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Entrevista realizada por Soren Seelow

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Para los desesperados el Islam radical es un producto excitante

Entrevista realizada por Soren Seelow

 

Entrevista realizada antes de los ataques perpetrados a París y Saint Denis, el viernes 13 de noviembre de 2015. Esta entrevista se realizó al psicoanalista Fethi Benslama, quien es profesor de psicoanálisis en la Universidad de París Diderot, en la que dirige la UFR estudios psicoanalíticos. Se interesa en el hecho religioso desde los años 1980. Su primer ensayo sobre la fundación subjetiva del Islam aparece en 1988     (La nuit brisée- Ramsay), algunos meses antes del asunto Salman Rushdie, del cual tomará la defensa luego que la Fatwa lo condenara a muerte. Su último libro, La guerre des subjectivités en Islam (Lignes, 2014). También dirigió la obra colectiva L’Idéal et la Cruauté, subjectivité et politique de la radicalisation (Lignes, 224 pag.). Fethi Benslama participa en la creación, apoyado por el gobierno, de un centro de acogida para jóvenes venidos de Siria.

En esta entrevista él intenta decodificar los resortes de la locura yihadista.

¿En qué el psicoanálisis ayuda a pensar en el éxito del islamismo en una parte de la juventud?

El fenómeno de la radicalización ha tomado una dimensión tal que necesita de una inteligibilidad desde la política, la historia y la clínica. Según los actuales hallazgos, dos tercios de los radicalizados censados en Francia, tienen entre 15 y 25 años, y un cuarto son menores. La gran mayoría está en esa franja moratoria del paso a la edad adulta que confirma la persistente adolescencia. Este período de la vida se da con una avidez por ideales sobre un fondo de revisiones dolorosas de la identidad. Lo que hoy llamamos “radicalización” es una configuración del trastorno de los ideales de nuestra época. Es este el ángulo de acercamiento que le compete al psicoanálisis: los ideales a través de los cuales se anudan lo individual y lo colectivo en la formación del sujeto humano.

La propuesta yihadista capta a jóvenes que están en desamparo por el hecho de tener fallas identitarias importantes. Esta propuesta les ofrece un ideal total que colma esas fallas, les permite una reparación de sí mismos, incluso la creación de un nuevo sí-mismo, es decir una prótesis de creencia que no sufra duda alguna. Estos jóvenes estaban pues a la espera, sin necesariamente mostrar disturbios evidentes. En algunos casos ellos viven tormentos a-sintomáticos o disimulados; son los más imprevisibles, a veces los más peligrosos, lo que luego se traduce al paso al acto violento, a través de testimonios tales como: “Era un joven amable, sin problemas, servicial, etc.”. En otros casos, las perturbaciones ya se han manifestado a través de la delincuencia o la toxicomanía.

 

¿Qué sucede cuando un joven encuentra ese “ideal total”?

La propuesta radical responde a una fragilidad identitaria transformándola en potente armadura. Cuando la conjunción de la oferta y la demanda, se realiza, las fallas se colman, se plantea un soporte. De esto resulta una sedación de la angustia para el sujeto, un sentimiento de liberación con aires de omnipotencia. Él deviene otro. A menudo adoptando otro nombre.

Se dan cuenta cómo se parecen los discursos delas  radicalizaciones, como si los sostuviera la misma persona: ellos abdican de una amplia parte de su singularidad. El sujeto cede en pro del autómata fanático. Dicho esto, no hay que confundir explicar y excusar: el análisis de la realidad subjetiva subyacente a este fenómeno no significa ni la locura ni la irresponsabilidad, salvo excepción. Además, el hecho “psi” no es un mineral puro, él se recompone con el contexto social y político.

Las fallas identitarias no son evidentemente el patrimonio de los hijos de inmigrantes  manes o de familias musulmanas, lo que explica que el 30 a 40% de los radicalizados sean conversos. Esos sujetos buscan la radicalización incluso antes de encontrar el producto. Poco importa que ignoren de qué está hecho ese producto, lo que interesa es que aporte la “solución”.

La prensa ha informado el caso de yihadistas que habían pedido on line la obra El Islam para los nulos.

Hoy, el islamismo radical es el producto más difundido en el mercado, vía internet, el más excitante, el más integral. Es la navaja suiza de la idealización para el uso de los desesperados de sí mismos y de su mundo.

En “La guerra de las subjetividades en Islam”, usted remite este fenómeno a la caída del califato (1924), ese “ideal islámico herido cuya hemorragia continúa en nuestros días”…

Los traumatismos históricos tienen una onda de propagación muy larga, sobre todo cuando una ideología los releva en las masas. Las generaciones los transmiten de modo tal que los individuos se viven como herederos de infamias, sabiendo o no los hechos.

El año 1924 marca el final del último imperio islámico, con 624 años de antigüedad, la abolición del califato, es decir del principio de soberanía teológico-político en Islam y la fundación del primer estado laico en Turquía. El territorio otomano es desmembrado y ocupado por las potencias coloniales. Los musulmanes pasan de la posición de amos a la posición de subalternos en su propia casa. Es el derrumbe de un zócalo de 1.400 años de antigüedad, el final de la ilusión de unidad y potencia. Se instala entonces la obsesión melancólica de la disolución del islam en un mundo donde él ya no gobierna.

El síntoma de esa ruptura histórica es el nacimiento, en 1928, de los Hermanos musulmanes, que es la traducción en organización de lo que podríamos nombrar la teoría del “Ideal islámico herido”, que hay que vengar.

El islamismo promete el restablecimiento del califato por la derrota de los estados. Esta reacción es proteiforme: literal, puritana, cientificista, política o guerrera. Ella vehicula el recuerdo del traumatismo y lo proyecta sobre la actualidad desastrosa de poblaciones que sufren las expediciones militares occidentales y las guerras civiles.

Este derrumbe histórico se acompaña de un crack inédito en el mundo del sujeto musulmán.

Es un hecho que las Luces llegan a la tierra de Islam con cañones; sin embargo, las elites musulmanas se volverán partidarias de las Luces, y de su emancipación política, a las que se opondrán los “anti-luces” que reclaman la restauración de la soberanía teológica y el retorno a la tradición profética.

Se evidencia entonces una discordancia sistémica en la relación que sostenía el sujeto musulmán con el poder.

Unos quieren ser ciudadanos de un estado, musulmanes, pero separados del orden teológico, otros, por el contrario, apelan a ser primero más y más musulmanes. De aquí emerge lo que he llamado la figura del “super-musulmán”. El islamismo aparece entonces como una defensa del Islam, tan encarnizada que quiere sustituírsele. Ella ha movilizado todos los anticuerpos de un sistema percibido en pérdida. Pero la defensa se ha vuelto una enfermedad autoinmune por cuanto ella destruye lo que quiere salvar.

¿Cuáles son los resortes de este reclutamiento?

El islamismo no apunta solo a la distinción entre el musulmán y el no musulmán, sino que al interior de los mismos musulmanes están los que lo serían totalmente y aquellos que solo lo serían parcialmente o que solo lo fuesen en apariencia, de cierta forma “islamoides”. Hay sospecha de deserción, acoso y culpa.

Como psicoanalista yo leo este período como una historia escrita a partir de las exigencias superyoicas de la tradición islámica. Un superyó en alerta permanente por deseos y temores colectivos de volverse otro: un “occidentalizado” o un occidental. La culpabilidad por vivir y desear está mucho más extendida de lo que se cree. Los tormentos se intensifican ahí donde hay infortunio y vergüenza de ser. Particularmente en los trastornos de identidad, el sujeto se dice que él no vale nada, que es una deformación, un desecho. El islamismo le reenvía ese mensaje en espejo: tú eres indigno porque no tienes fe ni ley, tienes la posibilidad de hacerte perdonar siendo un misionero de la causa: vuélvete un “super-musulmán”.

La oferta yihadista propone un des-atascamiento: la exfiltración por lo alto, por la salida de emergencia de la gloria. Así, el “desecho” se vuelve temible.

 

¿Cómo entonces interpretar el fenómeno del mártir, del atentado suicida?

El mártir es un sujeto que quiere sobrevivir desapareciendo. Para el candidato no es un suicidio sino un auto-sacrificio, el cual es una transferencia por el ideal absoluto hacia la inmortalidad. Él está muerto solo en apariencia; él permanece vivo gozando sin límite. Los que se comprometen a ello alcanzan un estado de melancolía sacrificial: ellos (se) matan para vengar la ofensa al ideal. A través del espectáculo cruel de los cuerpos dislocados, dejan una escena aterradora de destrucción de la figura humana del enemigo. No es tan solo la muerte, sino la anulación del otro, puesto que este es difícil de reconstituir para darle sepultura.

Respecto al autor de este acto, él está convencido de metamorfosearse en “super-macho” gozando sin fin en el más allá, de ahí la imaginería de las vírgenes eternas.

¿En qué la propuesta yihadista difiere de los movimientos sectarios?

Hay aspectos comparables, tales como la influencia mental, pero hay diferencias esenciales. En la secta, el individuo se somete a la teoría delirante del gurú, a su explotación económica y sexual. El yihadista en cambio, adhiere a una creencia colectiva muy amplia, alimentada por lo real de la guerra, en la que se le ofrece tomar un rol heroico, mediante ventajas materiales, sexuales y de poder.

La mezcla del mito y de la realidad histórica es más tóxica que el delirio.

El islamismo seduce tanto en los suburbios de Túnez como en las ciudades de Francia.

¿En qué él interroga nuestra modernidad?

El islamismo comporta la promesa de un retorno al mundo tradicional en el que el ser sujeto está dado, mientras que en la civilización moderna el individuo es una superproducción de sí mismo que lo obliga a un trabajo agotador; hay que tener los medios.

Algunos jóvenes prefieren hoy en día el orden reasegurador de una comunidad con sus normas que constriñen, la asignación a un marco autoritario que los alivia del desasosiego de su libertad y de una responsabilidad personal sin recursos.


 
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