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Movimientos Sociales: voluntad, deseo y decisión ( Raymond A. Letcher, Ps.)

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Movimientos Sociales: voluntad, deseo y decisión

Autor: Raymond A. Letcher, Ps.

 

Resumen

El presente ensayo tiene como fin pensar las subjetividades colectivas en relación con los movimientos sociales acontecidos principalmente el 2011 en Chile y su relación con la voluntad, el deseo y la decisión.

 

Abstract

This essay aims to think the collective subjectivities in relation to social movements occurred mainly on 2011 in Chile and its relationship with the will, the desire and the decision.

 

Palabras Clave: Subjetividades Colectivas; Movimientos Sociales; Voluntad; Deseo; Habitus; Orden Social

 

El 2011 pasará a la historia como el año del descontento mundial, plasmado en las distintas rebeliones populares que mostraron un grado de madurez que hacen recordar al Mayo del 68 por su amplitud y a Chiapas por sus demandas y exigencias.

Ocupa Wall Street”, la “Primavera Árabe” o los “Indignados Españoles” comparten algo común con las manifestaciones de nuestro país, trazos y problemas análogos que provocan demandas y objetivos similares, los que finalmente convergen volviéndolos en ciertas ocasiones idénticos.

Pero no solo es de importancia el examinar los agentes sociales y derechos que se reclaman, también hay que tener en cuenta como estas manifestaciones sociales construyen subjetividades colectivas.

Así, para empezar, debemos considerar que los movimientos sociales son producto de las coyunturas y de las oportunidades políticas y que participan en un campo social o popular (Falero, 2007) en que los participantes ponen en juego sus recursos para obtener bienes específicos de ese campo, considerando que este solo existe al influir en los participantes, en sus perspectivas y en su actuar.

Los implicados entonces construirán lo que Bourdieu (2002) denomina habitus, es decir esquemas de obrar, pensar y sentir que definirán el cómo se percibe y evalúa la realidad, lo que está íntimamente ligado a la construcción de subjetividades colectivas.

Entre campo y habitus hay una complementariedad ontológica que supone una respuesta a la relación micro-macro, subjetivo-objetivo y agente-estructura. Los procesos históricos por tanto se introducen en los cuerpos (habitus) promoviendo la estructura que permitirá la evaluación de las situaciones. Estos procesos serán actualizados en la práctica social, incorporándose a la conformación subjetiva y permitiendo las condiciones de su reproducción (Retamozo, 2009).

El antagonismo que genera la confrontación entre habitus con distintos proyectos de sociedad que comparten un campo cultural y disputan el control de los recursos promoverá el conflicto y por tanto, el surgimiento de movimientos basados en valores (Touraine, 1978 y 1997). Este conflicto debe ser entendido como identidades que entran en crisis y que requieren restablecer sentidos, lo que asume forma en la acción colectiva

Para Falero (2007, p. 102), la subjetividad permitirá la reconstrucción abstracta de los vínculos entre el campo de las estructuras y los elementos del ámbito del sujeto (agente), lo cual permite pensar los procesos de conformación del sujeto y de los movimientos sociales.

Es decir, que la subjetividad no puede pensarse como externa e independiente de las estructuras sociales, ya que estas permiten la entrada al proceso histórico-político.

Debido a esto, serán consideradas como productos humanos que, aun cuando se articulan más allá de la voluntad de los sujetos-agentes, deberán ser entendidas en referencia a las relaciones sociales y significados que la constituyen y a la subjetividad y acción que la actualizan, validan, reproducen y transforman. Las estructuras por tanto no están escindidas de la pragmática del sujeto, quien las pone en acto y la valida en la práctica (Schütz y Luckmann, 1997)

La concepción de la estructura guarda relación con la formación del orden social, ya que este es una articulación particular del pasado y el futuro en el presente que configura una temporalidad múltiple que admite un ordenamiento denso y complejo que articula distintos campos estructurales y en cuya multiplicidad de pliegues pueden erigirse sujetos sociales que disputarán partes del magma social.

 

El orden social implica por tanto la estructura más el conjunto de sistemas institucionales reguladores de una sociedad (Cuellar y Durand Ponte, 1989), sumado a la pluralidad de las relaciones estructuradas y la producción de espacios-tiempos (Massey, 1993). Visto de esta forma, la acción de los sujetos sociales son una parte constituyente de la transformación del orden (Zemelman, 1983)

 

Si consideramos en primer lugar a las condiciones estructurales no solo como ámbitos de presión o constreñimiento y en segundo lugar que la reproducción del orden social no es una mera imposición de de las clases dominantes, sino que además existen espacios abiertos y creados por los sujetos para las acciones y producción de significaciones que cuestionan el orden social hegemónico, es que podemos entender que los sujetos encuentren en el orden social condiciones de su existencia y para transformarlo.

 

Así, como señala Giddens (1995), las condiciones estructurales poseen un potencial habilitante para la acción, debido a que los sujetos encuentran en el orden social posibilidades para su existencia y a la vez, operan sobre ellas para consolidarlas o transformarlas desde la praxis (García, 1990) interviniéndolas.

 

Por tanto la acción social, en su creación y reproducción, asume una importancia vital, ya que opera transformaciones en el orden contingente por medio de las tensiones, las cuales se actualizarán en ciertos momentos históricos para luego mantenerse latentes, siendo el orden social por tanto vulnerable a la acción de resistencia y sensible a las objeciones y fracturas.

 

De esta manera, y considerando lo anteriormente expuesto, la subjetividad colectiva se entenderá como un proceso de articulación de significados que se vincula con la forma de dar sentido y desarrollar acciones. Es decir que la subjetividad es móvil y articula códigos heterogéneos para revestir de significado a las situaciones particulares.

 

Esto además nos permite comprender que en los campos sociales podemos encontrar significados distintos y contradictorios que generarán acciones opuestas, mediante las cuales se actualizarán las configuraciones.

 

La repetición de configuraciones promoverá la formación de identidades sociales y su movilidad y dinamismo permitirá nuevas configuraciones y praxis transformadoras. Estas nuevas configuraciones serán intersticios para dar sentido a situaciones particulares que admite discontinuidad y contradicción (De la Garza, 2004).

 

Los grupos sociales por tanto se apropiarán de los significados y los disputarán siendo el campo cultural un espacio de conflicto y de construcción. El conflicto radicará en primer lugar en la disputa por anclar sentidos específicos, es decir el quiebre entre el significado y el significante. De este conflicto surgirán interpretaciones subalternas que serán codificadas.

 

En segundo lugar, el conflicto generará el intento de reproducir un orden dominante a partir de la consolidación de sus sentidos hegemónicos (Ceceña, 2004). La fijación de sentidos será una de las claves en la lucha social, entrando en juego las distintas formas de instituciones y dispositivos que garantizarán la subjetivación y la reproducción.

 

En tercer lugar, tenemos la articulación de los códigos culturales en una subjetividad colectiva por medio de la apropiación y la reelaboración de los sentidos culturales por parte de los distintos estratos sociales. El orden social por tanto será la reproducción de los sentidos dominantes y la reelaboración de sentidos en cambio, generará nuevos desafíos de ordenamiento

 

Podemos entonces señalar que los movimientos sociales son sujetos que despliegan acciones colectivas a partir de una particular configuración de la subjetividad colectiva. Esta subjetividad colectiva debe inscribir elementos particulares que permitan la acción colectiva propia de un movimiento social, siendo imprescindible para la acción la voluntad colectiva, es decir la disposición para la acción y relación con el otro. Esta voluntad supone la incorporación de sentidos cognitivos, emotivos y éticos.

 

Gramsci (1975) por medio de su concepto de Voluntad Colectiva Nacional-Popular presenta la posibilidad de construcción de imaginarios sociales que conduzcan a la acción mediante la razón y la pasión.

 

Así, la voluntad colectiva es relevante tanto en la lucha por la hegemonía como en la dimensión de los proyectos y se vinculan con el deseo y la decisión. Este deseo es por tanto una forma de percibir, interpretar y producir la disposición a la acción, es decir la falta que generará la acción. Es decir que, para que esta falta no conlleve a frustración es que los sujetos intervendrán en la historia por medio de la acción.

 

La decisión (De la Garza, 1992) será entendido como la instancia creativa-instituyente que abre-crea una espacio de acción y conflicto que permite el surgimiento de un movimiento, ya que es el momento en el cual al subjetividad colectiva se transforma a movimiento social, poniendo en acto al sujeto social

 

Es decir, la decisión es constitutiva de la subjetividad colectiva y del movimiento y el sujeto social, pero no incondicionada ya que responde a una historia de la subjetividad, a las relaciones de poder, a la cultura y a la memoria subalterna (Zemelman, 2001). Puede dislocar un orden existente, introducir la negación e instituir campos de conflictos.

Resumiendo, para la posibilidad de un movimiento se debe incorporar la falta, inscribiéndose con ello la demanda en la lógica del deseo como aquello que moviliza en tanto incompletitud. Esta falta será expresada en la demanda social, que se construirá a partir de los sentidos compartidos que la dotarán de significancia.

 

Esta demanda surgirá en tanto se reconfigure el campo de la experiencia, que permite visualizar una situación antes ausente, ya que en caso contrario no movilizaría sentidos que la doten de significado que hagan posible la acción. Es decir que si colectivamente no se asigna sentido a una situación como agravante o injusta, es imposible la emergencia de un movimiento social.

 

Así, la demanda es una producción subjetiva que se construye por la irrupción de otros sentidos de la operación semántica donde se ponen en cuestión los sentidos dominantes, pero que no necesariamente harán surgir un sujeto emancipado no alineado, ya que esto estará definido por la contingencia y la historicidad, tanto de los sujetos como del orden social.

 

Los movimientos sociales por tanto generan una comunidad temporal o comunidad imaginada (Anderson, 2003) donde se producirán imaginarios y proyectos colectivos donde se aglutinarán mitos, héroes, mártires, memorias compartidas, deseos y una visión de futuro que promueven la acción colectiva social.

 

Como cierre, podemos señalar que los movimientos sociales destacan entre los sujetos que intervienen en el orden en la constitución del orden social y nos hablan sobre las sociedades en que se desarrollan, se su pasado y sus potenciales futuros.  Debido a esto es necesario pensar la relación entre estructuras, orden social y acción desde la concepción de la subjetividad, la cual permite una plataforma nueva para indagar la movilización de los sujetos que permite abordar aspectos identitarios, culturales, de demandas y de construcción de antagonismos de distinta forma que las visiones unidireccionales y estructuralista.

 

El tiempo actual y sus procesos socio-políticos producen emergentes constantes, como es el caso de los acontecidos el 2011 y los de la primera mitad del 2012, lo que demanda un esfuerzo adicional para ser entendidos de parte de las Ciencias Sociales, lo que conllevará a una visión enriquecedora de nuestra presenta realidad.

 

 

 

Referencias

ANDERSON, B. (2003) Comunidades Imaginadas. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica

BOURDIEU, P. (2002) Razones Prácticas. Sobre la teoría de la acción. Barcelona, Anagrama

CASTORIADIS, C. (2007). La institución imaginaria de la sociedad. Buenos Aires: Tousquest, 1975

CUELLAR, A. y DURAND, P. (1989). Clases y sujetos sociales. Un enfoque crítico comparativo. México: UNAM.

 

DE LA GARZA, E. (2001). Subjetividad, cultura y estructura. Iztapalapa, (50), 83-104

 

FALERO, A. (2007) Subjetividad Colectiva y Movimientos Sociales: Una perspectiva para examinar los actuales procesos sociopolíticos y los escenarios posibles en el cono sur. En Movimentos Sociais, Participação e Democracia, Anais do II Seminário Nacional, 25 a 27 de abril de 2007, UFSC, Florianópolis, Brasil

GRAMSCI, A. (1975). Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y el estado moderno. México: Juan Pablos Editor.

 

MELUCCI, A. (1994). Asumir un compromiso: identidad y movilización en los movimientos sociales. Zona Abierta, (69), 153-180.

 

RETAMOZO, M (2009) Orden Social, Subjetividad y Acción Colectiva. Notas para el estudio de los movimientos sociales. En Athenea Digital, núm.16, pp. 95-123. Universitat Autónoma de Barcelona, España.

REVILLA BLANCO, M. (1994). El concepto de movimiento social: acción, identidad y sentido. Zona Abierta, (69), 181-213

 

SCHUTZ, A. Y LUCKMANN, T. (1997). Las Estructuras del Mundo de la Vida. Buenos Aires: Amorrortu

TARROW, S. (1997). El poder en movimiento. Los movimientos sociales, la acción colectiva y la política. Madrid: Alianza Universidad.

 

TOURAINE, A. (1978) Movimientos Sociales e Ideologías en las Sociedades Dependientes. En AAVV, Teoría de los Movimientos Sociales. San José, FLACSO-Secretaría General.

 
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