El
presente trabajo es una reflexión respecto a la implementación de un modelo de
atención ambulatoria para toxicodependientes y consumidores abusivos de
sustancias adictivas, con un dispositivo grupal operativo.
La
comunidad terapéutica Prado surgió de la preocupación del municipio de la
comuna El Bosque en la zona sur de Santiago. Su objetivo principal fue crear un
instrumento capaz de enfrentar el alto consumo de sustancias tóxicas que existe
en esta zona, con énfasis en el consumo de pasta base de cocaína. El programa
de atención contempló atención psicológica y terapia corporal, trabajo en el
plano recreativo y educativo, capacitación laboral y desarrollo de trabajo en
la comunidad.
En lo
clínico, el trabajo se centró en la atención de jóvenes consumidores de PBC,
con distintos niveles de consumo. El perfil de joven consumidor objetivo del
programa, contempla a jóvenes de entre 14 y 20 años de edad, con al menos un año
de consumo. La mayoría de las veces existen antecedentes delictivos y deserción
escolar.
La
decisión de trabajar con grupos operativos en la atención de estos jóvenes se
sustentó en considerar que el consumo y la toxicodependencia como un síntoma
familiar y comunitario, más que un problema individual. Según consideramos el
toxicodependiente es el portavoz de una situación grupal,. A nivel del grupo
familiar, el joven consumidor sería el depositario de las ansiedades y
tensiones colectivas. Este “se haría” toxicodependiente en un fallido
intento de preservar a su familia de la angustia y la destrucción. Al hacerse
cargo de esta tensión y confusión familiar, se va haciendo cada vez más rígido
en su rol de “enfermo”. Esta estereotipación sería la situación cúlmine
de la patologización grupal familiar. Entonces el toxicodependiente es
“chivatizado” familiar y comunitariamente, siendo segregado y relegado a la
“esquina de los baseros”.
El
Trabajo terapéutico consistió en intentar contribuir al entendimiento de esta
situación, posibilitar la flexibilización de los roles y las fantasías
depositadas sobre el síntoma, haciendo explícitas aquellas otras situaciones
que han pasado ha segundo plano por la toxicodependencia. Esto desatará una
serie de resistencias en el grupo familiar, ante la angustia que estando
inmovilizada ahora implica a todo el grupo familiar.
Es en
este punto donde el modelo de trabajo encontró mayor dificultad. Al comenzar el
trabajo con la familia, la sola sugerencia de una perspectiva alternativa
produjo ambigüedad frente a la terapia, lo que en la mayoría de los casos
significó la inmediata fuga de la familia completa. En aquellos casos en que la
estructura familiar sostuvo el impacto de las primeras entrevistas, la
desestabilización producto de la suspensión del malentendido familiar desató
un monto de angustia insoportable.
A
partir de esta situación se creó la necesidad de re-pensar el dispositivo
utilizado.
Para
este objetivo se propone revisar algunos conceptos referidos al encuadre
grupal. Se plantearon algunas preguntas: ¿Es pertinente trabajar con grupos
operativos las toxicodependencias?, ¿De quién es la demanda de atención?, ¿Cuál
es nuestra función como terapeutas?, ¿es una dinámica neurótica o psicótica
la toxicodependencia?
Consideremos
en primer lugar algunos planteamientos de José Bleger.
Plantea que para el entendimiento más profundo de lo que ocurre en los
grupos, se debe considerar de modo fundamental el encuadre del trabajo grupal.
Señala que a menudo se tiende a centrar el análisis en la interacción grupal,
allí se explicita, allí se infiere, se escucha y se interpreta. Sostiene que
esta dinámica es posible porque existe un encuadre que lo permite.
Existiría en todo grupo una sociabilidad por interacción y una
sociabilidad sincrética. En este último nivel de sociabilidad “se da una
no-relación, una indiferenciación en la cual no hay establecida discriminación
entre yo y no-yo, ni entre cuerpo y espacio, ni entre yo y el otro”.
La identidad grupal e individual está compuesta por un yo integrado y
por un yo no integrado. Una parte estructurada y una parte no estructurada o
“parte psicótica de la personalidad” y existiría un clivaje
que separa y comunica ambas partes de modo que la parte no integrada no
“invada” a la parte integrada del grupo o del individuo. Para Bleger esta
parte psicótica de la personalidad queda depositada en el encuadre del trabajo
terapéutico y que se torna visible cuando se amenaza o se daña el encuadre.
Toda variación del encuadre pone en crisis al no-yo, problematizando al yo y
obligando a la re-introyección, re-elaboración del yo o a la activación de
las defensas para inmovilizar o re-proyectar la parte psicótica.
Esta
parte no integrada tendría que ver con la simbiosis necesaria para el adecuado
funcionamiento psíquico, simbiosis que permite contener las ansiedades
depresivas y persecutorias del cambio. Según el desarrollo de esta simbiosis se
describen tres tipos de “personalidades” grupales o individuales:
a)Grupo
neurótico: Sujetos que han logrado en buena proporción cierta individuación y
personificación. Estos tenderán a moverse en la sociabilidad de la interacción.
b)Grupo
dependientes o simbiótico: individuos en los que la organización sinbiótica
ha persistido más de lo necesario como para poder resolverse y dar pie a una
adecuada individuación. Ellos tratarán de transformar de manera manifiesta al
grupo en una organización estable, la interacción será superficial, con
tendencia a no dar lugar al proceso grupal.
c)Grupo
de individuos que nunca han tenido una relación simbiótica y que tampoco la
van a establecer en el grupo sino después de un profundo proceso terapéutico.
Ejemplo de estas personalidades son las personalidades psicopáticas. Tienden a
desenvolverse en un nivel de sociabilidad sincrética.
Consideremos
además, lo expuesto por el Equipo Rimini(*),
en cuanto a que la toxicodependencia de un individuo sería el resultado de una
fallida dependencia simbiótica normal, lo que determina que en el individuo
quedan núcleos indiferenciados no desarrollados, que no pueden ser depositados,
los cuales funcionan como un super-yo primitivo que transforma la ansiedad
depresiva en persecutoria. Según esta idea, la sustancia, mediante un ritual mágico
y un efecto farmacológico cierra temporalmente los canales de comunicación con
la parte no diferenciada, generando una especie de clivaje dominado por un
fetiche. Entonces se establece un control de la ansiedad estableciendo una
simbiosis con un objeto tangible que recibe el depósito de la ambigüedad, pero
que después restituye el objeto, él que deberá ser nuevamente depositado en
otro acto ritual. Esto explica la persistencia de una conducta adictiva,
destructiva para el individuo dependiente.
A la
luz de estos planteamiento se puede establecer la precariedad del funcionamiento
psíquico y afectivo que se debe enfrentar en el trabajo con toxicodependencias.
Si a esto agregamos la desestructuración que produce, incluso en grupos con
muchos más recursos neuróticos, el trabajo grupal, estamos ante montos de
ansiedad importantes, que exigen un nivel de contención y de estructuración
que algunos programas de rehabilitación no están en condiciones de ofrecer, en
el marco de las políticas que existen hoy en nuestro país. Se hace necesario
volver a pensar los dispositivos que se aplican de manera que puedan dar cuenta
del objetivo para el que se disponen.