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Imágenes de un padre (Marcelo Pichon Riviere)

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IMÁGENES DE UN PADRE(*)

 

Marcelo Pichon Rivière

 

Los ruidos de los aviones de guerra atravesaban el aire como algo que se quebraba en el cielo próximo y azul. Vivíamos a unas pocas cuadras del palacio de los Blanquier, donde vivía el presidente, es decir, Perón, en la calle Copérnico. Los militares habían amenazado con tirar bombas; querían terminar con una dictadura, decían. No recuerdo por qué finalmente las bombas cayeron donde cayeron, pero no fue en el palacio de aquel personaje legendario, sino muy cerca de nuestra casa. Horas antes, Buenos Aires ya era una ciudad fantasma, desierta, irreal, inventada. Sin embargo, algunos pacientes tocaban el timbre y se dejaban caer en los divanes. Así de despistados y fieles a la ortodoxia eran esos pacientes de ese año 1955. En un momento en que el timbre también se guardó a silencio, mis padres empezaron un juego, tal vez para distraernos y aliviar la tensión. Enrique Pichon Rivière y Arminda Aberastury jugaron a apostar a cuál de los dos les venían más pacientes. Mi madre iba ganando -literalmente- por varios cuerpos (tendidos). Entonces mi padre le retrucó: "En realidad, gana el que le vienen menos pacientes. Hay que estar loco como para irse hoy hasta lo de un analista".

 

En medio del terror, de uno de los días más horribles de la vida de uno, aunque en esa casa no hubiera un solo peronista, y a pesar de que yo era un chico fascinado por la proximidad de esas máquinas de matar, en ese estado de horrorosa vigilia, mi padre puso las cosas en su lugar. Hoy quizá parezca una observación más que obvia, pero en esos años gloriosos del psicoanálisis se pensaba muy poco en el afuera. Sin saberlo, mi padre iniciaba su pasaje del psicoanálisis a la picología social.

 

Mi padre siempre le decía a sus discípulos que un psicoanalista tenía que tener barrio (esa zona urbana mínima, condensada, donde se mezclan las clases sociales y los roles), calle (inmediatez, ese contacto con la vida de todos los días) y noche (ese lugar donde se cambian los códigos, donde algunos viven sus sueños mientras la ciudad duerme). Por supuesto, se encargaba de hacerles sentir que solo él tenía las tres cosas. Y las tenía, realmente.

 

Sus noches eran míticas. Recuerdo, cuando él todavía estaba en casa, una fiesta que armó para la compañía de teatro de Jean-Louis Barrault. Cuando me fui a dormir la fiesta estaba en su esplendor; cuando salí para la escuela, con mi guardapolvos blanco y mi pelo engominado, la fiesta seguía. Creo que esa mañana me prometí que yo también sería un habitante de la noche, y lo cumplí. Después de una separación bastante trágica, mi padre se expandió en la noche, como un gurú pantagruélico y algo tanguero. La gente lo encontraba y le hablaba de sus problemas en una pizzería de barrio o en Mau Mau, una boîte de moda en los años 60; con un vino tinto de la casa o con un buen escocés.

 

Nunca conocí a alguien tan generoso con su tiempo. Tenía una paciencia incesante, porque decir infinita es poco. A modo de compensación, supongo, se permitía algunas travesuras. Era un admirable mentiroso. Con cara de póquer podía hacerle creer cualquier cosa a la persona más inteligente. Inventaba las historias más inverosímiles con una capacidad de persuasión verdaderamente pasmosa.

 

El barrio ya lo traía de la infancia. Nació en Ginebra y a los dos años ya andaba por el Chaco. Cuando el abuelo fracasó en sucesivas cosechas de tabaco, terminaron en Goya. Y la calle empezó a conocerla en Rosario, donde comenzó a estudiar medicina. Decía que para ganarse la vida le enseñaba francés a un montón de prostitutas. Después se vino a Buenos Aires, conoció en la Facultad de Medicina a Federico Aberastury, quien le presentó a todos sus hermanos. Así conoció a mi madre. Así comenzaron tantas cosas.

 

Es tan falso el oficio de evocar a un padre. Uno nunca conoce a su padre. Es una figura en el paisaje laberíntico de eso que llamamos destino. El fue un jugador que apostó todo a unas ideas que entrevió en un libro que un día le prestaron, escrito por aquel hombre de la foto con el habano. El hecho es que apostó fuerte. Y no le importó perder incluso cuando estaba ganando.

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(*) Extraido de Y por qué no, Revista del CPO 3:3, 2003

 
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