Nuestra experiencia, con grupos de jóvenes, mujeres
y trabajadores nos muestra que la impunidad prolonga en el tiempo los efectos
traumáticos de las violaciones a los derechos humanos. A partir de estas
experiencias formulamos recomendaciones para trabajar con este problema a nivel
comunitario.
Comenzaremos
citando la definición de situación límite de Bruno Bettelheim:
“Nos
encontramos en una situación límite cuando de pronto nos vemos lanzados a una
serie de condiciones donde nuestros mecanismos de adaptación y valores ya no
sirven y cuando algunos de ellos incluso pueden poner en peligro la vida que se
les había encomendado proteger”[2]
Esta
conceptualización da cuenta de que el carácter traumático del Terrorismo de
Estado no puede ser valorado en relación al número de personas afectadas por
la violencia.
Lo
que instaura a nivel colectivo la experiencia cotidiana de temor, miedo
incertidumbre y amenaza es tener que enfrentar
una realidad social en la que los valores socialmente compartidos que dan
sentido y regulan la convivencia social han sido destruidos.
Las
personas se encuentran desamparadas, sin protección y abandonados frente a un
poder que se ejerce sin límites. Las
organizaciones sociales, las redes de apoyo son desarticuladas.
Se destruye la confianza en el otro y desaparece la utopía y la
esperanza.
La elaboración de esta experiencia traumática pasa
por reconocer la existencia del daño, re significarlo y objetivarlo en el
contexto social que dio origen a tales violaciones. Esto pone como tarea central
la lucha por la verdad y justicia.[3]
Sin embargo, en la medida que se suceden los
gobiernos elegidos mediante votación, la búsqueda de Justicia comienza a
desdibujarse; lo que confirma una vez más que no es posible confiar en las
instituciones y retroalimenta los efectos del Terrorismo de Estado.
El miedo, la desesperanza y la sumisión se cronifican.
Prima la pasividad, el desinterés, la apatía y la renegación del
pasado, se desarrolla una “cultura del conformismo”[4]
De este modo, se afecta el desarrollo democrático en
una de sus dimensiones más esenciales, en lo que dice relación con la
participación ciudadana en la búsqueda conjunta de la dignidad y el bienestar
social.
Para ejemplificar lo anterior daremos cuenta del
proceso vivido en un grupo. Solicitan
nuestra colaboración porque quieren consolidarse como grupo y convocar a más jóvenes
a participar.
Al iniciar el proceso se muestran esperanzados y
confiados. Comentan sus planes y
proyectos. Sin embargo, rápidamente
aparece la queja de que la institución no acoge sus demandas y la desconfianza
en el grupo. Uno de los
participantes trae su experiencia de otro grupo.
“No
pude seguir participando. Me dijeron que yo tenía otras ideas y formas de
pensar. Y esto era complicado para la organización”
El
miedo circula a nivel inconsciente entre las personas y en la institución.
No se tolera la diferencia. Se busca homogeneizar.
El
discurso oficial es que todos tienen cabida, que la institución está para
servir a los intereses de los jóvenes.
En
la medida que el grupo puede reconocer sus miedos y desconfianzas, comienza a
reconocer como el poder autoritario no solo está afuera en la institución,
sino también está internalizado. Se
responde en forma automática a los requerimientos de la institución, sin
pensar y por tanto se acata.
“Tratamos
de ser distintos, de hacer cosas diferentes.... Pero algo pasa...recibí el
memo, lo vi y lo hice. Siempre
igual, sin siquiera pensarlo.”
En
la medida que reconocen sus miedos y la sumisión internalizada, los jóvenes
inician con cierto temor algunas acciones. La institución solicita nombres,
quiere saber quienes encabezan, y dicen que van a estudiarlo.
Los
jóvenes llegan animosos y contentos.
“No
importa, lo que pase...Dejamos de estar callados”...
“Hemos
ganado en el sentido de que nos logramos unir, ser movimiento...ser grupo”
Hablan
cuentan lo acontecido, están excitados, toman contacto con la posibilidad de
hacer cosas. Sin embargo, rápidamente
la desesperanza se instala nuevamente
“Este
grupo es lo que somos... está huevaá”
La
desesperanza no es más que una manifestación del miedo que se encuentra
instalado desde hace ya mucho tiempo. Un
miedo del cual no se habla, del que apenas se tiene existencia, pero que sin
embargo opera.
“Da
miedo irse contra la institución, te agreden, sales herido...Hay una cosa, hay
como una herida, una vivencia que te hace ser poco participativo”
Durante
este proceso se integran nuevas personas. Era
algo deseado y esperado. Sin
embargo, los jóvenes permanecen largo tiempo en silencio.
Apenas se mueven y no se atreven a mirarse.
Uno
de ellos dice:
“Hay
cosas que no se pueden tratar porque hay gente nueva”
“Nos
cuesta hablar con gente nueva”
Pareciera
que los jóvenes desean seguir pensando, comentando los acontecimientos, su
“rebeldía frente a la institución” No
se puede porque hay desconocidos, ¿A qué se le teme...a la delación?
No puedo dejar de pensar, y así se los devuelvo que aparece aquí el
temor instalado por la dictadura, el más difícil de tratar, el hacer del otro
alguien del cual siempre hay que sospechar.
Ellos
manifiestan:
“Operamos
con la desconfianza...la gente nueva nos produce desconfianza”
A
partir de esto es posible comenzar a tratar con la propia dificultad de confiar
en el otro, y de tolerar e integrar la diferencia. Aparece el temor del grupo al fraccionamiento, a la
disgregación, a que la diferencia y el conflicto resulta siempre en disolución.
Se
refieren a una experiencia del pasado: “No
es lo mismo...este grupo es nuevo...El año pasado estábamos empezando y no
concluyó...Se reprodujo una cuestión política...La misma discusión, la gente
que estuvo el 73 y la que no estuvo”
El
grupo se pregunta cómo construir identidad grupal, como pertenecer e integrar a
los que sufrieron la represión y a quienes no la sufrieron.
En la experiencia de este grupo, este problema se traduce en discusiones
y recriminaciones mutuas. Construir
identidad grupal, demanda situarse en la historia, pero en una historia que
debiera ser común y compartida. Sin
embargo, este es un tema que se elude y que se escamotea.
Aparece
el tema de la culpa. A pesar de su
edad, y de no haber vivido los acontecimientos que rodearon al golpe militar,
los jóvenes señalan:
“Tenemos
una historia por nuestra culpa, somos víctimas y victimarios”
Así
reaccionan frente a la historia de uno de los miembros del grupo que tiene a su
padre desaparecido. Al parecer
frente a la ausencia de justicia, no se logra identificar a los culpables, no se
puede discriminar y todos terminan por sentirse igualmente culpable.
Aparece
también el miedo, manifiestan: “Crecimos en una dictadura, tenemos miedo.
Hay persecución, desconfianza, temor”
También
aparece la desesperanza. Frente a
esta catástrofe social, que todos pretenden olvidar, no hay espacio para las
utopías. Tomar contacto con una
historia dolorosa del pasado, que no puede ser resuelta alude a tener que
aceptar sólo las pérdidas. En
palabras de estos jóvenes: “La vida es una mierda”
Sin
embargo, junto con el dolor pueden tomar contacto cómo ellos reproducen formas
autoritarias de relación al interior del grupo.
“Se
reprodujo la dictadura, víctimas y victimarios....Nos cuesta aceptar la
diferencia. Nos estamos
agrediendo...Nos quedamos en el daño, atrapados...”
La
rabia que no puede ser externalizada, se revierte en el grupo.
Entonces se persigue y se ataca al distinto, al diferente.
Con
el transcurso de las sesiones los jóvenes reconocen en y con su experiencia
grupal como opera el miedo y su relación con la impunidad.
Esto les permite construirse como grupo y reconocer las relaciones de
poder.
Así
es posible desarrollar modos de acción más efectivos, que no reproduzcan los
lugares que la institución ofrece: la expulsión o el sometimiento.
Lugares que sólo reproducen y reafirman las relaciones de poder.
“Sí
uno se va con rabia en contra de la institución se autodestruye y se refuerza
la institución”
“Tengo
ahora una sensación de libertad, que me permite crear una barrera.
Ya no dejo que la institución me penetre o tenga tanta influencia”
También
aparece como en otros tiempos el recurso protector de la organización.
“Sentí
que me amenazaba ( se refiere al director de la institución), pero ahora somos
más grupo. Me doy cuenta que la
amenaza no viene sólo desde arriba, también circula entre nosotros.”
La
cohesión gupal es una solución a la amenaza. Reconocerse como iguales, tomar
distancia de lo instituido y lo normado, conformar grupo, protege contra las
reacciones de inhibición y sometimiento que acompañan al temor.
Sin embargo, la cronificación del daño producido
por la dictadura no guarda relación tan sólo con un trauma del pasado no
elaborado. Tiene relación también
con una forma de ejercicio del poder, en el cual se ha legitimado la persecución,
la exclusión y la amenaza como forma de resolver las diferencias.
En
Chile existe una preocupación creciente por la juventud.
Son motivo de preocupación el alarmante aumento de la violencia y
delincuencia juvenil, la drogadicción, el embarazo adolescente y su escasa
participación en los procesos electorales.[5],[6],[7].
Estos
problemas se abordan como si no tuviesen relación con nuestro pasado reciente;
y los programas se orientan al desarrollo de habilidades sociales y de auto
estima como factores de protección.
Nosotros
consideramos que estos fenómenos deben ser entendidos como resultado de la
dispersión y disgregación del movimiento juvenil. A su base se encuentran la pérdida de utopías y esperanzas,
así como la imposibilidad de participar en proyectos colectivos de transformación
social. Todo lo cual impide el
desarrollo de una relación más constructivas consigo mismo y con la realidad
social.
Pero
esto exige que los encargados de diseñar, implementar y coordinar estos
programas tengan la capacidad de escucha para entender los procesos derivados de
la impunidad a las violaciones a los derechos humanos.
Sin embargo, se ha
producido una disociación a nivel social.
De una parte, los organismos derechos humanos que han reducido sus ámbitos
de intervención a los afectados directos. De otra parte, los organismos de políticas sociales que no
tiene en consideración esta realidad. Con
lo cual se impide la elaboración de estas experiencias traumáticas.
Pareciera
importante abrir un espacio de dialogo y encuentro entre quienes se han dedicado
hace más de dos décadas al tema de los derechos humanos y aquellos que se han
dedicado al abordaje de los llamado problemas sociales.
Se trata de entender los fenómenos de dispersión y anomia social en su
doble vertiente, efectos de un modelo excluyente y resultado de la dificultad y
temor para organizarse. Esto hará
también posible abrir espacios para la elaboración del daño producto de la
violación a los derechos humanos y su impunidad.
[2] Bettelheim,B. Sobrevivir. (1981) El Holocausto una generación después. Editorial Grijalbo. Barcelona, España.Pg.25
[3] Neumann, E. Y Monreal, A.
(1990) “Asumir Colectivamente el Pasado Dicatorial: Una Tarea Ineludible”,
en Para Romper el Silencio. Fasic.
Santiago, Chile.
[4] Neumann, E. Y Monasterio,H. (1991) “La impunidad: Elemento Simbiótico del Terror”, en Actas de la III Conferencia Internacional: Salud, Represión Política y Derechos Humanos, (ed) Neumann, E. Santiago, Cjhile
[5] INJ. (1997) Segunda Encuesta Nacional de la Juventud. Santiago, Chile, 1997.
[6] CONACE. (1996) Estudio Nacional de Consumo de Drogas. Santiago, Chile
[7] Letelier, a.M. y Lobos,V. (2000) Sistematización de la experiencia de Trabajo Psicosocial con Familias en Extrema Pobreza. SENAME. Santiago, Chile