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El silencio de los adultos como trauma agregado en el abuso sexual de un niño

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El silencio de los adultos como trauma agregado en el abuso sexual de un niño

Francesca Piperno, Flavia Capozzi

 

En este trabajo queremos detenernos en un aspecto devaluado pero a menudo presente, en los casos de abuso sexual cuando los padres no son los abusadores pero no ven y no escuchan las confesiones de sus hijos.

Los niños que han sufrido un abuso sexual de parte de un adulto, están afectos a un trauma que está compuesto por un doble sufrimiento. Un primer daño es debido a la excitación consiguiente “la intrusión violenta de la sexualidad adulta en un cuerpo y en una mente infantil” (Zerbi Schwarz, 1998, p. 527). Un segundo daño es debido a la desconfianza del vínculo con los padres (Cantarella, 2011) ya que las figuras de apoyo en primer lugar no ven y luego, no escuchan las palabras de sus hijos.

Las historias de abuso sexual nos ponen en relación con las dinámicas de una familia entera. El abuso sexual desestabiliza la psique del niño, más que por el evento en sí mismo, también por las respuestas emocionales, las características psíquicas, la cualidad de las dinámicas inconscientes de los padres del niño abusado. Cuando un familiar cercano al niño se aprovecha sexualmente de él, el niño tiene necesidad de sentirse apoyado por sus padres, pero esto puede que no suceda. A veces el ambiente familiar reacciona frente al evento con silencio, incrementando así los efectos traumáticos del abuso. La negación de los hechos deja al niño solo, la denegación de parte de los padres, de la angustia vivida por el niño, crea una condición de gran sufrimiento emocional, porque altera la confianza hacia las figuras parentales y obliga al niño a disociar del propio yo, las vivencias aterradoras.

La negación de experiencias angustiantes y de los sentimientos relacionados a ellas, de parte de los padres, puede generar un área traumática en la mente del niño, una “zona muerta” en la que el pensamiento y la afectividad se paralizan. Respecto a esto, Ferenczi (1932), observa que el trauma pertenece entonces al “campo de lo no nombrado, no dicho, no enfrentado,, no comprendido, no simbolizado”. Giaconia y Racalbuto (1997) precisan que el valor devastador y des-estructurante de un trauma, está en relación con la imposibilidad de otorgar sentido al evento o, en otras palabras, con la imposibilidad de ser ayudado, compartir y dar significado emocional a lo ocurrido. En este sentido Winnicott (1974) subraya que la falta de sentido remite al derrumbe del holding, en consecuencia el proceso psíquico transformador, inserto en la experiencia de los vínculos afectivos, referido a los cuidados desde los padres, es interrumpido tanto desde el plano intra-psíquico como en el relacional. La no escucha de parte de los padres provoca la disociación de los afectos y crea la imposibilidad de pensar, de reflexionar sobre lo acontecido. El trauma al interior del aparato psíquico crea entonces lo traumático, puesto que rompe el vínculo entre libido y objeto (Ferenczi, 1932). Si el abuso sexual produce ansiedades no elaborables en la mente del niño, cuando estas angustias no son acogidas al interior de una relación, permanecen congeladas, separadas y, por lo tanto, son fuente de ulteriores condiciones traumáticas. El vínculo con el propio hijo de una pareja que no escucha, no ve y no habla, puede basarse en sus fantasmas sobre la escena primaria, sobre la sexualidad. “Ninguna generación está en grado de ocultar a la generación sucesiva los procesos psíquicos de cierta importancia” (Freud, 1915). Quizás lo que ha quedado sin elaborar, ha escapado a los procesos psíquicos en los asuntos existenciales de los padres, se transmite a los hijos propios, mediante actos que contienen un sentido de vacío, puesto que vacíos de representación. La experiencia no elaborada de los padres pasa al hijo y se configura como un “agujero” en el proceso representativo de la historia de los afectos. Kahn (1972), observa “…Lo incipiente, vulnerable del niño puede sufrir traumas reales que no está en condiciones de enfrentar, lo cual lleva a esa disociación profunda del individuo”. El silencio de los padres lleva silencio en la mente de la víctima y los contenidos mentales escindidos de las dos generaciones terminan por confundirse por no enfrentar el dolor (Kaës y col. 1995). Borgogno (1999) observa “cuánto sufrimiento puede circular al interior de las familias y cuánto dolor, en gran parte inconsciente y no elaborado y proveniente de otras generaciones, viene inevitablemente y dramáticamente vehiculado de los padres a los hijos a través de la lógica operativa que ellos les ofrecen como implícita guía para estar en el mundo…”.  La violencia de la no escucha dejará al niño víctima aún más solo, presa de las fantasías primitivas contra las cuales la única salvación, como en el caso de Ana, (caso que describiremos), parece estar representada por el disociar esas partes emocionales demasiado dolorosas, precipitándolas en la oscuridad. “La sombra del trauma recae sobre el yo del sujeto vacilando aún en evento traumático si las condiciones relacionales del momento no consientan a su elaboración de sentido” (Giaconia, Racalbuto, 1997).

Los padres de Ana piden una consulta en el Departamento de Ciencias Neurológicas y Psiquiátricas de la Edad Evolutiva(Universidad de los Estudios “La Sapienza”) porque la hija de 7 años le contó a la niñera de su amiga que el tío “rozaba su pirulo sobre su panza y su traste…no sentía dolor, pasó tantas veces…Me tocaba entera”. La revelación a la niñera rompe un falso equilibrio. Anna, ya con un año de edad, le había confiado a la madre que el tío la acariciaba desagradablemente. Los padres consideraron absurda la confidencia e ignoraron las palabras de la hija. “Yo no había considerado las palabras de Anna, ya sea porque en ese período hacía preguntas sobre el sexo, ya sea porque mi cuñado es una persona confiable”. Tan solo la voz de un adulto externo a la familia dio significado y consistencia real al acoso y venció la sordera familiar. Al final de la consulta se propone una psicoterapia para la niña (con una frecuencia semanal) asociada a una psicoterapia de pareja (con frecuencia quincenal). Ambas intervenciones fueron hechas en un ámbito institucional por dos terapeutas distintos.

 

El escenario familiar

Los padres de Anna se presentan como una pareja unida, socialmente realizada, aparentemente sin conflictos, viven en un pueblo pequeño cerca de Roma. La madre es médico internista en el hospital de la zona. Estudió en una ciudad grande para luego volver a su pueblo de origen, después del matrimonio. Primogénita de dos hijas, primera en titularse y enseguida, con el matrimonio, le dio prestigio social a la familia de origen, cultivadores directos, sencillos pero con dinero. La hermana, al contrario, obesa y acomplejada, se casó enseguida después de la secundaria con un hombre culturalmente simple, de carácter frágil, alcohólico luego de un incidente en el trabajo. La hermana vive en la misma casa de los padres, y hay relaciones estrechas entre los padres de Anna, la familia de la hermana, los abuelos: los fines de semana juntos. A menudo Anna y su hermana van a visitar a los abuelos cuando la madre trabaja. El padre aparece como un hombre dependiente, pasivo, silencioso.  Huérfano desde los 13 años de un padre alcohólico, tendiente a crisis imprevistas de violencia. Para protegerlo la madre lo puso en un instituto, en el que estuvo de los 7 a los 13 años. La madre pasiva, soportaba la agresividad del marido. Después de la muerte de la madre no tiene relaciones significativas con sus parientes. Es farmaceuta. Ha conquistado dura y fatigosamente su actual posición social. La pareja, tal como lo hemos señalado, mantiene un fuerte vínculo de dependencia con la familia de origen de la mujer.

La pareja

Los padres de Anna vienen a consulta trayendo un evento traumático: el acoso sexual sufrido por la hija de parte del tío, evento que se da desde hace más de un año, pero la pareja no había creído en las confidencias de la niña.

En el primer encuentro, la señora, mientras el marido callará durante todo el tiempo, dirá: “Ahora ya no podrá haber la armonía que había antes…está todo detenido…difícil…creía que mi hermana dejaría enseguida a su marido, en cambio nosotros somos los que ya no vamos más, ya no voy a ver a mi padre, incluso si recién salió del hospital” “Para la hija aún hay silencio y olvido”…el tío ya no tiene que ser nombrado y quiero que Anna no lo vea más, si bien no sé  lo que Anna pueda pensar de esto”.

La preocupación de la madre no está referida a la hija, sino a la familia de origen: “pienso en esto tantas veces, me siento mal por mi madre, por mi hermana, por mi sobrina que está cambiada, por mi padre que aún no sabe nada”. El evento, conocido por personas extrañas, arriesga comprometer la imagen social: “Le dije a la niñera y a mis parientes que no era verdad, porque no quiero que otros sepan lo que ocurrió”. En el curso del segundo encuentro el padre de Anna, superando su inercia dirá, bajando la vista: “…fue una cuchillada, no logro hablar, me siento desconcertado, uno no está en condiciones de hacer nada, ¿cómo se logra reaccionar?...Para mí es una ducha fría, no siento rabia, a mi madre no le dije nada, incluso las relaciones con mi familia son escasas”. “A Anna la veo tranquila, entonces me quedo relativamente calmado yo también, si la viera tambalearse lo mataría”.

¿Qué elementos inconscientes gravitan en esta pareja al punto de haber comprometido la función protectora de los padres de Anna?

El matrimonio le permitió al padre hacerse adoptar por una familia que nunca tuvo, a la madre le posibilitó hacer una separación aparente de la familia de origen. La unión de la pareja sirvió para reforzar la identidad social de ambos y la fragilidad de un sí mismo que se compensa en la relación con el otro. En esta familia, el abuso representa una amenaza a la integridad familiar, una vergüenza social de la cual se defienden con la sordera primera y luego se le oponen cultivando el secreto: encerrándose y aislándose del contexto familiar y social. El acoso amenaza la relación con la familia de origen de la madre y la separación forzada trae desorientación, confusión, sentido de estar perdidos, tanto en el padre como en la madre. Ambos, de manera distinta, tienen necesidad de un referente reasegurador puesto que no había ocurrido una verdadera separación emocional de la familia de origen, o sea de sus necesidades infantiles. En la relación de pareja el trauma sufrido por Anna, en una primera fase no puede ser registrado porque amenaza el ajuste defensivo de la pareja. La señora, con su activismo, plasma  al marido y lo adapta a sus exigencias y el marido, en su relación con la mujer, puede sentir realizada la necesidad de ser guiado y evitar enfrentar la administración de su vida emocional. Es así que los padres no son capaces de ofrecerse como contenedores de la angustia de Anna. En una primera fase, la de la no escucha a las palabras de Anna, parecen ocuparse en rechazar, expulsar lo que no pueden elaborar porque amenaza la existencia de la pareja y prefigura escenas angustiantes: para el padre, la temida confrontación con una figura masculina amenazadora y hostil como su padre; para la madre, el enfrentarse a una separación de la familia que nunca había sido madurada, y con una hermana intocable en su debilidad. El padre, criado con el temor a la agresividad de su padre, lejos de la familia se protegió no viendo a su madre como víctima del padre, no escuchando su propio dolor, poniendo una barrera de silencio hacia sí mismo y su pasado. Desmanteló su propia agresividad, inhibiendo sus emociones para no sufrir cuando la madre era golpeada, con el miedo a enfrentar la rabia imprevisible del padre y, sobre estas frágiles bases, intentó construir una nueva familia. La negación del pasado, lo no dicho, el silencio, le han cerrado el acceso a sus emociones, no sabe cómo reaccionar para ayudar a Anna, así como tampoco supo cómo ayudar a su madre, y se dirige a la hija en el intento de obtener una indicación emocional para sí mismo, congelado, casi anulado frente a este enésimo ataque de parte de una figura masculina.

La madre, mujer concreta, práctica, esconde en el hacer su dependencia de la familia. Elige la tranquilidad familiar y rechaza las necesidades emocionales de la hija. Su activismo la protege de pensar en su fragilidad y en el dolor de Anna. Convencida de su superioridad respecto a su hermana obesa, se mantuvo en el centro de la atención de los padres mostrándose capaz, fuerte, sin sombras, pero al mismo tiempo ha debido negar cada debilidad, borrar cualquier duda acerca de su fuerza para resarcir a sus padres respecto a su hermana “no exitosa en la vida”. También hoy no le habla a sus padres, deja todo en su lugar para proteger a los padres y a sus idealizaciones. La verdad es ocultada bajo una aparente tranquilidad.

Del pasado ha madurado un interdicto, una imposibilidad de hablar, de dar voz a las angustias. Es así que en la familia se perfila un agujero, “un área ciega” en la que es precipitada la hija a causa de la sordera emocional de sus padres. El silencio esconde y permite negar una realidad perturbadora. El fantasma de la vergüenza actual se liga al del pasado y hace a estos padres poco protectores respecto a la hija. La colusión de la pareja está basada en un vínculo fusional que requiere del silencio y mantiene el secreto y el misterio sobre lo que sería un vínculo entre un hombre y una mujer, qué sexualidad posible.

La niña

Anna es una niña de inteligencia vivaz, pero desde los 4 años, su curiosidad y sus intereses se han concentrado predominantemente sobre la sexualidad; de noche quiere espiar a sus padres, mira a los hombres adultos, siempre hace preguntas y comentarios sobre argumentos sexuales, no se interesa en jugar con sus compañeros. Ella introduce desde las primeras entrevistas lo que será y deberá ser su drama personal: la imposibilidad de dar, no solo voz sino ubicación a sus experiencias traumáticas, los acosos sexuales del tío y la falta de escucha de la madre. Su primer dibujo, una figura femenina estática y de cara inexpresiva y, a un lado, un florero roto del cual sale agua, claro y explícito, trae al espacio de la terapia la experiencia del abuso: el florero caído con el agua derramada, ubicado a un lado de la hoja, el resto de la escena es desolado y estereotipado.

La imagen de una herida que denuncia una hemorragia vital, pero también la representación de un contenedor materno inadecuado para proteger. El evento está, condensado en la hoja, pero no encuentra palabras para ser contado. Anna no lo transformará nunca en diálogo, de hecho, cada referencia al abuso quedará muda y silenciada, a renovar casi ese silencio de comprensión sucedió cuando Anna intentó hablar con la madre. El gran florero en primer plano al lado de la niña, nos obliga a ver la normalización que Anna intenta actuar, pero abre un gran problema que atañe a la expulsión de sus sentimientos y afectos, representados por el florero roto a lo lejos. El dolor que trasparenta con esa lejanía, es provocado no solo por el acoso sino también por la desilusión que Anna ha recibido de los padres. Su ceguera inesperada la tomó desprevenida y el florero borrado en primer plano es la huella del secreto, algo que no puede verse y que queda escondido. El uso de la dislocación de la angustia en un espacio, como escribe Green (1992), es una defensa que permite controlar el dolor: Anna está como sujeto, pero está lejos. Los intentos de la terapeuta para contactar los sentimientos de Anna provocan que esta se cierre. Los silencios de ella en el primer período de terapia, remite a la experiencia de no afabilidad de los padres. Anna se limitará a hacer dibujos de muñequitas cuidadas y remilgadas.

Después de casi un año, propone un dibujo al comenzar una sesión. Después de haber dibujado en total silencio, sin levantar jamás la vista, se lo pasa a la terapeuta. En él hay una puerta en forma de M a los lados, dos cuadros de paisajes infantiles colgados de la pared. La puerta desemboca en un corredor con un piso a cuadros que se proyecta hacia la nada. Del marco explotan colores, como una erupción. Anna se acerca a la terapeuta y se le coloca cerca, casi queriendo verlo y compartirlo con ella. “…estaban los artistas que querían dibujar…y entonces han hecho esto (indica el piso a cuadros blancos y rojos) porque quieren mantener lejos a esas personas…a esos, cómo se llaman, los compradores…”.

La terapeuta, registrando el acercamiento físico de la niña, aprovecha el momento de larga pausa, para intentar, a través de la palabra, darle un sentido de su presencia y comenta “deben tenerla mucho miedo para quererlos lejos”. A ese vago comentario, que deja sujeto y objeto indeterminado y pone en primer plano la experiencia del miedo, Anna reacciona aceptando encontrar la mirada de la terapeuta; en ese mirarse parece crearse un espacio de intimidad. La terapeuta tiene la percepción precisa, incluso sin haber nombrado de ninguna manera el abuso, está claro para ambas que el miedo al cual se está haciendo referencia es el miedo de la víctima, de quien ha sentido derrumbarse el propio escudo protector. Anna continúa: “…lo han hecho así a propósito…rojo…es el rojo de la sangre y el miedo…”. La terapeuta pregunta:”… ¿no había otro modo de alejarlos?” Anna continúa: “…ellos habían pedido ayuda pero nadie los había escuchado…”.

La relación parece entonces llenarse con la onda de robo de la experiencia traumática. Tan fatigosamente Anna está recuperando la experiencia de niña amenazada por un torbellino explosivo de emociones, encajada en un marco, que frágil e incapaz de contener deviene expulsivo. Los cuadritos pintados por los pintores parecen delinear la historia antecedente: una vida aparentemente serena, pero encerrada en la atmósfera conformista y enrarecida de una familia bien, inclinada al rescato social de sus propios orígenes. Al centro un volcán en erupción, amenazador y dramático, la devastación del torbellino que queda fuera de un marco dibujado como una gran M, la inicial de la palabra mamá. Ese piso que intenta alejar el impacto devastador de un torbellino absorbente que se proyecta hacia un espacio infinito, testimonio los intentos de Anna para construirse una defensa. En este dibujo se condensa el doble registro del drama de la niña. Anna fue usada primero por el tío abusador y luego por los padres, de manera proyectiva y evacuadora. El abuso se volvió receptáculo de los fantasmas escindidos no elaborados de los padres y Anna permanece encajada entre el mundo interno del abusador y el mundo interno de los padres.

Del primer al segundo dibujo se actúa un peculiar pasaje: la representación de la experiencia se anima, deviene actual. El primer dibujo había propuesto, de hecho, una descripción del evento y una representación del trauma como un jirón, la laceración de un contenedor que a través del agujero se vacía de sus elementos vitales, es el esfuerzo de representar la efracción sufrida. Su defensa parece la de construir un espacio psíquico absorbido por la experiencia traumática pero separado de una parte de sí misma. El segundo, viceversa, a través de las palabras que narran el texto del dibujo vehicula afectos y representa lo vivido de una niña traumatizada sobre todo por el silencio. Anna, a través de la escena de los pintores amenazados por los compradores/ladrones, narra la sustracción de confianza en el otro que comporta el abuso sexual, a través del débil marco. Me representa su haber sido expulsada y botada a solas en un torbellino de emociones sin nombre y sin fin que amenaza con chupar todo.

La terapia debe confrontarse con la fragilidad de un marco, que podría volver a proponerse en la relación terapéutica, la que por una parte podría ser expulsiva y, por otro, poco receptiva.

Al irse, Anna parece reconocer y compartir lo que ha ocurrido: “…ha sido el primer dibujo en colores que he hecho…”. Si antes en el sí mismo de Anna había una hemorragia de la cual no podían surgir relatos, ya que la herida estaba desligada de una parte del yo, en el vínculo con la terapeuta, con el pasar del tiempo, la niña puede representar dos dimensiones de su sufrimiento y contar cómo la ineficacia del contenedor materno  haya arriesgado a precipitarla en un vacío sin sentido, pero ese corredor vacío es también el deseo de un espacio que la aleje de un pasado intolerable: “una defensa contra el dolor psíquico es el cambio de los límites espaciales, el viaje” (Green, 1992). Pero esa área vacía, donde se coloca el dolor, es también la creación de un espacio delimitado para sostener vivos sentimientos, en espera de su reapropiación (Winnicott, 1974). El dibujo contiene una paradoja: Anna puede relatar lo que no puede representar. Sin embargo, representar el vacío es el comienzo de un proceso de reconexión entre lenguaje, emociones, imágenes internas. La peculiaridad del dibujo es la de permitir visualizar una vivencia de sufrimiento que la niña puede mirar, pero a través un mirar compartido puede decirle a alguien acerca esa parte de sí que los padres habían expulsado. Observa Green (1992), “…la presencia de un secreto determina en la psiquis individual un vacío que es mimetizado”, Anna se muestra vaga a la terapeuta en el primer período, para controlar la rabia y el dolor, pero dentro de sí misma alimenta una tempestad “interior permanente”.

El mirar de la niña y de la niña junto a la terapeuta, deviene función organizadora de una experiencia pasiva: la ceguera de los padres y el abuso. Anna puede relatar algo a sí misma cuando le da forma a su sentido de vacío, vacío consecutivo al robo de los ladrones: el abusador y los padres.  El segundo dibujo introduce pues, el proceso de nacimiento de cuotas no representadas (Bollas, 1987) del sí mismo de Anna y permite tanto la progresiva diferenciación de lo que es su dolor, su rabia, pero sobre todo su sentido de impotencia, cómo lograr comprender lo que pertenece a sus padres y lo que es de sí misma: lo políticamente correcto, el ‘como si’ que anula el dolor y prepara el vacío mental. El torbellino y el corredor proyectado hacia el infinito son la representación de lo irrepresentable, pero es justamente la construcción de la imagen la que permite a Anna la instalación de la experiencia; la creación de un lugar para volver a poner en juego las fantasías.

 

Conclusiones

Estas observaciones indican que es difícil establecer a-priori el efecto traumático de un abuso. En edades evolutivas es necesario evaluar el rol de la angustia y de los fantasmas de los padres que pueden atenuar o amplificar el daño derivado del evento traumático. A propósito de esto, Emde y Sorce (1983), hablan de la importancia de los “significados compartidos” y de la capacidad de respuesta emocional; Winnicott  (1970) dice que compartir el secreto corresponde a la “experiencia de reciprocidad” que constituye la esencia de la capacidad materna. Bourguignon (2000) subraya que el trauma, comprendiendo fantasía y realidad, resulta así por cuanto la realidad deviene una confirmación de la fantasía y los procesos de defensa, puestos en acto por el niño, alteran ya sea la capacidad para jugar como la capacidad para hablar. El trabajo con los padres tocó lo no dicho al interior de la pareja, un silencio que provenía de lejos, de las familias de origen, pero que había invadido la relación actual con la hija. El espacio terapéutico brindado a los padres comenzó por una parte a poner las palabras en lugar del silencio a las representaciones en el lugar del vacío, por otra, permitió hacer que el encuadre terapéutico de la hija estuviese menos cargado por las dinámicas parentales (Capozzi, 2000).

Si el abuso sexual en la vida de un niño testimonia la ausencia de sintonización afectiva con los adultos, el silencio sobre los hechos niega al niño la existencia ya sea de su dolor como de una realidad perturbadora.

Nos parece entonces que la escena de los abusos sexuales hacia los niños, esté dominada no solo por sentimientos de violencia, de abandono, de tristeza, que testimonian el descuido de los adultos hacia el niño, sino también de sentimientos de soledad. La ausencia de palabra había roto el vínculo entre Anna y sus padres, entre los pensamientos y los afectos de Anna. El dibujo permitió recrear los vínculos entre los pensamientos de Anna, entre los pensamientos y las palabras, entre los pensamientos y las fantasías, entre Anna y la terapeuta.

 

Bibliografía

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NOTA: artículo extraido del libro Quale psicoanalisis per la famiglia? Compendiado por Anna Maria Nicolò y Gemma Trapanese –Francesco Angeli Edit. – Milán, 2005.

 
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