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El Yo interrogado

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EL  YO  INTERROGADO

 

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Con el objetivo de facilitar las relaciones con sus pares, se abrió un grupo con cuatro niños diagnosticados como Asperger: vale decir niños cuyo síntoma central podría describirse como una incomprensión bastante radical de lo comunicacional del lenguaje y lo social de las relaciones.  Los cuatro tienen un nivel cognitivo alto y en consecuencia están integrados a colegios regulares; uno de ellos presenta síntomas en el lenguaje expresivo: con gran frecuencia responde con ecolalia.

Se les propuso a los padres y a ellos mismos este trabajo grupal a desarrollarse con una frecuencia de una hora y media semanal durante un año. 
Este trabajo versa sobre media hora de la primera sesión introductoria que, a continuación, intentaré describir resumidamente para terminar con una breve reflexión sobre ella, lo que entiendo que ella me enseño.

Cuando decidimos comenzar la sesión con los niños, ellos estaban esperando en una pieza con juguetes a que termináramos la entrevista a sus padres.

Los llamamos y muy rápidamente los cuatro juntos ingresan y sin dudar se sientan juntos en un sillón.  Habían, además del sillón, varias sillas.

Nosotras nos sentamos en dos de ellas contiguas, de modo tal que iniciamos como armados en dos bloques: el sillón y las sillas.  Dos masas indiferenciadas.  Gestos, movimientos, pero sobre todo el lenguaje, el uso de la palabra, irá trazando algunos rasgos.

Hablamos primero nosotras expresándoles que esta sesión es para conocernos, para presentarnos.  Habíamos decidido que, al terminar, encuadraríamos para las demás sesiones y así lo hicimos.

Uno de ellos, José, responde sobre la misma marcha de nuestro discurso que habría que empezar por acá - señala la punta mas extrema del sillón - porque hay que empezar por alguna parte y que si empezamos por allá - la punta mas cercana - sería justamente al revés . 
Esta frase me evoca las indicaciones del gato de Alicia en el País de las Maravillas, donde con el lenguaje dice sólo cosas obvias, concretas, restándole su aspecto simbólico y abstracto y transformándolo, como efecto, en una especie de cábala.

Al responder: ¨empezamos por el derecho¨, me siento también transformando al lenguaje en cosa.  En todo caso, el niño de ese extremo del sillón dice llamarse Pablo, que tiene 14 años y comienza a hablar con seriedad y preocupación sobre las muchas y exigentes tareas que debe hacer en el colegio (está en el último año básico).  Se prolonga en su discurso y se prolonga tanto que tal pareciera que tendría que adquirir el largo suficiente como para rellenar el espacio que lo distancia de otro, un otro inalcanzable que por lo mismo no logra tocar.

Intentamos servir de gancho, lo interrumpimos preguntándole al de su lado derecho si a él le pasa lo mismo.  Buscábamos una identificación.  Este nuevo niño toma la palabra diciendo llamarse Pedro, que tiene 12 años y que está en cuarto básico.  Comenta que su colegio es fácil, que le piden poco.  Se soba las manos con notable ansiedad, comienzan movimientos estereotipados. Se ha diferenciado del bloque y se ha angustiado.  Fuera del bloque tendría que sostener su yo, parece que esto lo aterra.

Optamos por darle la palabra al que sigue.  Este describe lo grande que es su colegio, el emplazamiento de su sala respecto de la de profesores y la biblioteca, etc.  Le preguntamos por su nombre.  Dice llamarse José y tener siete años además de cursar primero básico.

Continua hablando sobre la planta física de su colegio hasta que una de nosotras le comenta que parece que su colegio es muy grande.  Él responde con mucho acierto: "y que tiene que ver el tamaño con mi presentación ?¨  ---¨Pensé que nos contabas que el que fuera muy grande tu colegio te preocupaba¨ . Con propiedad y cual adulto chico responde que a él le preocupan los afectos. ¨`¿Y te quieren?¨`. Dice que no con el dedo y se retrae.  Parece que nos contaba que en el colegio se relacionaba más con el espacio físico que con las personas o quería hablar del espacio en la sesión.  Quizás se preguntaba sobre si los queremos como para dárselos. En todo caso, tal vez, no lo supimos escuchar.

El último de los chicos ha estado zapateando ruidosamente.  Ha sido con ésto que ha podido emerger del bloque hasta ahora.  Así y todo parece ser el único que en la situación no siente angustia.  Es como si estuviera refugiado en su cascarón autista, según expresión de F. Tustin. 
Una de nosotras le pregunta su nombre y responde ecolalicamente, a lo que Pablo comenta dirigiéndose claramente a los demás niños y nosotras: ¨parece que está enfermo¨.  El niño aludido dice llamarse Lucas y tener 10 años.  Ante sus dificultades expresivas los demás se ríen y burlan; incluso José lo apoda ¨antena repetidora¨.  Frente a Lucas, sí optan los otros tres por diferenciarse.  Parecen, ahora sí, decir con seguridad que Lucas está enfermo, ellos no, ellos son distintos de lo que es Lucas.  La diferenciación frente a nosotras o entre ellos tres parece no preocuparles; se pueden desdibujar; por el contrario, parecen angustiarse cuando con el lenguaje han de hacerse cargo de ser.

Nosotras también nos angustiamos y una dice: ¨Y Ustedes. no recuerdan cuándo eran chicos y repetían? ``Dicen casi a coro que sí.  Pablo se ve angustiado; me cambio a una silla mas cerca de él.

Nuestra pregunta ahora fue ¿y qué recuerdan?  Pablo comienza a hablar de sus tareas, Pedro dice: ¨mi papá me hace recordar¨, Pablo habla insistentemente de tareas.  Pedro da claras muestras de mucha angustia: se inclina hacia adelante escondiendo su cara.  Le preguntamos, interrumpiendo a Pablo, que ha sentido.  Dice que nada y se echa hacia atrás.  Una de nosotras le indica que le pareció que se había cansado de oír hablar a Pablo con tanta angustia de sus tareas.

Pablo nuevamente habla de sus tareas. En este momento les aclaramos que aquí no habrán tareas, tampoco notas.  Que aquí se puede hacer y decir lo que se quiera dentro de esa hora y media, salvo lastimar o lastimarse; que cada uno de nosotros es como puede, que no les vamos a pedir que sean de un determinado modo, que pueden ser como son. 
Pablo se calmó y se calmaron todos.

En este momento José comenta que están muy apretados.  Les indicamos que hay sillas, que si se sentaron así es porque querían.  Se cambia a una silla.  El bloque se desarma. 
Les preguntamos como se sienten.  Todos manifiestan que bien y particularmente lo hace Lucas y sin ecolalia.

En este momento acabamos de encuadrar. Ellos, a excepción de Lucas, hablan de Enero y las vacaciones. ¿el futuro?

Aquí terminamos; se despiden efusivamente de nosotras con besos y algún abrazo. 
El grupo es muchas veces planteado como una conjunción de individuos que tras la convocatoria de juntarse crean una superestructura que los trasciende.

La sesión que hemos descrito permite hipotetizar que el grupo no es una superestructura de lo individual sino la infraestructura de las individualidades.  Es decir que las individualidades se asientan, tienen su fondo, en lo grupal.

Lo grupal es un retorno a la indiscriminación para individualidades diferenciadas; invita y amenaza con la indiscriminación, indiscriminación que es el tronco desde el que la individualidad se ramifica en sus diversos rasgos y características.

Cuando los efectos de lo grupal sobre el individuo son fuertes y se implanta entonces una grupalidad, se recrean las condiciones originarias para la discriminación del yo como la instancia que tiene a su cargo el sustento de la individualidad. O ilusión.

Es desde aquí que la terapia grupal abre su campo para explorar y analizar los aspectos indiscriminados, mas originarios y primitivos que el yo soporta como un lastre J. Blerget.

Vale la pena acotar que grupo y ¨lo grupal¨ no son conceptos idénticos.  En caso, grupo alude al objeto fáctico, en cambio ¨lo grupal, al entramado vincular desde el que lo individual puede y sólo como posibilidad, discriminarse.  Lo grupal es antonces el lugar virtual desde el cual el Yo en tanto instancia y estructura puede lograr diferenciarse. El yo emerge poco a poco en la medida en que va logrando poner en un sentido propio ese campo vincular indiferenciado que lo precede tanto en tiempo de constitución como en espacio de existencia.

Yo e historia son fenómenos psíquicos que se construyen a la par.  Es desde que surge el yo que surge también la historia pues se necesita de alguien nombrándose y viéndose en un presente para contarse su pasado -explicación del presente- y proponiéndose un futuro. 
¿Cuáles son esas condiciones que hacen posible la discriminación?  Sin intención de explorar esto, se puede decir de un modo sintético y recortado que son las fisuras, las rupturas de la ilusión de totalidad y completud las que obligan a todo aparato psíquico ha interrogarse para darles un sentido.  Es entonces la necesidad de representar las envueltas en una causalidad que permita vivirlas, justificarlas para el sujeto inmerso en lo indiscriminado, lo que paradójicamente lo va haciendo ¨dueño¨ de un sentido particular de ellas mismas. Antes es el reino de las sensaciones encerradas en la ilusión de un único.  Después es la sensación interpretada y transformada en percepción.  Y percepción implica discriminación.  Cuando ésta incluye al sí mismo en situación, que siente, observa y se observa, describe y se describe, se instituye un yo marcado para siempre como ejecutor y responsable de esta tarea.

Freud habla de los ¨vasallajes ¨ del yo, ciertamente es vasallo, está sometido a cumplir con la tarea de discriminar y compatibilizar demandas entre aquello que discrimina y a través de lo que se crece discriminándose a sí mismo también.

Decíamos que la sesión descrita nos permite escuchar sobre este tema porque la estamos entendiendo como la grupalidad propia de un grupo formado por sujetos cuyo yo es aún incipiente.  Metafóricamente lo podemos pensar como un yo que se dibuja con unos cuantos trazos a lápiz que no se cierran, dejándolos, esos cierres, sólo insinuados.  Podrían evocar un dibujo de Matisse.

De hecho durante el curso de la sesión imaginé un bloque de mármol del que un supuesto escultor iba poco a poco haciendo surgir, por ejemplo unos pies que zapateaban, unas manos que se estrujaban, unos brazos que cubrían una cabeza, una voz que interrogaba con reproche, una boca que lanzaba una queja.

A su vez, y tal cual una escultura, del bloque de mármol valioso y muerto, iba emergiendo vida pero alusiva a un vivido en otro lugar que se actualizaba en este presente clamando por ser reconocido como significante, nido o nudo, de sentidos. ¿Un cuerpo grupal?

La sesión se inicia con los niños indiscriminados en un bloque. ¿Como comenzar a leer los emergentes? Creemos que como quedó planteado mas atrás: emergen del bloque, abren allí una fisura significante que obliga a un trabajo de puesta en sentido. Emergen desde un pasado que en el presente se transforma en significante que interroga por el sentido. Significante que interpela a los yos por el sentido. Las coordinadoras somos las encargadas de facilitar este acto que construye un proceso.

Los dos primeros emergentes, uno corporal: el zapateo y otro verbal: la interrogación sobre por donde empezar, ambos tienen la cualidad de comenzar a dar forma a la escultura:  por un lado unos pies sólo ruido y por el otro la inevitabilidad del tiempo y el espacio. La disociación total de las dimensiones que estructuran la aparición de un significante.  Ambos emergentes aparecen como defensa ante la demanda del nombre.  Nombre que mata a la cosa que se es para que en su lugar surja el objeto que se inviste libidinalmente, en este caso específico el yo.

Parece que hasta ahora la exigencia para ellos ha tenido el sentido de obligarlos a no ser como son, a tener que ser como otro supone que deben ser.  Si pensamos sobre esto podemos concluir que el encargo que tienen de ser es el de comprobar que completan a otro, que son parte de otro, que no tienen espacio para discriminarse salvo cuando el yo propio se eclipsa.  Por lo tanto se discriminan como un puro hueco, un sin sentido.  No ha habido o no han podido conectarse con ese espacio del otro que desea y que puede desearlos a ellos como otros.

El siguiente emergente alude al deseo de ser querido sobre el fondo de no sentirse querido.  Deseo de ser deseado sobre el fondo de no sentirse deseado.  El niño habla de un tremendo edificio donde hay todo, nada falta.  Él sólo puede recorrerlo.  El edificio ¿edificio mamá?, ahora ¿edificio grupo?, ¿se interroga sobre si está completo, sin espacio para que él rellene algo? ¿Iremos nosotras a ser también así aquí? o, nos falta algo y por lo tanto tenemos un deseo que podría cubrirlos a ellos?

Tras esto aparece la ecolalia, el rechazo drástico a la interpelación del otro, la enajenación del propio nombre, el eclipsamiento del yo.  Parece esto una advertencia a las coordinadoras y al grupo.  A las coordinadoras nos avisa sobre la regresión a momentos totalmente indiscriminados.  A los compañeros parece recordarles, por una parte como amenaza y por otra como recurso defensivo, la existencia de esta posibilidad.  Los otros chicos se defienden de la indiscriminación, también de la propia, rotulando a este niño de ¨enfermo¨.  Es decir que satisfacen ambas propuestas: por una parte se defienden atribuyéndole a él el rol de enfermo y discriminándose como un ejercicio yoico, y por otra se angustian pues la anterior defensa no es suficiente como para no recordar los propios aspectos mas indiscriminados.  Uno de ellos dice: ¨mi padre me hace recordar¨, otro actualiza su sensación de avasallamiento por las exigencias de las tareas.  Al parecer para uno lo que se condensa en ¨padre¨ y  para el otro lo que se condensa en tarea, los hace ¨recordar en sentimiento¨ (descripción de M. Klein de transferencia) su sensación de avasallamiento del yo y la posibilidad de recurrir a una defensa tan primitiva como el encierro autista , el narcisismo primario, la anulación de la diferencia entre sujeto y objeto.

En la sesión se vive angustia.  La angustia, y nuevamente recordando a Klein, es vivida por alguien, aunque sea un yo muy precario e indiscriminado frente a un objeto.

Al parecer, las palabras dichas desde la coordinación, que afirman que aquí podrán ser como son, que no tienen que ser acordes a un molde, que hay un espacio que se abre porque deseamos verlos ser ellos y según ellos, es lo que permite una reestructuración afectiva.  La discriminación resulta asi menos amenazante.

El bloque de mármol está más esculpido; uno de ellos se para y camina hasta una silla y se independiza. A través de otro vemos que la ecolalia se cambia por un uso mas discriminado del lenguaje.  El tema también se despega del estricto presente para hablar de Enero y las vacaciones.  Por su puesto podríamos leer que también están hablando del fin del grupo y de la sesión.

Despegarse y diferenciarse tiene que ver con perder un objeto. Para esto tiene que haber uno que perder y alguien que lo pierda.  Discriminarse, por tanto, implica angustia y sobre todo si el objeto que podría perderse es el yo. Asunto paradojal pues es sólo arriesgándose a perder que el yo puede surgir.  El yo se constituye por identificación con el objeto perdido. Se instaura cuando ahora es él identificado con el objeto directo de la pulsión, el que se puede ofrecer como objeto de amor ......para el ello, dirá Freud.  Y, citando a O. Chamizo podemos decir   ¨..no todo es júbilo en la constitución del yo puesto que la alteridad a la que ha confrontado al constituirse representa la falta que siempre estará presente y que porta el dolor-displacer en tanto que es vivida como renuncia de lo que Freud llamó yo placer purificado¨...

Estimo que durante esta sesión la grupalidad del grupo constituido por los cuatro niños cuenta de avatares y dolores que el yo padece cuando para ser está compelido a perder. 
Pensado en términos pichonianos, lo que aquí se está sugiriendo es que de la horizontalidad aparecen las verticalidades y que estas aparecen en momentos de detención o quiebre de la horizontalidad, sus fisuras.

 
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