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Equipo Técnico de la Escuela realiza asesoría a Centros de Salud de la Sexta región.

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Hospital de Marchigüe realiza “Primera Jornada de Salud Mental y Psicología Grupal”

La instancia tuvo por objetivo reflexionar sobre el potencial terapéutico de los dispositivos de atención grupal de las unidades de Salud Mental de la micro área de Santa Cruz.

Marchigüe, 11 de octubre 2016.- De aquí a 20 años las patologías mentales pasarán a ser la principal causa de morbilidad en el planeta, según sostiene la Organización Mundial de la Salud (OMS). Ante este panorama, en 2015 el Servicio de Salud O’Higgins reformuló el área de Salud Mental con el fin de fortalecer las unidades en los distintos centros de salud de la región.

Recientemente, el Hospital de Marchigüe a través de su Unidad de Salud Mental llevó a cabo la “Primera Jornada de Salud Mental y Psicología Grupal” con el fin de analizar los avances de los trabajos grupales realizados por los dispositivos de autoayuda, grupos familiares, talleres de masculinidades y de rehabilitación cognitiva, presentes en la micro área de Santa Cruz.

La jornada estuvo encabezada por el equipo docente de la Escuela de Psicología Grupal y Análisis Institucional Enrique Pichon-Riviere y participaron los representantes del Hospital de Lolol, del Centro de Rehabilitación Comunitaria del Hospital de Marchigüe, del Centro de Tratamiento de Adicción del Hospital de Pichilemu, del Centro de Tratamiento de Adicciones del Hospital de Santa Cruz y de la Unidad de Salud Mental del Hospital de Marchigüe.

Cristian Idiáquez, director de la Escuela de Psicología Grupal, señala que “nos encontramos en un momento en el cual los seres humanos necesitamos retomar la dimensión de lo comunitario, entender que nos enfermamos en relación a un entorno y hacernos cargo de eso transversalmente. La realidad local es altamente compleja debido a las condiciones de pobreza y marginación en la cual vive la población, en tal sentido la preocupación por la comprensión de la dimensión grupal de las problemáticas en salud mental de los profesionales que asistieron es meritoria, en especial porque esta mirada choca con un modelo tradicional de atención que está muy arraigado”.

En tanto, el psicólogo de la Unidad de Salud Mental del Hospital de Marchigüe, Luilly Gómez sostiene que “el trabajo en salud mental es una labor que requiere al menos dos elementos fundamentales:La constante reflexión de la propia práctica clínica y comunitaria por un lado; y por otro lado está la importancia de que los equipos de trabajo multidisciplinarios cuenten con la estabilidad grupal suficiente como para poder sostener a la población que se encuentra en tratamiento.Generar un espacio para el desarrollo de ambos elementos en nuestra red, ha sido uno del objetivo que nos planteamos como unidad al momento de desarrollar esta primera jornada. Como Unidad de Salud Mental y Hospital nos hemos venido tomando muy enserio el trabajo de lo grupal porque nos permite contar con espacio de apoyo y de análisis muy valioso para nuestros pacientes. Junto al CTA del Sol del Hospital de Pichilemu, hemos venido trabajando desde el enfoque de los Grupos Operativos y el haber contado con la asesoría y supervisión de la Escuela Pichon-Riviere Chile, es una oportunidad muy valiosa para mejorar nuestro trabajo. Esperamos continuar desarrollando jornadas de salud mental en el Hospital de Marchigüe en el futuro; esta ha sido la primera, estamos muy satisfechos de la convocatoria y esperamos llevar acabo la segunda el próximo año”.

 

ES EL MOMENTO DE HABLAR, LOS CESANTES ILUSTRADOS NO PODEMOS CALLAR MÁS…

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Me parece pertinente que todos los profesionales que vemos disminuidas nuestras posibilidades de empleo, frente un mercado que cada vez da menos espacios de contratación, por el costo económico que trae el adquirir un profesional, y dado que la oferta demanda disminuyen y de esta forma los sueldos recaen hasta niveles que éticamente son injustificables. Se puede ver que una persona que hoy realiza una labor que no requiere formación profesional está ganando sueldos superiores a los que están recibiendo muchos universitarios que por no quedarse sin una entrada de dinero se ven obligados a trabajar por sueldos que no justifican ni siquiera el costo que tuvieron que endeudarse para sacar su profesión.

¡Es alarmante! En nuestro bello país se callan situaciones como estas, donde por un lado los estudiantes secundarios y universitarios luchan por mejorar la calidad de la educación y soñar por una gratuidad de esta. Por otro lado, los ya egresados, titulados se enfrentan a un mercado laboral mezquino donde no existe ninguna posibilidad real que permita sustentar el estudiar una carrera universitaria dado el alto costo de dinero, tiempo, que se tendrá que realizar para conseguir un empleo que no cubrirá las necesidades por las cuales muchos quisieron profesionalizarse. Y es por esta razón, que me veo hoy como un cesante ilustrado con la necesidad de protestar, de la forma que nos formamos a través del lenguaje, como una llave que habrá las oscuras cerraduras que el sistema desigual socioeconómico de Chile que se encuentra en un proceso político de elecciones presidenciales, y el tema de los desempleados universitarios no es hablado, está oculto detrás de soluciones para mejorar la inequidad de la pobreza, pero lo que nos esforzamos por estudiar, por aspirar a una mejor calidad de vida que estamos insertos en una clase media emergente (como es nombrada por varios actores políticos) debemos seguir mirando el horizonte esperando como Penélope que el tren llegue con un cambio radical y necesario. Lo lamento no puedo seguir mas en esta falsa dinámica, creo que debemos hacernos presentes hoy más que nunca porque de no hacerlo se mantendrá el sistema y saldrán mas y mas colegas que se encontraran ante un mercado laboral cada vez más reducido con una oportunidad de sueldos como ya lo dije fuera de toda lógica ética, la verdadera oportunidad que hoy creo que se debe hacer es unir fuerzas, agruparnos y comenzar a ser un grito de cambio ahora y no cuando el sistema se colapse con empleados que no tendrán las fuerzas para realizar su trabajo profesional adecuado, el que se verá diezmado por un sueldo mísero que no moverá a mejorar lo aprendido sino a ser entes mecanizados, subsistiendo en un sistema inequívocamente sin razón social por nuestra sociedad.

Es por esta razón que muevo con estas simples palabras a todos lo que están en una situación similar o les a tocado vivirla a tomar conciencia que se debe hacer algo ahora y no cuando ya sea demasiado tarde, sino hablamos no habrá cambio.

Humildemente comparto con ustedes esta gran problemática, no se cual es la forma del cambio pero siento que esto debe decirse y mostrarse antes que el sistema no lo permita y nos encierre en un individualismo que no permite cambio sino estancamiento.

 

Es la reforma a la educación superior una verdadera reforma

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Es la reforma a la educación superior una verdadera reforma?

Roberto Aceituno, Decano Facultad de Ciencias Sociales de la U. de Chile.


El gobierno ha propuesto las bases para una reforma del sistema nacional de educación superior chileno. En un plazo muy limitado –un par de meses, teniendo en cuenta la relevancia política del asunto– ha solicitado opiniones, sugerencias y reflexiones, difundiendo un documento centrado en un conjunto de mecanismos y criterios: gratuidad, financiamiento a instituciones estatales y privadas con recursos del Estado, regulaciones asociadas a la acreditación, entre otros.

Tratándose de una política de Estado de alcance “nacional” y de importancia no solo para quienes hoy día siguen estudios en estas instituciones, antes de discutir dichos contenidos, que mantienen a actores diversos del “sistema” enfrentados por los criterios para acceder y otorgar gratuidad, es preciso partir por una pregunta básica e ineludible:

 

¿Se trata de una verdadera reforma?

Una reforma, con los alcances que, suponemos, debe proponer; esto es, modificar en lo esencial el sistema de educación superior chileno, cuyo origen se encuentra en una reforma anterior impulsada por la promulgación de la Ley General de Universidades en 1981 y todo lo que ha venido después, exigiría como tarea esencial transformar el actual modelo y no solo regularlo parcialmente.

Una transformación del sistema requeriría redefinir el papel del Estado, hoy día limitado a ser un subsidiario a la demanda de educación superior, cuya ampliación evidente a través de la cobertura mantiene a una alta proporción de estudiantes (85%) en instituciones privadas y a las instituciones públicas (sin eufemismos, es decir del Estado) en una condición de sobrevivencia o de precarización creciente (especialmente las universidades regionales), sobre la base de la mercantilización de lo que ahora se define como un derecho de pretensión universal: el acceso a educación superior.

Una verdadera reforma no debería entonces poner la carreta –gratuidad, financiamiento para estudiantes de universidades e institutos tanto estatales como privados– por delante de los bueyes. Los bueyes deberían ir adelante. Cuáles serían:

- Proponer y construir una política de Estado basada en el papel de la educación superior para el desarrollo del país;
- Definir la relación que el Estado establece con sus propias instituciones;
- Establecer qué se entiende por público, privado y estatal; 
- Definir una política que elimine de entrada el acceso a recursos del Estado –vía gratuidad o financiamiento institucional– a entidades que, basadas en el lucro y en muchos casos en la oferta engañosa en el mercado de venta de servicios de formación profesional, han acumulado su capital durante los más de treinta años de implementación del modelo que se querría “reformar” (o transformar profundamente).

Sin duda, hay otros elementos en esta discusión, pero sin siquiera entrar en los contenidos específicos de los mecanismos propuestos, la respuesta ineludible a la pregunta antes formulada es:

No, ésta no es una reforma.

En el mejor de los casos, se trataría de una mejora asociada a la regulación y a la evaluación; en el peor, una consolidación del modelo vigente. Si no nos ponemos de acuerdo en esta situación cuya obviedad salta a la vista si queremos reconocerla, caemos en la trampa de discutir sobre sus contenidos enfrentándonos unos a otros: académicos, estudiantes, autoridades (públicas o empresariales). El triste escenario actual es consecuencia de que hemos caído en la trampa.

Un escenario donde los rectores de universidades confesionales se vuelven “públicos” de la noche a la mañana (exigiendo más y mejores recursos del Estado); donde empresarios utilizan el mañoso expediente de recibir “estudiantes pobres” para mantener sus negocios funcionando (sea, en el extremo, exigiendo ser considerados a la par que instituciones estatales; sea, un poco más coherentemente con lo que ha sido la realidad que han construido por tanto tiempo, reivindicando su “autonomía”); donde representantes estudiantiles de universidades públicas defienden el derecho a la educación superior –vía gratuidad– de estudiantes pertenecientes a entidades que incluso, en algunos casos, son investigadas por la justicia debido al incumplimiento de leyes fundamentales, como la prohibición del lucro o la publicidad engañosa; en fin, donde la comunidad universitaria de la principal institución pública del país –la Universidad de Chile– terminaría por defender lo obvio, ser una Universidad y no un negocio, a partir del limitado expediente de la gratuidad asociada a la demanda.

No, no es una reforma.

Es una consolidación del “modelo”. ¿Por qué sostengo esto?

1. Porque en lo político, mantiene la indiferenciación engañosa entre lo público y lo privado donde iguala a instituciones de naturaleza diversa, homologándolas sobre la base de un subsidio a la demanda –vía gratuidad– y una regulación necesaria pero insuficiente.
2. Asimismo, porque carece de una definición política y cultural de lo que se entiende por educación superior y sus exigencias a partir de un análisis detenido de lo que este sector del quehacer científico y cultural debería aportar al país, a la sociedad, a la ciudadanía, más allá de sus “beneficiarios” individuales –clientes– y/o institucionales.
3. Por la falta de una invitación a construir una política de alcance nacional cuyo primer objetivo debería ser establecer el rol diferencial de las instituciones del Estado, restituyendo el sentido de lo público en un sistema mercantilizado durante treinta años.
4. Porque deja entrever un riesgo mayor, éticamente impresentable: partiendo de cero, desconoce –sin sanción ninguna– que muchas instituciones han acumulado capital, patrimonio, “marca”, sin regulación durante treinta años, con el agravante que varias de ellas se encuentran en tela de juicio judicial –considérese el “lucro” que la reforma vendría a regular de aquí para adelante– y que verían premiado su “desempeño” en un escenario mercantil del todo favorable para ellas y desfavorable para otras, de naturaleza estatal.

No se puede desconocer la buena voluntad que, aparentemente, inspira estas propuestas. Muchos de sus elementos deberían ser parte de una reforma verdadera –acreditación obligatoria, prohibición del lucro, exigencias de participación democrática, eliminación de la gestión empresarial– si se postula a recibir recursos del Estado. Pero sin las condiciones de base que hemos expuesto, caeríamos en la trampa, no reformando nada por hacer cambios superficiales que a todos(as) dejen contentos(as).

 

Jueves 13 de agosto de 2015

 

Carmen Gloria Quintana Presenta Querella

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Carmen Gloria Quintana presenta querella: “Es vergonzoso que el Ejército aún no se pronuncie”

Agencia UNO



Carmen Gloria Quintana interpuso esta mañana una nueva querella en el marco del caso Quemados. La única sobreviviente del hecho ocurrido en julio de 1986, señaló que renovó su esperanza en la justicia tras la declaración del ex conscripto Fernando Guzmán.

Una querella por homicidio calificado frustrado en contra de quienes resulten responsables en calidad de autores, cómplices y encubridores presentó Quintana junto a sus abogados en el despacho del ministro Mario Carroza.

“Me querello contra quienes resulten responsables del homicidio de Rodrigo Rojas y el homicidio frustrado contra mi persona como autores, cómplices y encubridores, alcance a quien alcance”, manifestó Quintana.

Agregó que además están “ampliando este proceso para alcanzar a toda la política institucional de las Fuerzas Armadas que existe hasta el día de hoy para encubrir los crímenes de lesa humanidad y mantener a todos los responsables en la impunidad al interior del Ejército para que sigan mintiendo”.

Si bien descartó que por ahora existan nombres de los encubridores, Quintana apuntó a la figura de Lucía Hiriart por ser una autoridad política de la época que emitió declaraciones por las cuales debe hacerse responsable. Lo mismo, dijo, alcanza paraFrancisco Javier Cuadra, vocero del Gobierno; Sergio Onofre Jarpa, ministro del Interior de la época.

Quintana dijo que los nombres de los encubridores serán parte de la investigación que iniciará el juez a partir de ahora. Sin embargo, señaló que está probado que hubo una maquinación para mentir, que no se le ocurrió a los conscriptos, ya que estos recibieron órdenes.

“Aquí hay políticos responsables, ministros, voceros de esa época que deben responder. Aquí lo importante es que nadie está libre de la justicia, alcance a quien alcance”, recalcó.

“He renovado mi esperanza en la justicia desde que el ex conscripto Fernando Guzmán se atrevió a declarar”, indicó. No obstante precisó que tal como lo ha mencionado anteriormente, su caso es un botón de muestra, pues espera que haya justicia en todos los casos de violaciones a los derechos humanos.

Por otro lado, sostuvo que aún no ha querido pedir una audiencia para reunirse con el comandante en jefe del Ejército, porque esperaba que desde la institución hubiese un pronunciamiento. Como no lo ha habido, aseguró sentirse frustrada, ya que es vergonzoso, dijo, que todavía las FFAA no entreguen su versión, sobre todo respecto a la política de encubrimiento que existe hasta hoy, manifestó.

Sobre el estado de salud de Manuel Contreras, ex director de la disuelta DINA, Quintana dijo que ojalá el “Mamo” alcance a arrepentirse de todo el daño que hizo a tantas familias.

“Aún hay muchos exiliados que todavía no logran dormir porque están traumatizados por las torturas que sufrieron”. En su vida no alcanza a pagar todo el sufrimiento que provocó, expresó la sobreviviente del caso Quemados.

“El duelo es algo inacabable, es doloroso y difícil de hacer cuando hay impunidad. Cuando haya justicia y verdad para todos, recién podrá haber reconciliación y duelo”, aseveró.

Tras la “reunión cordial” con el ministro Carroza, Carmen Gloria Quintana quedó citada para declarar el próximo martes

 

Ética nacional: un doloroso viaje de la república al mercado

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Profesor del Departamento Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Alberto Hurtado.


Así es pues, lector y lectora. El Golpe de Estado del 73 no fue una aventura militar más. Su objetivo general era: liquidar el espíritu republicano, forjado lenta y difícilmente en mil batallas, y reinstalar el dominio oligárquico y conservador que se vio amenazado, primero por la “revolución en libertad” y, después, por la “revolución con empanadas y vino tinto”. El experimento neoliberal comenzado a fines de los setentas y comienzos de los ochenta en Chile (casi al mismo tiempo que en Estados Unidos con Reagan y en Inglaterra con madame Thatcher) –como expresión de una nueva fase del capitalismo, ahora financiarizado–, implicó no solo cambios muy  importantes en el plano de la economía, el trabajo y el poder político, sino, también, un desmadejamiento del tejido social-cultural y una modificación radical del vínculo social o ethos republicano

El objetivo era atomizar la sociedad, sus vínculos forjados, sus asociaciones, organizaciones de base, políticas y no políticas. Desmadejar lazos introduciendo el miedo al otro: cualquiera podía ser un “upeliento”, un izquierdista o un soplón de los servicios de seguridad. Mejor entonces guardarse en casita, cerrar la boca y trabajar no más. Privatizarse. Convertirse en un “idiota”, un ser apolítico, como le llamaban los griegos. Asomarse a la plaza pública era demasiado peligroso. Privatizar al ciudadano, despolitizar, introducir la sensación de inseguridad e inestabilidad cotidiana (en la calle, en el trabajo, en la vida social, en relación a sí mismo). De desconfianza. Lo importante era, como lo dijo en alguna oportunidad Jaime Guzmán, que este pueblo nunca más pusiera esperanzas en un proyecto de cambios radicales. Y si ese pueblo insistía en equivocarse, bueno, entonces un cerrojo: la Constitución del 80. Pero, para el logro de este objetivo, no bastaba la represión o la pura ley.

Quizá esto es lo que estamos observando con los casos reiterados de corrupción público-privada en el país: impunidad, fraude al fisco, tráfico de influencias, cohecho, pillaje, pero, también, pensiones indignas, salud indigna, casos Penta, Soquimich, Caval, y un largo etcétera. No podemos olvidar que el mercado genera únicamente bienes y servicios, pero que lo hace impulsando la desigualdad y una “sociedad de lobos”.

El pueblo chileno tenía que dejar de ser ciudadano y pasar a ser consumidor endeudado. Pasar de una conquista de su ciudadanía a ser sujeto billetera-consumidor. Para eso atomizar: cada uno se salva (o se hunde) como puede y carga con su culpa. Nadie responde por nadie, salvo por sí mismo y sus más cercanos. Para lo cual era preciso, al mismo tiempo, el desprestigio del Estado social, de lo público, de los bienes comunes. En sintonía con la derecha anglosajona de su tiempo que predicaba, como lo sostuvo la Sra. Thatcher, que “la sociedad no existe”. Solo hay individuos. Las normas sociales y los valores más altos (justicia, dignidad, decencia, igualdad, fraternidad, compasión) desertan del espacio en común. Lo que valdrá será ganar, competir, emprender, tener éxito, resultados, ser astuto, hacerse rico, famoso o poderoso. Ser propietario. Eso es tendencia. Vale lo privado. “Ascender” en la escala social.

La derecha cívico-militar se avino a impulsar y extender –con éxito, hay que decirlo–, un nuevo ethos basado en la competencia, la eficiencia, el resultadismo, la frialdad e indiferencia. Una ética de lo impersonal. Basada en el Leitmotiv muy bien expresado por F. Hinkelammert: “Yo vivo, si te derroto a ti” (sea para subir al bus, al metro, en el estadio, el trabajo, en el manejo del auto, etc). Ser libre es tener la libertad para derrotar al otro, y esto en los más diversos planos (desde lo empresarial hasta lo académico). Liquidación de un ethos republicano, imposición de uno mercantil entonces. Pero el imperio generalizado del mercado capitalista no es algo baladí. De un modo u otro transforma todo lo que toca en mercancía, es decir, en valor de cambio. Y ello afecta incluso la personalidad: usted vale si tiene éxito, si puede “venderse” de manera adecuada al poder o al dinero. Y esto tiene consecuencias: si, como dice en algún lugar E. Fromm, “las vicisitudes del mercado son los jueces que deciden el valor de cada uno, se destruye el sentido de la dignidad y del orgullo”. Y de la decencia, habría que agregar.

Quizá esto es lo que estamos observando con los casos reiterados de corrupción público-privada en el país: impunidad, fraude al fisco, tráfico de influencias, cohecho, pillaje, pero, también, pensiones indignas, salud indigna, casos Penta, Soquimich, Caval, y un largo etcétera. No podemos olvidar que el mercado genera únicamente bienes y servicios, pero que lo hace impulsando la desigualdad y una “sociedad de lobos”. Esta fue una singularidad de la dictadura militar alentada y apoyada por la derecha de aquí y de fuera: no solo se trató de un cambio en lo económico y de Gobierno, sino, a través suyo, de la imposición e interiorización de un proyecto ético-político e ideológico. Frente a todo lo cual nos queda resistir desde una ética del sujeto que se mueva sobre la base de otro norte: “Yo vivo, si tú vives”. Pero, para esto, se necesitaría: primero, un reconocimiento de la prioridad ontológica de la sociedad sobre el individuo; y, segundo, una intervención sistemática en los mercados. Solo de esta manera, al parecer, el aclamar valores como igualdad, fraternidad o libertad, sería algo más que pura retórica vacía. Por cierto, lector y lectora, una tarea nada evidente ni obvia en el Chile de hoy.

 
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