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Mal Bicho

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MAL  BICHO

 


Lorena Navas


...Estuve buscando a Dios por miles de años.  Lo vi, a veces lejos... yo corría y en el momento que llegaba, ya se había ido.  Así, una y otra vez.  Finalmente llegué a una puerta con un letrero que decía: "en esta casa vive Dios". Yo me preocupé por primera vez. Temblando subí las escaleras. Estaba por golpear la puerta cuando me di cuenta. Si golpeo esta puerta y Dios me abre todo se acabaría, mis viajes, mis grandes aventuras, mi filosofía, mis poemas, sería un suicidio.

Me quité los zapatos para no hacer ruido. Bajé las escaleras y en cuanto pisé el último peldaño, corrí sin mirar atrás. Desde entonces he estado corriendo y corriendo...

Tagore.

MAL BICHO.

Me declaro absoluta, rígida y prejuiciosa. Generalmente creo que la única gente que es gente piensa y se ve como yo. Tengo veintiséis años y hace unos meses caí en cuenta de que los pacos tiene todos distinta cara, no son en serie; que los guardias de azul se pegan sus carretes y que los empleados bancarios no se creen eso de que somos jaguares, sino más bien gatos mirando a la carnicería.

Recuerdo que en mi colegio incluso los delantales eran confeccionados por la misma señora para evitar cualquier atisbo de diferencia. La que osaba diferenciarse con un pinche rojo o una parka amarilla, era cordialmente invitada donde la "madre Teresita", una monja alemana que tenía la costumbre de flajelarse y contarlo orgullosa a sus visitas, junto con amenos relatos sobre sus encuentros con los nazis durante la guerra. Todo esto mientras la víctima se encontraba hincada frente a la pared o tejiendo frazadas para los pobres. Una de esas visitas bastaba para hacer una hoguera y quemar la parka, los chapes y cualquier otro artículo revolucionario.

Producto de estas "educativas" experiencias, me fui transformando en una especie de silencioso y tímido camaleón, cambiando de color según la ocasión.  Poco a poco fui perfeccionando este mecanismo y podía transformarme en cualquier cosa de afuera hacia adentro y viceversa.  Todos parecían quererme y yo creía quererlos a todos, ¡cómo los necesitaba!  Alumna modelo, niña perfecta, la mejor compañera, siempre de acuerdo con mami, recelosa de mirar a los ojos a papi.

Después de mi actuación diaria, llegaba a mi madriguera a llenarme de comida, ver televisión, escribir y llorar sin saber por qué.

Los fines de semana el camaleón se relajaba. Estaba a sus anchas, protegido, cuidado, nada nuevo que enfrentar, ningún color por inventar.  En ese territorio él era experto, podía hasta prever situaciones y peligros con colores ya determinados.

El domingo al anochecer, el pobre bicho se sumía en una profunda melancolía.  Preparaba su uniforme, inútil para protegerse del frío o del calor, en espera del lunes, las monjas, el miedo, el himno nacional, la misa general.  Y el camaleón comulgaba y rezaba preguntándose por qué él no podía creer ni sentir lo que otros le contaban.  El sólo cerraba los ojos y hacía "como si" y más encima se sentía culpable.  "Discriminar, eso no está nada bien, ante los ojos de Dios todos somos iguales".

Todo este aparataje me sirvió para sobrevivir, pero me hubiera gustado más VIVIR. 
Toda esta historia ya pasó, pero no pasó, porque aunque quisiera seguir culpando a mis padres, a la "madre Teresita", a la dictadura y a tantos otros....., también creo que he sido gestora de mi historia, quizás más pasiva que activa, pero uno de los compuestos fundamentales en el fluido de mi vida.

Como dice Don Milani: "La obediencia no es más una virtud, sino la más subrepticia de las tentaciones.  No crean que podrán atrincherarse en ella ante los hombres ni ante Dios, pues es preciso que cada cual  se sienta el único responsable de todo".

A esta altura no le puedo sacar el poto a la jeringa y parece que del tímido camaleón también puedo pasar a la implacable seleccionadora: 
Superiores/Inferiores 
Elegidos/Descartados 
Inteligentes/Imbéciles 
Por supuesto yo siempre estoy en el primer grupo.  Sólo los demás son imperfectos, blanco de mis juicios, expectativas, culpas y deseos más secretos e incluso desconocidos. 
¿Yo tengo eso? 
¿Yo pienso así? No puedo ni verlo.

Y así voy lastimando a todo el que se vea distinto, imponiendo mi postura siempre con mano dura.  Todos a mi ritmo o son flojos, no sirven; entonces también me gusta que no vayan a mi ritmo, porque me confirman mi superioridad y mi fantasía vuela y me creo la niña perfecta para ser la preferida de papá.  Y cuando mi fantasía se halla en su máximo esplendor, papi me baja del pedestal con una frase que me congela y todo se va a las pailas y no puedo ni quejarme, porque no tiene por qué caer en mi juego y ahí me baja la vergüenza...él sabe perfectamente lo que deseo, que compito con mis compañeras/hermanas por su amor  y él nunca ha llamado a concurso.  Me siento en ridículo, todo es invención mía.

Algunas hermanas me asustan, hacen que se me seque la boca, que me angustie, me hacen temblar de rabia o aburrirme como ostra.  A veces deseo que desaparezcan por decirlo elegantemente; o me digo:  "Pobre, debe tener una insuficiencia de carácter orgánico" o "Cómo habrá sido su diálogo tónico con la madre".

Y el pobre bicho se transforma en el mal bicho intolerante, guardián de la ley y el orden.  Lo que más odio es lo que más tengo, está tan cerca que no lo veo.  Y caigo en el monólogo colectivo que me aleja cada vez más de los demás.

Pero no vayan a creer que soy tan mala ni tan víctima.  También tengo mis buenos momentos, en los que me siento centrada, tranquila, observando lo que venga.  Y en ese lugar todo me parece coherente y los elementos que se mezclan en una vida, se mezclan y ya:  se funden, se diferencian, se separan, se repelen, reaccionan, explotan y fluyen junto a elementos de otras vidas hacia arriba, hacia abajo, vertical, horizontal, se detienen temerosas o avanzan cual caballo desbocado.

En ese lugar una hilera de hierba es tan necesaria como la más imponente estrella;  la babosa tan sutil y única como la mariposa.  Entonces no  me animo a cortar el árbol, porque no podría ver hasta dónde puede llegar.

Los enanos también crecieron desde pequeños, sólo que nunca me detuve a mirarlos. 
He estado viviendo con expectativas tan infantiles, que la realidad frecuentemente me frustra y como mi tolerancia a la frustración se compara a la de mi hijo de dos años, me siento miserable.  ¡¡SI!!, quisiera ser siempre feliz, pero parece que la felicidad perdería todo sentido sin su opuesto (no quiero ni nombrarlo).  Sería como escribir con lápiz blanco sobre papel blanco, no habría conflicto ni fricción que sacar chispas.

El ritmo de la popularidad me da certezas.  Mientras más certezas, más dudo.  Un círculo es un círculo es un círculo.  Adelanto, atraso, subo, bajo, derecho, izquierdo. Soy rock, pop, clásica, afro, punk, chabacana, burguesa, princesa, guerrillera, femme fatal, cabrona, machi, niña mimada... también el tímido camaleón y la alimaña ponzoñosa, más conocida como mal bicho. 
Y pa’qué estamos con cosas, con todo lo que contengo, igual me gusto.  Y cuando me gusto, recibo.  No importa quien venga, soy generosa aún cuando no lo soy.  Y sin aquella que me hace tiritar de rabia no me habría dado cuenta de nada.  Y sin papi que me baja los humos, seguiría exigiendo como pajarito recién nacido.  Porque papi dice que todos tienen derecho a hacer la historia, y si papi lo dice....

 
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