Comentario al libro

GRUPALIDAD: TEORÍA E INTERVENCIÓN

 

María Teresa Casté

 

Al iniciar la lectura de este nuevo libro de Horacio,  -aludiendo a una frase en la que señala el aburrimiento crónico que genera el control social y en especial referido al ámbito universitario-, recordé inevitablemente que hace unos cuantos años y en plena dictadura, cuando estudié Psicología en la Universidad de Chile, uno de mis intereses estaba centrado en los trabajos de  Marie Langer en el área de  la maternidad;  para muchos de nosotros Marie Langer era una de las principales exponentes de interesantes trabajos en psicoprofilaxis; nos agrupábamos en torno al estudio de la maternidad,  así, de manera pretendidamente aséptica, clínica y a- política, supe  después que Marie Langer contaba con otras líneas de desarrollo bastante más implicadas y menos asépticas, como su fundamental participación en la constitución del grupo Plataforma,  uno de los grupos más representativos e importantes, exponentes de un  psicoanálisis implicado.

 

Quiero tomar una referencia histórica que alude al proceso de los grupos en Argentina.

“ y así lo grupal fue expulsado del campo analítico. Pero, como psicoanalistas, sabemos que lo que se expulsa por la puerta vuelve a entrar por la ventana. Hoy, casi 50 años mas tarde, lo vincular ha retornado a aquellas instituciones psicoanalíticas que han podido metabolizar de otro modo las propuestas de ampliación teórica y de dispositivos clínicos que provienen  de ese campo.”Daniel Waisbrot

 

Reunirse para pensar, para aprender, para generar un espacio de interacción cognitiva y afectiva sin  hacerlas excluyentes, es la propuesta de los grupos operativos, propuesta que toma forma en nuestro medio al iniciar Horacio y otros, la Escuela de Psicología Grupal y Análisis Institucional.

 

Horacio se hizo cargo,  quizás por su calidad de extranjero y de ajeno a la red represora muda y efectiva que sostenía el silencio y tanta asepsia en los grupos, de generar un espacio, en el trabajo con los grupos donde la tarea latente, de recuperación de la palabra, aludía posiblemente a una necesidad eminentemente política.

 

En muchos de los artículos que componen este libro, está presente, transversalmente el problema de la violencia, aquella invisibilizada, de su posible, o a veces imposible, tramitación en los ámbitos de la cotidianeidad, la clínica y por cierto, en las instituciones, la realidad de la práctica interroga: Y Horacio, usando arbitrariamente las palabras de Devereaux, hace de la incomodidad un método, negándose a exiliar la diferencia, a ceder a la tendencia del discurso único, y a excluir los bordes de teorías siempre inconclusas.

 

No es fácil incluir en el trabajo clínico la dimensión de lo político, del poder, no me refiero solamente a lo bien intencionado que resulta reconocer su existencia.

 

El autor nos muestra en su libro una otra clínica, que no puede ser propuesta ni ejercida sin considerar los distintos órdenes por los cuales la subjetividad es cruzada: órdenes psicosociales, sociodinámicos e institucionales; una otra clínica donde lo constitutivo de la subjetividad se genera en lo social- institucional,  en un intento que requiere sustentarse  en referencias conceptuales rigurosas, y en una cuidadosa vigilancia de las prácticas, lo que obliga a renunciar a las ilusiones (muy cercanas a las certezas) de los supuestamente acabados mundos teóricos conocidos.

 

 

Este nuevo libro que Horacio ofrece a la lectura, inserta texto en contexto; hace, -tanto en su praxis como en su teorización,- referencias que dan cuenta de su propia implicación en suelo chileno:  historiza, recoge, revisa e interroga  la institucionalidad de las prácticas en los ámbitos clínicos, comunitarios y educacionales, entre otros. 

El autor nos trae los ecos de los primeros movimientos psicoanalíticos latinoamericanos significativos que se comprometen con las realidades sociales de nuestros paises;  junto a otros, como él mismo nombra:  Pichón Rivière,  Bauleo,  Baremblit,  Mimi Langer  y Bleger en Argentina; tambien  Lourau y  Castel en Francia, todos representando líneas de fuga siempre abiertas e incompletas que generan entrecruzamientos o lazos que, desmarcándose de los distintos discursos psicoanalíticos instituídos, toma los referentes de un psicoanálisis en los bordes.

 

Propone una mirada, en relación a los grupos, que excede con largueza una postura convencional  reconociendo  en el grupo un dispositivo político, en cuanto genera un espacio de apropiación del acto básico que implica poder:  la palabra.

 

El autor destaca que, en el trabajo de los grupos confluye, se conjuga y se genera un espacio privilegiado para el cambio, un espacio de restitución de la delegación de poder.

 

La propuesta de Horacio no descuida ni inadvierte los distintos planos de análisis del discurso.

 

No es complaciente para abreviar en complejidad; transita desde el mundo interno y sus particulares dinámicas, sin obviar aquello que hemos convenido en llamar realidad, con todas las legalidades que le son propias y que, por lo tanto, son obligantes en la inclusión de otros referentes teóricos que den cuenta de nuevos planos de reflexión.  

 

En este sentido, me parece fundamental entre otros múltiples tópicos a los que hace referencia, el trabajo sobre el concepto de necesidad que desarrolla el autor en este texto, concepto espinoso dice Horacio,  partiendo de Pichón-Rivière que dice, cito: “ la psicología social que postulamos tiene como objeto de estudio el desarrollo y transformación de una relación dialéctica, la que se da entre estructura social y fantasía  inconsciente del sujeto, asentada sobre sus relaciones de necesidad (…) Para nosotros, el ser humano es un ser de necesidades, que sólo se  satisfacen  socialmente en relaciones que lo determinen.” hasta aquí Pichón. 

 

Horacio, subvirtiendo el matiz biologizante del concepto de necesidad, lo refiere al ámbito social, específicamente al terreno de la producción, del trabajo, dice: “el concepto de tarea es eje de la acción de todo grupo, ya que se reúne siempre convocado para realizar algún trabajo, supone una acción colectiva y concertada que se dirige hacia la relación mundo interno mundo externo.

 

 El trabajo que el grupo desarrollará implica sortear aquellos obstáculos internos a los efectos de posibilitar modificaciones sustanciales en el mundo exterior. Dicho proceso se articula con la noción de adaptación activa a la realidad, que supone un modo específico de operacionalizar los rodeos necesarios que requiere el poner el principio de realidad al servicio del principio del placer. “por ello el grupo supone un salto significativo ante la consideración del individuo, con una serie de repercusiones sobre la vida social misma que habremos de considerar.”

 

 

En síntesis, en este libro están las referencias a la historia y la actualidad de una práctica y las múltiples  teorizaciones producto  de caminos recorridos por el autor en el esfuerzo de entender e interpretar los fenómenos grupales en su compleja dimensión, que incluye los referentes psicoanalíticos, institucionales e históricos.

 

Este texto se ubica en el polo mas lejano de la repetición esterilizante, mas bien, podemos decir que “aquello que le otorga valor al discurso vivo es prestarse a morir, a permitir su propia autoalteración que dé lugar a ese juego incesante entre lo que permanece y lo que cambia”.

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