EN GRUPO OPERATIVO PERMANENTEMENTE DURANTE UN MES
El título de este trabajo merece alguna reflexión introductoria. Desde mi llegada a Chile el año pasado, he coordinado más de un veintena de grupos operativos organizados en módulos semestrales. Si sumamos todo ese tiempo dedicado al grupo operativo juntamos unas quinientas sesiones, lo que equivale unas 750 horas de trabajo grupal. No estoy incluyendo clases, conferencias, seminarios, reuniones de equipo, juntas de trabajo. Reuniones sociales, donde también algún tipo de "trabajo grupal" se realiza y dejo fuera expresamente reuniones familiares ya que allí lo operativo brilla casi por su ausencia. Tampoco incluyo grupos coordinados previamente y en otros contextos ya que lo que me interesa es descubrir cierta identidad durante este tiempo. Si este tiempo total lo calculamos en días, completamos un grupo operativo que funciona las 24 horas al día durante un mes completo.
La pregunta que me formulo entonces es ¿qué le sucede a un integrante que participa de una experiencia de grupo operativo durante un mes? Ya que si bien me he desempeñado con el rol de coordinador, no por eso se permanece al margen del desarrollo de la grupalidad y sus defectos. Si bien hay que respetar la ley de la abstinencia, ello no significa que su consideración libere al coordinador de "participar vivencialmente" de los procesos que se dan en el grupo y sobre todo porque el grupo no puede dejar de implicarlo y de envoverlo, más allá de que su desmarque se constituya en la razón de su existencia. Recordemos además que Pichón-Riviére atribuye al coordinador el lugar de un co-pensador del acontecer grupal.
Y como no se trata de hablar desde el lugar del coordinador sino desde ese lugar tan especial de integrante, me voy a permitir organizar estas reflexiones en tres grandes rubros. Lo que me gusta, lo que me desagrada y lo que descubro como novedoso.
Estar sentado en un grupo es una experiencia única. Otros me miran y yo, los miro, a veces nos hacemos señas con los ojos, con la mirada. ¿Cuántas cosas se pueden decir con la mirada? Con los gestos parece que un complejo código es puesto en escena cada vez. Estoy incómodo, memuevo en la silla, me cambio de postura, siento algunos músculos un poco tensos hasta que sin saber muy bien cómo y porqué un cierto torbellino me induce a meterme en no sé que circuito donde a poco de decir algo descubro que efectos inusitados se producen como reflejo. Otro dice que entendió ny repite algo donde no me descubro. Un tercero comenta que está completamente en contra de lo que yo dije y cuando explica su opinión me convenzo de que él dijo justamente lo que yo quería decir, de una manera más elegante y clara que yo. Nunca sé, nunca sé con quién hablo, nunca sé a quién le hablo, nunca sé por qué digo lo que digo más allá de que pueda tener una explicación sobre eso. Pero este vaivén me va tocando de diversos modos, ya que sin saber muy bien por qué, tanto me encuentro prestando atención a mi respiración, como un nudo en la garganta; tanto con un sarcófago sobre mis hombros, como volando sobre los techos de las casas, y como Peter Pan me defiendo y desafío al pirata del mundo de "nunca jamás" o me sumo en una lejanía rabiosa de la que no hay retorno.
Alguien comenta, otro continúa y de repente brota de algún lugar sin fin, una idea que me asombra por lo redonda, por su consistencia, por su azul y me acerco a eso como un regodeo porque esa idea no está, no se le ocurrió al autor, no lo dijo nadie y yo tampoco quiero decirla para no perderla, pero deseo lucirla como cuando Santa Claus me traía un juguete y salía por el barrio a mostrárselo a mis amigos. Idea carente del aroma de lo neutro, se afirma al superar lo inocuo de su origen. Está allí y crece, suave, casi tibia, se mueve embriagadoramente. ¿Qué puedo hacer con ella? ¿cómo conservarla ? Se me va. Luego regresa, otro me la devuelve con algo más o... se la lleva matándome un poquitito.
El silencio ha invadido la sesión, me siento confundido porque no entiendo nada, no sé que decir, tal vez no tenga qué decir, es probable que no tenga ni siquiera palabras, quizá aún no he aprendido a hablar; ¡que me trague la tierra!. De pronto ya no estoy allí, pero tampoco puedo irme de donde fui. ¿Alguien me puede ayudar a bajar? Se percibe el olor a lo oscuro, donde sobre el pozo se vuelcan las miradas, ya errantes a la pesca de un sentido. Se bambolea y noto como todos se agarran de la vida que es estar allí, acá juntos, perdidos. ¿Por qué?
En este maremagnum de sensaciones de lo más encontradas se va recortando una cierta pregunta que emerge de una sorpresa reiterada, como siempre presente frente al devenir grupal. Esta extrañeza se impone una y otra vez con vehemencia logrando un efecto grupal particular, de solidez, que se articula sobre un consenso de difícil análisis. Frente a dicha resultante, los enfrentamientos esporádicos se explican como acuerdos previos, como efecto de esa grupalidad que se impone y que se impone por estar normada. Se cuela entonces, un atravesamiento del proceso que pone sobre el tapete el tema de una cierta institucionalización de lo grupal, un nivel más profundo en el que lo inconsciente es lo institucional, lo normado, el Estado- diría Loureau. En ese momento no queda muy clara la diferencia entre estereotipo e institución, entre ritual y consenso, entre roles y jerarquías.
José Bleger sostenía que en el fondo de las profundidades grupales se contrataba siempre un aspecto indiscriminado que tenía que ver con la institucionalización y que era allí donde se producía el cambio; de lo contrario el cambio circulaba por circuito donde se lo garantizaba en la superficie, para no cambiar nada en el fondo.
Es allí donde uno se encuentre de golpe con el Golpe. Es allí donde la raíz institucionalizada que tiende a su eternizació, se opone a un consistente deseo de dar vuelta todo, como de comenzar de nuevo, como de volver al momento inicial para que las relaciones se pudieran asentar en otro imaginario, aquel desde donde a pesar de todo, se pudiera hacer sin necesidad de pasar por la Comisión (ironizaba Paulo Freire) normalizadora. Aquel donde se pueda uno permitir "jugar de memoria" sin necesidad de reglamentar cómo deben ser las cosas. Aquel donde la confianza sea constitutiva del vínculo produciéndose un cierto relax que descentre el fantasma de la paranoia.
¿Hablamos del grupo interno o de la institucionalización del grupo? "Por la razón o la fuerza", se descubre como el slogan que rige un cierto modo de grupalidad, una manera de plantearse –como dicen los padres- por las buenas o las malas.
Por las normas o por el golpe. Pero lo más interesante a mi juicio reside justamente en lo que no se dice, en aquello que es omitido, en aquello que norma la razón o la fuerza y que justamente resulta en igualarlas bajo el mismo denominador. Así se concluye que en ambos casos el sometimiemto está allí, implícito, dado por obvio o peor aún, por necesario. Es el tema de los a-poder-ados.
En todo caso, lo que queda ausente es el deseo, es lo espontáneo, es lo creativo, es poder visualizar cuestionando los resultados normalizadores, las raíces del consenso, los vericuetos del poder físico, los intersticios de la familia. Espacio donde el placer de ser se abra camino ante la institución del deber ser. ¿Desde dónde se habla? ¿Para quién? ¿Cómo despejar el análisis de las complicidades?
Difícil camino del grupo, que va chocando una y otra vez con instituciones y construye frente a su superación, la ilusión de su poder, de su autonomía, de su eficacia. Soporte de las individualidades, el grupo se ofrece como el espacio donde el exceso es posible, la indiscriminación deseada, la identidad reconocida.
Porque en el devenir del grupo puede aparecer reiteradamente aquello que muestra "lo entretenido" o "lo rico", formas ellas de aludir a un placer por hacer las cosas, por estar en el grupo, por compartir con otros y hasta para poder pensar juntos. Tal vez lo rico también aluda a una angustia compartida, a una ambigüedad muchas veces sin límites, a un no entender qué sucede, a un silencio incomprensible y paralizante y a una pregunta que vuelve, una y otra vez: "¿ qué hago aquí en este desorden, en este caos?" ¿Se podrá disfrutar de la angustia, de la rabia, de la depresión y del desamparo, de la duda persistente? ¿o no será que lo rico y lo entretenido también están normados?"