De alguna manera la elaboración de un Proyecto no puede separarse de la
subjetividad de quienes lo pensamos. Por
eso tenemos la sensación de “Proyecto fantaseado” desde nuestro ECRO,
nuestra posición socioeconómica y nuestro deseo.
Si el Proyecto escrito constituye nuestro discurso manifiesto, bajo éste
podemos mirar nuestro deseo: primero sentirnos necesarios en el medio del
problema, comprender, penetrar el discurso de la adicción y además, el deseo y
la fantasía de la existencia de una demanda.
Finalmente hemos convocado a todos los jóvenes de la Población, tengan
o no la condición de consumidores, ya que obstinarnos en la otra convocatoria
“vengan los consumidores” (que nos demanda el Proyecto escrito, el SENAME,
el Municipio, la comunidad en la que estamos insertos, la Sociedad), implicaba
prácticamente la imposibilidad de aproximarnos y abordar el problema.
En el contexto de este Proyecto estamos llevando a cabo un Grupo
Operativo que tiene como fin el acompañamiento a un Taller de capacitación en
electricidad. La tarea es trabajar
el proceso de aprendizaje, las dificultades y ansiedades que pueden surgir en
esta situación de cambio.
Este grupo está compuesto por 14 jóvenes de sexo masculino, de edades
que fluctúan entre los 14 y 24 años. La
mayoría de ellos ha desertado prematuramente del sistema escolar, algunos
tienen trabajos esporádicos, otros están desocupados.
Nos imaginamos que desde la posición de desocupados o del que no se
adaptó al Sistema Escolar acercarse a una instancia de aprendizaje significaría
reencontrarse con las dificultades y ansiedades que no les han permitido ser
parte de la “normalidad”. ¿Cómo
nos paramos frente a este grupo?
Desde el momento en que pensamos en un diseño de las sesiones
despertamos una fantasía sobre el devenir del grupo.
Este se perfiló en el imaginario de la coordinación a medida que
discutimos las consignas o el sentido que pretendíamos que tuviera el proceso.
Recurrimos a las imágenes que hemos ido dirigiendo a lo largo de este año
de encuentro con la Población, con el contexto.
Tuvimos la fantasía omnipotente de haber tomado todas las variables
necesarias en el momento de elaborar el programa de trabajo, de poder
“ponernos en el lugar del grupo” al momento de ponernos a pensar.
Pero, en el transcurso de las sesiones nos vimos sorprendidas, ya que los
temas propuestos en el programa llevaban al grupo a la producción de emergentes
inesperados por nosotras.
De acuerdo con Pichón “...el emergente constituye aquello que permite
descifrar el proceso latente...” y según H. Foladori “...el emergente es la
llave que nos conduce hacia ese otro nivel supra-estructural (lo latente) que da
cuenta del discurso manifiesto...”.
¿Sin deseo y sin memoria?
El emergente in-esperado nos conduce al grupo real, rompe la ilusión de
la coordinación, de alguna manera su memoria y su deseo.
“Las formas de reacción más o menos fijas, falta de plasticidad y
prejuicios que aparecen como emergentes principales en un grupo”, según Pichón-Rivière,
aparecen también emergentes en la coordinación de manera inesperada.
¿Qué nos pasa con esto?
Durante la sesión, una mezcla de angustia y confusión que a veces nos
inmoviliza, nos deja sin palabras, emerge de la coordinación “no entiendo”,
“¿qué digo?”, “no se cómo tomarlo”.
Parece que la pregunta que no podemos hacernos es “por qué me está
pasando esto, con este grupo aquí y ahora; qué tiene que ver conmigo y qué
con el grupo”. La falta de práctica
nos lleva a cerrar una oreja cuando abrimos la otra: la interna.
Algunas emociones nos invaden y dejamos de escuchar al grupo, o
viceversa, mientras hacemos la lectura del grupo la oreja interna se tiende a
cerrar, cómo integrar ambos canales, cómo distinguir las depositaciones del
grupo sobre la coordinación de aquello que nos afecta porque tiene que ver con
nuestros propios conflictos no resueltos.
En todo caso el efecto es el mismo para los dos casos, la imposibilidad
de realizar una tarea: aquella de la coordinación.
Un emergente recurrente: los jóvenes se comparan la ropa, las marcas de
los pantalones, las pintas. En una
sesión comienzan a compararse las zapatos, todos nos miramos los zapatos, la
coordinación también se los miró y se comparó.
Nos invade la culpa, nuestros zapatos no son los únicos que tenemos, nos
costaron caro, ¿qué estarán sintiendo ellos con esto?... En estas
divagaciones dejamos de escuchar, el grupo desaparece para dar paso a la confusión
y la angustia.
Nuestro deseo es incorporar el contexto, pero se nos escapa. Nos dicen que pasan tantas cosas y nosotras no las vemos,
llevamos un año ahí pero estamos afuera.
Por momentos entramos al contexto a través de sus relatos y lo que oímos
a veces nos asusta porque no tenemos referentes vitales para empatizar, lo
cotidiano para ellos es asombroso para nosotras:
Cuando termina la sesión comentamos, nos sentimos marginales de esa
realidad.
Pichón dice que “el emergente es un mensaje a ser decodificado en términos
de los universales”.
En el ejercicio de decodificar emerge nuevamente lo in-esperado:
El miedo a la pérdida de la estructura lograda y el miedo al ataque en
la nueva situación a estructurar, el miedo y la resistencia al cambio, el
sentimiento básico de inseguridad, los procesos de aprendizaje y comunicación,
las fantasías básicas de enfermedad, tratamiento y curación.
Todos estos elementos son esperados desde nuestro ECRO, nuestras propias
experiencias grupales y terapéuticas, de aprendizaje, en fin, desde otro
contexto en el cual parece nos movemos desde una fantasmática menos literal, ¿más
tendiente a lo neurótico?.
Lo in-esperado en este grupo es que todas estas fantasías aparecen casi
de la mano con el acto, se acercan al borde, produciendo una realidad también más
al borde... Nos da la impresión
que cuando en un miembro del grupo surgen fantasías de ataque él ataca, cuando
aparecen fantasías de abandono él abandona al grupo y lo boicotea desde afuera
burlándose de los que permanecen.
La estructura “lograda” parece ser tan porosa, que escomo si no
hubiera una base de sustento o fuera muy frágil.
Por ejemplo, ante la dificultad de comunicarse que se manifestaba en que
unos hablaban por encima de otros en un tono permanente de burla, pareciera que
se produjo un acuerdo de callar a los más ruidosos, que a la vez son los
marginales del grupo, promoviendo su expulsión. “Cállate”, “Hablai puras tonteras”, “no seai estúpido”.
Como en la estructura de la enfermedad, el miembro de la familia que
enferma para encubrir la angustia de todo el grupo, finalmente es expulsado.
Echarlo podría ser un movimiento más para seguir encubriendo.
Desde la coordinación vivimos la impotencia de rescatar a estos chivos
expiatorios.
Viendo lo que estaba pasando, nuevamente nos encontramos sin las palabras
para esclarecer la situación. Recordamos
posteriormente que ese ruido nos permitía entender, teníamos el deseo
de que desapareciera. Si nos
anulamos en la función de la coordinación, ¿es que de alguna manera nos
hicimos cómplices de la expulsión?. Paradójicamente,
el grupo que permanece continua repitiendo el mismo patrón.
Pensando que nuestras dificultades de lectura e interpretación se
originan en gran medida en la diferencia de contextos socioculturales.
¿Cómo leer en el discurso manifiesto del grupo miedo al cambio en un
contexto donde suele haber cambios repentinos ligados a la muerte o a la
destrucción?.
Si en este lugar parece haberse confabulado toda la sociedad y la cultura
para que las cosas no cambien, porque de alguna manera este contexto sustenta
todo el Sistema, cómo leer la resistencia al cambio.
La fantasía de que es imposible desamarrarse de ese contexto aparece en
el grupo, pero también en nosotras. Ya
no intervenimos para el cambio, apenas alcanzamos a entender.
Nos da la impresión que la subjetividad de este grupo está determinada
en gran parte por la subjetividad de la población, a través del discurso del
grupo nos enteramos que la posibilidad de ataque es tan real como que en la
esquina te pueden pegar un tiro o pueden llegar los pacos y bajarte los
pantalones. Nos cuesta mirar al
grupo como grupo, lo que tenemos en mente es una muestra de la población.
El grupo nos lleva hacia nuestro sentimiento básico de inseguridad, nos
asusta, nos da rabia, nos da pena cuando nos muestran que desde siempre ha
primado lo inseguro, las casas no aíslan, los vínculos parentales no protegen,
las necesidades básicas están insatisfechas, la vida y la muerte están
fundidas, se vive otro tiempo, se vive otro espacio.
Tomamos para finalizar la pregunta de Eugenia Vilar “¿En qué medida
el coordinador toma o debería tomar las diferencias socioculturales y el
imaginario de los grupos con que trabaja?”.
Nosotros decimos: en pudiendo.....
“Es necesario afrontar, reconocer y atreverse a mirar de frente la
propia subjetividad y no solo la paja en el ojo ajeno”.
En ese mismo texto ella menciona una reflexión de Nicolas Caperrós:
“No podemos, como psicólogos, venir desde afuera a salvar un Sistema, a modo
de seres redimidos de las contradicciones, intentando ganar a otros para
compartir con ellos nuestro Paraíso. Somos,
en el mejor de los casos, un producto consciente de estas contradicciones, hijos
de ellas quizás rebeldes, dotados de conciencias ambivalentes surgidas de la
represión.
No podemos partir de una realidad que no existe.
Por otro lado es ineludible la aceptación del compromiso como tal y como
hoy se aparece; delimitado o no, es lo que tenemos, no caben sustituciones
fantasmáticas.