SUBJETIVIDAD,
TRABAJO E INSTITUCION
Miguel Matrajt
NOSOTROS
LOS ULTIMOS
Las
relaciones entre subjetividad y trabajo, han sido abordadas casi desde los
albores de las civilizaciones aunque con denominaciones diferentes. Y no me
refiero a las descripciones del trabajo o a su normatividad, sino al
significado psíquico del mismo. Paradójicamente nosotros, los
"especialistas" en la subjetividad, hemos sido los últimos en pedir
nuestra admisión al club, y no solamente por el hecho de ser una disciplina
menos vieja que otras que mencionaremos.
El
sentido (en una acepción estrictamente subjetiva) del trabajo para quién lo
realiza y para quién lo teoriza, es muy claro en la antigüedad. En la Biblia
se condensa en un anatema, que le da un significado prístino: el trabajo es un
castigo, que se impone a los pecaminosos y rebeldes, extensivo a toda su
descendencia. La imposición recoge y condensa una concepción de entonces que
se extenderá hasta el siglo XX: el trabajo es algo para esclavos, para pobres,
para los socialmente inferiores. Es un mal necesario al que, sólo por un golpe
de suerte, de herencia o de acumulación de riquezas, se puede escapar. Incluso
dos colosos del pensamiento como Marx y Engels, no dudan en afirmar que todo
trabajo asalariado es trabajo alienado, y conciben la liberación
a través de una utopía tecnológica futurista: las máquinas que
reemplacen la labor humana.
En otras palabras, esclavos robotizados, que eximirían a los humanos de una
labor perniciosa y degradante. Curiosamente, el mismo Engels escribe también lo
contrario: "el trabajo es lo que hace al hombre: hombre". Esta
contradicción no hace sino
expresar la dificultad para adjudicar al trabajo toda la enorme potencialidad
creadora de subjetividad, de salud y de enfermedad mental.
Los
artistas plásticos de todas las épocas han tomado al trabajo, más exactamente
a los trabajadores, como inspiración y objeto creativo. No me refiero a la
dimensión puramente estética, sino a la penetración en los significados,
particularmente los dolorosos. Dentro de la escultura, cabe mencionar los clásicos
griegos hasta culminar en Rodin. La pintura renacentista y postrenacentista,
particularmente la flamenca y la española, abundan en ejemplos de distintos
tipos de trabajadores, expresando gozo o penuria. Pero, sin duda, la pintura de
la segunda mitad del siglo XIX, partiendo de Millet, y de todo el siglo XX, con
alturas como las que consigue Munch, ha arrojado una mirada muy penetrante a la
interioridad de los trabajadores. La música, con ejemplos muy destacados en
Honegger y Shostakovich, así como el teatro y el cine, no han dejado espacio
sin explorar, desde el clásico Tiempos Modernos de Chaplin hasta la actualidad.
La
literatura tomó, durante milenios, y desde la ideología imperante en cada
momento histórico, temas más
“importantes”: reyes, dioses, guerreros, héroes, mártires y amantes. Si
bien hay tímidas incursiones en Rabelais, Molière, Voltaire, Cervantes, Goethe
y Rousseau, es hasta el advenimiento de la novela moderna rusa y francesa de la
segunda mitad del siglo XIX que el trabajo adquiere rol de protagonista. Sin
duda, la figura central para un análisis de este tipo es Emile Zola.
LOS
PRIMEROS ENTRE LOS ULTIMOS
Duele
aceptarlo, pero los primeros psis. que incursionaron en este tema fueron los que
siguieron las líneas teóricas e ideológicas de Taylor (1972) y Mayo (Muller
1968). El primero, centrado en el saber/hacer
del trabajador, y el segundo, interesado en el pensar/sentir, tuvieron
como objetivo primordial el rendimiento (Duval 1973), en términos estrictamente
productivos materiales. De esa forma, ellos devienen en ingenieros del
comportamiento, y el trabajador en una máquina más. Surge así toda una línea
de conocimiento y de intervención que va a recibir diversos nombres: psicología
laboral, psicología industrial, psicología organizacional, etc., y que continúa,
con singular vitalidad, hasta nuestros días. Eso sí, trasvistiendo su esencia
con nuevos nombres. Pero, ¿qué es lo que hay debajo de esa profusión semántica? Cuatro constantes, que hacen de meridianos centrales
organizadores tanto del pensamiento como de la práctica:
Desde
un punto de vista ideológico lo importante es el rendimiento, no el trabajador.
El psicólogo laboral está al servicio de la patronal, sea a nivel de diseño
ergonómico o como “mecánico” que arregla desperfectos humanos.
Desde
un punto de vista epistemológico el paradigma de estudio es la relación
causa/efecto. Esto remite a una posición filosófica para la cual la persona es
sólo lo externo a ella, o sea los
comportamientos.
Coherentemente
con lo anterior, desde un punto de vista teórico específico lo que se estudia
son los estímulos apropiados para conseguir las conductas buscadas. La
subjetividad es la caja negra, cuyo misterio no se propone revelar. Las
principales fuentes de conocimientos son los trabajos de campo en la empresa. El
pragmatismo lógico es su emblema.
Desde
el punto de vista de la acción profesional el “experto” decide por su
cuenta, o con otros expertos, pero el trabajador no opina, ni menos aún,
decide.
Veremos
a lo largo de este escrito cuales de estos principios se mantienen y cuales son
cuestionados por las principales corrientes que se han ocupado del tema.
LOS
PRIMOS HERMANOS DE LOS ANTERIORES
Si
se me perdona la metáfora vulgar del título precedente, podremos ver que hay
dos corrientes, sin dudas las más difundidas en la actualidad, que conservan a
pleno los tres últimos principios básicos señalados, diferenciándose, a
veces, en el primero. Nos referimos a la neuropsicología y la corriente del
estrés.
La
neuropsicología aplicada al trabajo se incorpora al tema por exigencias de la
ergonomía tradicional, ávida de conocimientos más precisos que le permitiesen
operar en la empresa con mayor eficacia. Si bien la neuropsicología está más
ligada a las neurociencias de laboratorio (Ardilla 1986), y fue muy desarrollada en los países del “socialismo real” (Predvechni 1986),
su distancia de los objetivos empresariales para tomar en cuenta las necesidades
humanas de los trabajadores fue más discursiva que auténtica (Schaarrsmidt
1983). En tanto mantuvo incólume los otros tres principios y su relación con
la dirección de la empresa no fue directa sino mediatizada por los ergónomos,
su servicialidad ha sido más que evidente. Las diferencias con la psicología
laboral son de tres tipos:
El
método, riguroso en cuanto a su cientificidad, y el hecho de que las
principales investigaciones fueron en el laboratorio
Los
objetos de estudio, referidos, las más de las veces a estímulos físicos,
químicos o fisiológicos, y sus impactos sobre atención, memoria, cognición,
respuesta muscular, etc.
El
nivel de teorización, siguiendo las pautas de las neurociencias.
Una
subespecialidad de gran relevancia es la neurotoxicología (Johnson 1990). Sus
aportes son imprescindibles en el terreno industrial. El autor de estas líneas,
en colaboración con otros investigadores, ha llevado a cabo intervenciones en
empresas utilizando una batería (NTBC) aconsejada por la OMS (WHO 1992).
La
corriente del estrés es una variante de los principios epistemológicos y teóricos
específicos ya apuntados. Conserva el esquema estímulo/respuesta, con
prescindencia total del psiquismo que recibe y procesa los estímulos y las
respuestas (Levi 1992). Pero estos últimos son diferentes a los anteriormente
señalados: para esta corriente, los estímulos a estudiar son los que expresan
la organización del trabajo (Levi y Anderson 1987) (tiempos, ritmos, normas,
tipos de tareas, exigencias, apoyos, etc.) y la respuesta es la reacción
neuroendocrina. Las investigaciones iniciales fueron en el laboratorio,
siguiendo una metodología impecable, pero luego fueron trasladadas al sitio de
trabajo, y su marco teórico fue ampliado para abarcar la dimensión social. Así
surge, con L. Levi (1983), el concepto de condiciones psicosociales del trabajo.
Esta corriente conjunta lo mejor de las ciencias duras (investigación de
laboratorio, metodología rigurosa, comprobación
de resultados) con una aproximación social, ya no centrada sólo en el
rendimiento de los empleados, sino también en el bienestar físico y psíquico
de los mismos. Sin embargo, y por razones semejantes a todo lo que hemos
analizado, la subjetividad es omitida, reemplazándose su estudio por una
epistemología positivista centrada en el estímulo/respuesta. Esta corriente
tiende algunos puentes hacia otras disciplinas, fundamentalmente las ciencias de
la salud y la ergonomía tradicional, sin preocuparse demasiado por las
precisiones epistemológicas. Dos discípulos de Levi, R. Karasek y T. Thorell
(1990) continuaron con la tarea; el segundo es el autor de un modelo muy
difundido en Europa.
¿POR
QUE EL PSICOANALISIS LLEGO TAN TARDE?
No
es el caso acusar o exculpar a los psicoanalistas por lo que no han
hecho, sino de entender las características inherentes a la disciplina que no
permitieron plantearse estos problemas por muchas décadas. Ante todo, es
menester dejar sentado que no hay un psicoanálisis, sino casi tantos como
psicoanalistas. ¿Cómo orientarse en esta torre de Babel, en la cual todos se
auto atribuyen ser los únicos auténticos psicoanalistas? Una distinción
operativa a los fines de este escrito es entre las corrientes hegemónicas (las
que tienen más adeptos y más posiciones de fuerza en el concierto
internacional) y las corrientes cuestionadoras. ¿Cuáles son las características internas de las corrientes
hegemónicas que impiden acceder a los fenómenos que nos ocupan,
independientemente de la voluntad de sus adeptos? Básicamente son seis:
El
supuesto que la evolución psíquica tiene un punto de llegada en algún momento
de la primera infancia, que organiza todas las experiencias anteriores, y que
por ende se convierte en punto de partida para la vida psíquica ulterior. Por
ejemplo, el Complejo de Edipo. Esta concepción es una versión psicológica de
la filosofía platoniana de las
esencias y las repeticiones.
De esta forma, cualesquiera sea el “momento”, etapa o estructura infantil
que la corriente tome como concreción y punto de partida de las repeticiones
posteriores, el trabajo no tiene ningún papel central.
Obviamente,
este principio excluye de facto toda influencia social directa en la producción
de la subjetividad, quedando ésta reducida al ámbito familiar, a las
relaciones más estrechas acontecidas en la primera infancia. Así, el trabajo
no tiene cabida como elemento importante en su constitución.
Corolario
de lo anterior, los aspectos del psiquismo sano y enfermo que se tomen en cuenta
(identidad, carácter, narcisismo, síntomas, etc.) son efecto solamente de la
constitución de esa estructura básica.
Los
psicoanálisis hegemónicos le conceden al trabajo el mismo rol que a cualquier
otro acontecimiento de la vida adulta: ser incluidos en la tercer serie
complementaria, esto es como factor desencadenante de una disposición infantil.
Por
añadidura, los psicoanalistas han sido muy reacios a la interacción con otras
disciplinas. En el extremo están las posturas lacanianas, que consideran que no
hay motivos para un tal encuentro, salvo con la lingüística de De Saussure o
el estructuralismo de Levi Strauss. O, peor aún, que el psicoanálisis tiene
como función agregada ser el dictaminador de la cientificidad de las demás
ciencias sociales, cuando no su analizador epistemológico. Otras posturas, como
muchas corrientes norteamericanas, plantean una interacción multidisciplinaria,
esto es un desarrollo en paralelo sin mayor profundidad epistemológica.
La
mayoría de los psicoanalistas comparten un prejuicio valorativo: el verdadero,
para algunos el único, espacio para la práctica del psicoanálisis, es la
relación bipersonal clásica, en el ámbito del consultorio privado, sin más
objetivo que el conocimiento del inconciente, sin más cartografía que el
surgimiento libre de contenidos totalmente inéditos y absolutamente únicos de
ese analizando. Toda práctica diferente, toda intención de aliviar el
sufrimiento de grupos mayores, es visualizada como una desviación propia de
demagogos o retardados mentales. Y si bien algunos lo somos, es inocultable la
toma de postura ideológica que supone esa posición. Para el autor de estas líneas,
psicoanalista clínico desde sus inicios hasta la actualidad, la decisión de
llevar el conocimiento del psicoanálisis a otros ámbitos y la búsqueda de
alivio del sufrimiento humano en diferentes contextos ha sido y seguirá siendo
un meridiano central de su quehacer profesional.
LOS
OTROS PSICOANALISIS
¿Qué
cambios intradisciplinarios fueron necesarios para poder tener otra perspectiva?
En primer lugar, plantearse la constitución del psiquismo no como un hecho
universal y a-histórico (le atribuyamos un origen divino o biológico), sino
como un efecto de una serie de factores familiares y extrafamiliares en cada
particular contexto sociohistórico. En otras palabras, postular una producción
social de la subjetividad. En segundo lugar, abandonar la afirmación que
existen puntos de partida y de llegada, como los que veíamos en el apartado 3,
que encierran la estructuración de la personalidad en una etapa arcaica de la
evolución. A tal fin, se hizo imperioso aceptar que el inconciente se
estructura,se desestructura y se reestructura constantemente a lo largo de toda
la vida, abierto a la influencia de múltiples flujos individuales y sociales.
Por ejemplo, la influencia de los medios masivos ha sido más que demostrada. En
tercer lugar, ha sido menester formular una relación más rigurosa con otras
disciplinas, y, a partir de la interpelación a la que ellas nos han sometido,
hubo que reformular algunos de nuestros conceptos intradisciplinarios. Last but
not least, la toma de conciencia del rol social del psicoanalista, y el deseo
(en sentido freudiano y deleuziano) de elegir la servicialidad de la práctica.
Haremos
un tan brevísimo como incompleto recuento de los hitos básicos de este
itinerario, sólo como recordatorio de aquello que nos ha aportado al campo que
nos ocupa en este escrito. Desde nuestro modesto punto de vista, comienza con W.
Reich 13 y su concepto (solo enunciado, casi no desarrollado) que existe
producción social de deseo. Concepto tan revolucionario, que no pudo ser
entendido en toda su magnitud, ni siquiera por su mismo creador. Reich prefiere
centrarse en otra idea, igualmente revolucionaria, pero menos afortunada teóricamente:
el isomorfismo entre la represión psíquica y la social. E. Fromm (1960), que
algunos sitúan como culturalista, pero que él prefería ser considerado como
freudomarxista, formula una serie de críticas al psicoanálisis oficial (por
entonces el freudiano), que escapan a los límites de este escrito. Sólo
rescataremos un concepto fundamental: la teoría del carácter social. Fromm
postula, ¡nada menos!, que el carácter de los individuos está socialmente
producido, con el objetivo de asegurar una inserción social
acrítica y sometida, y para
dotarlo de una serie de particularidades yoicas necesarias para incorporarse con
máxima eficiencia a los trabajos de su capa
de clase. Este autor lleva a cabo varias investigaciones de campo en este
sentido, incluyendo la utilización de un instrumento que había desarrollado
con Adorno: un cuestionario sociopsicoanalítico.
Si bien hace incursiones en el terreno que nos ocupa, con investigaciones
antológicas con campesinos (Fromm 1982) y mineros, sus seguidores abandonan
esta perspectiva. El movimiento de los culturalistas (Horney 1960) es el primer
intento serio de relación del psicoanálisis
con otras disciplinas de frontera (Malinovsky 1958), particularmente la
sociología y la antropología. Nos lega muchos trabajos de campo que fueron
pioneros, así como un postulado teórico: la producción social del superyo.
El
freudomarxismo (Schneider 1973) de los sesentas y setentas (cuyo punto más
conocido es la nueva Escuela de Frankfurt) es un intento de sistematizar las
relaciones entre estas dos disciplinas, partiendo de una lectura rigurosa de
ambas, y el intento (desde mi modesto punto de vista fue fallido) de establecer
puentes epistemológicos. El punto culminante de esta trayectoria son las teorías
de Deleuze y Guattari (1974), tanto por su elaboración teórica (1980a) como
por el cuestionamiento sistemático de todos los conocimientos psicológicos y
sociales (1980b). La monumental obra de estos pensadores es imposible de
sintetizar en estas páginas. Sólo me remitiré a algunos conceptos que son
indispensables para el tema que nos ocupa (Baremblitt 1998). En primer lugar la
producción social de la subjetividad, lo cual significa, en estos autores, la
producción de deseos, de pulsiones, de prohibiciones, de formas operativas, de
valores, de normas. Desde su perspectiva, hay algunas producciones claves: la de
carencia, y, por ende, de deseo; la de registro, y, por consiguiente la de
información y desinformación; la
de deseo de producción y antiproducción, o en otros términos, la producción
de búsqueda de lo nuevo y revolucionario,
y su contrario, la producción de repeticiones.
OTRA
HISTORIA, MAS CERCANA
Estos
otros psicoanálisis dan lugar, por supuesto, a otras prácticas. También podríamos
haberlo dicho al revés, y sería igualmente válido: otras prácticas dieron
lugar a otros psicoanálisis. En relación con el tema del trabajo, hay dos
epicentros que ocasionaron otros tantos desarrollos en el tema de la
subjetividad y el trabajo. Uno tiene lugar en América Latina. Lo describiremos
en detalle en otro apartado.
El
otro se desarrolla en Francia. Inicialmente, no es desde el psicoanálisis, sino
desde la fenomenología y la psiquiatría. ¿Por qué en Francia? Sin duda
porque era el país en el cual la medicina del trabajo tenía más presencia, y
mayor contenido social. Así los primeros estudios se relacionan con aspectos médicos
laborales, y surgen emparentados con cuestiones jurídicas y administrativas,
como las enfermedades profesionlaes. Pero la presencia de tres pioneros marca la
diferencia: P. Sivadon (1969), C. Veill (1999) y A. Fernández-Zoila (1985). ¿En
qué consiste esa diferencia? En plantearse qué le hace el trabajo al hombre. A
esto lo llaman psicopatología del trabajo.
El
abordaje fenomenológico (Sivadon y Fernández-Zoila 1982) se centra en la
vivencia. De esta forma se comienza a discriminar el tiempo de los ergónomos
(el del cronómetro y el calendario) del tiempo vivido, el espacio de
los ingenieros del espacio vital humano, el rendimiento laboral de los
administradores de la realización existencial en y por el trabajo (Fernández-Zoila
1999). Y los anteriores fueron sólo algunos ejemplos. Estas primeras
aproximaciones se situaban en las antípodas de las corrientes analizadas en
apartados anteriores, en tanto casi no tomaron en cuenta los estímulos porque
estaban centradas en la subjetividad (Axelos 1969). En otras palabras, el
trabajo real se subsumía en la vivencia que el trabajador tenía de él, ya que
no era estudiado en sí mismo, sino
deducido a partir del impacto subjetivo que producía. Por otro lado, la teoría
con la que se abordaba la subjetividad era la fenomenología, y si bien algunos
de estos investigadores, como Fernández-Zoila,
un verdadero erudito y pensador con profundísimos conocimientos de
psicoanálisis (Fernández-Zoila 1995), el inconciente casi no fue tomado en
cuenta.
A
mediados de los setentas C. Dejours (1985) toma el protagonismo de la escena
francesa. Con una sólida formación psicoanalítica, que incluye la práctica
del psicoanálisis clínico, y una auténtica apertura interdisciplinaria, funda
una corriente que inicialmente mantiene el nombre de “psicopatología del
trabajo”, para luego cambiar a psicodinámica del trabajo 3(1998), y cuyos
puntos esenciales son los siguientes (1993):
Si
bien retoma los aportes de la fenomenología, el psicoanálisis es la teoría de
la subjetividad que utiliza. De éste, podemos reconocer algunas fuentes básicas:
Laplanche, la psicosomática de Marty (1976), una tópica de la escisión y la
importancia del análisis de las defensas.
El
paradigma central que utiliza es la relación entre dos fenómenos: el trabajo
real y la subjetividad. O sea que el primero no es reducido a la fantasía que
de él se tiene. Y para estudiar esos dos fenómenos, recurre a las disciplinas
del trabajo (la ergonomía “francófona” (Daniellou 1996) en primer término)
y al psicoanálisis. Con el correr del tiempo abre el campo
a otras disciplinas, en sus aportes específicos al trabajo: la sociología,
la lingüística, la economía y la antropología. La línea epistemológica que
sigue es la de monismo anomal de Davisson (1982), esto es que hay fenómenos que
son unívocos en su esencia (en este caso la interrelación entre condiciones de
trabajo y subjetividad) pero no hay normas que regulen su interacción.
Dejours
(1993) prefiere elaborar teóricamente alrededor de pocos términos. Así, el
centro de sus postulados son el placer y el sufrimiento en y por el trabajo;
ante el sufrimiento, estudia las defensas, tanto las individuales como las
colectivas. Estos dos parámetros
son más que seductores, pero en la conceptualización de Dejours no siempre se
distingue en que nivel topográfico los sitúa ni menos aún se discrimina que
puede haber placeres alienados o sufrimientos que representan un alto nivel de
conciencia. Aunque este autor no lo
explicita, sin duda abandona la idea de un núcleo infantil fundante al que se
deban remitir todas las vivencias actuales; el puente entre lo infantil y lo
actual, referido al trabajo, lo explica a través de un mecanismo que denomina
resonancia metafórica.
Su
posición ideológica es muy clara : su quehacer está al servicio del
trabajador, su objetivo es mejorar la calidad de vida en
el trabajo, su práctica profesional parte del requisito que los
trabajadores involucrados deben no sólo efectuar la demanda sino también
participar libremente en la investigación/acción y en la puesta en marcha de
los cambios.
Su
metodología es igualmente clara (Dejours 1995). Se apoya en cinco puntos: a) la
demanda debe emanar de los empleados y debe estar centrada en la elucidación de
su sufrimiento en el trabajo; b) debe haber acuerdo de la dirección; c) los
trabajadores que participen en la investigación deben hacerlo voluntariamente;
d) la recolección del material se hace sólo en el seno de pequeños grupos; e)
los investigadores deben hacer un
reporte escrito y someterlo a la validación de los destinatarios. Cuando
abordemos nuestra postura plantearemos algunos contrastes. En este párrafo sólo
remarcaremos uno: la metodología que propone sólo se aplica para pequeños
grupos y sólo tiene función correctiva. En otros términos, se deja de lado la
posibilidad de trabajar con empresas medianas y grandes (Dejours trabaja en
ellas, pero en el ámbito de pequeño grupo), de abordar una dimensión
sanitaria (una región, una rama empresarial, un país) o de plantear promoción
de la salud o prevención primaria.
Algunos
de los seguidores (Molinier 1999) de Dejours han concentrado su atención, al
igual que los fenomenólogos, en la subjetividad, dejando de lado el análisis
directo de las condiciones de trabajo (Pez 2002). De esta forma, el trabajo real
deviene en un fantasma (o fantasía), en nada diferente de otros fantasmas que
aparecen en las asociaciones de un paciente.
A
MANERA DE SINTESIS PROVISORIA
En un intento (que, después de leerlo quizás suscite una sonrisa
burlona en el lector) por poner un poco de claridad en la exposición
precedente, nos reduciremos a unos pocos puntos en las corrientes que hemos
descrito.
Desde
un punto de vista epistemológico (Matrajt 1996a), existen quienes se centran en
la relación estímulo/respuesta (psicología laboral, neuropsicología,
corriente del estrés), quienes se centran en la subjetividad (fenomenología) y
quienes procuran abordar la interrelación entre condiciones de trabajo y
psiquismo (psicodinámica del trabajo, nuestra postura)
Desde
el punto de vista de los factores (Matrajt 1986) a tomar en cuenta, hay quienes
laboran con la organización (psicología laboral), con estímulos físicos, químicos
y biológicos (neuropsicología), con las condiciones del trabajo (corriente del
estrés) o con la intersección entre las condiciones humanas del trabajo y la
subjetividad (psicodinámica del trabajo y nuestra postura).
Desde
el punto de vista de las respuestas (Matrajt 1994a) a obtener, hay quienes
buscan el rendimiento productivo (psicología laboral, en parte la neuropsicología),
y quienes buscan mejorar las condiciones existenciales, de salud y de bienestar
de los trabajadores (corriente del estrés,
la fenomenología, la psicodinámica del trabajo y nuestra postura).
Desde
el punto de vista de obtención de datos de investigación, hay quienes se
centran en el laboratorio experimental (neuropsicología, el inicio de la
corriente del estrés), quienes sólo
toman las vivencias del trabajador (fenomenología, algunos de los seguidores de
Dejours) y quienes toman la intersección entre condiciones de trabajo y
subjetividad (psicodinámica del trabajo y nuestra postura).
Desde
el punto de vista de relación con otras ciencias, hay quienes se orientan a las
disciplinas de la empresa (psicología laboral) hay quienes sólo dan cabida a
las ciencias duras (neuropsicología) o quienes procuran una relación epistemológica
rigurosa con otras ciencias sociales y biológicas (psicodinámica del trabajo,
nuestra postura).
Desde
el punto de vista del objeto (fenómeno) de estudio, hay quienes se vuelcan al
accionar humano dentro de la
empresa (psicología laboral, neuropsicología, corriente del estrés)
quienes se concentran en la subjetividad (fenomenología) y quienes toman
como objeto las relaciones entre condiciones de trabajo y subjetividad (psicodinámica
del trabajo). Nosotros estamos en esta última postura, pero desde una
perspectiva singular, en tanto podemos tomar como unidad de análisis la empresa
o la sociedad, como veremos más adelante. No confundir el objeto empírico, o
fenómeno a estudiar, de la unidad de análisis, del objeto teórico. Son tres
niveles epistemológicos y metodológicos diferentes.
Desde
el punto de vista de la magnitud de la acción, hay quienes se centran en los
individuos o los pequeños grupos (fenomenología, psicodinámica del trabajo) y
quienes buscan una amplitud mayor, hacia la empresa grande o hacia las
dimensiones sanitarias (psicología laboral, neuropsicología, corriente del
estrés, nuestra postura).
Desde
el punto de vista de la servicialidad (quien se beneficia con la acción del
especialista) hay corrientes que se ubican esencialmente del lado de la empresa
(psicología laboral y en parte la neuropsicología) y otras que desprecian los rendimientos, buscando el beneficio del
trabajador. Nuestra postura intenta superar este dilema, que consideramos
obsoleto.
Desde
el punto de vista de la práctica profesional, hay quienes laboran como los
expertos, esto es los que saben del tema y por consiguiente los únicos que dan
conclusiones y sugieren prescripciones (psicología laboral, neuropsicología,
en parte la corriente del estrés); por otro lado, hay quienes postulan que sólo
se puede intervenir con aquellos trabajadores que lo demandan y están de
acuerdo (la psicodinámica del trabajo, en parte la fenomenología). Nuestra
postura intenta superar esta antinomia, que consideramos falsa.
NUESTRA
POSTURA
Nuestra postura se desarrolla en Latinoamérica. ¿Por qué allí? Porque
los replanteos ideológicos y las luchas políticas condujeron a una revisión
de teorías científicas y prácticas profesionales (Langer 1971), así como a
una mayor cercanía con las luchas populares. En este contexto, lógicamente
tienen cabida tanto las reformulaciones del psicoanálisis como la apertura a
nuevos campos de aplicación. El autor de estas líneas comienza sus primeras
investigaciones/acciones en salud mental y trabajo en Argentina en 1974. Por
entonces, utilizaba la entrevista individual y grupal de orientación psicoanalítica,
y procuraba inteligir las relaciones entre profesiones (yeseros, metalmecánicos,
mineros y telefonistas) y psicopatologías.
Ya instalado en México (1976) continúa las investigaciones, pero rápidamente
cambia la orientación en dos sentidos: amplía las herramientas de investigación/acción,
como veremos más adelante, y cambia el epicentro teórico, buscando entender
que características del trabajo producen qué cambios en la subjetividad, sana
y/o enferma (Matrajt1992). Posteriormente,
reformula el objeto de estudio, al conceptualizar
las relaciones entre trabajo y subjetividad dentro de una institución, y
ésta dentro de un sector de la sociedad (Matrajt 1999).
Así mis acciones en este terreno se desarrollan en tres ámbitos
distintos, aunque a veces fuesen atendidos simultáneamente: lo personal a
profundidad, centrado en la subjetividad; lo intermedio, atravesado y
determinado por la institución/empresa, y lo macrosocial, entendido a dimensión
sanitaria.
Trataremos de seguir la misma lógica expositiva que para las otras
corrientes.
Nosotros
hemos pasado de considerar aisladamente a la relación condiciones de
trabajo/subjetividad, para incluirlas sistemáticamente en un contexto reducido,
la institución (Matrajt 1991a), y a ésta en un contexto amplio, la sociedad,
o, incluso, las relaciones geopolíticas. Para entender mejor las relaciones
entre sujeto e institución, y ambos con la sociedad, hemos creado un nuevo
concepto sociológico, el modo de organización social (Matrajt 1987),
que da cuenta de las configuraciones regionales de organización social.
Para
abordar fenómenos tan disímiles y de amplitud y características tan
diferentes, hemos utilizado la epistemología de los sistemas complejos, que
Rolando García (2002) desarrolló a partir de la epistemología general de
Piaget (1978). Constituye, según nuestro modesto punto de vista, la aproximación
más abarcativa al mundo de la interdisciplina (Piaget y García 1983).
Obviamente,
nos hemos inclinado por otros psicoanálisis distintos de aquél que definimos
como hegemónico. La aproximación que seguimos es la de Deleuze y Guattari.
Incluso
esta teoría de la subjetividad es insuficiente para dar cuenta del campo que
nos ocupa. Por supuesto, este campo está en la intersección de muchas
disciplinas, a las que convocamos para explicar los distintos fenómenos que
estudiamos y queremos modificar. Esta posición interdisciplinaria estricta y
rigurosa la operacionalizamos con la epistemología de los sistemas complejos
(García 1988). Las disciplinas básicas que intervienen en nuestro modelo
conceptual y operativo son: la ergonomía; la sociología; la antropología; la
economía; la lingüística y la corriente institucional.
A
cada disciplina le “solicitamos” sus aportes teóricos y metodológicos
específicos para dar cuenta de cada problema que nos ocupa. Por ejemplo, a la
economía que nos defina la dinámica de un mercado en el que se desenvuelve la
empresa o la rama laboral que estamos estudiando (Matrajt 1991b); a la sociología
que nos explique la estructura social de la ciudad o región donde se ubica esa
empresa o rama laboral (Matrajt 1993a); a la antropología que nos ayude en la
comprensión de ciertas pautas culturales de origen de los trabajadores de una
determinada actividad (Matrajt 1994b); a la lingüística (fundamentalmente nos
auxiliamos de la lingüística de enunciación (Bakhtine y Volochinov 1977), de
la corriente de Chomsky (1958) y de la pragmática (Fiala y Boutet 1995) que nos
ayude a inteligir las palabras en el trabajo (Boutet 1995), las palabras del
trabajo y las jergas de oficio (Tieger 1995). Para incorporar y conceptualizar
los aportes lingüísticos al campo que nos ocupa, hemos diseñado una
aproximación novedosa, basada en la epistemología de los sistemas complejos
(Matrajt 1996b). Un punto central en nuestra teoría y práctica es abordar a la
empresa como a una institución. Los institucionalistas continuamos un viejo
vicio de las ciencias sociales: utilizar equívocamente la semántica. Así, lo
que todo el mundo conoce como institución, nosotros lo llamamos
establecimiento, reservando el vocablo institución para una conceptualización
teórica (Baremblitt 1992). Pero no nos meteremos en mayores aclaraciones en
este escrito. En otras palabras, creemos que las relaciones entre condiciones de
trabajo y subjetividad están atravesadas, interdeterminadas e interpenetradas
por las relaciones con el grupo de trabajo y con la institución
(establecimiento) como conjunto. Para estudiar esta complejidad, utilizamos la
metodología de la investigación institucional, adaptada a la magnitud de una
gran empresa (Matrajt 1997). Nuevamente, casi toda la bibliografía
institucionalista se refiere a pequeños grupos en pequeños establecimientos
(casi siempre educativos o de salud). En nuestro caso, hemos debido crear una
metodología novedosa, ad hoc para los objetivos que nos propusimos, tanto en su magnitud
como en sus fines. Recordemos que gran parte de nuestras investigaciones y
acciones se llevaron a cabo en empresas grandes (varias sedes, miles de
trabajadores, dos o tres turnos, muchas tareas y oficios, etc) o a nivel
regional o nacional. Obviamente, cuando laboramos en pequeños establecimientos,
o con pequeños grupos aislados, nuestra práctica es muy semejante a la
institucionalista tradicional y a la de la psicodinamia del trabajo.
Los
hallazgos de campo los referimos a nuestra teoría de la subjetividad. Es así
que hablamos de represión, de negación, de narcisismo, de identidad, de
defensas (Matrajt 1996c), etc.
Nosotros
consideramos al trabajo como un productor y condicionador de subjetividad. En
otros términos, postulamos que el trabajo tiene, en función de cada individuo
y cada situación sociopsicológica, una importante función en la producción
de personalidad sana y enferma. En el primer caso, la producción de salud,
tiene que ver con la identidad, con la realización existencial, con la vivencia
de utilidad social, con la integración a un grupo humano, con la sublimación,
etc.
Los
“síntomas” de una mala relación entre el trabajo y la subjetividad pueden
ser de dos tipos: empresariales e individuales. Entre los primeros destacan: el
ausentismo, la rotación, los accidentes de trabajo, el burocratismo, la
resistencia a los cambios, la baja productividad.
Los últimos se expresan, en
orden decreciente de frecuencia, como trastornos psicosomáticos (Matrajt
1993b), adicciones (alcohol incluído (Matrajt 1989)),
ansiedad generalizada y problemas conyugales.
Nuestro
accionar se ha dirigido a distintos ámbitos, y en cada uno, se han utilizado
diferentes metodologías. Muy esquemáticamente: para las empresas pequeñas
utilizamos: a)las entrevistas individuales, b) la investigación grupal c)la
metodología institucional clásica (diseñada y aplicada a pequeños grupos o
pequeños establecimientos) y d) la observación directa del proceso de trabajo,
incluyendo, según el caso, mediciones ergonómicas. Para las grandes empresas
utilizamos: a) una metodología
original desarrollada a partir de la investigación institucional, b) la
observación directa del proceso de trabajo, incluyendo, según el caso,
mediciones ergonómicas, c)
entrevistas individuales a una muestra representativa; d) investigación grupal
a otra muestra representativa; y e) la aplicación a la totalidad de los
empleados y ejecutivos de una batería de tests diseñada ad
hoc, que incluye tres tests proyectivos. Para la dimensión sanitaria
utilizamos métodos socioepidemiológicos (Matrajt 2002), aplicados en forma
masiva, y procurando establecer correlaciones con condiciones de trabajo, tipos
de actividad, variables sociales, etc. Con frecuencia cruzamos estos datos con
otros obtenidos con muestras representativas analizadas en profundidad,
utilizando para esto último entrevistas individuales y grupales.
Los
objetivos de nuestro quehacer profesional son variables, en función de la
dimensión anteriormente apuntada. Por ejemplo, en pequeñas empresas, el
objetivo suele ser el esclarecimiento de los factores perturbadores, para que
los mismos empleados puedan encontrar (con o sin nuestra ayuda especializada)
nuevas formas de trabajar. Por ejemplo, la corrección del mal clima humano a
consecuencia de ciertas formas de
manejo grupal por parte de un jefe, o la prevención de exceso de fatiga y estrés
por mala administración de los tiempos de trabajo.
A
nivel de empresas grandes, el objetivo es analizar las causas que llevan a
ciertos efectos, y dar elementos (a ejecutivos y trabajadores) para que las
corrijan y/o prevengan. Consideramos que no importa tanto
de quien provenga la demanda, siempre y cuando se establezcan claras
reglas éticas de manejo de datos y conducción de cambios. Por supuesto,
informamos y buscamos consenso, en tanto estamos convencidos que sólo
intervenimos en problemas cuya solución beneficia claramente a empresa y
trabajadores. Un elemento que utilizamos siempre es un informe personalizado a
todos y cada uno de los empleados y ejecutivos, en el cual se le señalan
aspectos negativos de su forma de trabajar y se le sugieren cambios que aumentan
su rendimiento y sus satisfacción. Por ejemplo, un programa de prevención y
corrección de estrés permite que los trabajadores disminuyan su sufrimiento y
sus enfermedades (directa e indirectamente producidas por el estrés), así como
le permite a la empresa ahorrar muchísimo dinero al evitar problemas de
productividad, rendimiento, calidad, ausentismo y rotación.
A
nivel sanitario, los objetivos son el establecimiento de leyes, reglamentos o prácticas.
En el terreno de la salud pública, producir conocimientos operacionalizables
como programas. Por ejemplo, programas de promoción de la salud mental en el
trabajo, programas de prevención primaria de ciertos trastornos específicos,
programas de formación de trabajadores que hagan tareas de promoción de salud
mental en y por el trabajo, programas de formación de médicos del trabajo y de
médicos familiares para que realicen detección precoz de trastornos en los que
el trabajo juega un papel importante, etc. Como se puede observar, los campos de
aplicación son múltiples, y en todos la relación costo/beneficio es altamente
conveniente. Hace años formulamos un programa a nivel regional (extensible a
nivel nacional) que denominamos 1/1/1: un dolar de costo por trabajador por año.
La
antinomia señalada en otros párrafos, entre favorecer a los objetivos de la
empresa o beneficiar a los trabajadores, ha sido ampliamente superada por la
posición de los organismos internacionales en salud y trabajo (OMS 1988 y OIT
(ILO 1987)) todavía hace veinte años. La mayoría de los programas a nivel de
empresa como a nivel de nación favorecen indiscutiblemente a los tres grandes
actores del proceso: gobiernos, empresas y trabajadores. Una reducción de los
accidentes de trabajo beneficia a los gobiernos (que son los que soportan la
mayor carga ante incapacidades o muertes), a las empresas (que tienen un costo
no médico muy alto con cada accidente) y, obviamente, a los trabajadores. Como
este ejemplo, hay muchos.
DISCULPAS
Y MORALEJAS
Disculpas. Cada una de las corrientes citadas tiene muchos
investigadores, diferentes líneas internas y ha expresado sus hallazgos en
infinidad de libros y artículos. Para empezar, los pocos elementos que acá
fueron citados no hacen honor a tanto y tan elaborado trabajo. Por otro lado,
cada una ha aportado conocimientos fundamentales al campo de la ciencia, así
como al bienestar de los congéneres. Mi primer disculpa se refiere a que en los
párrafos precedentes no se ha hecho justicia a tanta labor. Pero tampoco estoy
seguro que haya quedado claro mi respeto genuino a los colegas mencionados. He
tratado de sintetizar lo que consideré más adecuado a los fines expositivos,
así como puntualizar las diferencias, tanto entre corrientes como con mi
postura, pero en ningún momento pienso esas diferencias en términos
valorativos, esto es que alguna sea mejor que otra o haya hecho más por el prójimo.
Moralejas. A lo largo de muchas décadas se han llevado a cabo muchas
investigaciones y acciones concretas por mejorar el trabajo, y porque el trabajo
mejore la vida de los trabajadores. En las líneas precedentes he tratado de
demostrar que mucho es lo que se puede hacer, desde diferentes perspectivas y
con muy distintos métodos. A tal fin hay que superar dos prejuicios muy
difundidos: que el trabajo, particularmente el de alta tecnología, conduce
inevitablemente al estrés y a otros males, así como que las acciones en este
terreno son un gasto superfluo, o, para ricos. Muy por el contrario, la
experiencia en muchos países y muchas actividades es que las consecuencias
adversas del trabajo se pueden y se deben evitar, y que su prevención y
corrección constituye una inversión que siempre se recupera con creces en lo
económico, así como mejora la calidad de vida de todos los trabajadores.
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