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Grupos Operativos y Toxicodependencia: Aspectos del encuadre grupal

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GRUPOS OPERATIVOS Y TOXICODEPENDENCIA: ASPECTOS DEL ENCUADRE GRUPAL

Marcelo Balboa.

 

 

El presente trabajo es una reflexión respecto a la implementación de un modelo de atención ambulatoria para toxicodependientes y consumidores abusivos de sustancias adictivas, con un dispositivo grupal operativo.

La comunidad terapéutica Prado surgió de la preocupación del municipio de la comuna El Bosque en la zona sur de Santiago. Su objetivo principal fue crear un instrumento capaz de enfrentar el alto consumo de sustancias tóxicas que existe en esta zona, con énfasis en el consumo de pasta base de cocaína. El programa de atención contempló atención psicológica y terapia corporal, trabajo en el plano recreativo y educativo, capacitación laboral y desarrollo de trabajo en la comunidad.

En lo clínico, el trabajo se centró en la atención de jóvenes consumidores de PBC, con distintos niveles de consumo. El perfil de joven consumidor objetivo del programa, contempla a jóvenes de entre 14 y 20 años de edad, con al menos un año de consumo. La mayoría de las veces existen antecedentes delictivos y deserción escolar.

La decisión de trabajar con grupos operativos en la atención de estos jóvenes se sustentó en considerar que el consumo y la toxicodependencia como un síntoma familiar y comunitario, más que un problema individual. Según consideramos el toxicodependiente es el portavoz de una situación grupal,. A nivel del grupo familiar, el joven consumidor sería el depositario de las ansiedades y tensiones colectivas. Este “se haría” toxicodependiente en un fallido intento de preservar a su familia de la angustia y la destrucción. Al hacerse cargo de esta tensión y confusión familiar, se va haciendo cada vez más rígido en su rol de “enfermo”. Esta estereotipación sería la situación cúlmine de la patologización grupal familiar. Entonces el toxicodependiente es “chivatizado” familiar y comunitariamente, siendo segregado y relegado a la “esquina de los baseros”.

El Trabajo terapéutico consistió en intentar contribuir al entendimiento de esta situación, posibilitar la flexibilización de los roles y las fantasías depositadas sobre el síntoma, haciendo explícitas aquellas otras situaciones que han pasado ha segundo plano por la toxicodependencia. Esto desatará una serie de resistencias en el grupo familiar, ante la angustia que estando inmovilizada ahora implica a todo el grupo familiar.

Es en este punto donde el modelo de trabajo encontró mayor dificultad. Al comenzar el trabajo con la familia, la sola sugerencia de una perspectiva alternativa produjo ambigüedad frente a la terapia, lo que en la mayoría de los casos significó la inmediata fuga de la familia completa. En aquellos casos en que la estructura familiar sostuvo el impacto de las primeras entrevistas, la desestabilización producto de la suspensión del malentendido familiar desató un monto de angustia insoportable.

A partir de esta situación se creó la necesidad de re-pensar el dispositivo utilizado.

Para  este objetivo se propone revisar algunos conceptos referidos al encuadre grupal. Se plantearon algunas preguntas: ¿Es pertinente trabajar con grupos operativos las toxicodependencias?, ¿De quién es la demanda de atención?, ¿Cuál es nuestra función como terapeutas?, ¿es una dinámica neurótica o psicótica la toxicodependencia?

Consideremos en primer lugar algunos planteamientos de José Bleger.  Plantea que para el entendimiento más profundo de lo que ocurre en los grupos, se debe considerar de modo fundamental el encuadre del trabajo grupal. Señala que a menudo se tiende a centrar el análisis en la interacción grupal, allí se explicita, allí se infiere, se escucha y se interpreta. Sostiene que esta dinámica es posible porque existe un encuadre que lo permite.  Existiría en todo grupo una sociabilidad por interacción y una sociabilidad sincrética. En este último nivel de sociabilidad “se da una no-relación, una indiferenciación en la cual no hay establecida discriminación entre yo y no-yo, ni entre cuerpo y espacio, ni entre yo y el otro”.  La identidad grupal e individual está compuesta por un yo integrado y por un yo no integrado. Una parte estructurada y una parte no estructurada o “parte psicótica de la personalidad” y existiría un clivaje que separa y comunica ambas partes de modo que la parte no integrada no “invada” a la parte integrada del grupo o del individuo. Para Bleger esta parte psicótica de la personalidad queda depositada en el encuadre del trabajo terapéutico y que se torna visible cuando se amenaza o se daña el encuadre. Toda variación del encuadre pone en crisis al no-yo, problematizando al yo y obligando a la re-introyección, re-elaboración del yo o a la activación de las defensas para inmovilizar o re-proyectar la parte psicótica.

Esta parte no integrada tendría que ver con la simbiosis necesaria para el adecuado funcionamiento psíquico, simbiosis que permite contener las ansiedades depresivas y persecutorias del cambio. Según el desarrollo de esta simbiosis se describen tres tipos de “personalidades” grupales o individuales:

a)Grupo neurótico: Sujetos que han logrado en buena proporción cierta individuación y personificación. Estos tenderán a moverse en la sociabilidad de la interacción.

b)Grupo dependientes o simbiótico: individuos en los que la organización sinbiótica ha persistido más de lo necesario como para poder resolverse y dar pie a una adecuada individuación. Ellos tratarán de transformar de manera manifiesta al grupo en una organización estable, la interacción será superficial, con tendencia a no dar lugar al proceso grupal.

c)Grupo de individuos que nunca han tenido una relación simbiótica y que tampoco la van a establecer en el grupo sino después de un profundo proceso terapéutico. Ejemplo de estas personalidades son las personalidades psicopáticas. Tienden a desenvolverse en un nivel de sociabilidad sincrética.

Consideremos además, lo expuesto por el Equipo Rimini(*), en cuanto a que la toxicodependencia de un individuo sería el resultado de una fallida dependencia simbiótica normal, lo que determina que en el individuo quedan núcleos indiferenciados no desarrollados, que no pueden ser depositados, los cuales funcionan como un super-yo primitivo que transforma la ansiedad depresiva en persecutoria. Según esta idea, la sustancia, mediante un ritual mágico y un efecto farmacológico cierra temporalmente los canales de comunicación con la parte no diferenciada, generando una especie de clivaje dominado por un fetiche. Entonces se establece un control de la ansiedad estableciendo una simbiosis con un objeto tangible que recibe el depósito de la ambigüedad, pero que después restituye el objeto, él que deberá ser nuevamente depositado en otro acto ritual. Esto explica la persistencia de una conducta adictiva, destructiva para el individuo dependiente.

A la luz de estos planteamiento se puede establecer la precariedad del funcionamiento psíquico y afectivo que se debe enfrentar en el trabajo con toxicodependencias. Si a esto agregamos la desestructuración que produce, incluso en grupos con muchos más recursos neuróticos, el trabajo grupal, estamos ante montos de ansiedad importantes, que exigen un nivel de contención y de estructuración que algunos programas de rehabilitación no están en condiciones de ofrecer, en el marco de las políticas que existen hoy en nuestro país. Se hace necesario volver a pensar los dispositivos que se aplican de manera que puedan dar cuenta del objetivo para el que se disponen.

 
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