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Lo materno y lo paterno primarios en la pareja (Vincent García)

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LO MATERNO Y LO PATERNO PRIMARIOS EN LA PAREJA

Vincent García

Le journal des psychologues- Juillet-Août, 2012 –

“La pareja: historia, destinos y conflictos”

Existe una dimensión inconsciente de reparación en la pareja amorosa. Este análisis muestra lo que se vuelve a poner en juego en la relación amorosa cuando las funciones materna y paterna primarias han fracasado en el establecimiento de los procesos de simbolización primarios, y habrían permitido la formación de fijaciones identificatorias parentales.

“La pareja es un lugar dramático por excelencia. Él condensa todos los pasados afectivos no digeridos de la infancia, todos los proyectos de perpetuación, de inmortalidad, y recoge el núcleo de las paradojas de las dificultades humanas a que encuentre la buena distancia en relación al otro” (Jeammet N. y Ph., 2012, Carta a las parejas de hoy, Bayard, p.10).

 

Una elección de escucha

La entrevista con la pareja exige del psicoanalista una escucha polifónica de todos sus componentes de elección de objeto y de todos los procesos que animan sus modos de funcionamiento. Él necesita tomar en cuenta sus diferentes funciones defensivas, pero también las de intrincación pulsional, de contención, de simbolización, de confrontación narcisista, y en fin de reparación de cada cónyuge.

A partir de esa escucha múltiple, el psicoanalista compromete elecciones preferenciales en función de su personalidad, de sus campos de investigación teórico-clínicos, de sus especificidades de humano ocultas detrás del profesional que es.

Por mi parte, soy sensible a lo que, de los traumatismos precoces no simbolizados, se revive en pareja,  y a lo que Alberto Ciccone escribe de ellos: “ […]El sufrimiento más intolerable, el más hostigador, el más desorganizador ya que el menos pensable, transformable, soportable, concierne no solo a los aspectos infantiles de sí-lo que es comúnmente admitido –sino más particularmente a los aspectos bebés del sí mismo .Es esencial y fundamental tomar en cuenta no solo lo infantil, sino al bebé al interior de sí” (2012, p.1).

Esos traumatismos se “originan” en los avatares de la relación primaria con los padres, y vamos a intentar ubicar lo que de eso se vuelve a poner en juego en el seno de la pareja, retomando la diferenciación señalada por Freud entre las dos corrientes, tierna y sensual, de la sexualidad infantil.

La corriente tierna

A ejemplo de Donald Woods Winnicott, al cual se le ha podido reprochar el haber silenciado todo el aspecto sensual y libidinal de la relación madre-hijo, pienso que la corriente tierna puede disociarse en holding y handling.

El holding se refiere a la contención específicamente del orden de lo materno primario.

El handling representa la organización de fronteras y de diferenciaciones resurgidas de lo paterno primario.

Es así que la corriente tierna en el seno de la pareja señala la conjunción de las dos funciones, materna y paterna primarias, activa en cada cónyuge, y participa de la función de reparación de la pareja.

Lo materno primario

Para Christine Anzieu-Premmereur (2011, p.1479) “Lo materno primario es un funcionamiento inconsciente de la persona materna que mantiene el equilibrio económico en aquel que está desprovisto. La capacidad maternal es una identificación con otro diferente de sí e investido narcisísticamente con el deseo de subsanar (soy yo quien lo subraya) las necesidades de ese otro: ese soporte a un yo(moi) aún no constituido o frágil  es del registro pre-consciente”

Este funcionamiento, presente en cada terapeuta, participa de un movimiento oblativo transferencial-contra-transferencial, como una respuesta otorgada a una demanda inconsciente del otro sujeto.  Sujeto y objeto en relación amorosa vuelven a jugar incesantemente este proceso, en una espera de lo que no ha podido incorporarse de las proto-relaciones madre-bebé.

René Roussillon (2011, p.1499) escribe que “los bebés tienen, por lo menos en algunos momentos y en parte, logros respecto a respuestas y cualidades relacionales de estas, que ellos deben o pueden encontrar respecto a sus impulsos y movimientos pulsionales propios. Es este conjunto de logros y en particular en sus virtudes relacionales que representa […] “lo materno primero, la primera proto-representación de lo materno” para el bebé[…]”

Es a partir de este esquema que se inscribe muy temprano las primeras huellas de una psiquis naciente, que el sujeto va a desarrollar la conceptuación de sus logros y de sus necesidades, lecho de sus futuros deseos. Es pues la piedra angular alrededor de la cual van a poder vivenciarse y luego representarse las satisfacciones así como las decepciones, ligadas a las respuestas más o menos ajustadas de la madre primaria. Y son las frustraciones resultantes de la debilitación de lo materno primario las que van a prefigurar el campo de lo que a-posteriori  se constituirá como traumatismos precoces. Puesto que estos adquieren forma y consistencia en el segundo tiempo de los efectos de los reacomodos ligados a lo que vive el sujeto en el curso de su evolución psicosexual. Está justo ahí lo que queda a la espera de simbolización en cada uno de los sujetos que se han vuelto adultos y, en mi acercamiento a la función de reparación en la pareja, cada partenaire va a volver a jugar esos traumas en  el cerco de la envoltura-pareja, cada uno solicitando lo materno primario del otro, en una necesidad irrefrenable de ligazón afecto-representación.

Y  cuanto más el partenaire haya sufrido la discontinuidad materna en su vivencia de infans, más se manifestarán las defensas anti- traumáticas y las patologías del vínculo en la relación amorosa, la que, entre otras cosas, repite el vínculo hacia el objeto de amor primario.  De manera general sucede, en todo proceso de relación afectiva frustrante, lo que nota André Green respecto de la madre muerta (1983, p.235): “Hubo enquistamiento del objeto y borrado de su huella por desinvestidura, hubo identificación primaria con la madre muerta y transformación de la identificación negativa, es decir identificación con el agujero dejado por la desinvestidura y no con el objeto”.

De hecho, en las situaciones de una vivencia de relación con un objeto materno primario faltante, el vínculo amoroso reactiva la presencia alucinatoria de esa hiancia primaria. El sujeto no podrá prevenirse sino poniendo a distancia ese nuevo objeto de amor, fuente de potenciales frustraciones. Se produce a continuación una desligazón entre pulsiones de vida y de destrucción, en el origen de una cierta desinvestidura del partenaire.  Y  el distanciamiento respecto ese objeto de amor parcialmente desinvestido se acompaña, en el sujeto y, a pesar de él, de una liberación de  cargas destructivas.  En la realidad intersubjetiva de las parejas, nosotros constatamos que cuanto más el cónyuge espera inconscientemente del otro reparación afectiva, más va a atacar el vínculo y más va a operar la destrucción ya que el otro no está en el buen lugar o no responde exactamente a lo que espera el partenaire herido-a veces incluso sin que pueda ser representado el contenido de esa espera.  Annie Anzieu cita a Cleopatra Athanassiou: “La atención materna es lo que da a la atención física del bebé el valor de una atención psíquica y le permite sentir esa conjunción de diferentes elementos de sí mismo que, si su madre lo deja, van a provocar la angustia de una caída sin fin”.  Fenómeno catastrófico que encontramos frecuentemente luego de separaciones amorosas, cuando desaparece el holding conteniendo  angustias de aniquilamiento del partenaire que se vio abandonado. Puesto que lo materno primario del otro, que cada uno incorpora a partir de su relación con el objeto materno arcaico, está en continua espera de proseguir incorporando en toda relación amorosa. Ese materno primario, sustrato de nuestro sentimiento de estar vivo, existente para sí mismo y para el otro, es una dimensión esencial y constitutiva de la relación amorosa.

Lo paterno primario

El padre ha sido presentado a menudo en la necesidad de estar presente en la cabeza de la madre, y esencialmente en un registro simbólico de “Nombre del Padre”

Christian Gérard nos ofrece toda una conceptualización, esencial desde mi punto de vista, de lo primordial de la realidad psíquica del padre primario, en su relación objetal con la madre y con el hijo. Él escribe (2009, p.379): “El padre objeto primario, tal como nosotros lo concebimos, es un padre afectivamente presente cerca del niño y al mismo tiempo de la madre (en el mejor de los casos), en el origen de triangulaciones precoces, de identificaciones primarias:  él tiene un rol pre -genital esencial”.

Para aprehender el rol pre-genital esencial del padre primario, conviene observar los efectos deletéreos de su ausencia en algunos de nuestros pacientes, particularmente angustiados.

Pienso por ejemplo, en una pareja sexagenaria (la señora tiene 50 años, él tiene 70) que tuve en terapia, y que evolucionaba en un clima a la vez tierno y conflictivo. Cada miembro de la pareja estaba muy angustiado, pero no lo sabía. Cada  uno tenía una actividad financiera de alto vuelo internacional, que los llevaba por turno a viajar por el mundo cada diez días. Cada separación era-según los protagonistas –muy bien vivenciada. Salvo que, cuando él partía, ella somatizaba de manera muy impresionante, con hospitalización cuando la ausencia de él superaba los 15 días; y cuando la señora partía, él activaba-el mismo día de la partida- su red de call-girls, cerca de las cuales él volvía a encontrar la virilidad de sus veinte años. Lo que ocasionaba crisis espectaculares en cada retorno de la señora, crisis que terminaban en encuentros en la almohada con, para la señora, reparación con Dior, Vuitton o Chanel.

Estos detalles no son anodinos, ya que ellos manifiestan el apego de estos pacientes a la realidad objetiva concreta, en detrimento de lo que se vive interiormente en cada uno y que, en gran parte pasa desapercibido.  En sujetos con gran sufrimiento narcisista, encontramos una carencia de la represión, hecho que no les permite constituir síntomas psíquicos bien delimitados. El flujo pulsional, no simbolizado y no inhibido no puede ligarse y se descarga finalmente en el actuar (comportamientos) o en el cuerpo (somatizaciones).

Puesto que, efectivamente, nos dice Ch. Gérard (2012, p.100): “Si las triangulaciones precoces deben tomarse en cuenta por el hecho de la realidad corporal del padre es sobre todo desde el punto de vista intra –psíquico que nos parecen esenciales, pues ellas condicionan las simbolizaciones primarias y la organización del fantasma de escena originaria […]Desde nuestro punto de vista, sigue diciendo, esa simbolización de los inicios de la vida psíquica participa en la organización del yo (moi) corporal, ella es tomada en la relación con el objeto, permite diferenciaciones muy primarias: adentro/afuera, continente/contenido, así como articulaciones bueno/malo.”

La función paterna primaria es por lo tanto esencial para el establecimiento de la simbolización primaria, que se origina en la relación con el objeto primario, en un juego de espejo no-especular. En el curso de esta relación, el objeto proporciona al sujeto modelos potenciales ofreciéndole la posibilidad de incorporar algunas de sus características idiosincrásicas. Todas las simbolizaciones futuras  están prefiguradas en este proceso princeps. Y esta función primaria paterna es-por esta razón- buscada inconscientemente en la pareja por cada cónyuge en sufrimiento, en carencia de simbolización. Es en esto que la función paterna primaria viene a complementar a la función materna primaria.

Una información importante me ha sido traída a sesión por la pareja de la que les hablé: la esposa ha recordado a una madre en permanentes hospitalizaciones por depresión y cáncer a repetición, lo que ella liga a un comportamiento extremadamente volátil de un padre calificado como ausente. El cónyuge evoca un padre “desconocido, al batallón”, haciendo breves apariciones durante un fin de semana mensual con el fin de dar el dinero que permitiría el financiamiento cotidiano: “Yo no tengo el recuerdo de haber jugado con mi padre, ni que él me haya tomado en sus brazos. Yo lo veía pasar por la calle del brazo de mujeres que mi madre calificaba como, ”descocadas”…” La ausencia de padre físico es patente en estos dos cónyuges.

Pero, más allá, lo que interpela es ese tipo particular de identificación primaria con el padre del mismo sexo, como si se tratara para cada uno de ellos, de apropiárselo a través de las asperezas psíquicas o comportamentales  que ese padre había manifestado de manera recurrente y acumulativa. Así, descompensaciones de ella que la religan a su madre, y comportamientos sexuales de él que lo acercan a su padre. Aquí, de nuevo, hago un alcance a Ch. Gérard (2012, p.102), quien escribe: “En los pacientes cuya relación íntima con sus padres ha sido marcada por  dificultades psíquicas, las identificaciones primarias pueden ser la vía por la cual ellos se identifican a las patologías parentales. La parte activa de estos disturbios constituiría una forma de intrusión en el paciente e instalaría la posibilidad de un fantasma de escena primaria únicamente fantasmática. Desde entonces la corporalidad no podría borrarse para dar paso a la realidad psíquica. Lo perceptivo tomará el lugar de lo endo- psíquico”.  De ello se desprende que hay pacientes que pueden permanecer insensibles a sus vivencias internas, las que de cierta manera quedan como no experimentadas.  Es así que aparece la angustia al vacío y la angustia de separación en los cónyuges de la pareja sexagenaria que les he mencionado.

Ch. Gérard nos propone esta hipótesis interesante referida a que es vía este tipo de identificación primaria que se efectúa  la transmisión de elementos patológicos parentales, como un intento reiterado sin cesar, de volver a encontrar el objeto primario perdido.

La corriente sensual-sexual

En la pareja, se entiende que ahí se hace el amor (por lo menos en teoría).  Y hacer el amor es autorizarse en la necesidad de ausentarse del mundo real para encontrar un espacio-tiempo en el cual el narcisismo fusiona o bordea de muy cerca lo objetal  y de cuya fuente (siempre en teoría) se nutre el sujeto saludable. Lo sexual es un llamado al cuerpo erotizado.

El erotismo, escribe Bernard Chervet (2011, p.9), se despliega en un tiempo segundo, luego de la instalación primera de una sensualidad que tiene por función contra-investir la atracción regresiva hacia lo sexual de órgano. La sensualidad constituye el narcisismo llamado primario, narcisismo corporal nacido de la de-sexualización de una parte de las investiduras sexuales de órgano, siendo el narcisismo secundario una salida de la de-sexualización de una parte de las investiduras sexuales de objeto”.

Es decir que un erotismo bien integrado en la pareja, portador de armonía y de recurso narcisista, presupone (condición necesaria si bien no suficiente) de los procesos de simbolización suficientemente bien asimilados, así como la ausencia de fijaciones identificatorias parentales. Por lo tanto, de haberse podido beneficiar de una madre primaria “suficientemente buena”, y de un padre primario suficientemente presente y adaptado a las necesidades del hijo.

Evocar lo sensual-sexual es hablar de excitaciones, o sea de lo pulsional. Y, para el sujeto, hay siempre dos maneras de bajar la cantidad de excitaciones: ya sea que él esté en un proceso de vinculación, de intrincación pulsional, proceso interior, ya sea que esté en un proceso de evacuación, de descarga hacia el exterior. La descarga trae el placer inmediato y el alivio propio de los procesos primarios. La vinculación necesita de un trabajo psíquico conducente a la satisfacción específica de los procesos secundarios.

El placer de descarga se encuentra en un tipo de sexualidad de descarga (García, 2011) cuya meta buscada es la disminución del quantum de excitación a un nivel cero, conllevando a un estado fisiológico aplacado. La búsqueda de este tipo de sosiego es una constante en los cónyuges con gran sufrimiento narcisista, acosados por la angustia y la duda, para quienes todo encuentro es amenazador para la organización de su frágil yo(moi) y quien, en un universo de hostilidades potenciales, acumulan a cada minuto tensiones suplementarias.  Estos pacientes, portadores por introyección de una madre primaria carenciada y de un padre primario deficitario, se viven en una soledad esencial, y están tan preocupados de tener que sobrevivir que se les dificulta ir al encuentro del otro. Con su pareja, lugar de relativa confianza, pueden desnudarse en parte de su coraza defensiva y, en la intimidad con su cónyuge, utilizar la sexualidad para liberarse al fin de las tensiones acumuladas. Y repetir así en pareja esta búsqueda de placer en solitario, como un autoerotismo en presencia de un partenaire representado como objeto transicional, pero a menudo vivido como personaje vivo ausente.

Este tipo de comportamiento sexual sería sin embargo en primer lugar una especificidad masculina. Y Béla Grunberger (1991, p. 99) presenta sí lo que él piensa que es una particularidad femenina, que la opone al hombre: “la mujer, que no obstante tiene fuertes exigencias sexuales, tenderá a veces en detrimento de estas, a obtener antes que nada, gratificaciones narcisistas, para darse sexualmente, para ser amada, mientras que el hombre tendrá más bien la tendencia a buscar antes que nada la satisfacción pulsional sexual […]”.

A este placer de descarga, yo opongo, retomando la distinción señalada por R. Roussillon (2010), la satisfacción de una búsqueda de encuentro con el otro y de su deseo, con la intención de transmitir y de compartir con el objeto vivencias que van a cobrar sentido.

Este estado de satisfacción presupone vivencias que se experimenten, por lo tanto que puedan ser representadas por el sujeto con el fin de ser calificadas. Esta representancia necesita, en el encuentro con el objeto primario,  de la huella de esa vivencia percibida: el espejo no mineral que es el otro renvía a una realidad de interacción y de  compartido. Es el objeto el que inscribe la realidad del encuentro intersubjetivo y de lo que ahí se experimenta: Winnicott evoca así al bebé que se ve en los ojos de su madre.

R. Roussillon (2010, p. 38) propone en este sentido la hipótesis de que: “Clínicamente, podemos vernos confrontados a movimientos pulsionales que no han sido suficientemente reflejados por los objetos y que entonces se encuentran en desmedro respecto a la composición y apropiación subjetiva”.  Y la parte del padre primario, padre y madre, buscada inconscientemente en el cónyuge, asegura también ahí esa función de potencial reparación en la pareja, del bebé abismado en sí mismo y que se descubre en las angustias de una sexualidad en solitario, con la meta-ideal de lograr una satisfacción vivida de a dos. Puesto que, explica Roussillon (2010, p.31): “La satisfacción concierne al placer adquirido con el objeto, en el objeto, es decir una doble condición, el placer y el objeto, el placer experimentado en el encuentro con el objeto. Búsqueda del placer y búsqueda del objeto van a la par, pues el placer que aporta satisfacción es aquel que  incluye al objeto, en el objeto”.

Pero tales posibilidades de reparación no se hacen posibles sino con la restauración de un espacio psíquico que permita lo transicional y que contenga la inscripción de los traumas primarios.  En este espacio tridimensional también se va a volver a encontrar  el sujeto herido, la madre primaria y el padre primario en la persona del objeto.  He ahí el marco del trabajo del psicoanalista.  Para Dominique Cupa, en efecto (2005, p. 112) “Lo compartido afectivo con el analista permite al paciente, por el sesgo de las identificaciones, reconocer sus afectos y darles un sentido […]. Los afectos sin sentido y las representaciones que demandan un fundamento externo para ser validadas, constituyen ese “conglomerado psíquico” en el cual la indiferenciación representación-afecto es signo de sufrimiento sin fondo […]. La presencia alucinatoria es sentida sin contenido alucinado del objeto primario”.

De hecho, me parece posible pensar que lo que el paciente viene a demandar a su analista, lo haya podido buscar previamente en su vida afectiva en el seno de una envoltura-pareja reaseguradora y continente, activando una inter-transferencia permanente entre cónyuges amantes. Pues, tal como lo hemos visto, cada sujeto va a buscar inconscientemente, en función de sus heridas no simbolizadas, la parte del padre y de la madre primarios en su nuevo objeto de amor, el cual él necesita para repararse y sentirse más apaciguado. De ahí mi sentimiento de que entre todas las funciones psíquicas de la pareja, la función de reparación es esencial.

 

BIBLIOGRAFIA

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