ESCUELA TALLER DE TEATRO DE CERRO NAVIA

 

José Díaz Guíñez
Alumno, 42 años

 

            Un día, regresando del  trabajo, leí un cartel en la unidad vecinal de la población, dónde se invitaba a una “Escuela Taller de Teatro”. Pensé: “cómo soy dirigente sindical, aquí pueden darme algunas herramientas para poder enfrentar la asamblea del sindicato, compuesta por 150 personas”.  Con algunos meses de clases, no solo he recibido “herramientas” para enfrentar la asamblea, sino que también he podido aportar en dos trabajos colectivos en el curso de mi hija que va en Kinder; uno  de ellos sobre la “minga” y el otro sobre el “cuasimodo”, además tenemos, con un grupo de apoderados del curso, que trabajar en la dramatización de dos cuentos para el día de la graduación de los niños del kinder. Sin embargo,  más importante ha sido el crecimiento como persona que he ganado y de cómo este crecimiento se ha ido volcando en mi familia  y entorno más cercano. A modo de ejemplo, puedo decir  que la lectura de los cuentos que leo a mi hija, antes de ir a dormir, ahora es más viva, pues junto con la palabra ponemos la acción al relato, pues el cuento lo “jugamos”  y esto, se ha transformado, en mi niña, en un gran avance en la comprensión de textos. Pero lo más importante ha sido el crecimiento de la comunicación al interior de mi familia.

            Pero, ¿qué hubo en medio de estas dos situaciones?

            Primero, un gran apoyo de los profesores y entrega  profesional hacia el grupo, y luego, la toma paulatina de “responsabilidad y compromiso” de parte de los alumnos hacia la escuela. Sin embargo, hay que reconocer, que algunos compañeros, que empezaron con nosotros, ya no están, abandonaron el “barco” antes de llegar a puerto. Pero, ¿qué pasó con ellos?, ¿no les gustó el taller?, ¿no cumplió sus expectativas?, ¿su trabajo o la familia no les dio el tiempo para asistir?, o ¿hubieron otras razones?... La respuesta a esta interrogante, como muchas otras que han surgido al interior del grupo a través del tiempo, las vamos discutiendo y analizando en uno de los talleres que imparte la escuela.

            Antes de seguir avanzando, describiré brevemente, cómo es nuestra escuela taller. Empezaré con la  infraestructura física con que cuenta el taller: tenemos un galpón techado, con un escenario, camarines, sillas para el público, baño y una sala grande donde nos hacen las clases los profesores. Si bien es cierto que hay  que hacer algunas mejoras, el lugar es cómodo y cumple con la función a la cual fue asignada, es decir, desarrollar  el proyecto de la Escuela Taller de Teatro de Cerro Navia. En cuanto a los profesores, no puedo dejar de destacar su  calidad profesional y sobre todo su  vocación de servicio de la cual nos hemos visto favorecidos un grupo de pobladores. Talleres de expresión corporal, de psicología grupal, de tramoya, de electricidad básica y por supuesto de actuación, son los talleres permanentes que nos reúnen dos días a la semana, miércoles y viernes, de 19:30 a 22:00 hrs., pero que siempre terminamos pasada la hora. Otros talleres de apoyo  nos han dado también, con el fin de fortalecer los otros; éstos son: confección y/o adaptación de un texto dramático y  ahora último  uno de elaboración de un proyecto teatral, incluyendo su difusión.

            A diferencia de mis compañeros, nunca había participado en un taller de teatro, por tal motivo, todo fue novedoso, lo que sin lugar a dudas me favoreció al tener todos mis sentidos alertas al conocimiento que se me entregaba. En cuanto a mis compañeros, percibía un cierto grado de desazón con los otros talleres, pues al presentar la obra para la cual trabajaban, el proyecto se acababa y el grupo se disolvía. Esta situación no creo que se dé en esta escuela, porque cómo su nombre los indica es una escuela, más que taller, y por tal motivo, nosotros sus alumnos debemos proyectarnos, talvez cómo monitores o siguiendo trabajando en obras, bajo el alero de la escuela,  para ser presentadas a la comunidad.

            En cuanto al desarrollo de las clases y el contenido de sus temáticas, el que más perplejo me dejó en la manera de entregar sus conocimientos, fue el taller de psicología grupal, ya que por la manera en que fuimos educados, sobre todo los más mayorcitos del grupo, llámese mayores de 40 años, no nos encajaba la metodología usada, pues  estábamos acostumbrados a tener un profesor que entregaba todo hecho a un grupo de alumnos que pasivamente recibían. Debatir una idea, exponerla y defenderla fue desconcertante en un comienzo. Pero a medida que avanzaba el taller y leíamos más textos que el profesor nos pasaba, fuimos tomando el ritmo de la clase y aprendiendo a debatir los temas y  a defender o aceptar otras posturas que iban saliendo en el debate.

            Una de las clases esperadas era la de expresión corporal, no solo por el relajamiento que nuestro cuerpo cansado, después del trabajo, experimentaba, sino por la toma de conciencia de “tener un cuerpo maravilloso”, de sentir nuestra piel, nuestros olores, nuestra respiración, en fin de saberse poseedor de una máquina increíble a la que lamentablemente muchas veces no valoramos hasta que parte de él nos hace falta o se daña. Nunca antes había tocado con atención mis manos por ejemplo, o las de mi compañero o compañera. Volví a sentir el pudor y enrojecimiento de mis mejillas al sentir el contacto de otra persona, pero también sentí algo muy especial al dar y recibir confianza. 

            Las clases de electricidad y tramoya, fueron más bien, clases más prácticas que teóricas, y en esto radicó su acierto, pues los profesores nos entregaron principalmente se experiencia y cómo resolvieron rápidamente y con pocos elementos a la mano diversas situaciones imprevistas dentro de una función en curso. No por ello fue menos exigente, ya que igual debimos realizar trabajos prácticos, como la confección de un escenario a escala y unos “tachos” de iluminación.

            Con las clases de actuación, sin conocer nada del tema, me atrevo a decir que las clases fueron dándose en forma progresiva y natural, pues en ningún momento me sentí violentado o incómodo al realizar un trabajo y esto sin duda es muy importante, más todavía si el alumno es muy tímido o inmaduro. Se nota la experiencia de nuestro profesor en la formación de talleres.

            Ahora último, un par de mini-talleres nos han aportado conocimientos para cumplir con nuestra tarea  como grupo, que es el montaje de un obra, Estos mini-talleres, sin bien fueron cortos en duración no lo fueron en la intensidad de la entrega de conocimiento, pues ellos nos han ayudado a realizar y o adaptar un texto para su representación y otras herramientas para planificar el montaje, incluyendo la difusión de la obra.

            Antes de terminar, no puedo dejar de expresar mi inquietud por la actitud de indiferencia de algunos jóvenes y adultos de la población hacía estos talleres, pues estoy seguro, que así como yo encontré herramientas para crecer como persona y de alguna manera rebotar esto en mi entorno, ellos también lo harían.

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