconservación
(del Yo) y pulsiones sexuales (libido), llegará-luego de introducir la noción
de narcisismo- a un monismo de la libido que puede investir al Yo o a los
objetos. Siendo la pulsión de autoconservación regida por la libido del Yo.
(11)
Marx; “El carácter fetiche de la mercancía y su secreto”, “El
Capital”-Cap.IV.
(12)
N. Poulantzas; “La concepción marxista de las ideologías”.
(13)
Podríamos preguntarnos (sin poder confirmarlo en ste texto ya que sería
necesario desarrollos precisos y rigurosos) si la diáspora efectiva del pueblo
judío-en tanto respuesta a una imposibilidad histórica de una vida de
ordenamiento en Israel- haya favorecido en este pueblo las capacidades
inventivas tanto en el plano comercial como en el científico (importancia de
los judíos en la construcción del capitalismo comercial (subrayada por W.
Sombat en “The jews and the modern capitalism), técnico, artístico y político
y si las persecuciones de las que fueron objeto no pudieron haber sido causadas
en parte por el miedo que producía el hecho de que mostraran ciertas vías
interdictas y que pudiese haber sido identificado con el pueblo imaginario (el
lenguaje de la potencia a partir de una impotencia real, el lenguaje de lo
diferido, del proyecto imposible provocador de rupturas, y diciendo también lo
que no podía confesarse en voz alta (“El año próximo en Jerusalén”).
(14)
El lenguaje jurídico expresa esta noción por medio de la frase “El
muerto coge al vivo”. No se trata tan sólo de una metáfora.
(15)
Bajo ciertas modalidades que serán exploradas más adelante.
(16)
E. Enríquez; “Métodos centrados en el grupo”en “La formación
psicosociológica en las organizaciones” y J.C. Rouchy; “Fenómenos
inconscientes en los grupos y las organizaciones”.
(17)
Luego de una conferencia sobre las organizaciones voluntarias- Documento
dactilografiado.
(18)
Reich había señalado acentuadamente esta colusión de las masas
alemanas en su Psicología de masa del fascismo, Payot, París.
(19)
Bajo esta perspectiva sería interesante hacer un inventario de las
vestimentas y de la “coquetería” del cuerpo docente. En general, todo el
mundo va vestido de modo deslucido, no provocador. El enseñante “playboy” o
la enseñante seductora son particularmente mal aceptados.
(20)
O más exactamente lo propuesto por aquellos que poseen el derecho de
hablar en la organización y que hablan en nombre de ella.
(21)
J.C. Rouchy ha señalado el carácter fantasmático de todo grupo en la
organización.
(22)
Se sabe del éxito –en EEUU y Europa- en el medio de jefes de empresa,
de la teoría de la emergencia de las necesidades de A. Maslow, éxito
comprensible por cuanto Maslow, al evacuar la categoría del deseo, expulsa al
mismo tiempo la dramática conflictual. No queda más que una escala lineal de
necesidades que pueden ser satisfechas poco a poco, ya que las más complejas no
emergerían sino en la medida en que las más simples hayan sido tomadas en
cuenta. Son las mismas para todos los hombres y, por tanto, podrán encontrar
objetos seguros a los cuales investir. El rol de los jefes será pues estar
atentos a las necesidades de modo de situar en el momento preciso el buen objeto
preciso, permitiendo así alcanzar la satisfacción.
(23)
O más exactamente, la
organización fantasmática, tal como ha sido definida por los dirigentes y tal
como ha sido interiorizada por sus miembros.
(24)
Lagache escribe a propósito de este tema “El Superyo corresponde a la
autoridad y el Ideal del Yo, a la manera cómo el sujeto debe comportarse para
responder a la meta que la autoridad le señala”
(26) Y- al mismo
tiempo, paradojalmente- las condiciones de una desalienación
posible.
(27)
Referido a este tema, Sociología del trabajo II-1967, y un interesante
estudio de Claude Orsoni: “A propósito del concepto de alienación social”.
(29)
Jean Oury ; “Algunos
problemas teóricos de psicoterapia institucional”, en
Recherches, Sept., 1967.
(30)
Jean Paul Sastre; Situaciones
I- Gallimard, París.
(31)
Estas distinciones entre dos grandes tipos de
problemas han sido propuestas por G. Palmade en “Estudios de problemas”,
documento interno EDF.
(32)
Uno de los fenómenos más interesantes de Mayo del
68 era la imposibilidad de previsión. La palabra, perteneciente a todos, se abría
paso por vías sorprendentes que escapaban a todos. Todos aquellos que quisieron
instrumentalizar este hecho
se quebraron la cabeza.
(33)
Levi-Strauss escribe- a propósito de esto- en su
introducción a la obra de Marcel Gauss: “puesto que, hablando propiamente, es
el que llamamos sano de espíritu quien se aliena, puesto que consiente en
existir en un mundo definible por la relación de Yo(Moi) y otro”.
(34)
Freud percibió bien este fenómeno cuando dijo:
“El infierno sería el mundo librado a los niños de cuatro años”. A esta
edad el niño vive bajo la modalidad de la omnipotencia y considera al otro como
simple instrumento de su satisfacción, al que puede morder e incorporar.
Lo “Todo es posible” abre a un mundo de canibalismo y destrucción.
(35)
“Las fuerzas pulsionales que tienden a conducir la
vida hacia la muerte, pudieran operar en ellos (los seres vivos) desde el
origen, pero sería muy difícil comprobar directamente su existencia y
presencia, siendo sus efectos marcados por fuerzas preservadoras de la vida”;
S. Freud “Más allá del
principio del placer”.
(36)
Utilizamos simbólico en el sentido definido por
Levi-Strauss: “Toda cultura puede ser considerada como un conjunto de sistemas
simbólicos en cuyo primer nivel se ubicaría el lenguaje, las reglas
matrimoniales, relaciones económicas, arte ,ciencia, religión”.
(37)
“La finalidad de Eros es instituir unidades
siempre más extensas y así mantener la vida: es la ligazón, el vínculo”.
S. Freud, “Malestar en la cultura”-1970.
(38)
Es lo que Reich recalcó en “Qué es la conciencia
de clase”-G. Sincluikoff, 1971.
(39)
La crítica más penetrante a la obra de Marcase nos
parece la de J. Laplanche, en su estudio :”Notas acerca de Marcuse y el
psicoanálisis”, en La Nef, 36,1969.
Laplanche
subraya la ausencia total del concepto de represión en el universo marcusiano.
Es así como es “escotomizada una dimensión esencial del psicoanálisis,
sin duda, la más original”.
(40)
“G. Bachelard:el agua y los sueños”, José
Corti.
(41)
“Es necesario tener un caos en sí mismo para dar
a luz una estrella que danza”. Nietzche.
(42)
“Se comprende que Eugenio Sue haya podido escribir
acerca de un bebedor meditante:”Y si esto puede ser dicho, él escuchaba
durante un instante, saborear la fragancia del vino”. Se abre entonces el
juego infinito de imágenes. Pareciera que el lector fuera invitado a continuar
las imágenes del escritor; se siente en estado de imaginación abierta, recibe
del escritor el permiso pleno para imaginar”. G. Bachelard, la tierra y las
ensoñaciones del descanso, J. Corti.
(43)
Este punto será desarrollado en un estudio que
aparecerá en el número 4 de Connexions, bajo el título: “Problemática del
cambio”.
(44)
El estudio que realizó Spitz en niños
hospitalizados, los que recibían tan sólo cuidados físicos y no relaciones
constantes entre enfermeras y bebés. A esta
situación de los niños la llamó hospitalismo.
(45)
Weber, notando que el poder era el uso legítimo de
la violencia muestra-al mismo tiempo-la máscara que deben ponerse todas las
instancias represivas para fundarse y perdurar. “Economía y sociedad”.
(46)
Por esta razón es que la clase dominante es siempre
la que niega. Y es la razón de la existencia de clases sociales y de la lucha entre tales clases. Admitir
esta existencia es reconocer que el poder se funda en relaciones de fuerzas, en
lugar de ser el conjunto de voluntades individuales.
(47)
La prisión industrial tiene por función (si bien
no explícita) usar la fuerza y matar: importancia de los accidentes de trabajo,
enfermedades profesionales, esperanza de vida limitada.
(48)
Y del goce de los verdugos que dan muerte.
(49)
Y ello no puede ser de otro modo puesto que el
sentido no emerge sino del lenguaje. La supresión del lenguaje es la emergencia
del no-sentido, definitivamente.
(50)
Si hay represión hay retorno de lo reprimido. El síntoma
tendería a separar la representación del afecto que la acompaña. En la
histeria el afecto viene a inervar una parte del cuerpo y la representación es
reprimida. Diccionario de Laplanche.
VER ARTICULOS: “El trabajo de la muerte en las instituciones”
R. Kaës
“ Del asesinato al grupo, del grupo al Estado” Ilusión Grupal Nro.7
I N D I C E
INTRODUCCION
………………………………………………..
I.
LA OTRA ESCENA Y LA FUNCION
IMAGINARIA…………………
a)
Lo imaginario bajo la forma del Pp. Del
placer……………………………..
b)
Lo imaginario participa del Sistema
Inconsciente…………………………..
II.
EL IMAGINARIO Y LAS
ORGANIZACIONES………………………….
a)
La Organización como lugar de lo
imaginario……………………………….
b)
El deseo de omnipotencia y la erotización de los vínculos
sociales………….
c)
La institucionalización y la relación de sumisión……………………………..
III.
LA REPRESION
ORGANIZACIONAL……………………………………..
a
) La
distinción
dirigente-dirigido…………………………………………………….
b
) El puesto
de
trabajo………………………………………………………………...
c
) La
palabra………………………………………………………………………….
Texto traducido del francés por
Marcella Chiarappa C.