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Violencia Institucional violencia familiar: el reporte introductorio al convenio de la escuela Bleger (Laura Buongiorno)

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VIOLENCIA INSTITUCIONAL VIOLENCIA FAMILIAR: El reporte introductorio al convenio de la escuela Bleger

Sábado 15 de Junio de 2013

Laura Buongiorno

 

Para introducir brevemente el recorrido histórico-social y económico que hoy nos lleva a hablar de violencia institucional y violencia familiar, parece oportuno recordar el movimiento de las mujeres nacido en las últimas décadas del ochocientos y en los primeros 20 años del novecientos, inspirado en tesis liberales como demanda de igualdad de derechos según la ley (voto, propiedad, acceso a la educación y a las profesiones liberales).

El movimiento solo conquistará parte de los derechos requeridos, derechos que aun hoy día consta que solo están en el papel.

La tesis de fondo que distingue la orientación socialista de la liberal sobre el problema de la emancipación y liberación de la mujer es que- para que las condiciones de subordinación material de las mujeres, de los proletarios, cambien realmente- es necesario realizar a través de la revolución, una sociedad en la que puedan desaparecer todas las formas de subordinación de los proletarios (hombres y mujeres) respecto a los capitalistas y de las mujeres respecto a los hombres.

Temáticas relativas a las condiciones de subordinación están presentes durante el ochocientos, ya sea en teorías llamadas “utópicas” (Desde R. Owen a Charles Fourier), ya sea en mujeres empeñadas en las luchas obreras de mitad de siglo y posteriores (Flora Tristan, las mujeres del 48 parisino; las de la comuna de 1871).  La elaboración más orgánica de tal temática está presente en los escritos de Marx y Engels desde los años 40 y sobre todo es reconocida por los historiadores del feminismo, en dos escritos sobre la problemática femenina: uno liberal, del año 1869 “La subordinación de las mujeres” de Mill y el otro, de 1884 “El origen de la familia, de la propiedad privada y del estado”, de Engels.

Engels habla de transformaciones sociales y culturales de las relaciones entre mujeres y hombres en fases de la prehistoria de la humanidad, en las que prevalece la economía de la caza y de la cosecha y donde hay una división del trabajo entre mujeres y hombres, pero no una subordinación de las mujeres respecto a los hombres. Al contrario, la condición de las mujeres como fuente de vida es exaltada en las religiones primitivas, en las que la diosa madre, símbolo de la fecundidad, constituye el momento cúspide de veneración religiosa.

Las cosas cambian generalmente cuando la humanidad, en algunas zonas, pasa a la etapa de la crianza de los animales, de la agricultura organizada, de las guerras para la conquista de tierras y de esclavos. Aquí el hombre deviene protagonista, cabeza de familia, dueño del territorio. Este pasaje representa el gran desafío histórico para las mujeres, quienes, de protagonistas pasan a ser esclavas, objetos de propiedad del marido.

Es así que nace la familia patriarcal y con ella la esclavitud de la mujer respecto al hombre.

En una línea de continuidad con las tendencias socialistas de los movimientos políticos más avanzados, los últimos pensadores feministas han recordado el uso insistente de los análisis freudianos que sustentan sus tesis, no obstante los múltiples ataques surgidos de cierto sector feminista (“Psicoanálisis y feminismo”, Juliet Mitchell, 1974).  Freud indicó los condicionamientos psíquicos de la relación hombre-mujer más allá de sus orígenes históricos.                                                                                                                      Basta recordar “Tótem y tabú”. El tótem (padre asesinado y divinizado post-mortem) y el tabú del incesto (la prohibición de relación sexual con consanguíneos y el consiguiente intercambio de las mujeres).

Pero la aparición del volumen Speculum en 1974, de la psicoanalista Luce Irigaray da un nuevo impulso a la discusión sobre las temáticas feministas. La obra propone una fundamentación de la teoría de la ‘diferencia sexual’ a través de un análisis crítico tanto de las tesis de Freud como de la total tradición filosófica occidental, desde Platón hasta Hegel.

Ambos convergen en la tesis de la esencialidad de la diferencia sexual de una manera que exalta y no reprime la sexualidad femenina, ante la cual tanto la filosofía como el psicoanálisis, portadores de prejuicios masculinos, han quedado ciegos.

El análisis más detallado es dedicado al notable mito de la caverna propuesto por Platón.

La caverna-para Irigaray- es el equivalente del útero materno del cual nace el ser humano. Es el speculum que se contrapone al ‘espejo’ externo/el Sol, el Bien/; es el lugar de la ausencia, del vacío, es la sede de la ignorancia y de la pasividad.  La caverna es el símbolo de la mujer, el exterior de la caverna es el símbolo del hombre.

Cuando en los años 80 el movimiento feminista entra en crisis como movimiento organizado, su herencia política e histórica no se desbanda.  Si bien el movimiento feminista entra en crisis casi en todas partes, no entra en crisis el movimiento de liberación de las mujeres. Los movimientos centrales relativos a la paridad de los derechos entre hombres y mujeres no son abandonados, si bien esos derechos son objeto de continua amenaza en algunos países o incluso de conquista en otros.

Los temas cercanos a la vertiente socialista del movimiento, tales como el empobrecimiento económico reaparecen hoy con fuerza, también en los países más adelantados en los que la reacción liberal produce de inmediato un atraso de la condición económica de las mujeres y  una mayor dificultad de acceso al mercado laboral, en particular para las mujeres de minorías étnicas.

El empeoramiento general de la condición social de las mujeres en algunos países, provee un nuevo vigor a la diferencia sexual como eje de la opresión femenina, ya sea en la esfera pública (mercado laboral, presencia en las instituciones) como en la privada (familia).

El trabajo teórico referido a las temáticas en contra de la homofobia, ligadas no solo al pensamiento femenino sino también a autores  de los años 80, tales como Derrida, Foucault, Deleuze, plantea problemas de naturaleza más general respecto al “cómo” y al “cuándo” se constituye un sujeto, una identidad, incluso un cuerpo, con sus características, elecciones, orientaciones sexuales y también con aspectos más generales de ‘construcción’ del sujeto.

La violencia no es un comportamiento inaceptable, es un delito.

La violencia es poder y el poder es como una droga: difícil de abandonar.

La mayoría de los hombres violentos ha sufrido agresiones directas o indirectas en su niñez.  Esto explica en parte la violencia con la que están marcadas sus relaciones con las mujeres, pero no los justifica.  Raramente hay un deseo sincero de cambiar que los lleve a pedir que se los remita a los centros especializados de soporte para hombres violentos que hoy en día empiezan a surgir también aquí.  A veces los frecuentan reincidentes con un fin bien preciso: obtener la custodia de los hijos, ampliar el derecho a visita, volver a convivir con la víctima.

Esto significa que la intervención debe volver a entrar en un programa complejo de educación en las escuelas, de prevención en la ciudadanía, de conquista de derechos con fuerza de ley para que sean aprobados, porque a menudo se quedan en el papel.

La violencia hacia los diferentes y  los extranjeros, a propósito de las mutilaciones de los aparatos reproductores, tal como la circuncisión de los varones y la infibulación de las mujeres, que se presentan como costumbres religiosas, ritos de pasaje hacia la madurez.

La violencia familiar se ha vuelto uno de los temas centrales en el discurso público, en Italia y al exterior.  De ella se habla en los diarios, al interior de las instituciones públicas, en los lugares de trabajo, en los medios virtuales, en las redes sociales.

La violencia es un abuso físico, sexual, psíquico, emocional y económico que, mediante amenazas y actitudes persecutorias tales como el bulling, pueden en ocasiones llegar al homicidio. La lista se amplía día a día, tal como la crónica nos lo ha mostrado recientemente.

También se agita en la intimidad de los muros domésticos, latente o manifiesta, la violencia entre cónyuges supera los estratos que habitualmente se instalan entre género, edad, nivel de educación, clase, origen étnico, religión, condición socioeconómica. Es así que la violencia doméstica ya es transcultural y global.  Este hecho está ligado hoy no tanto al fenómeno en sí sino a la transformación radical de la forma tradicional de familia mononuclear.

La violencia familiar ya no se refiere solo a la mujer en su rol de esposa (cuyo homicidio era llamado uxoricidio y que hoy deviene femicidio) sino que otras figuras unidas al partner violento pueden ser víctimas de violencia: convivientes, amantes, niños.

El emergente cultural, social y político de la violencia de género ha sido determinado sin duda por más factores asociados: la lucha de las mujeres, las leyes, los servicios sociales, las voluntades individuales.

No obstante un dato es cierto: la violencia de género es una cuestión de proporciones ‘endémicas globales’, así fue definida por el fondo de las naciones unidas para la infancia UNICEF.  Siendo común a todas las clases y culturas, la violencia de género golpea grupos de mujeres que se han vuelto vulnerables por otros factores discriminatorios. Pensemos en discapacitadas, prostitutas, inmigrantes, refugiadas y demandantes de asilo, pertenecientes a minorías étnicas- tales como los rom –detenidas.

La violencia se vuelve absoluta cuando llega al homicidio. Gracias a la creciente sensibilización popular, a las campañas promovidas por asociaciones femeninas, se ha comenzado a hablar con insistencia acerca del número de mujeres asesinadas por cuestiones de género, es decir de un fenómeno encubierto también por las instituciones.

El discurso público trae luz a las conciencias y quizás alguna violencia menos. El 2012 se cerró con 127 homicidios de mujeres.

Hablar de violencia es establecer un nuevo pacto entre las generaciones a partir de los precarios muros domésticos. La violencia puede ser enfrentada solamente con un trabajo difundido de redes que interactúan capilarmente sobre el territorio.

 
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