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Ética nacional: un doloroso viaje de la república al mercado

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Profesor del Departamento Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Alberto Hurtado.


Así es pues, lector y lectora. El Golpe de Estado del 73 no fue una aventura militar más. Su objetivo general era: liquidar el espíritu republicano, forjado lenta y difícilmente en mil batallas, y reinstalar el dominio oligárquico y conservador que se vio amenazado, primero por la “revolución en libertad” y, después, por la “revolución con empanadas y vino tinto”. El experimento neoliberal comenzado a fines de los setentas y comienzos de los ochenta en Chile (casi al mismo tiempo que en Estados Unidos con Reagan y en Inglaterra con madame Thatcher) –como expresión de una nueva fase del capitalismo, ahora financiarizado–, implicó no solo cambios muy  importantes en el plano de la economía, el trabajo y el poder político, sino, también, un desmadejamiento del tejido social-cultural y una modificación radical del vínculo social o ethos republicano

El objetivo era atomizar la sociedad, sus vínculos forjados, sus asociaciones, organizaciones de base, políticas y no políticas. Desmadejar lazos introduciendo el miedo al otro: cualquiera podía ser un “upeliento”, un izquierdista o un soplón de los servicios de seguridad. Mejor entonces guardarse en casita, cerrar la boca y trabajar no más. Privatizarse. Convertirse en un “idiota”, un ser apolítico, como le llamaban los griegos. Asomarse a la plaza pública era demasiado peligroso. Privatizar al ciudadano, despolitizar, introducir la sensación de inseguridad e inestabilidad cotidiana (en la calle, en el trabajo, en la vida social, en relación a sí mismo). De desconfianza. Lo importante era, como lo dijo en alguna oportunidad Jaime Guzmán, que este pueblo nunca más pusiera esperanzas en un proyecto de cambios radicales. Y si ese pueblo insistía en equivocarse, bueno, entonces un cerrojo: la Constitución del 80. Pero, para el logro de este objetivo, no bastaba la represión o la pura ley.

Quizá esto es lo que estamos observando con los casos reiterados de corrupción público-privada en el país: impunidad, fraude al fisco, tráfico de influencias, cohecho, pillaje, pero, también, pensiones indignas, salud indigna, casos Penta, Soquimich, Caval, y un largo etcétera. No podemos olvidar que el mercado genera únicamente bienes y servicios, pero que lo hace impulsando la desigualdad y una “sociedad de lobos”.

El pueblo chileno tenía que dejar de ser ciudadano y pasar a ser consumidor endeudado. Pasar de una conquista de su ciudadanía a ser sujeto billetera-consumidor. Para eso atomizar: cada uno se salva (o se hunde) como puede y carga con su culpa. Nadie responde por nadie, salvo por sí mismo y sus más cercanos. Para lo cual era preciso, al mismo tiempo, el desprestigio del Estado social, de lo público, de los bienes comunes. En sintonía con la derecha anglosajona de su tiempo que predicaba, como lo sostuvo la Sra. Thatcher, que “la sociedad no existe”. Solo hay individuos. Las normas sociales y los valores más altos (justicia, dignidad, decencia, igualdad, fraternidad, compasión) desertan del espacio en común. Lo que valdrá será ganar, competir, emprender, tener éxito, resultados, ser astuto, hacerse rico, famoso o poderoso. Ser propietario. Eso es tendencia. Vale lo privado. “Ascender” en la escala social.

La derecha cívico-militar se avino a impulsar y extender –con éxito, hay que decirlo–, un nuevo ethos basado en la competencia, la eficiencia, el resultadismo, la frialdad e indiferencia. Una ética de lo impersonal. Basada en el Leitmotiv muy bien expresado por F. Hinkelammert: “Yo vivo, si te derroto a ti” (sea para subir al bus, al metro, en el estadio, el trabajo, en el manejo del auto, etc). Ser libre es tener la libertad para derrotar al otro, y esto en los más diversos planos (desde lo empresarial hasta lo académico). Liquidación de un ethos republicano, imposición de uno mercantil entonces. Pero el imperio generalizado del mercado capitalista no es algo baladí. De un modo u otro transforma todo lo que toca en mercancía, es decir, en valor de cambio. Y ello afecta incluso la personalidad: usted vale si tiene éxito, si puede “venderse” de manera adecuada al poder o al dinero. Y esto tiene consecuencias: si, como dice en algún lugar E. Fromm, “las vicisitudes del mercado son los jueces que deciden el valor de cada uno, se destruye el sentido de la dignidad y del orgullo”. Y de la decencia, habría que agregar.

Quizá esto es lo que estamos observando con los casos reiterados de corrupción público-privada en el país: impunidad, fraude al fisco, tráfico de influencias, cohecho, pillaje, pero, también, pensiones indignas, salud indigna, casos Penta, Soquimich, Caval, y un largo etcétera. No podemos olvidar que el mercado genera únicamente bienes y servicios, pero que lo hace impulsando la desigualdad y una “sociedad de lobos”. Esta fue una singularidad de la dictadura militar alentada y apoyada por la derecha de aquí y de fuera: no solo se trató de un cambio en lo económico y de Gobierno, sino, a través suyo, de la imposición e interiorización de un proyecto ético-político e ideológico. Frente a todo lo cual nos queda resistir desde una ética del sujeto que se mueva sobre la base de otro norte: “Yo vivo, si tú vives”. Pero, para esto, se necesitaría: primero, un reconocimiento de la prioridad ontológica de la sociedad sobre el individuo; y, segundo, una intervención sistemática en los mercados. Solo de esta manera, al parecer, el aclamar valores como igualdad, fraternidad o libertad, sería algo más que pura retórica vacía. Por cierto, lector y lectora, una tarea nada evidente ni obvia en el Chile de hoy.

 
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