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El juego entre subjetividad y grupalidad

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El  juego  entre  subjetividad  y  grupalidad

Anna Maria Pandolfi

 

La psiquis ha sido considerada desde hace mucho, y no solo desde el psicoanálisis, como finita y definida en sí misma, con sus estructuras, sus espacios internos, dotada de límites bastante precisos; si bien junto con estas características se reconocían sus múltiples y diferentes funciones, sus capacidades de cambio y adaptación.  Respecto a esta concepción, hoy tendemos en cambio a favorecer la idea que el aparato psíquico sea concebible también como un haz de funciones y de versiones que se activan gracias a los estímulos internos y externos, por lo tanto consustancial al contexto más que distinto de él, y como una configuración relacional y, en tanto tal, múltiple, mutable y discontinua. Esta modificación conceptual es coherente con el nuevo modo de comprender en general la realidad en sus multiformes aspectos, también en función de la crisis del paradigma cartesiano reductivo y disyuntivo, simplificador.

Esto comporta, como lo ha formulado Anna M. Nicolò (Nicolò, 1993), una puesta en crisis de la concepción unitaria del Sí y en consecuencia, el desplazamiento de nuestra atención clínica del individuo en sí a cómo ello se realiza y se manifiesta en sus relaciones. Que, por lo demás, es lo que hacemos constantemente con nuestros pacientes, ya sea que esto se verifique en la dialéctica diádica transferencia-contra-transferencia del encuadre individual, o bien que se verifique en los encuadres de pareja y de familia.

Personalmente encuentro más convincente aún pensar el Sí como una entidad que existe y consiste en una suerte de espacio intermedio como relación entre estas dos modalidades con las cuales de hecho el Sí se presenta, modalidades entre las cuales oscila ya sea desde el punto de vista subjetivo como desde el punto de vista del observador.

Hecha esta consideración para algunos aspectos preliminares, quisiera ahora considerar el hecho que el Sí se constituye de una doble matriz. Una primera matriz está constituida por el Sí corpóreo-sensorial, la otra matriz del Sí está constituida como pertenencia grupal histórica, en primer lugar familiar.

La primera raíz del Sí, si bien definida entonces con otra terminología, la corpórea-sensorial estaba presenta también para Freud quien en El Yo y el Ello, de 1922, enfrentándose al problema de la génesis del Yo había hipotetizado, y los estudios sucesivos le habrían dado la razón, que el Yo se desarrollaría a partir de un núcleo psicofísico, proponiendo el concepto de “Yo corporal” y expresándose así: “El Yo es en definitiva derivado de sensaciones corporales”. La idea de imagen corporal no nación en el seno del psicoanálisis sino en la neurología de los inicios del 900, que buscaba explicar el fenómeno del miembro fantasma. Fue tan solo con H.Deutsch, en 1935, en el ámbito de ese “misterioso salto de la mente al cuerpo”, y luego con Schilder, en 1935, con su obra fundamental, que el psicoanálisis comenzó a usar la imagen corporal como un constructo teórico-clínico. Pero, a propósito del “misterioso salto” recién citado, me llego a preguntar: ¿Y por qué en cambio no hay salto entre mente y cuerpo sino más bien un lento pasaje y construcción del cuerpo a la menta? No obstante del Sí psicofísico corpóreo-sensorial recabamos el sentido del Sí de “ser yo aquí y ahora” que nos acompaña como dato de base en el curso de la existencia en cuanto experiencia sensorial única e irrepetible, resultante de la integración de las varias aferencias sensoriales; sentido de Sí que pasa también por dramáticas oscilaciones y que sin embargo mantiene una continuidad propia. El sentido de Sí debe ser entonces distinto de la representación o imagen de Sí que tiene características más atingentes a cómo sentimos que aparecemos al mundo, representación que es un pilar fundamental de la identidad. Sentido de Sí que también es fundamental en la percepción del sentido subjetivo del tiempo. Pasaje que precede la constitución de la ipseidad cuando el sentido de Sí se teñirá de una intención de auto-mantenimiento y auto-expansión y después de la identidad, conformación personal en tanto entidad única, original e irrepetible.

Me parece que quizás, como psicoanalistas, nos vemos tentados a considerar menos de lo debido la matriz corpóreo-sensorial, ya sea en la vertiente del paciente como en la nuestra, no teniendo en cuenta por ejemplo cuánto nuestras metáforas espaciales (identificaciones primitivas, imitaciones, espacios internos, holding, para citar solo algunas) hundan sus raíces justamente en la corporeidad-sensorialidad. Como que casi tuviéramos una especie de apuro en ocuparnos de lo psíquico, devaluando tal vez de qué está hecho y de donde proviene. Quizás aún seamos víctimas inconscientes pero víctimas consentidoras- por cierto- del paradigma cartesiano disyuntivo que impone la separación entre cuerpo y mente.

Desde la segunda raíz, la grupal, extraemos la experiencia igualmente primordial de “ser con”, de pertenecer a una grupalidad, de estar hechos de la misma materia que otros de nuestros semejantes, de ser en tanto contextuales y relacionales, pertenecientes al consorcio humano. Experiencia que también ella, por lo menos en su génesis, está hecha de corporeidad-sensorialidad.

Desde este punto de vista el Sí tiene una propia ambigüedad constitutiva por cuanto pertenece a dos naturalezas, únicas al inicio pero luego distintas, si bien nunca disyuntas, excepto en la patología, ambas necesarias y entre las cuales oscila constantemente, no siendo nunca solo una o solo la otra. La realidad del Sí y aún más, el sentimiento de Sí se ubica en la interfaz entre estad dos matrices.

La pertenencia grupal, en primer lugar la familiar, tiene la característica de distribuirse no solo en un eje horizontal que se despliega en el presente sino en un eje vertical diacrónico que comprende varias generaciones; la del presente-pasado constituida por la pareja parental, la del pasado próximo constituida por el grupo de los abuelos, la del pasado remoto constituida por el grupo de los antepasados que sobreviven en los recuerdos, en los relatos, en los mitos.  El eje temporal comprende también las generaciones futuras que viven o deberían vivir a nivel más o menos fantasmático en las expectativas de todos y de cada uno. En este sentido es la pertenencia grupal que conduce. El Sí en el fluir de un tiempo colectivo y compartido que, a diferencia del tiempo subjetivo, trasciende pues nuestro destino mortal.

Nuestro nacimiento está signado al mismo tiempo, por lo concreto de lo somato-psíquico y por la pertenencia grupal, dotada esta de un mayor nivel de abstracción, pertenencia que nos precede en la vida y nos acompaña después de la muerte. Estas dos pertenencias constitutivas entre las cuales el ser humano oscila constantemente, se confirman, se testimonian, se reflejan recíprocamente. Para que la vida sea vivible no podemos prescindir de ninguna de estas dos naturalezas ni de su constante y dinámico interjuego. De hecho nuestra subjetividad más personal y original necesita sin embargo, para surgir como tal, del fondo irrenunciable de la pertenencia; esta nos ofrece los límites necesarios cuando nos vemos llevados a abandonarnos a una tendencia egocéntrica y nos confiere la posibilidad de ser nosotros mismos realizando y modulando las distancias y las diferencias con los otros, por lo tanto, con la grupalidad.

Es interesante recordar que a propósito de esto, Liechtenstein, en 1963, formuló la hipótesis, muy aguda a mi parecer, que la vergüenza sea también un afecto que aparece cuando tenemos la sensación de que estamos abandonando nuestra identidad más personal para adherirnos demasiado al grupo y correr el riesgo de confundirnos con él.

Además viene a la mente lo que ha escrito Winnicott respecto a la capacidad de estar solos.

Quisiera recordar al pasar, que las más recientes posibilidades tecnológicas en el tema de la procreación ponen en crisis la matriz grupal de nuestra identidad, por lo menos de la manera en que hasta hoy lo hemos comprendido. Pero se trata de un discurso que, por interesante que sea en términos de la génesis de la naturaleza humana y de sus futuros destinos, no encuentra aquí una sede natural propia de profundización.

Si de estas dos matrices de nuestra identidad prevalece la primera, la somato-psíquica, corremos el riesgo de consagrarnos a una hiper individualidad que nos aísla en nuestros confines restringidos y nos expulsa del mundo. Si, en cambio, prevalece la segunda, la grupal, corremos el riesgo- para evitar la depresión de la soledad- de diluir nuestra identidad personal y más intrínseca y así confundirnos con lo externo.

Estos conceptos recurren- desde Goethe-“Lo que has recibido de los padres, reconquístalo si verdaderamente lo quieres poseer”, o también, en un plano más estrictamente psicoanalítico, la puntual formulación de Racamier a propósito de la necesaria coexistencia y entrelazado de Edipo y de Anti-Edipo.

Entre estas dos ineludibles raíces existe un inter-juego constante y fisiológico que a menudo asume, fisiológicamente, las connotaciones de la experiencia conflictual. Se trata por cierto de los conflictos-oscilaciones de base de la existencia que corresponden a experiencias fundamentales para una vida medianamente satisfactoria: por un lado el pertenecer a sí mismo, sentirse libre de vínculos excesivamente vinculantes, amos y responsables de nuestra propia vida, por otro lado la pertenencia a una grupalidad que nos reconoce y en la que nos reconocemos. Dicho conflicto-oscilación nos acompaña a lo largo de toda la vida pero se manifiesta con particular pregnancia en el curso de determinados períodos y es determinante en algunos períodos de crisis de la existencia. Se trata además de un conflicto que no puede encontrar una solución sino tan solo una negociación oscilante entre las dos matrices, negociación que consiste sobre todo en poder realizar de manera alternante las dos exigencias derivadas de las dos matrices recién ilustradas y en considerar legítimas ambas exigencias. De hecho, la propensión hacia uno de los dos polos , el de la subjetividad o el de la grupalidad, varía de persona en persona y constituye una de sus características importantes. Tales características tienen que, a mi parecer, atentamente respetadas como una de las múltiples diferencias individuales que constituyen la identidad. Por otra parte, las diferentes propensiones de las que hablo se encuentran también en función hechos históricos particulares y, en particular en función de diferentes culturas. Y tendremos que considerar estas diferencias como una consideración que subraya el variado panorama de la humanidad.

El discurso acerca de la oscilación necesaria entre subjetividad y grupalidad debe, a mi entender, ampliarse ya que, si es verdad que la grupalidad familiar es la primera que nos hace existir y que, en tanto tal, se constituye como un modelo, ella es seguida y en cierta medida sustituida de otras pertenencias, por ejemplo, las políticas, religiosas, las científicas, usando las categorías más conocidas, pero por cierto hay muchas más, sobre todo en el sentido de “ser con…”; de estar en una condición de compartir y por lo tanto de reconocimiento.

Deseo subrayar que la característica funcional-más importante quizás- de la grupalidad familiar y de las que la acompañan en el transcurso de la vida, consiste en su posibilidad de reconocer e incentivar el hecho que la pertenencia no es ni debería llegar a ser nunca un unísono sino más bien un conjunto que en su interior contempla y necesita de las diferencias, de las distancias y de las articulaciones. Corolario de lo que la transmisión de contenidos, valores, historias, mitos entre una generación y otra se dé de tal forma que se posibilite la necesidad de una transformación y elaboración innovadora y creativa de lo que es transmitido. Que se logre por lo tanto un trabajo psíquico. En cambio, si el pasado es recibido y acogido pasivamente no se produce historia sino tan solo una réplica estática de lo que ha sido. Consideraciones que requieren la distinción de la que nos ha hablado Evelyn Granjon entre transmisión inter-generacional y transmisión trans-generacional (Granjon, 2004).

Si, por otra parte, las pertenencias, familiares o de otro tipo, son demasiado englobantes, tienden a hacerse unísonas, son propuestas y recibidas de manera absolutista, por lo cual tienden a aplastar la identidad original de la persona singular y a solicitarle el espíritu gregario con una reducción más o menos grave de su libertad, de la que provienen su capacidad creativa y su responsabilidad personal.

El juego constante entre ser uno mismo y pertenecer a una grupalidad, comprendida también, a mi parecer, entre la representada por la pareja analítica, constituye un elemento de importancia capital en nuestro trabajo clínico de psicoanalistas y de psicoterapeutas. Elemento que nos concierne en primer lugar a nosotros mismos por cuanto somos individuos originales, libres y responsables y, junto con ello, tenemos una pertenencia grupal que dentro de ciertos límites nos acoge y nos define, pero de la cual no debemos ni podemos aceptar sentirnos demasiado definidos ni delimitados. Solo si podemos oscilar de manera funcionalmente congruente y natural entre estas dos matrices particulares, podremos ponernos en una posición cognitiva y, sobre todo, afectiva relacional que permita a nuestros pacientes hacer algo similar y aceptarse con determinadas características propias, considerándolas legítimas sin por ello obligarse a tener que ser como los demás por cuanto, al creer ser acogidos y considerados, se puede pagar por ello un precio a veces trágico.

 

Bibliografía

Correale A., Borderline, Borla, Roma, 2001.

Deutsch E. (1959), Il misterioso salto dalla menta al corpo, Martinelli, Florencia, 1975.

Freud S. (1922, L’Io e l?es, en OSF, IX, 471-520.

Granjon E., “Trasmissione inter e transgenerazionale”, ponencia presentada al Congreso Internacional de Nápoles, 2000.

Texto extraído del libro Quale Psicoanalisi per la familia? Compilado por Anna Maria Nicolò y Gemma Trapanese . Edit. Franco Angeli, Milán, 2005

 
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